Secretos entre sombras

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Sinopsis

Cara Bennett tiene dieciocho años, acaba de graduarse y, por fin, es libre para soñar. De día, es la chica tranquila de al lado. La gamer. De noche, vuelca su corazón, su deseo y su curiosidad en un cuaderno de bocetos que nadie debía ver jamás. Hasta que lo pierde. El problema no es solo que el cuaderno esté lleno de dibujos íntimos. Es quién lo encuentra. Leo. Su vecino. El mejor amigo de su hermano. El chico de oro, capitán del equipo de natación, que siempre ha sido territorio prohibido. Cuando Cara se da cuenta de que Leo tiene su cuaderno, el pánico se apodera de ella. Cada trazo de carboncillo, cada curva sombreada revela una verdad que nunca ha dicho en voz alta, y menos ante él. Y cuando Leo finalmente mira… no ve algo vergonzoso. La ve a ella. A medida que los momentos robados se convierten en confesiones peligrosas, la línea entre lo correcto y lo incorrecto empieza a difuminarse. Porque algunos secretos nunca debieron permanecer ocultos y algunos deseos se niegan a ser borrados.

Genero:
Romance
Autor/a:
Anne-Marie
Estado:
Completado
Capítulos:
29
Rating
4.8 5 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

El bajo de los altavoces aún vibraba en el pecho de Jack mientras bajaban a tropezones del asiento trasero del Tahoe de Leo. Era una noche de viernes húmeda de julio, con ese aire espeso y pesado que se te pega a la piel y hace que todo parezca un poco irreal. Las farolas zumbaban, proyectando sombras largas que se estiraban sobre el pavimento de la entrada.

—La mejor fiesta del verano, sin duda —declaró Jack, estirando los brazos por encima de la cabeza. Su voz tenía esa confianza natural y resonante de los chicos que ganan trofeos solo por presentarse. Dio una vuelta para encarar el coche y se agachó para mirar al conductor—. Leo, eres un grande por sacarnos de allí antes de que llegara la poli.

Leo sonrió con esa mueca afilada y depredadora que traía locos a medio equipo de natación y a todas las animadoras. Apagó el motor pero dejó las luces encendidas, inundando el jardín delantero con una cruda luz blanca. Apoyó un brazo con aire relajado sobre el volante; las mangas de su polo ajustado le apretaban los bíceps, que parecían esculpidos a base de física y cloro.

—Soy un grande porque sé conducir, Jack. Algo de lo que te darías cuenta si te sacaras el carnet de una vez —respondió Leo con ese encanto chulo que lo caracterizaba. Tocó el claxon suavemente, un pitido corto que rompió el silencio del barrio—. Lárgate de aquí antes de que tu madre empiece a espiar por las cortinas.

—Yo también te quiero, tío —se rió Jack, cerrando la puerta con un poco más de fuerza de la cuenta. Tropezó ligeramente y se apoyó en el buzón antes de mirar a su hermana—. ¿Vienes, Cara? ¿O vas a esperar a que Leo te arrope?

Cara puso los ojos en blanco con tanta fuerza que hasta le dolió, un gesto que había perfeccionado tras dieciocho años siendo la gemela de Jack. Se ajustó la correa de su bolso bandolera, sintiendo su peso reconfortante contra la cadera.

—Creo que preferiría ahogarme en la piscina del vecino antes que escucharte intentar ser gracioso un segundo más —replicó Cara, apartando a Jack de un empujón que a él le hizo gracia. Se volvió hacia el coche, que seguía al ralentí, y agarró el marco de la puerta abierta—. Gracias por traernos, Leo. Y perdona por lo de Jack. Creo que a estas alturas su cerebro es un 80% cloro.

Leo soltó una carcajada, un sonido grave que pareció vibrar por todo el chasis del coche. Miró más allá de Jack, clavando la vista en Cara. Bajo el brillo intenso de los faros, las puntas teñidas de verde azulado de su pelo castaño parecían rayas de neón. —No pasa nada, Cara. Alguien tiene que mantener vivo a este idiota. Además, es entretenido ver cómo intenta apañárselas fuera del agua.

Cara le dedicó una sonrisa pequeña y sincera. A pesar de su fachada de deportista y de un ego que ocupaba medio vecindario, Leo siempre se había portado bien con ella. Era el hermano que nunca pidió pero que no le importaba tener cerca, sobre todo cuando mantenía a Jack ocupado.

—Como digáis —gruñó Jack, haciendo un gesto grosero hacia Leo antes de caminar hacia la casa—. Voy a aniquilar una pizza y luego a quedarme frito. No te tires toda la noche gritándole al ordenador, Cara. Algunos tenemos entrenamiento de verdad por la mañana.

—Cagarla con el estilo de espalda no es entrenar, Jack, es ahogarse por diversión —le soltó Cara, aunque sin mala leche. Era su rutina. Un ruido de fondo constante de puyas entre hermanos que había sido la banda sonora de sus vidas desde que llevaban pañales.

Jack volvió a sacarle el dedo sin girarse y forcejeó con las llaves en la puerta principal. La luz del porche se encendió al detectar el movimiento, bañando el césped impecable con un resplandor cálido y amarillento. Era un contraste total con el mundo alternativo de luces de neón al que Cara solía preferir retirarse.

—Adiós, Leo —gritó ella, despidiéndose con la mano antes de cerrar la pesada puerta del Tahoe.

Subió rápido por el camino, disfrutando del crujido de la grava bajo sus botas militares. Llegó a la puerta justo cuando Jack la dejaba cerrarse de golpe y entró en el fresco recibidor con aire acondicionado. El olor a limpiador de limones y restos de comida para llevar reemplazó al instante el aire húmedo de la noche.

—¿Jack? —llamó, quitándose las botas y dejándolas de cualquier manera junto a la alfombrilla. Su madre le echaría una bronca por el desorden mañana, pero ahora mismo Cara solo quería subir a su cuarto.

—¡En la cocina! —respondió la voz de Jack, acompañada por el ruido de una bolsa de patatas al abrirse.

Cara subió las escaleras y la madera crujió bajo su peso. Su habitación era su refugio, un caos que rompía con el orden impecable del resto de la casa. Las paredes estaban empapeladas con posters de bandas indies poco conocidas y dibujos de sus videojuegos de disparos favoritos. Tenía guirnaldas de luces colgadas por el techo que daban un brillo cálido, ideal para sus sesiones de dibujo nocturnas.

Dejó el bolso sobre el escritorio, haciendo que su tableta y sus rotuladores chocaran entre sí. Soltó un largo suspiro y se sacudió el pelo, sintiendo cómo la adrenalina de la fiesta se convertía en esa soledad familiar y cómoda.

Se quitó la goma del pelo y sacudió la cabeza hasta que su melena castaña le cayó sobre la cara. Las puntas de colores, que solían verse brillantes, parecían más apagadas bajo la luz suave de su cuarto. La fiesta no había estado *tan mal*, la verdad. Solo que había demasiado ruido y mucha gente. Gente como Jack y Leo. Personas que van por la vida seguras de que encajan, mientras que Cara sentía que siempre estaba esperando a que terminara de cargar una pantalla que no avanzaba nunca.

Se tiró en la cama, mirando al techo donde una estrella que brillaba en la oscuridad se estaba despegando. Colgaba de una sola punta, lacia como una flor marchita.

—Dios, qué cansada estoy —murmuró a la habitación vacía.

Se quedó allí tumbada exactamente tres minutos, contando las vueltas del ventilador, hasta que las ganas de mear la obligaron a moverse. Con un quejido, se levantó del colchón y bajó de nuevo a la cocina.

La escena era justo la que esperaba. Jack estaba apoyado en la enorme isla de granito, hincándole el diente a un bocadillo enorme que parecía a punto de desmoronarse en sus manos. El fluorescente de arriba zumbaba, iluminando las medallas y cintas que seguían pegadas con imanes a la nevera desde la entrega de premios del instituto.

—Ya te ha valido —dijo Jack con la boca llena de pavo y queso—. Pensaba que te habías quedado frita ahí arriba.

—Daba asco verte comer —Cara puso una mueca y cogió una botella de agua de la nevera. Se apoyó en la encimera frente a él y abrió el tapón—. ¿Tenías que tragarte el bocadillo entero? Creo que mamá lo había comprado para el almuerzo de mañana.

Jack se encogió de hombros tras tragar con esfuerzo. —Gasolina para la máquina, Cara. A diferencia de ti, yo sí quemo calorías cuando estoy despierto. No me limito a estar sentada en una silla hasta que me da el túnel carpiano.

—Se llama resistencia artística —rebatió ella después de dar un buen trago de agua. El líquido frío le ayudó a quitarse el sabor seco de la fiesta—. Y que sepas que mis reflejos son de primera. Podría pegarte un tiro desde la otra punta del mapa antes de que supieras qué botón sirve para saltar.

Jack resopló, entre divertido y empachado. —Por favor. Tú y tus jueguitos de dibujos. Yo vivo en el mundo real, Cara. Donde existe la resistencia al agua y no puedes darle a «respawn» si te ahogas.

—El mundo real es un aburrimiento, Jack. Por eso se inventaron las tarjetas gráficas —dijo ella, separándose de la encimera para volver a las escaleras—. Me voy a dormir. Intenta no atragantarte con el bocata mientras sueñas con tu propio reflejo.

—¡Yo también te quiero, bicho raro! —gritó Jack. Su voz resonó por el hueco de la escalera mientras la nevera zumbaba con fuerza en el silencio repentino.

Cara se despertó con el ataque cegador del sol de media mañana y el golpe rítmico de un balón de baloncesto contra el cemento. Era el sonido de su verano: Jack y Leo, incapaces de estarse quietos diez minutos, haciendo algún tipo de esfuerzo físico.

Gruñó y se tapó la cabeza con el edredón para tapar la luz. No sirvió de nada. La casa ya vibraba de actividad. Abajo oía el traqueteo de los platos, a su madre llenando el lavavajillas con energía y el murmullo de la tele.

Destapándose de golpe, Cara se levantó y caminó hasta el espejo. Las puntas azules de su pelo apuntaban a todas partes, un nido de pájaros castaño y verde. Cogió el cepillo y empezó a deshacer los nudos mientras se miraba. Tenía ojeras bajo sus ojos claros, restos de una partida nocturna en su MMO que había durado hasta las tres de la mañana.

Se lavó la cara con agua fría para espabilarse y se puso una camiseta gigante de una banda y unos pantalones cortos. Si iba a pasarse el día en la silla, mejor estar cómoda.

Abajo, la cocina olía a café y a tostada quemada. Su madre ya estaba vestida para ir a trabajar, escribiendo a toda pastilla en su tableta en la isla de la cocina.

—Buenos días, cielo —dijo su madre sin levantar la vista—. Jack y Leo ya están en la piscina. Jack ha dicho que luego irán al gimnasio, así que cuando vuelvan comerán como una tropa.

—Típico de Jack —masculló Cara, cogiendo una taza del armario para servirse el café que la esperaba—. ¿Qué probabilidades hay de que rompan algo antes de mediodía?

—Pocas. Rompen cosas cuando intentan fardar, no cuando solo hacen largos —dijo su madre, mirándola por fin por encima de sus gafas de lectura. Suspiró al ver la ropa de Cara—. ¿Vas a quedarte otra vez todo el día encerrada? Se supone que va a hacer buen tiempo.

—Tengo encargos que terminar —mintió Cara con soltura. Tenía dibujos pendientes, pero también necesitaba subir de nivel su habilidad de encantamiento en el juego—. Además, el sol es mi enemigo. Ya lo sabes.

Su madre chasqueó la lengua con esa decepción suave que Cara ya sabía ignorar. —Tienes dieciocho años, Cara. Estas son tus vacaciones antes de que empiece la vida de verdad. Deberías estar en la playa o... no sé, haciendo senderismo con amigos.

—Estoy con amigos —replicó Cara, soplando el café caliente—. Por internet. Estamos salvando el reino de un culto de dragones. Es un trabajo muy importante.

—El senderismo te da vitamina D —dijo su madre, levantándose y cogiendo su maletín—. Los cultos de dragones te dan túnel carpiano. Solo... intenta salir un poco fuera, ¿vale? Hoy no hay mucho polen.

—Claro, mamá. Saldré. Haré fotos a algún musgo raro para mis texturas —mintió Cara sin pestañear mientras su madre le daba un beso en la mejilla.

—Esa es mi chica —dijo ella, con un tono de alivio sospechoso—. Volveré a las seis. No quemes la casa.

—No prometo nada —murmuró Cara a la cocina vacía en cuanto oyó el clic de la puerta principal.

El silencio que quedó tras el cierre de la puerta era pesado, pero no de forma agobiante. Era el tipo de silencio que Cara se ganaba con su aislamiento, una moneda de cambio que le compraba soledad.

Subió su café a la habitación, sintiendo el calor de la taza en las palmas. Al llegar al rellano, los botes del balón en la entrada habían parado; ahora se oía el plas-plas-plas rítmico de la piel mojada contra el cemento. Jack y Leo se habían pasado a la piscina. Conocía esa rutina de memoria. Diez minutos de baloncesto para fardar ante los vecinos imaginarios, seguidos de tres horas de entrenamiento real porque ninguno de los dos sabía dejar de competir.

Cara se sentó en su silla y el cuero crujió en protesta. Encendió el ordenador y vio cómo las luces LED hacían su baile de colores habitual. Mientras la torre empezaba a zumbar, buscó en su bolso para sacar su cuaderno de dibujo.

El cuaderno no estaba allí.