"El CEO y la chica del Pueblo"

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Sinopsis

Alfred y Bianca se conocian porque vivian en el mismo pueblo. El marchó para buscar un futuro y ella se quedó allí. Pasaron años hasta que se volvieron a encontrar y ya no eran los mismos.

Genero:
Romance
Autor/a:
MaríEn
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

Un café, un choque y unos bíceps conocidos 

Londres olía a lluvia, a tubo de escape y, curiosamente, a la colonia cara que usaba el hombre con el que acababa de chocar.

—¡Maldita sea! —exclamé, viendo cómo mi latte hirviendo decidía suicidarse sobre mi blusa blanca. La única blusa decente que había traído para la conferencia.

—Deberías mirar por dónde... —La voz ronca y grave se detuvo en seco.

Me agaché para recoger los papeles empapados, maldiciendo mi suerte. Yo, Bianca, la chica que vivía tranquila en un pueblo donde el mayor tráfico era el rebaño de ovejas del señor Tomás a las seis de la tarde, estaba ahora en el centro de la capital británica, manchada de café y a punto de llorar.

—¿Bianca?

Esa voz. Mis manos se congelaron sobre el asfalto mojado. No podía ser. Las probabilidades eran de una entre ocho millones.

Me levanté despacio, alisando mi falda con dignidad (o la poca que me quedaba) y levanté la vista. Y seguí levantándola, porque el dueño de la voz era alto. Muy alto.

Mis ojos marrones se encontraron con un par de ojos verdes que conocía mejor que la palma de mi mano. O, al menos, los conocía hace cinco años.

Alfred.

Pero no era el Alfred que jugaba al fútbol en la plaza del pueblo con camisetas desgastadas. Este Alfred llevaba un traje azul marino hecho a medida que gritaba “cuesto más que tu casa”. Su cabello rubio estaba peinado hacia atrás con una precisión casi militar, y sus hombros... Dios santo, ¿habían ensanchado? Parecía que el traje estaba luchando por contener sus músculos.

—Alfred —dije, y mi voz salió como un chillido de ratón. Carraspee—. Quiero decir, hola.

Él me miró de arriba abajo. Su mirada, siempre inquieta y acaparadora, se detuvo en mi pelo rizado, que con la humedad de Londres debía parecerse al de la bruja de un cuento, y luego bajó a mis pómulos, deteniéndose finalmente en la mancha marrón de mi pecho.

Una sonrisa arrogante, de esas que hacen que te tiemblen las rodillas y te den ganas de darle una bofetada al mismo tiempo, curvó sus labios.

—Sigues siendo un desastre con las bebidas calientes, ¿verdad, Bia? —Dijo el apodo. Ese maldito apodo.

—Y tú sigues siendo tan encantador como un dolor de muelas —repliqué automáticamente. Mi cerebro humilde y tranquilo se había ido de vacaciones; mi boca iba por libre.

Alfred soltó una carcajada corta. Dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal. Olía a éxito, a lluvia y a peligro.

—¿Qué haces en Londres? —preguntó, ignorando a la gente que nos esquivaba en la acera.

—Conferencia de Innovación Rural. —Me crucé de brazos para tapar la mancha—. ¿Y tú? Aparte de atropellar peatones con tu pecho de acero.

Él se metió las manos en los bolsillos del pantalón, tensando la tela sobre sus muslos bien formados. Céntrate, Bianca. No mires ahí.

—Vivo aquí. Trabajo aquí. —Se inclinó un poco hacia mí, bajando la voz a ese tono sensual que solía usar para convencerme de escaparnos al río—. De hecho, soy el organizador principal de la conferencia a la que vas.

Sentí que la sangre se me iba a los pies. —¿Tú eres el jefe?

—El CEO, técnicamente. —Me guiñó un ojo. Verde, brillante y letal— Bienvenida a mi ciudad, Bianca. Intenta no destruir nada más antes de llegar al registro.

Y sin esperar respuesta, se dio la vuelta y cruzó la calle con esa seguridad de quien sabe que el mundo se detendrá para dejarle pasar.

Me quedé allí parada, bajo la llovizna, con una mancha de café y el corazón latiendo tan fuerte que temí que se me saliera por la boca.

—Ánimo, Bianca —me susurré a mí misma—. Solo son tres días. Tres días con tu ex, que ahora es un billonario arrogante y está más bueno que comer con los dedos. ¿Qué podría salir mal?

En ese momento, un taxi pasó a toda velocidad y me salpicó agua de un charco en las piernas.

—Perfecto —bufé—. Absolutamente perfecto.