The secret — KooxBam

Sinopsis

🐶🍆🔞 ⚠️Sí no te gusta este contenido, no leas⚠️ ⚠️ Zoofilia ⚠️ ⚠️Boypussy, Boytits⚠️ ⚠️Dirty talk ⚠️

Genero:
Erotica
Autor/a:
putita koo'🐇
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

♡~⁠Único ~⁠♡

Koo tenía 20 años y vivía en un edificio viejo del centro de Concepción, en un departamento del tercer piso donde las paredes tenían humedad crónica que olía a moho viejo y pintura descascarada. El ruido de los vecinos subía por las escaleras como un murmullo constante: voces lejanas, puertas que se cerraban de golpe, música que vibraba a través del piso. Era un chico trans que aún conservaba el coñito rosado y sensible que nunca había querido tocar quirúrgicamente. Tenía labios mayores gruesos y carnosos que se hinchaban con facilidad, un clítoris grande y gordo que se ponía duro como una pequeña verga rosada cuando estaba excitado, sobresaliendo entre el vello negro y espeso que cubría el monte de Venus y bajaba hasta rodear los labios externos y su culito gordo. Tenía vello oscuro y abundante en las piernas, los brazos y un triángulo natural que le gustaba mantener sin depilar porque lo hacía sentir más masculino, más real. Sus tetitas gordas y grandes colgaban pesadas sobre su torso, pezones oscuros y sensibles que se endurecían con el frío, con el roce de la ropa o con la excitación, balanceándose con cada movimiento brusco y enviando pequeñas descargas eléctricas cada vez que rozaban la tela.

Trabajaba medio tiempo en una librería del centro y estudiaba diseño gráfico en la universidad. Su novio, Namjoon, era un chico dulce de su misma carrera: besos largos que sabían a menta y café, caricias cuidadosas que recorrían su espalda con dedos tibios, sexo lento con condón que terminaba en abrazos tiernos y susurros de "te amo".

Pero Koo necesitaba más.

Necesitaba ser devorado hasta que su clítoris doliera de tanto placer áspero, lamido hasta que el coñito se abriera y los squirts salieran en chorros incontrolables que empaparan todo, dejando el aire cargado de olor a sexo y humedad. Pero ningún hombre, ni siquiera Nam, lo había logrado. Siempre eran demasiado gentiles, demasiado rápidos, demasiado humanos.

Bam era el doberman café del edificio, un perro de tres años que pertenecía a la señora del primer piso pero pasaba la mayor parte del día suelto en el patio interno y los pasillos. Koo lo había visto crecer desde cachorro. Al principio solo lo saludaba, le rascaba detrás de las orejas cuando subía las escaleras, sintiendo el pelaje áspero y cálido bajo los dedos. Pero hace unos meses, en una tarde de calor en que Koo se quedó solo en el patio trasero con las piernas abiertas y el short subido, Bam se acercó y lamió el interior de sus muslos. El lametazo fue áspero, caliente y húmedo, dejando un rastro de saliva que se enfrió al instante en la piel sudorosa. Koo se quedó congelado. El clítoris se endureció de golpe, el coñito se contrajo y sintió un chorrito de jugos salir sin control, empapando la tela del short. Desde entonces, era adicción. Empezó a llevarle sobras, a llamarlo al patio, a dejar que oliera su entrepierna hasta que la lengua áspera aparecía. Y Koo empezó a preparar "juegos": paté, mantequilla de maní, cualquier cosa que hiciera que Bam lamiera más profundo, más fuerte, más obsesivamente.

Esa tarde de sábado, Nam había salido con amigos a una previa y no volvería hasta la madrugada. Koo estaba solo. Se duchó con agua caliente que le dejó la piel rosada y sensible, el vapor llenando el baño pequeño con olor a jabón neutro y humedad. Se depiló solo lo justo para dejar el vello natural pero ordenado y se puso una camiseta vieja sin nada debajo. El coñito ya estaba hinchado solo de pensarlo, el clítoris gordo sobresaliendo entre los labios, los pezones duros rozando la tela de la camiseta con cada respiración. Sacó un pote grande de paté de hígado que había comprado en el supermercado, un frasco de mantequilla de maní cremosa y un paquete de galletas para perros. Subió al techo del edificio —un lugar abandonado, lleno de maleza seca que crujía bajo los pies, antenas viejas oxidadas, tanques de agua que goteaban lentamente y un cielo gris que amenazaba lluvia y esperó.

El techo olía a cemento mojado, óxido y aire estancado. El viento frío le erizaba la piel de los brazos y hacía que sus tetitas gordas se balancearan ligeramente, pezones endurecidos por el roce de la camiseta y el frío. Bam apareció en menos de cinco minutos, olfateando el aire, cola moviéndose despacio, ojos ámbar fijos en él con esa intensidad animal que lo ponía nervioso y excitado al mismo tiempo. Koo se sentó en una silla rota de plástico que crujió bajo su peso, abrió las piernas al máximo y se levantó la camiseta hasta el cuello, dejando que sus tetitas gordas y grandes colgaran pesadas, balanceándose con cada respiración agitada, pezones oscuros ya duros y sensibles. Untó paté en los pezones, dejando que goteara en hilos espesos y fríos por la curva de las tetas, bajando hasta el ombligo en riachuelos pegajosos que olían a hígado crudo y sal; luego en los muslos internos, en los labios mayores cubiertos de vello negro, en el clítoris gordo que ya sobresalía hinchado y rojo, y dentro de la entrada del coñito, metiendo dos dedos para esparcirlo bien profundo, sintiendo cómo los jugos naturales se mezclaban con el paté en una textura cálida y viscosa. El olor fuerte del paté se mezcló con su propio almizcle dulce y caliente, un aroma que llenó el techo abandonado y le hizo jadear.

—Ven, papi… ven a comerte todo lo que tu chico te preparó.

Bam se acercó de inmediato, su hocico frío rozando primero los muslos, enviando un escalofrío que le subió por la columna. Luego la lengua: áspera como lija caliente, larga, ancha y voraz. Lamió los muslos en lametazos amplios y lentos, dejando un rastro de saliva caliente que se enfriaba al instante en la piel sudorosa; subió hasta las tetitas gordas, lamiendo los pezones untados de paté, succionando con la lengua áspera hasta que Koo gimió alto, las tetas colgando y rebotando con cada lametazo, pezones enviando descargas eléctricas directas al clítoris. Bajó al coñito, raspando los labios externos cubiertos de paté y vello negro, metiendo la punta dentro de la entrada, lamiendo el clítoris hinchado en círculos brutales y profundos. Cada lametazo era un latigazo de placer: el roce áspero abriendo los labios, la lengua caliente empujando dentro, el clítoris latiendo tan fuerte que Koo sentía que iba a explotar. Se agarró las tetitas gordas con las manos, apretando los pezones endurecidos, sintiendo cómo colgaban pesadas y rebotaban con cada gemido ronco, mientras lágrimas de culpa y placer se mezclaban en sus ojos.

— Soy un puto degenerado… tengo novio, tengo una identidad que lucho por afirmar… ¿por qué necesito que un perro callejero me coma el coño hasta hacerme squirtear para sentirme completo?

Pero no podía parar. El placer era demasiado real. El clítoris gordo estaba tan hinchado que cada lametazo era casi doloroso de lo sensible que estaba. Los labios mayores estaban rojos y abiertos, el interior del coñito palpitaba y expulsaba jugos claros cada vez que la lengua de Bam entraba profundo. Koo se inclinó hacia adelante, agarró el pene de Bam —ya duro, rojo y venoso, el nudo hinchándose en la base— y lo lamió desde la punta hasta el nudo, saboreando el gusto salado y animal, la baba mezclándose con sus lágrimas. Chupó el nudo, sintiendo cómo latía contra su lengua, mientras Bam seguía devorando su coñito sin parar, la lengua raspando el vello negro y el paté hasta hacerla arquear la espalda y gemir alto.

Koo se puso de cuclillas, abrió más las piernas y frotó el pene rojo y caliente de Bam contra su clítoris gordo y su entrada hinchada. El roce era eléctrico: la carne caliente y venosa deslizándose por sus labios, presionando el clítoris, rozando la entrada sin entrar todavía. Koo gemía alto, lágrimas cayendo, el coñito chorreando jugos que empapaban el pene del perro y goteaban al suelo sucio del techo.

—Papi… sí… frótamelo… frótamelo todo…

Volvió a untarse más paté en todo el coñito, en el clítoris gordo, dentro de la entrada profunda y se sentó en el borde de la silla, abriendo las piernas al máximo, tetitas gordas colgando pesadas y balanceándose con cada respiración agitada. Bam atacó de nuevo, lamiendo con furia animal: lametazos largos y profundos que entraban hasta el fondo, la lengua áspera raspando el clítoris hinchado una y otra vez, empujando dentro del coñito como si quisiera comerse todo el paté y todo lo que había debajo.

Koo empezó a temblar violentamente. El clítoris gordo estaba tan hinchado que cada lametazo era casi doloroso de lo sensible que estaba. El coñito se contraía en espasmos violentos, los jugos saliendo en chorros pequeños al principio, luego en squirts más fuertes, claros y calientes que salpicaban el hocico de Bam y caían al suelo en charcos grandes. Koo gritaba, lágrimas cayendo sin parar, el cuerpo convulsionando mientras el orgasmo lo atravesaba una y otra vez, sus tetitas gordas rebotando pesadas con cada squirt, pezones duros rozando contra la camiseta levantada.

—¡Papi! ¡Sí! ¡Me estás haciendo squirtear… joder… no pares…!

Bam no paró. Siguió lamiendo, empujando la lengua dentro, raspando el clítoris hasta que Koo tuvo otro squirt más grande, el cuerpo arqueándose hacia atrás, los muslos temblando incontrolablemente, el coñito contrayéndose alrededor de nada mientras chorros calientes salían sin control, empapando la cara del perro, la silla rota y el suelo del techo en un charco brillante y caliente. Koo tuvo un tercer squirt, más débil pero más largo, el cuerpo temblando como si tuviera fiebre, lágrimas cayendo sin parar, tetitas gordas colgando y balanceándose con cada espasmo.

Cuando finalmente se derrumbó hacia atrás, jadeando, el coñito rojo, hinchado y abierto, todavía chorreando jugos y restos de paté, Koo lloró bajito contra su brazo, tetitas gordas colgando pesadas sobre su pecho agitado.

—Te necesito tanto, papi… aunque me mate de culpa… no puedo parar.

El olor a paté, a su propia excitación, a semen animal imaginado impregnaba el aire del techo abandonado. La culpa le quemaba el pecho como un hierro al rojo, pero el placer residual —el ardor dulce en el clítoris hinchado, el coñito abierto y palpitante, las tetitas sensibles todavía temblando— le recordaba que volvería a hacerlo. Una y otra vez. Siempre.