El eco de la ausencia

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Sinopsis

En un mundo donde el abandono y la escasez lo han devorado todo, un hombre hambriento recorre casas vacías buscando lo único que aún lo mantiene con vida: comida… o una razón para seguir respirando. Una vivienda olvidada, marcada por el silencio, los restos de una familia y un olor que promete supervivencia, despierta recuerdos que creía enterrados. Nombres que duelen. Culpa que arde. Voces que no se callan. Mientras la tormenta se acerca, el pasado empieza a reclamar lo que quedó pendiente. Porque en un mundo roto, el verdadero horror no siempre está afuera… sino en lo que uno hizo para sobrevivir

Genero:
Thriller
Autor/a:
Juan Carlos
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

capitulo 1

Cómo inicia la tragedia

Aquel sonido fue el principio de un suceso de agonía: unos pasos que se podían escuchar en la lejanía. El clima se había vuelto incontrolable; grandes y fuertes vientos movían los árboles. El sol no se notaba; el cielo vasto había sido cubierto de nubes grises. El sonido del principio se ha vuelto más constante, el asfalto era envuelto por unos pasos.

Se ve a la distancia un hombre que deambula como una mancha en el entorno, vestido con una camisa blanca desgastada junto a aquellas manchas de mugre en su ropa; por sus pasos irregulares se podría intuir el cansancio de lo que ha caminado, tambaleándose de lado a lado, acompañado de aquellas botas viejas, de un color marrón. En su cuello se pueden ver manchas de sudor.

Entre los sonidos de los vientos bravíos que se escuchan al soplar los árboles, la mirada de aquel hombre se fija en una casa que fue pintada de blanco, decidido a llegar a aquel hogar. Sus ojos se ven distraídos al ver hojas volar por el viento. A pasos de llegar, puede apreciar la pintura de la casa resquebrajándose; la ausencia de los antiguos dueños ha causado el deterioro de aquel lugar. Mientras el sujeto se acerca a la residencia, se notan las fechorías del viento: decoraciones del jardín esparcidas y arrancadas del césped marrón. Sus pies siguen aquel sendero de rocas que lo guía hacia la entrada. Al llegar al pórtico, un sonido de flautas se escucha; son decoraciones de viento que están colgadas en la entrada del pórtico. Al subir una de las escaleras de madera, el sonido de ella cruje; y, al observar al frente, se ven las ventanas rotas. Sigue su camino con cautela mientras sus pies tocan el piso lleno de fragmentos de vidrio. La atención al sonido que proviene de la madera de la casa, azotada por el viento, lo sorprende.

Junto al golpeteo de la puerta café, que azota contra el marco una y otra vez, agarrando impulso cada vez que se detiene. Al detener la puerta con la mano, mira la entrada de aquella casa; una pequeña cartulina rosa con la figura de una mariposa decora la puerta. Adentrándose, usa su mano, abriéndose camino al interior. El frío de la casa es menor que el exterior, pero aún presente. Ve unos abrigos colgados en un perchero delante de la puerta. En tanto observa aquellos abrigos, nota el color de la tela: ambos son de un color marrón. Desprende uno de aquel perchero y se lo pone, cubriéndose del frío.

Voltea a su izquierda y observa una mesa repleta de utilería para una pequeña fiesta: los recortes de envoltura y el pegamento en el suelo, los brillitos en las cartulinas rosas. Tendidas por una cuerda en cada extremo del comedor, se logran ver las palabras sin terminar: «Feli...». Todo sigue intacto, envuelto por el polvo. Al observar aquel suceso, se logra notar su rostro, su mirada perdida; su piel, blanca y pálida, está cubierta de cicatrices. En aquellos ojos cafés se notan los párpados sumidos por el cansancio y la falta de sueño; caminando, se ve a aquel hombre sosteniendo su estómago.

Sus pasos lentos recorren la casa; los pasillos están cubiertos de polvo, pues el viento invade aquel hogar. Cada paso que da deja un camino de huellas que se extiende por gran parte de la propiedad. La mirada se sobrepone a todo, escaneando cada rincón y superficie, intentando encontrar algo útil mientras camina sin rumbo. Al pasar por la sala, ve los muebles decorando aquella parte; delante de un sillón, ve una maleta de color violeta que destaca por el marrón de los muebles. Se acerca para observar lo que hay adentro, hincándose en el proceso. Al intentar abrirla, el polvo de la maleta lo hace toser, ventilándose con su mano derecha. Al mirar en su interior, ve ropa que parece ser de una niña de unos doce años de edad; no se logra ver nada importante aparte de eso. En la maleta no hay ropa de su talla. Mientras sigue revisando cada rincón de la misma, siente la mirada de alguien a su costado derecho; de reojo puede ver la sombra de algo imperceptible. Al voltearse, no parece ver a nadie, puede que sea producto de su imaginación, pero al voltearse ve tres cuartos desde la sala que, a primera instancia, parecen pertenecer a la familia. La curiosidad llama su atención.

De las tres habitaciones, una resalta más que las otras: la recámara del centro. Su puerta azul no es lo que atrae su atención, sino dos figuras que sobresalen del umbral; algo lo llama hacia esos objetos deformes y retorcidos. Mientras se acerca por el pasillo de madera de roble, siente que el recorrido se vuelve más largo. Piensa en qué podría haber en aquel cuarto hasta que siente una mala vibra que se asienta en el pasillo; un pequeño escalofrío recorre su espina dorsal. La incertidumbre del ambiente tenso lo intriga.

Al acercarse a ella, se aprecia un sticker rosa que enmarca la puerta, en la que dice «Mandy» con brillantina decorando el nombre. Piensa que podría ser el cuarto de la dueña de la maleta; debajo de aquel nombre se ve una nota que dice: «Para Mandy, la mejor niña del mundo, espero que lo disfrutes». Al inclinar su cuello, baja la vista y se agacha con cuidado. No logra distinguir la forma al principio: un tono café grisáceo con negro, resaltado por un color que sobresale del interior.

Usa sus manos para sentir su textura, tocando aquel objeto, aquellos dedos que sobresalen; siente la rigidez inmutable a su movimiento, recubiertos por una hinchazón con un tono morado en cada uno de ellos. Puede notar que son del mismo largo que sus dedos, no encajan con los dedos de una niña. «Tal vez sea un adulto», piensa. Ve cómo la punta de algunos dedos ha sido masticada hasta las uñas, dejando ver el hueso y el sobresalir de unas pequeñas larvas escarbando la carne. Mientras tanto, otros pares salen aplastados por el resquicio.

Vuelve a mirar el letrero; algo en lo que ha visto de momento le da cierto alivio: los dedos de la niña no parecen ser; deseando que lo que esté detrás de la puerta no sea lo que imagina. Se levanta lentamente; la intriga del suceso lo motiva. Intenta abrir la puerta colocando su pie dominante y empujando con el peso de su hombro. Con cada intento algo regresaba a la puerta, pero no logrando tirarlo. Se puede ver una línea de luz que entra por el resquicio en cada intento; decide cambiar de posición y coloca su espalda recargada en la puerta mientras sus pies empujan, escuchando el sonido de sus suelas deslizándose y, asimismo, lo que hay detrás. Un pequeño estruendo se escucha mientras sus posaderas golpean el suelo: —Aa.

Al levantarse, gira poniendo sus manos de frente y, al mirar por encima de su hombro, ve un cadáver que lo observa fijamente, junto a un fondo de rojo oscuro que tiñe las paredes. El mismo cuerpo, en posición fetal, se ha colocado detrás de la puerta, aplastado por el mueble que atravesaba su paso. Puede ver un segundo cuerpo en una esquina, arañando las paredes. Los cuerpos descomponiéndose liberan un hedor tan fuerte que, al inhalarlo, lo hace atufarse. Antes de poder ver más, pone su antebrazo sobre su nariz y se levanta rápidamente. Al intentar cerrar la puerta, la obstrucción del brazo del cadáver se lo impide; al haber quedado detrás del mueble, la mirada de aquel cadáver lo persigue como si estuviera vivo, así que decide dejarla abierta. Un sabor metálico impregna su lengua; se fija como un sabor punzante y, al sentirlo, las arcadas empiezan a surgir mientras camina por el pasillo. Intenta vomitar, pero no ha tenido nada en el estómago desde hace mucho, así que no puede. La situación se alivia con el viento que entra por las ventanas rotas; inhala con fuerza, intentando recuperar aire. Sus pulmones se llenan de nuevo, expulsando ese fétido olor a muerte.

Una palabra logra pronunciarse; una voz que está a punto de desaparecer por el cansancio suelta una maldición: —Mierda… cof, cof.

Reposa sus manos en sus rodillas, sacudiendo su nariz. El hedor empieza a salir de la habitación, abriéndose paso por el pasillo junto con el viento, como si lo persiguiera. Al darse cuenta, se mueve de posición. Al llegar a la sala, el tono de su voz se escucha mejor: —¿Qué mierda fue eso?

El viento resopla con más fuerza, provocando que las cortinas blancas se extiendan a lo largo del comedor, mientras la luz melancólica que sale de las ventanas se mimetiza con ellas. El sentimiento de tristeza y asco inunda su mente. La situación que presenció es diferente de lo que había visto; más que lo brutal, lo enigmático de aquello. «No podría imaginar cuánto tiempo lleva eso ahí».

Piensa que sería mejor salir de esa casa; este lugar ronda más en la locura. Tal vez en la casa de enfrente haya algo que no lo haga meter su nariz más de lo que debe… Al salir, sus movimientos se vuelven cada vez más toscos; con cada paso, el sonido de su respiración se vuelve más pesado. Sus pensamientos cuestionan qué habrá pasado; por lo que ha visto, algo más los mató y, por lo que notó, no había ninguna niña, solo pequeñas maletas de ropa cerca de la sala. No parece haber indicios de pelea afuera de aquel cuarto.

Esta casa parece haber sido un refugio momentáneo. Las decoraciones no parecen ser de antes de la pandemia; esto es más reciente. Los cadáveres del cuarto no parecían tan viejos, tal vez una semana. ¿Pero por qué se encerraron? ¿O alguien los metió ahí? Esto parece más una venganza, pero más controlada de lo que harían los que habitan estos lugares. Parece que los llevaron a aquel cuarto para terminarlos… se pregunta. «¿Por qué? Tal vez uno de ellos se encerró junto al otro a propósito; tal vez intentó salir, pero no lo logró. Algo salió mal. No entiendo, no logro conectar nada».

Al llegar a la sala, su estómago suena —ghf— y, mientras mira el marco de la puerta de salida, por un momento se desvanece y cae al suelo. Es como si su cuerpo ya no pudiera más. Todo se pone negro; dura unos segundos. Aquel cuerpo desfallece junto al sonido del viento que lo acompaña. Una voz femenina susurra en uno de sus oídos, con un tono dulce: —Levántate.

El sonido de disparos se escucha de fondo junto aquella voz dulce, hasta que la voz se apaga.

Se ve el abrir de sus ojos mientras observa el techo de madera; se queda unos segundos en silencio hasta que decide ponerse de pie. Sus pies no le responden nuevamente. En la primera ocasión que sucedió, estuvo una hora dormido, pero sí se pudo levantar; ahora ve el temblor en la punta de sus pies y no cree poder hacerlo. Esto no es como la primera vez; no logra ponerse de pie. Se pregunta cuánto tiempo lleva desde que se desmayó. «¿Qué sucede?». Empieza a pronunciarlo con desesperación mientras golpea con su mano cerrada el suelo intentando levantarse. Pasa así unos minutos, su frente se ve más sudorosa de lo normal; debe moverse antes de que anochezca. Ve el reposabrazos a su costado y se ayuda del sillón de la sala para obtener fuerzas. Poco a poco se incorpora, sosteniéndose del sillón hasta que logra sentarse.

El desgaste lo está matando; sus párpados se rinden con facilidad por el cansancio mientras su respiración es agitada; cierra sus ojos. Su mente le pide un descanso corto pero no puede hacerlo, debe salir de ahí antes que nada; no sabe cuánto tiempo ha estado inconsciente.

—¡Ayuda!

Un grito suena; el sonido de una pequeña voz lo hace abrir sus ojos.

Intenta levantarse del sillón hasta que lo logra. Mira el suelo polvoriento junto a sus piernas, que tiemblan debajo de sus pantalones. Avanza chocando con las paredes, sosteniéndose de los muebles y repisas en el trayecto hacia la salida; siente que el recorrido se ha vuelto más largo que cuando entró. Un pequeño sonido empieza a escucharse en el techo: gotas. Los gritos se intensifican con cada paso que da, mientras la luz del cielo se vuelve más opaca; el rechinido de la puerta se oye, el viento la azota con más fuerza, como si intentara arrancarla.

Cojea poco a poco en la salida cubierta por la oscuridad; llegando al pórtico, el sonido de las flautas deja de ser rítmico y suena más como un contador de un reloj. El avance del tiempo se vuelve más rápido, desesperado por salir de ahí; tiene que encontrarla antes que ellos. Hasta que ve la rendija blanca del barandal del pórtico, agarrándose de él. Mira por todos lados hasta que la ve: una niña pequeña vestida de blanco camina cubierta de heridas visibles manchando el vestido, empapada de agua y, detrás de ella, un sonido se pronuncia al fondo de la calle: un motor rechinante de una camioneta y sus luces altas opacando el clima, dirigiéndose a ella.