Dónde muere el paraíso, nace la muerte

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Nació de un milagro, pero creció en el olvido. Cuatro meses después de la Creación, Adán y Eva pidieron un regalo: alguien igual a ellos. Dios les entregó a Cloe, la primera niña. Pero el encanto duró poco. Los primeros padres se aburrieron de su fragilidad, condenándola a ser una sombra en el jardín más perfecto del universo. Sola y silenciada, Cloe encontró refugio bajo el Árbol del Conocimiento del bien y del mal, donde una serpiente con muchos nombres le dio lo único que Dios le negó: una identidad. Tras la caída del Edén, mientras Adán y Eva lloran por su paraíso perdido, Cloe decide abandonar a su familia de sangre para seguir a su padre de elección hacia el Inframundo. Allí, junto al rey de las tinieblas, entre trece demonios mayores y un anciano amargado que en su pasado fue bufón, la niña que nadie quiso será entrenada para una tarea eterna. Porque el Edén fue solo el principio. Ahora, Cloe aprenderá que para que el mundo funcione, alguien debe escribir el final.

Genero:
Fantasy/Scifi
Autor/a:
J.P.Rossi
Estado:
En proceso
Capítulos:
13
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Capítulo 1: El brote entre las piedras

Hay un vacío que late bajo la lluvia constante, una forma de vida que el espejo no ve; un alma sin peso, un latido distante, que camina en la tierra sin saber por qué. Es el arte de estar sin nunca existir, un cuerpo de mármol que aprende a sentir, y el miedo de hallarse... para luego perderse.

Luego de la semana de creación, exactamente 4 meses después, Adán y Eva se empezaron a aburrir por lo que cuando tuvieron la oportunidad de pedirle algo a Dios, le pidieron que cree alguien más como ellos dos, por lo que Dios, dos días después, bajó del cielo, y envuelto entre sus brazos yacía un bebe. Una niña. La primera niña creada.

Cuando la bebe abrió suavemente sus ojos, vio a Adán y Eva viéndola con curiosidad y fascinación. Era igual a ellos, pero, más pequeña, más frágil, indefensa, pero era especial. Al principio, la dejaron en un lugar alejado, la trataban como un bicho raro, como si fuese de una especie diferente. Luego de ver que la pequeña no les iba a hacer daño, se encariñaron con ella demasiado, tanto que no la soltaban en ningún momento. Se peleaban por la atención de la niña.

Pero luego de unos años, cuando la niña ya tenía 4 años, Adán y Eva los cuales teóricamente serían los padres de la niña, se aburrieron de ella, le dejaron de dar atención. Al principio fue de a poco, con pequeños gestos. Cuando la niña les hablaba, ellos no contestaban, cuando se caía, no iban a ver cómo estaba, la dejaban ahí tirada, a que se levantara sola.

Apenas la miraban. Ya no la reconocían como algo de ellos.

No les interesaba que le pasara a la niña, simplemente no le prestaban atención.

Ella empezó a pasar su tiempo sentada bajo el árbol del conocimiento del bien y del mal.

Se encontraba rodeado de árboles y arbustos. Era una zona oculta. Una zona segura que ni Adán ni Eva sabían de su existencia.

Era una zona rodeada de árboles los cuales sus ramas se encontraban en el centro de un pequeño jardín, era como un jardín dentro del jardín. Donde en el centro se encuentra el árbol del conocimiento del bien y del mal. Era una atmósfera diferente. Emanaba tranquilidad y serenidad. Con la cantidad justa de luz que pasa entre las hojas de los árboles. El ruido de las hojas moviéndose de un lado a otro por el soplido del viento. El suave canto de los pájaros le daba una atmósfera más viva y alegre.

Hasta que un día, de pronto, entre el verde intenso de las hojas, ella notó un movimiento: una serpiente yacía ahí entre las ramas mirando a la niña con curiosidad y empatía. La niña miraba a la serpiente. Sin rastro de temor, la chica mantenía una distancia prudente mientras estudiaba los movimientos de la serpiente con una curiosidad silenciosa y profunda. Sus ojos seguían el rastro del reptil con un sosiego reflexivo, cautivada por la naturaleza del animal; su mirada era un verdadero remanso de paz, pero en sus pupilas brillaba con fuerza un destello de fascinación. Lo observaba con una tranquilidad cargada de asombro y una serenidad expectante, como si a través de esa contemplación buscará descifrar el secreto de su identidad.

—¿Qué…eres…?.— Ella le pregunta a la serpiente. Logra formular una corta oración. Hace mucho que no hablaba. Hablar no es algo muy familiar para ella. Sin bajar la guardia da un pequeño paso al frente para acercarse de a poco al animal. Sin saber si responderá o no.

Desde una de las ramas del árbol, la serpiente se estira hacia el tronco, se enrosca en el, su cabeza se estira hacia la pequeña niña emitiendo un suave y largo siseo.—Puedes llamarme Samael, o El Diablo, o Belcebú, también puedes llamarme Belial, o Lucifer, o Satanás. Tengo muchos nombres. Puedes llamarme como quieras.—Su voz es severa, un poco ronca pero suave.

—Te pregunte que eres, no como te llamas.

—Ahora. Soy una serpiente. Normalmente soy alguien como tú.

—¿Cómo yo?

—Si, como tu. Un humano. Bueno, en su forma humana.

—Humano…—La chica repite en un susurro. Saboreando la palabra. Probando como suena. Tratando de descifrar su significado.

La serpiente se detiene a pensar por un momento. La niña es pequeña pero es muy madura. No siente tentación ni una pizca de curiosidad por el fruto prohibido. Simplemente no le interesa.—¿No sientes curiosidad por cómo sabe el fruto que Dios les prohibió?—Le consulta sin doble intención, sin intentar que pruebe de aquel fruto. Intenta ocultar su curiosidad por la pequeña.

—No.—Ella de a poco baja la guardia. Se cruza de brazos.—No es algo que me genera curiosidad. Lo que sí me genera curiosidad es usted.

—¿Yo?—Le pregunta la serpiente mientras se pasea por las ramas del árbol sin dejar de prestar atención a lo que dice la niña.

—Si .Tu .Nunca te vi aquí.

—Se ocultarme. Soy muy sigiloso.—Presume orgulloso de sus atributos.

—Lo que si me da curiosidad del fruto prohibido es, eso ¿Por qué está prohibido?—Llena de curiosidad le pregunta intentando averiguar el porqué de la dichosa prohibición.

—Creo que tu ya lo sabes. Pero solo quieres confirmar si está bien lo que piensas.—Insinúa.

Aunque los que están en el Edén son famosos por su inocencia y su poco conocimiento. Dios creó a la niña. La hizo con una inocencia inteligente. Que le permita cuidarse de la peligrosa inocencia de Adán y Eva. También la hizo para que pueda pensar y razonar de manera distinta a la de ellos.

—Respóndeme.

—Bueno. Bueno. No te apresures. Básicamente, está prohibido para que el ser humano tenga la oportunidad de elegir voluntariamente amar y confiar en Dios. O algo así.

—¿Y tú vendrías a ser…?

—¿Yo vendría a ser…?—Espera expectante a la respuesta de la niña.

—Te estoy preguntando.

—Ah bueno. Yo era él Portador de Luz, la joya más brillante de toda la creación. Mi belleza y sabiduría no tenían rival, pero me negué a arrodillarme y servir. ¿Por qué debería conformarme con ser una sombra cuando podía ser igual al Altísimo? Mi orgullo fue mi motor, no mi error. Fui expulsado tras una guerra en los cielos, despojado de mi hogar y arrojado al inframundo. Al infierno. A donde mis 13 discípulos, los ángeles que me apoyaron en la rebelión, me siguieron.—La serpiente dejó de moverse. Sus escamas parecieron oscurecerse por un instante, perdiendo el brillo del sol que se colaba entre las hojas. Erguió la parte superior de su cuerpo, ganando una altura imponente frente a la pequeña, mientras sus ojos verticales se fijaban en ella con una mezcla de nostalgia y fuego antiguo. El siseo de su voz se volvió más denso, casi como un eco que vibraba en el aire del jardín secreto. A pesar de su forma animal, su presencia emanaba una dignidad rota, la de un rey que prefiere gobernar en las sombras que servir en la luz.

—Ah… entonces eres ese.—Dice la niña sin sorprenderse. Pero con un destello de empatía y comprensión silenciosa en sus ojos.

—Oye niña—Dice Samael algo molesto, tratando de llamarle la atención por su reacción tan pobre y desganada. Se pone a pensar por un segundo. La niña nunca le dijo su nombre. Además, ya estaba cansado de decirle “Niña”—…Niña… Oye niña, ¿Cómo te llamas?¿Tienes un nombre?

—¿Un “nombre”?—Repite la niña.

—Si. Un nombre. Una palabra que identifica, permite el conocimiento y otorga identidad a alguien o algo. Como el de Adán y Eva. ¿No te dieron uno?

—No…—La chica le demuestra algo a la serpiente que nunca se lo demostró: tristeza. El pensar que todos, hasta una serpiente tiene nombre y que ella no, la pone muy triste. Que nadie le haya puesto un nombre significa que nadie reconoció su existencia, como una persona con sentimientos y no como una cosa o un juguete descartable.

—Bueno. Como no tienes nombre te pondré uno yo.—Propone la serpiente mientras se mueve entre las ramas, se enrosca entre ellas.—Te parece.—Se detiene a pensar. Se lleva la punta de su cola a su mentón. —¿Marta?

—¿Peor nombre no conoces?

—Bueno. Lo que cuenta es la intención. ¿No?—Sigue pensando en un nombre con el que la niña pueda sentirse identificada. Con el que se sienta cómoda. Y con el que pueda vivir el resto de su existencia.—¿Miriam? es un buen nombre ¿Qué te parece?

—Peor que el anterior.

A Samael ya no se le ocurren más nombres. Piensa y piensa hasta que parece que le sale humo por la cabeza de tanto pensar.—Bueno. ¿Qué te parece…Cloe?

La niña al escuchar el nombre “Cloe” siente una conexión. Sus ojos se abren de par en par. Siente que ese nombre la va a describir tal cual es. La serpiente nota su reacción y se da cuenta que Cloe va a ser su nombre de ahora en más. La niña se tranquiliza. Calma su emoción.—Me gusta.—Simplemente dice eso “me gusta”, un poco seco de su parte.

—Bien. De ahora en más, te llamarás Cloe, porque como el brote que nace entre las piedras, has crecido en el olvido sin ayuda de nadie.

—Que poético.—Dice Cloe sin más.

—¿A ti no te enseñaron modales?¿No?

—Te recuerdo que estás hablando con alguien que hace 4 años no estaba aquí.—Cloe le recuerda a la serpiente que puede ser muy madura para su edad, pero sigue teniendo 4 años.

—Tienes razón.—Dice mientras se enreda entre las ramas.—Pero igual.—Deja de enredarse entre las ramas y vuelve a ver a Cloe, pero ella ya se estaba yendo sin haber dicho nada.—¡Oye niña!¿Por qué te vas?

—Eres aburrido. Tu con tus anécdotas de guerra. El silencio de Adán y Eva es más divertido que tu presuntuoso bullicio.

Samael se siente indignado ante el rebaje que le hizo Cloe con Adán y Eva. No le gusta, para nada que para la niña, el silencio de sus padres sea más divertido que sus increíbles y asombrosas anécdotas de guerra divina.

Cuando Cloe sale de entre los arbustos se encuentra con Adán.—Tu ¿Qué hay ahí?—Le pregunta a Cloe. Lleno de curiosidad por saber que hay allí.

La niña lo mira fijamente. Su cara no expresa nada pero en su interior siente una emoción que le revuelve el estómago. Quiere saltar de la emoción.—Nada.—Responde Cloe y se va.

A pesar de su emoción y lo raro que le pareció que Adán le haya hablado. No supo qué decir ni cómo reaccionar.

Adán ve como la niña se va. Voltea a ver los arbustos de donde ella salió. Sin pensarlo, se mete entre los arbustos y llega a una zona rodeada de árboles y arbustos. Donde en el centro destaca un árbol. El árbol tiene cierta luz, algo que lo llama a probar de sus frutos.

Adán se acerca lentamente al árbol y lo mira con cierto respeto y deseo. Cuando está lo suficientemente cerca del árbol, toca sus hojas con cuidado y precaución. Como si estuviera tocando algo divino y frágil.

Cuando la serpiente ve que Adán se está acercando al árbol se esconde entre sus hojas. Samael recordó el motivo del porque estaba en el odioso Jardín del Edén: Atacar a Dios a través de su creación. Convenciendo a uno de ellos para que coma el fruto y demostrarle al todopoderoso que su proyecto, su creación no era tan perfecta. Samael asomó la cabeza entre las hojas, pero esta vez su voz no fue severa, sino musical, casi hipnótica.

—Es hermoso, ¿verdad? —siseó Samael, haciendo que Adán diera un salto hacia atrás—Su color vibrante y brillante. Su olor tan suave y llamativo. Nada como esas frutas aburridas que suelen comer ¿No?.

Adán, recuperando la compostura, señaló el fruto. —¿Por qué brilla tanto?

—Porque contiene lo único que te falta, Adán —respondió la serpiente, deslizándose lentamente por la rama hasta quedar a la altura de su oído—. Dios te dio un jardín perfecto, pero te dio una mente muy limitada y que se cansa de la perfección. Adán se tensó al escuchar mencionar su aburrimiento. Samael había dado en el clavo. —Este fruto no es comida —continuó Samael— Es visión. Si lo pruebas, dejarás de ser un simple espectador de este jardín. Serás como Él. No tendrás que pedir permiso para tener, ni tendrás que pedirle a Dios que te traiga juguetes nuevos para no aburrirte. Tú mismo sabrás cómo llenar el vacío.

—Él dijo que si lo comía me pasaría algo muy malo, que nos castigaría —murmuró Adán, aunque su mano ya estaba a centímetros de la fruta.

—No morirás —le aseguró la serpiente con una sonrisa oculta en su siseo—. Lo que morirá será tu ignorancia. Imagina, Adán... si comes, finalmente verás a Eva y a la niña no como seres que están ahí para entretenerte, sino como seres que tú puedes dominar por completo. Serás el dueño de tu propio destino, no un niño en una guardería divina.

Adán duda por un momento. Pero parece que su mano tiene vida propia porque agarra el fruto y lo arranca del árbol. Pone el fruto a la altura de su nariz. Su olor es algo indescriptible. Algo que lo hace sentir increíble. Lentamente abre la boca. La serpiente mira cómo por fin conseguirá lo que tanto había buscado. El Jardín del Edén está por caer. Las creaciones de Dios están por caer.

La sensación de Adán en su interior es increíble, no sabe cómo describirlo, pero le encanta.

Le da un mordisco al fruto. Un sabor que no era ni demasiado dulce ni demasiado ácido.

Una explosión de frescura que hacía que todos los demás alimentos del jardín parecieran insípidos, desabridos. Un sabor embriagador. Era algo increíble, una explosión de sabores.

Adán luego de pasar su momento de éxtasis interno, se va corriendo a mostrarle a Eva su descubrimiento. Quería compartir la sensación de liberación y éxtasis que sintió al comer del fruto.

—¡Eva! Tienes que probar esto. Adán le muestra el fruto a Eva y ella siente una atracción inexplicable hacia el fruto. No quería, necesitaba probarlo. Está a punto de darle un mordisco hasta que se da cuenta. Esa fruta no la había visto antes. Se acordó de el fruto prohibido, el que dios les había prohibido comer.—Este es…el fruto que él nos prohibió…—Dice en un susurro vacío, sin intenciones de seguir las reglas.—…pero no puedo…necesito probarlo.—Sin pensárselo otra vez, le lanza un gran mordisco. Aquel bocado equilibraba lo dulce y lo cítrico en una armonía total; una revelación de frescura tan vibrante que hacía palidecer al resto del Edén. Era un estallido embriagador que volvía insípido todo lo conocido. Una vez superado ese trance lleno de sabor y recuperado el aliento, se vuelve a Adán. Pero él se veía raro. Pensativo. Eva lo ve y él se encuentra desnudo. Ella se detiene por un momento a verse a ella misma y como Adán, ella se encuentra desnuda. Ambos sienten una ola de vergüenza y corren a taparse con hojas.

Ni un minuto pasa que Dios se entera que Adán y Eva pasaron por encima de la prohibición y probaron el fruto del conocimiento del bien y del mal. Él todopoderoso baja enfurecido del cielo.

—¡COMO SE ATREVEN A PASAR POR ENCIMA MI PROHIBICIÓN Y PENSAR QUE NO RECIBIRÁN UN CASTIGO!

Adán y Eva corren hacia Dios y se arrodillan suplicantes ante él, aún sosteniendo las hojas para tapar su desnudes.—Señor, disculpe nuestra imprudencia por favor. Se lo suplicamos. fue un momento de debilidad.—Suplicante dice Adán esperando a que Dios los perdone.

—ESTO ES IMPERDONABLE…—Dios recuerda todo lo que hizo Samael y se da cuenta que como él pensaba, su creación era débil, vulnerable, influenciable y manipulable. No quiere admitirlo, pero Lucifer tenía razón sobre su creación.—AMBOS ME HAN DESOBEDECIDO. AMBOS HAN PECADO.

Cloe se acerca a ellos. No entiende qué les pasa, porque se comportan así. Porque se estaban humillando tanto. La niña voltea a ver a Dios.—¿Qué pasa?—Sin dar vueltas le pregunta.

Dios voltea a ver a Cloe y con un rastro de simpatía fría le comunica.—NIÑA, TUS CUIDADORES, ADÁN Y EVA, HAN PECADO Y COMIERON DEL FRUTO PROHIBIDO, DESOBEDECIENDOME.—La mirada de Dios se detiene en Adán y Eva.—POR ESO… LOS TRES ESTÁN DESTERRADOS DE MI JARDÍN.

—Pero señor… ¿A dónde iremos?—Pregunta Eva con una voz temblorosa y llena de miedo, temiendo por su destino.

—SERÁN DESTERRADOS A LA TIERRA. CONDENADOS A TENER MIEDO, HAMBRE FRÍO Y SED. EVA, TÚ ESTARÁS CONDENADA A SUFRIR LOS DOLORES DE PARTO DURANTE ÉL EMBARAZO. TRAER VIDA AL MUNDO DEJARA DE SER ALGO NATURAL Y SENCILLO Y SE CONVERTIRÁ EN UN PROCESO DOLOROSO. Y TÚ ADÁN, ESTARÁS CONDENADO A COMER ÉL PAN CON EL SUDOR DE TU FRENTE. EL TRABAJO PASARÁ DE SER UNA TAREA PLACENTERA A UNA CARGA PESADA Y AGOTADORA. LES RECUERDO SU ORIGEN Y SU FINAL PUES POLVO SON Y POLVO VOLVERÁN. LES HE PROHIBIDO COMER DEL ÁRBOL DE LA VIDA PARA QUE NO VIVIERAN PARA SIEMPRE EN ESE ESTADO DE PECADO.

Dios dictó las sentencias. Antes de echarlos del Edén, Dios les hizo túnicas de pieles para vestirlos y cubrir la vergüenza de ellos. Dios duda por un segundo si también desterrar a la niña, pero teme que siga los pasos de Adán y Eva, por lo que también la desterró y la condenó a ser víctima colateral por la decisión de sus “padres” (Adán y Eva), por la caída de la humanidad.

Entre el Edén y la Tierra.—HIJOS MÍOS CUÍDENSE ENTRE USTEDES, CUIDENSE DE LA PELIGROSA NATURALEZA, CUIDENSE DE LOS ANIMALES, DEL FRÍO, DEL HAMBRE, DE LA SED, DE LA SOLEDAD. DEN A LUZ A NIÑOS VALIENTES, HECHOS Y DERECHOS, CON UNA VOLUNTAD DE HIERRO PARA QUE SE PUEDAN CONVERTIR EN HOMBRES QUE PUEDAN LLEVAR ÉL PAN A LA FAMILIA. Y DEN A LUZ A NIÑAS BUENAS, INTELIGENTES Y FUERTES DE VOLUNTAD, QUE PUEDAN AGUANTAR EL DOLOR DEL PARTO Y DAR A LUZ A MÁS DE SUS GENERACIONES. VAYAN Y SEAN LIBRES Y SIGAN EL CAMINO DEL BIEN.

Adán y Eva no quieren dar el primer paso y dejar su pequeño y cómodo paraíso. Quieren volver el tiempo atrás y evitar probar el fruto prohibido. Cloe es la primera en dejar el Edén, da un paso al frente y se gira para ver a Adán y Eva, su mirada es fría como si estuviera tratando de decirles “Esto está pasando por su culpa y me han arrastrado con ustedes ahora enfrenten las consecuencias”. Una brisa de aire fuerte corre y empuja a Adán y Eva fuera del Edén. En cuanto pisan la Tierra, las puertas del jardín se cierran y desaparece sin dejar rastro de su existencia. Un escalofrío recorre el cuerpo de los dos adultos.

En cuanto cae la noche, el frío se hace presente, azotando sus pieles y haciéndolos temblar del frío, aunque Dios los haya vestido con túnicas de pieles, el frío de la noche pegaba más fuerte que el hecho de que los hayan echado del Edén. Adán intenta encender una fogata para calmar el frío que sentían. Sigue intentando hasta que su energía se agota y se acurruca al lado de Eva para mantener el calor entre ellos. Cloe ve a Adán intentar, fracasar y rendirse, a pesar de tener frío su decepción y sensación de soledad son más grandes. Cloe se levanta del frío y sucio suelo.—Ya vuelvo.—Les dice aunque sabe que no la escucharon. Se aleja de donde están. Se dirige a un árbol cercano detrás de la montaña en la que se hospedaron momentáneamente. Ese árbol era parecido al árbol del conocimiento del bien y del mal, pero le faltaba su icónico brillo y presencia. Lentamente se acerca al árbol. Y entre sus hojas en una rama encontró una serpiente idéntica a la del jardín.—¿Samael eres tú? ese ya es un truco viejo. Por si no te enteras te lo digo yo.—Bueno, ¿tú nunca aprendes modales o qué?—Dice Samael mientras salta del árbol en un abrir y cerrar de ojos toma la forma de un hombre.

Cloe lo mira sin sorprenderse. Esa serpiente además de tener nombres (Que no le faltan) también tiene forma de hombre. Un hombre alto y de facciones perfectas y simétricas. Su piel pálida, con un brillo sutil. Ojos profundos y magnéticos que parecen ver a través de ella. Con una expresión suave y una pequeña sonrisa que parecía que había ganado una pelea con su hermano mayor. Parece de mediana edad. Impecablemente vestido con una túnica negra y un cinto rojo brillante en su cintura, lo que lo hace ver elegante.

—¿Qué haces aquí?—Su pregunta es directa y concisa. ¿Qué hacía ahí?¿Por qué?¿Para qué? no tenía nada que hacer ahí.

Samael mira a Cloe, con una mirada como si estuviera planeando algo, como si tuviese algo que le pueda dar la identidad y la familia que tanto buscaba y anhelaba.—Te tengo una propuesta.—Su mirada es astuta como si tuviera las respuestas a todo.

—Dilo.

—Lo.—Samael intenta hacerse el gracioso. Se ríe a carcajadas. Mira a Cloe para ver si ella también se está riendo. Pero sigue con su cara de amargada y pocos amigos.—Amargada.

—Espero tu respuesta. Pero esta vez no intentes hacerte él chistoso.

—Bueno. Seré rápido y lo diré sin rodeos. Te propongo que vengas a vivir a mi hogar. Allí tendrás comida, no pasarás frío, tendrás una cama. Podrás hacer muchos amigos, y cuando digo muchos son MUCHOS amigos. Te puedo enseñar todo lo que sé, también puedo entrenarte. Puedo ser como un estilo de “Tutor” para ti.

—¿A tutor te refieres a ser mi padre?

—En pocas palabras. Si.

—Está bien. prefiero tenerte a ti de padre que a uno de ellos.

Samael se pone una mano en la cintura y con la otra chasquea sus dedos y al lado de él se abre una grieta en el piso y se forma una escalera. Una puerta al inframundo.

—¿Ese es él inframundo?

—Si ¿Cómo lo sabes?

—Solo lo se.—Respondió y le explico de manera simple. Se acerca a la grieta y empieza a bajar las escaleras sin que Samael tenga que decírselo. Al entrar, Cloe siente que el lugar caótico y oscuro con esa atmósfera tensa podría llegar a ser su hogar.

—Oye espérame.—Exclama y luego la siguió, consigo detrás se cierra la grieta.

Mientras ambos bajan las rocosas y largas escaleras que ni el fin se le ve, Cloe con un destello de curiosidad le pregunta a Samael.—¿Por qué haces esto?

—¿Qué cosa?—Pregunta Samael haciéndose él tonto aunque sabe a que se refiere.

—No te hagas él tonto, sabes a que me refiero.

—Bueno, lo hago porque… para vengarme de Dios. Para demostrarle que toda creación suya puede ser corrompida.—Miente descaradamente. Lo hace porque sintió una conexión con la soledad de la niña. No lo dice porque piensa que se estaría mostrando débil enfrente de la niña.

—Se que me estas mintiendo, pero si creer eso te hace feliz. Mejor lo dejamos así.

Cuando terminan de bajar las escaleras, desaparecen por detrás de ellos. Cloe ve a su alrededor. El inframundo es… muy colorido. No alcanza a ver mucho por sus grandes dimensiones, pero logra ver sus colores apagados y con una sensación profunda de misterio. Aunque sus colores no ayudan: marrón, celeste, rosa y violeta (Son algunos de los colores que logra ver) no son nada que ayude con la sensación de misterio y de un lugar rodeado de sufrimiento y muerte. Voltea a ver al suelo. Están parados sobre un pequeño muelle de madera oscura. Parece que lleva cien años en uso. Pero a pesar de ver tantas cosas increíbles e indescriptibles, su atención se la lleva el Río: el agua es casi transparente y se ven almas atrapadas allí. Almas agonizantes de su sufrimiento.

—¿Y esas cosas que no paran de gritar que son?—Se queja con un gesto de incomodidad en su rostro. Discretamente se tapa los oídos para aliviar la molestia del ruido.

—Esas cosas se llaman almas. Son lo que lo hace a una persona especial, diferente a los demás. Es la parte inmaterial y esencial de un ser vivo que le da vida, pensamiento y sentimiento.

—¿Pero no era que los únicos humanos que existen somos yo, Eva y Adán?—Preguntó algo confundida.

—Bueno. Si, pero no. Bueno. Mentira. Si. Ustedes son los únicos humanos que existen. Son como un montaje. Parecen almas de verdad, pero no lo son, las cree para que tenga esa vibra de inframundo. Por el momento no hay nadie en el inframundo. Solo tú, yo, Caronte él barquero y mis queridos amigos. Los que te conté, los 13 que me siguieron con la rebelión.

Cuando Samael termina de hablar, entre una niebla cargada de misterio, aparece un señor navegando un barco. Un viejo terriblemente descuidado. Su ropa es un harapo sucio y anudado al hombro. Sus ojos brillan con una mirada fija y terrible. Con una barba blanca, espesa y enmarañada que nunca ha sido recortada. Su rostro está lleno de arrugas y suciedad. Se ve que a pesar de ser un anciano, tiene una fuerza vigorosa. No se ve a nadie que lo ayude a manejar el bote. No parece tener mucha paciencia.

—¡Hey! Caronte. Amigo. Ya sabes para qué eres bueno.—Empieza a parlotear mientras agita la mano de un lado al otro para saludar al barquero.—Mira lo que tengo aquí.—Dice mientras saca una moneda de no más de 4 cm. Con un aura de misterio. Un dibujo de una estrella al revés y dentro de ella una cabra con largos cuernos y orejas.—Ahora. Llévanos a mi humilde morada.

Caronte analiza la situación y las palabras de Samael.—Solo tienes una moneda. Tu moneda. Eso es un solo pase. Un solo viaje. Para una sola persona.

—Caronte. Querido viejo amigo. Tu sabes muy bien quien soy y que puedo hacerte. Así que llévanos. A mi y a la niña.—Su tono es frío y amenazador. Ante su amenaza, las aguas dejaron de moverse. Los gritos de las almas falsas cesaron. El ambiente se tornó pesado. Demostrando su autoridad, el poder y el control que tiene en el inframundo.

Asustado, con los ojos abiertos de par en par y temiendo por lo que le pueda llegar a pasar.—Está bien. Suban ambos. No se preocupen.

Samael sube al barco sin dudar. Voltea a ver Cloe y ve que no sube. La niña piensa por un segundo. Subirse al barco de un anciano malhumorado que te mira como si fueras su mayor enemigo no da confianza, para nada. Luego de pensárselo un segundo más decide subir al barco.

—Bien hecho Caronte. Ahora. Mientras hacemos este viaje tan largo, cuéntale a la niña todo lo que tenga que saber del inframundo. Y pon una mejor cara. Una buena y que valga la pena ver.

—Pero, señor, tengo que concentrarme en navegar.—Su voz es temblorosa. Es cuidadoso con cada una de las palabras que salen por su boca. No quiere ser el primer inquilino del inframundo que pruebe los más de 10.000 métodos de tortura que conoce Él Rey de las tinieblas.

—Por eso no te preocupes. De eso me ocuparé yo. Cuando quieras. Empieza.

Titubea por un momento. Él barquero intenta de pensar alguna manera de que Samael, él Angel Caído , le tenga un mínimo de respeto. De todas las maneras que ha pensado no hay una en la que termine vivo. Todas terminan con su muerte por lo que no duda más y con una mejor cara, le empieza a contar todo lo que debe saber sobre el inframundo.

—Emm, bueno. Puedo empezar conmigo. Antes de la rebelión que nuestro señor aquí presente: Lucifer la haya librado yo era él.—Él barquero como si tuviera vergüenza de su pasado, lo escupe rápidamente para pasar rápido el mal trago de su recuerdo.—Bufón principal del todopoderoso Dios.

Cloe pone su mayor esfuerzo para no reírse por el pasado del anciano. Ahora entiende porqué tiene tan mal genio. Él barquero nota el comportamiento de la niña. Pero sigue contando porque tiene miedo del poder que tiene la pequeña sobre él Rey de las sombras.

—Escucha bien, pequeña... Este río que ves, el Aqueronte, es la frontera. Aquí termina la vida y empieza la eternidad. Lo que ves en el fondo no son solo “figuras”; son ecos de lo que vendrá. Algún día, este río estará lleno de verdad, no solo de los adornos de tu... —Mira a Samael con miedo— de tu tutor. El río no es agua común, sino que está hecho de los lamentos y los recuerdos perdidos de los Ángeles que murieron antes y durante la rebelión. Te advierto: nunca toques el agua con las manos desnudas, o los recuerdos de las almas intentarán arrastrar al fondo. El inframundo está dividido, pero no por enemistades. Cada uno de los 13 Tronos Caídos, quienes fueron los Ángeles que siguieron a nuestro señor aquí. Cada uno tiene su propio reino y en un futuro tendrán sus almas para torturar por el resto de la eternidad.

A Cloe le entra la curiosidad. Varias veces le nombraron a los Ángeles que siguieron a Samael al inframundo, pero nunca le dijeron como se llaman.—¿Cómo se llaman?

—Sus nombres son un poco raros, pero ellos son buenos Demonios Mayores. No te burles. Virelith: Fue él primero en seguir a Lucifer y en cruzar las puertas del infierno. Cree merecer devoción sin tener que darla. Su pecado principal es el orgullo y la rebelión silenciosa. Zahariel: Su aliento calienta la piel hasta quemar el alma. Convierte caricias en cadenas, amor en necesidad enfermiza. Su pecado principal es la lujuria y el deseo devorador. Nezuro: Su mirada convierte lo ajeno en una daga. Nunca quiere lo que tiene, solo lo que no puede tener. Su pecado principal es la envidia y los celos profundos. Delmior: Te hace dudar de todo lo puro. Transforma ideales en excusas y principios en ruinas. Su pecado principal es la corrupción y la decadencia moral. Vorath: Su apetito es eterno. Devora todo lo que brilla, sin recordar por qué alguna vez deseó. Su pecado principal es la gula y el ansia insaciable.—Suelta un largo suspiro y continua.— Thamuzar: Guarda sin motivo, acumula sin necesidad. Sus manos tiemblan si deben soltar. Su esencia es la avaricia y la codicia. Avelarion: Camina donde muere la esperanza. Su voz convence que nada importa, que todo es sombra. Carga con el peso de la desesperación y el nihilismo. Kharzuel: Su presencia congela. No ama con pasión, desconoce toda calidez. Su pecado original es el odio y la frialdad emocional. Sirakel: Espejo del ego, maestro de las máscaras. Te muestra lo que quieres ver, hasta que te pierdes en tu reflejo. Su pecado principal es la vanidad y el autoengaño. Razephon: Ruge como tormenta. No busca justicia, solo arrasa con todo. Gobierna sobre la violencia y el impulso destructor. Malgarhet: Susurra tu peor recuerdo una y otra vez. Te convence de que no mereces ser visto, ni amado ni salvado. Su pecado original es la vergüenza y el autorechazo. Vendral: Conserva cada herida como trofeo. Alimenta el deseo de devolver el dolor, sin importar el precio. Su pecado principal es la venganza y el rencor. Elygorin: No manda por fuerza, sino por confusión. Tuerce verdades hasta hacerte dudar de ti mismo. Su pecado original es la manipulación y el control emocional.—Luego de terminar esta larga presentación. Él barquero suelta un largo suspiro. Espera que la niña se burle de los nombres de los 13 Demonios Mayores.

—Wow.—La sorpresa en el rostro de Cloe es notable.—Es increíble. Más que nada. Lo increíble es cómo has memorizado todo eso.—Cloe piensa que si todos ellos tienen un pecado principal, Samael también tendrá el suyo? Al ser el Ángel que lideró la rebelión , supone que sería algo lógico que el tenga uno.

—Amm. Bueno. En el centro del inframundo.—Continúa contando todo lo que sabe sobre el inframundo.—Está el reino privado de Lucifer. En lo más alto del inframundo. Esa gran montaña en forma de estrella que ves por ahí. Allí tiene una zona de entrenamiento. Una zona de doma de Tártar que son unos caballos infernales. Una zona de doma de Vulk, son unos dragones infernales que escupen lava. Una zona de cultivos para los animales y una última zona de relajación, donde hay un pequeño lago y árboles. En el centro se encuentra el castillo de Lucifer. A los alrededores de su terreno ya destinamos una zona para el juicio de las almas condenadas, otra para la sentencia, otra para el renacimiento, una zona para la investigación de nuevas tecnologías y una zona recreativa, donde las almas condenadas que se encuentran a la espera de su juicio puedan ver un poco de la historia del inframundo y sus fundadores. Aunque todavía no hay a quien enjuiciar ni a quien sentenciar ni renacer. Pero son zonas ya destinadas para esos propósitos.

—El inframundo es inmenso.—Se sorprende al pensar en todas las cosas que caben en el inframundo. Debe ser algo más grande de lo que se pueda imaginar.—Para que tengas una idea, el inframundo es de más o menos unos 50.000 millones de kilómetros cuadrados.

Es como mucho más de 1000 veces más grande que el Jardín del Edén.

—Aquí, en el inframundo, hay objetos que los humanos como Adán y Eva no pueden entender. Pero creo que ahora tu eres una de nosotros. Lucifer cuando crea que estés lista te mostrará cosas que te ayudarán y facilitarán mucho en cualquier cosa que quieras hacer. Tenemos llaves mágicas, espadas que su filo es de fuego,un libro que dicta el camino de la humanidad, tintas que pueden dictar la causa y fecha de la muerte de las personas. Caronte se toma unos minutos de silencio. Cuando está por arrancar una oración.

—Ya llegamos.—Samael da aviso a Cloe para que baje del barco.

—Adiós viejo amargado. Nos vemos en otro momento.—Aunque le haya dicho “viejo amargado” al viejo amargado, le agarró algo de cariño. Entiende porque se comporta así, y eso hace que sienta una conexión empática sobre él. Sin mirar atrás baja del barco. Caronte toma ese “adiós viejo amargado” no como un insulto sino como palabras de comprensión y que la niña lo estaba aceptando a pesar de su comportamiento y su pasado.

Samael y Cloe empiezan a avanzar hacia su castillo. Hasta que Samael se da vuelta y voltea a mirar a Caronte.—No sé cuántas veces te lo tengo que repetir. Pero.—Se toma una pausa para darle más drama a lo que le iba a decir y para que él barquero sienta su ira y descontento.—No vuelvas a llamarme Lucifer. Tengo como 5 nombres para que puedas usar para llamarme. O mejor aún. No lo hagas.—La tensión en el ambiente hace que se corte el aire entre ellos. Él barquero pierde el equilibrio en su barco. Recupera su compostura para poder responderle.

—Si señor, disculpe mi imprudencia.—Sin esperar respuesta alguna de Samael, agarra el gran remo y desaparece de a poco entre la niebla pesada del Río.

Caminaban por un sendero de piedra negra que bordeaba los terrenos inmensos de Samael. A un lado, el abismo se abría mostrando las luces lejanas de los otros trece reinos; al otro, la piedra negra parecía absorber la poca luz que los rodeaba. Cloe caminaba con las manos tras la espalda, imitando sin darse cuenta la postura elegante de Samael.

—Cloe —Dijo él de repente, rompiendo el silencio con esa voz ronca que ahora sonaba extrañamente paternal—. Adán y Eva te desecharon porque no sabían qué hacer con algo tan perfecto y, a la vez, tan distinto a ellos. Dios te creó con una mente capaz de razonar el Bien y el Mal antes de probar cualquier fruto. Pero no lo hizo por amor.

Samael se detuvo frente a los establos de los Vulk. Se giró hacia ella y se puso a su altura, apoyando una rodilla en el suelo.—Te voy a entrenar. Pero no para que seas una princesa en este reino, ni una guerrera más de mis filas. Los trece que viste... Ellos se encargan de los pecados, de los procesos, de las torturas. Pero falta una pieza en este tablero. Alguien que lleve a cabo la tarea de escribir en las almas su fecha de caducidad.

Cloe lo miró a los ojos, esos ojos violetas captando cada destello de oscuridad del ambiente. —¿A qué te refieres?

—Toda vida necesita un cierre, Cloe. Una firma al final de la página. Dios da la vida, pero es un cobarde: no quiere ser él quien la quite. Se limpia las manos enviando el hambre y el frío, pero no tiene el valor de mirar a sus hijos a los ojos y decirles “se acabó“. —Samael extendió su mano hacia el horizonte—. Quiero que seas tú. Quiero entrenarte para que seas la autoridad final. La que pone la fecha, el motivo y el sello. Quiero que seas la Muerte.

La palabra flotó en el aire denso del inframundo. Cloe no retrocedió. Al contrario, sintió que algo dentro de su pecho encajaba, como una llave girando en una cerradura antigua. —La Muerte... —repitió ella en un susurro, probando el peso de su nuevo título—. ¿Y cómo se aprende a ser eso?

Samael sonrió, una sonrisa llena de orgullo y una pizca de malicia. —Empezaremos con los libros y las tintas. Aprenderás a leer las almas antes de que lleguen aquí. Pero primero, debes aprender a no sentir nada cuando sostengas la pluma que apaga un corazón. ¿Estás lista para dejar de ser la niña que nadie quiso y convertirte en el ser al que todos temerán?

La reacción de Cloe es fría, pero su emoción es notable, su corazón se acelera pensando en todas las aventuras que vivirá en un futuro.

—Pero ¿Cómo voy a acabar con la vida de alguien si Adán y Eva son las únicas personas en la Tierra?

—Tienes razón. Si. Pero por eso, antes te entrenaré física y mentalmente. Mientras entrenamos, el tiempo pasará en la tierra, Adán y Eva habrán tenido hijos, y sus hijos otros hijos y así.

Cloe, desvía la mirada hacia el inmenso castillo—. No quiero ser un recuerdo del Edén. Quiero ser algo más. Alguien más. Alguien que pueda cambiar el ritmo de la historia, que pueda interferir en la historia. Samael asintió y, con un gesto elegante, señaló las grandes puertas del castillo, que empezaron a abrirse con un estruendo que hizo vibrar el suelo. Por primera vez, Cloe no se sintió como una extraña o un “bicho raro”. Al cruzar el umbral, el aire fresco del jardín secreto de la niña quedó atrás para siempre, reemplazado por el olor a azufre y el peso de un destino por descubrir. Las puertas se cerraron tras ellos con un golpe seco, sepultando el pasado. El entrenamiento de Cloe acababa de comenzar.