Capítulo uno
1 de enero de 2011
1.30 a. m.
Querido diario:
Esta noche fue la peor... ¿pero quizás también la mejor? Escribo esto con una linterna bajo las sábanas en casa de Sloane. Necesitaba soltarlo todo antes de que se me olvidara...
¡Mentira! ¡Como si pudiera olvidar lo de hoy!
Nos dejaron quedar despiertas para ver caer la bola de Año Nuevo. Los padres de Sloane estaban bebiendo y con la música a tope. Nosotras bailábamos y nos lo pasábamos genial.
Entonces Theo bajó las escaleras... con Vanessa, su novia. Parecía que se estaban comiendo la boca o algo así. Vanessa tenía toda la zona de los labios irritada y casi me entran las náuseas.
Theo me despeinó y me dijo que parecía un arándano. Supongo que era por el vestido que me hizo mamá. Yo pensaba que era bonito, hasta que a su novia le dio por clavar el cuchillo. Dijo algo... lo bastante alto para que solo Sloane, Theo y yo lo oyéramos.
—Y también es igual de redonda.
Dios. Me quería morir.
Sloane la llamó perra y entonces todo se volvió una locura. Su madre la regañó y estuvo a punto de llamar a mis padres para que me recogieran. Pero entonces Theo lo arregló todo.
Dijo que su «EXNOVIA» se marchaba.
¿Theo Bennett rompió con su novia por mi culpa?
Actualidad
Iba a matar a Sloane.
Dejé que me convenciera para hacer un viaje por carretera con Theo hasta Harrison Falls. Habría sido más fácil ir en avión y autobús, y menos incómodo. Pero ella insistió en que sería bueno para la moral de la dama de honor y del padrino, fuera lo que fuese que significara eso. Así que acepté.
Ahora él llegaba tarde. Quizás se había olvidado de mí, aunque yo no podía tener tanta suerte. Sloane no dejaría que se olvidara de mí.
Miré mi reflejo en la puerta de cristal. Llevaba un vestido veraniego amarillo, de tirantes finos y espalda al aire. Era algo que estaba totalmente fuera de mi zona de confort. Me había estado obligando a probar cosas nuevas... Aunque mientras tironeaba de la tela, me pregunté si este fin de semana era el mejor momento para experimentos.
Pensé en cambiarme, pero justo en ese momento apareció la camioneta negra de Theo. No estaba preparada para lo guapísimo que seguía estando. No es que esperara que eso cambiara. Theo siempre había sido un bombón. Solo esperaba haber superado ya ese estúpido enamoramiento que arrastraba desde el instituto.
—¿Dos maletas, Gin? —se burló mientras bajaba de la camioneta—. Es solo un viaje de una semana.
Puse los ojos en blanco. Si iba a empezar con las burlas ahora, esto se me iba a hacer muy largo. Arrastré mis maletas hacia el vehículo. Él me las quitó de las manos y las subió atrás como si no pesaran nada.
—Es una boda y soy la dama de honor. Necesito opciones para todos los eventos, y zapatos... No es tan fácil ser mujer en el mundo de hoy.
Theo soltó una sonrisa que le iluminó toda la cara. No estaba segura de qué había dicho para merecer una sonrisa tan grande, pero parecía divertido.
—Tranquila, Gin, no pasa nada. Vámonos ya.
Menos mal que tenía un pequeño escalón plegable en la camioneta. Si no, no habría podido subir. Yo era mucho más bajita que cualquier chica que hubiera subido antes a su coche.
Mantuvimos una conversación ligera sobre el trabajo y el tiempo... Y entonces, a las dos horas del viaje de seis, la camioneta de Theo decidió rendirse.
Se oyó un golpe fuerte, seguido de un temblor, y se me cayó el alma a los pies. Sin darme cuenta, me agarré al antebrazo de Theo. Él ya estaba reduciendo marchas para detenerse a un lado de la carretera. Solté un grito de miedosa y apenas logré evitar un ataque de pánico.
—Estás bien —me tranquilizó. Quitó su mano del volante y la puso sobre la mía, que seguía apretando su brazo. Asentí y me concentré en respirar mientras él llamaba a un mecánico.
—Bueno, la buena noticia es que tiene arreglo —dijo el mecánico mientras se limpiaba las manos—. La mala es que le va a salir caro. Además, no tendremos las piezas hasta mañana por la mañana.
Me iba a dar algo. Una noche con Theo sonaba a tortura. Bueno, no a tortura real... pero mierda. Necesitaba llegar a mi habitación de hotel, lejos de él, para poder pensar con claridad.
—¿No hay nada que pueda hacer hoy? —Theo casi suplicó. Eso me hizo pensar que él tenía tantas ganas de alejarse de mí como yo de él.
—Me temo que no. Hay un motel al final de la carretera, el Starlight Lodge. Digan que van de parte de Al. Mi mujer puede llevarlos.
Theo sacó nuestro equipaje y el mecánico empezó a enganchar el vehículo a la grúa. Su mujer, Brenda, nos llevó hasta el motel. Nos dijo que pasaría por la mañana para devolvernos al taller.
Entramos en la recepción. Dejé que Theo se encargara de pedir la habitación mientras yo llamaba a Sloane.
—¡Hola! ¿Cómo va ese viaje? —canturreó Sloane al otro lado del teléfono.
—Pues... —Me di la vuelta para mirar hacia la carretera, viendo pasar algún coche de vez en cuando—. Estamos parados.
—¿Cómo que parados? —dijo ella, cambiando el tono al instante.
—Se averió la camioneta. Tenemos que pasar la noche en... —Miré a mi alrededor. Un folleto de «Bienvenido a Hedgefield» en el mostrador me ayudó—. Hedgefield.
—No me lo puedo creer. ¡Voy a matar a mi hermano!
—No pasa nada, fue cosa del coche, no de él. Estamos bien, llegaremos mañana.
—¿Le digo a papá que vaya a buscarlos?
La idea era tentadora, pero sabiendo todo lo que los Bennett estaban haciendo para preparar la boda... No quería dar más molestias.
—No, estaremos bien. Pizza, tele basura y dormir temprano me suena a gloria.
Y una habitación y una cama separadas, aunque eso no lo dije en voz alta.
—Vale, avísame cuando salgan por la mañana.
—Lo haré.
—¡Te quiero, Ginny!
—Y yo a ti, Sloane.
Colgué el teléfono y me giré hacia Theo. Él acababa de darse la vuelta y sostenía una sola llave. Estaba sonriendo, pero la sonrisa no llegaba a sus ojos. Sabía que eso significaba que no me iba a gustar lo que estaba a punto de decir.
—Bueno... —empezó—. Solo les queda una habitación, pero es de dos camas grandes. Dormiremos separados.
Suspiré. Tendría que conformarme con eso. Al menos mañana ya no estaríamos juntos y podría seguir fingiendo que él no me afectaba como siempre lo había hecho.
—Qué bien, una fiesta de pijamas —respondí con sarcasmo.
Me cago en mi vida... esta semana va a ser una tortura.