PRÓLOGO — LA PRIMERA MISIÓN
La primera vez que mi misión fue matar a un humano, mi padre estaba observando.
El aire del planeta azul era pesado, húmedo. La nave flotaba sobre una ciudad pequeña, irrelevante para la conquista, pero perfecta para una prueba.
Yo estaba de pie frente al objetivo.
Un niño.
No tendría más de siete ciclos humanos. La ropa sucia, los ojos enormes, las manos temblando alrededor de un juguete roto.
Mi padre, Vor’Khan, permanecía detrás de mí, inmóvil, con su silueta Vorethi recortada contra la luz del portal.
—Hazlo —ordenó.
Los Vorethi no preguntamos por qué.
Solo ejecutamos.
Mis dedos se alargaron. La piel de mis brazos perdió su forma suave y dejó ver las placas negras bajo ella. Mi mandíbula quiso separarse. El instinto gritaba que aquello era fácil.
Pero entonces el niño levantó la mirada.
No me miró con odio.
No me miró con rabia.
Me miró con miedo.
Pero no era miedo hacia mí.
Era hacia mi padre.
Lo entendí por la forma en que sus ojos evitaban mi rostro y se clavaban detrás de mí, donde Vor’Khan respiraba como una bestia antigua.
El niño no veía un monstruo frente a él.
Veía algo peor detrás.
Mi cuerpo estaba listo.
Mi mente no.
Di un paso.
El niño no gritó.
Solo apretó su juguete con más fuerza.
Y algo dentro de mí se quebró.
No era compasión.
No era rebeldía.
Era una pregunta que nunca antes había existido:
¿Por qué?
Mi mano se quedó suspendida a centímetros de su cuello.
—Kael —dijo mi padre, con voz grave—. No nos hagas perder tiempo.
Lo miré.
Por primera vez no como rey.
Sino como padre.
Y bajé el brazo.
El silencio duró un segundo.
Después, un sonido húmedo.
Mi hermano menor, Ikar, pasó a mi lado como una sombra.
No dudó.
Su brazo atravesó al niño con precisión perfecta.
El juguete cayó al suelo antes que el cuerpo.
La sangre humana no es igual a la nuestra.
Es más cálida.
Más frágil.
Vor’Khan no me miró a mí.
Miró a Ikar.
—Bien hecho —dijo.
A mí no me dijo nada.
Ese día, algo cambio.