PROLOGO
Nadie sabe cómo luce en realidad.
Dicen que no tiene rostro, solo una sonrisa que nunca desaparece.
En las noches más frías de nuestro pueblo se le escucha caminar. No corre. No se apresura. Avanza a paso lento entre las casas, como si supiera que no hay a dónde huir.
Sigue el murmullo de las risas infantiles.
Algunos dicen que puede oler la sangre, la sangre de aquellos con alma inocente.
Lo primero que devora no es la carne, es la risa, la alegría.
Al menos esa fue la imagen que quedó impresa en el rostro de aquel niño.
No era una historia, no era un rumor contado en voz baja.
Tenía un nombre, Bastián, el hijo de la familia Olmo.
No solía jugar con él, pero lo conocía. Todos lo conocían. Era amable. Demasiado. De esos niños que sonríen incluso cuando no deberían, incluso cuando nadie se los devuelve.
Por eso mirarlo en ese estado dejó algo dentro de mí que no se ha ido, algo que todavía me despierta algunas noches.
Siempre pensé que el hogar de un niño era el lugar más seguro del mundo, estaba equivocado.
Recuerdo el momento exacto en que entré a la casa de los Olmo, no fue al abrir la puerta cuando algo se quebró en mí, sino antes, cuando el silencio me respondió.
No había llanto, no había gritos, solo un aire espeso, cargado, como si la casa estuviera conteniendo la respiración.
Di un paso, luego otro. Cada uno sonó más fuerte de lo que debía. El piso crujía bajo mis pies, lento, cansado, como si no quisiera sostener a nadie más.
Entonces la vi.
La madre de Bastián estaba recargada en la pared, justo afuera de su cuarto, no lloraba, no se movía. Tenía la mirada perdida, apagada, fija en un punto que ya no estaba ahí.
Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo, no uno rápido, no uno que se va, uno que se queda.
Nunca había pensado que un cuerpo pudiera doblarse de esa forma.
En realidad, no debería.
Sus brazos estaban donde no correspondían. No colgaban: cedían, como si ya no recordaran para qué servían. Los pies apuntaban en direcciones imposibles, torcidos con una paciencia cruel, como si alguien se hubiera tomado el tiempo de corregirlos una y otra vez.
No miré todo de golpe. No pude.
La sangre cubría el piso en capas oscuras y espesas; no corría: se había quedado ahí, impregnando la madera, reclamándola.
Cuando levanté la mirada, entendí que lo peor no era el cuerpo, sino el rostro o lo que quedaba de él.
La cabeza estaba abierta, no rota. Abierta, como algo que fue explorado. Podía verse el interior, o los restos de él, y comprendí —sin que nadie me lo dijera— que aquello no había sido hambre, había sido tiempo.
No estuve solo mucho tiempo, los adultos entraron después, uno por uno, sin mirarse entre ellos.
Nadie preguntó qué había pasado, nadie dijo su nombre.
Alguien me tomó del hombro y me giró con suavidad, como si el cuidado todavía sirviera de algo. Otra mano me cubrió los ojos, tarde, pero con la costumbre de quien ya lo ha hecho antes.
—No mires —dijo una voz baja—. Ya viste suficiente.
Lo dijeron sin urgencia, sin rabia, sin sorpresa.
Hablaron entre ellos en murmullos breves, prácticos. Palabras sueltas: agua, trapos, niños.
Nadie dijo policía, nadie dijo mañana.
Entendí entonces que aquello no era una tragedia, era un procedimiento.
Nos sacaron de la casa antes de que oscureciera por completo. Las puertas se cerraron. Las cortinas también. Como si el pueblo supiera exactamente qué partes de sí mismo debían permanecer ocultas.
Esa noche nadie salió, nadie río y ningún adulto explicó nada, no hizo falta, todos sabíamos que el pastor rojo había pasado por ahí.
Nadie sabe cómo luce en realidad.
Nadie lo ha visto de frente y vivido para contarlo, pero en este pueblo aprendimos a reconocer su paso.
Cuando un niño amanece en silencio, cuando evita la risa como si doliera, cuando los adultos bajan la voz sin ponerse de acuerdo.
Entonces sabemos que el pastor rojo volvió a caminar entre las casas y que no siempre se lleva un cuerpo, a veces, solo deja espacio para volver.