Capitulo I - Despertar en la sombra
El mundo ya había terminado.
La ciudad era un esqueleto de concreto y metal, iluminado apenas por incendios lejanos y luces de emergencia que nadie iba a reparar.
El aire olía a óxido y electricidad quemada.
Cada paso que daba resonaba distinto, más pesado, como si el suelo me reconociera... o me rechazara.
Miré mis manos. No eran solo mías.
La piel se abría en líneas limpias donde asomaba metal , placas unidas con precisión quirúrgica. Sentía todo, pero no como antes.
El dolor llegaba tarde.
El miedo también.
Delante de mí, las cosas se movían.
No corrían pero avanzaban.
Cuerpos deformes, altos, torcidos, algunos arrastrándose, otros golpeando el suelo con una fuerza que no debería existir.
No gritaban. Respiraban.
Un sonido grave, colectivo, como un pulmón gigantesco funcionando mal.
Apreté el arma que tenía en las manos.
Una hoja larga, recta, gastada por el uso.
El filo reflejaba las llamas y algo más: mi rostro...una especie de cráneo con pedazos de metal fusionados.
No dudé, mi cuerpo reaccionó antes que mis pensamientos.
Corrí hacia ellos.
El primer impacto fue limpio. Demasiado fácil.
El segundo, más violento. Cada movimiento era preciso, automático, como si ya hubiera hecho esto cientos de veces. Sentía cómo el metal bajo mi piel se tensaba, cómo algo interno se ajustaba para seguir peleando.
Pero eran demasiados. Siempre lo eran.
Uno de ellos me golpeó contra una pared. El concreto cedió.
Me levanté igual. Mis piernas no temblaban. Ya no sabían hacerlo.
Al fondo, entre el humo y los restos de la ciudad, vi algo enorme moverse con calma, observando. No atacaba.
Esperaba.
Sabía que me estaba mirando a mí. Levanté la espada otra vez.
Y entonces...
- BIIP BIIP BIIP - la alarma me saco de esa pesadilla
Estaba sudando y tenía el corazón acelerado, empecé a respirar hondo hasta calmarme.
- Mierda...una pesadilla- dije mientras me levantaba.
Y recordé que hoy empezaba de nuevo a estudiar...
No me molestaba estudiar. De hecho, el diseño gráfico me gustaba bastante. Siempre me atrapó eso de poder comunicar cosas con imágenes, formas, colores. Hay algo poderoso en eso, en decir tanto sin usar una sola palabra. Aunque claro, había días, como hoy, donde la cama pesaba más que cualquier pasión. A veces me da pereza incluso lo que me gusta.
Me senté en la cama y pasé las manos por mi rostro. El cielo afuera era de un gris claro, y el sonido de la ciudad empezaba a filtrarse por la ventana: motores, pasos, voces que no distinguía. El mundo volvía a moverse, y yo tenía que seguirle el ritmo.
Tengo veinte años y vivo solo. Perdí a mis padres cuando tenía diez. No fue trágico en el sentido cinematográfico, fue simplemente un corte en seco. Un día estaban, al siguiente ya no. El gobierno me asignó una beca de apoyo, fui pasando de institución en institución, y empecé a trabajar desde joven. Con eso y algo de suerte logré terminar el bachillerato y ahora me estoy pagando la universidad.
No recuerdo nada de mi padre. De mi madre, solo quedan retazos. Una voz suave. Su olor a ropa limpia. Unas manos cálidas que me peinaban el cabello cuando me enfermaba. Son recuerdos difusos, como sueños que uno no sabe si vivió o inventó.
Lo único constante desde entonces ha sido Manchas, mi gata. Me la dejaron con la promesa de que cuidarla me ayudaría a no sentirme tan solo. Tenía razón. Es rara, silenciosa, intensa. A veces me mira como si entendiera más de lo que debería.
Me levanté, caminé hasta el baño y me miré en el espejo. Ojeras discretas, cabello alborotado, una pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda que siempre olvido de dónde vino. Me vestí como siempre: gorra roja y blanca hacia atrás, buso azul rey, sudadera gris, tenis rojos. Cómodo. Yo no soy complicado.
Juego voleibol. No es solo por pasar el rato o por hacer ejercicio. Me importa. Me gusta competir, sentir que puedo mejorar, ganarle a alguien, superarme. No estoy en el equipo oficial todavía, pero entreno fuerte porque quiero estar ahí. Porque cuando estoy en la cancha todo se silencia. No hay pasado, ni universidad, ni cuentas por pagar. Solo el sonido de la pelota y mi cuerpo respondiendo sin pensar.
Agarré mi mochila, acaricié a Manchas en el lomo -ella me respondió con un parpadeo lento desde el sofá y salí.
El aire tenía ese olor clásico de mi ciudad, Tunja: mezcla de pan caliente, cemento húmedo y gasolina. En la parada del bus, puse mis audífonos, dejé correr una lista de reproducción vieja y observé al mundo pasar. Subí cuando llegó el bus, ocupé una silla junto a la ventana y saqué el celular. Más que nada por costumbre.
Instagram estaba lleno de los típicos posts del regreso a clases. Fotos frente a espejos, cafés con nombres innecesariamente largos, “¡vamos con toda este semestre!“, emojis por doquier. Hasta que vi una historia distinta. Fondo rojo, letras enormes.
“¡Científicos alertan sobre mutaciones en personas dormidas! ¿Nuevo brote o conspiración global?”
Rodé los ojos y pasé al siguiente post.
-Otra teoría conspiranoica -murmuré.
Era lo de siempre. Alguien encontraba un caso raro, lo adornaba con palabras técnicas, y ya estaba el pánico viral. Lo había visto mil veces: zombis en Alaska, experimentos genéticos, satélites que controlaban el sueño. A mí me preocupaban más los exámenes finales que una supuesta “mutación nocturna”.
Bajé del bus frente a la universidad. El edificio seguía igual: viejo, con su pintura desgastada y ese letrero de bienvenida que parecía no haber sido limpiado desde el semestre pasado. En las escaleras los vi. Mis amigos.
Comar fue el primero en saludarme, con ese empujón en el hombro que era habitual entre nosotros.
-¡Mira quién volvió a clases! Pensé que ya te habías vuelto streamer, cabrón.
Reí mientras chocábamos las manos.
-No lo descarto -le dije.
Comar, en realidad, se llama Marco. Es mexicano, estudia psicología, y tiene una capacidad increíble para meter chistes en cualquier conversación, incluso en los momentos más tensos. Desde el primer semestre nos hicimos inseparables. Nadie le dice Marco ya. Es Comar, y punto.
A su lado estaba Aley, con la mirada medio perdida y una chaqueta vieja colgándole de un hombro. Siempre tiene ese aire de “recién bajado del universo”. No es raro que llegue callado, como si su mente todavía estuviera soñando.
-¿Dormiste algo? -le pregunté.
-No mucho... sueños raros otra vez -murmuró.
-Eso te pasa por fumar hasta quedarte dormido -dijo Comar, riendo.
Aley sonrió, pero no negó nada.
El último en llegar fue Andy, con su chaqueta perfectamente ajustada y ese paso medido que parecía ensayado. Andy es el más tranquilo del grupo. Hijo único de una familia con dinero, siempre fue pulcro, educado... y exageradamente penoso. A veces saluda como si le diera vergüenza estar presente.
-Hola, chicos -dijo en voz baja, bajando un poco la mirada.
-¿Ya te tomaste tu pastilla de etiqueta social? -bromeó Comar.
Andy sonrió con timidez, sin contestar. Ese era su estilo.
Yo los miré a los tres por un momento. El ruido de la ciudad, la gente entrando a la universidad, el murmullo de los primeros saludos... todo seguía como debía.
Por ahora.
Después del saludo, Aley y yo nos separamos de Comar y Andy. Ellos tenían clases en otros bloques -psicología y biotecnología, respectivamente- mientras que Aley y yo compartíamos el mismo salón desde primer semestre, diseño gráfico. Era bueno tenerlo cerca, a pesar de lo callado que podía ser.
La clase fue como cualquier primera clase de semestre. El profesor habló del programa, hizo algunos chistes que nadie celebró demasiado y terminó soltando el clásico “este semestre será más exigente que el anterior”. Todos asentimos con cara de que nos importaba, mientras algunos revisaban el celular por debajo del escritorio.
Aley pasó gran parte de la clase dibujando en los márgenes de su cuaderno. No eran garabatos. Eran figuras extrañas, geométricas, como símbolos antiguos o mapas de sueños. Yo intenté prestar atención, pero mi mente se distraía con facilidad. Entre el reflejo de la luz en la ventana y los movimientos suaves de las hojas de los árboles, todo me empujaba a estar en cualquier parte, menos ahí.
Cuando la clase terminó, salimos al patio y nos encontramos nuevamente con Comar y Andy en una banca de concreto, bajo la sombra de un árbol enorme. Era nuestro punto de encuentro desde el primer semestre.
Comar ya estaba comiendo algo, probablemente empanadas de queso, y Andy organizaba sus notas como si el orden fuera a salvarle la vida. Nos sentamos con ellos. Aley subió al respaldo como siempre, y yo simplemente dejé caer la mochila a un lado.
-¿Y qué tal la clase? -preguntó Comar, masticando sin disimulo.
-Nada nuevo. Más expectativas que contenido -le respondí.
-Yo tengo una profesora que parece salida de una secta. Nos saludó con “bendiciones biológicas” -dijo Andy, sin despegar la mirada de sus hojas.
-¿Eso es legal? -bromeó Aley, por primera vez con un poco de energía.
Nos reímos. El ambiente estaba relajado. Hasta que Aley bajó la mirada y habló en un tono que rompió esa burbuja:
-Sigo soñando raro.
Lo miramos en silencio.
-Esta vez la luna... se estaba pudriendo. Como si se le cayeran pedazos.
-Bro, ¿ya ni en tus sueños te dan vacaciones? -soltó Comar, intentando aligerar el momento.
-Hablo en serio. Se siente real. Como si algo me estuviera observando desde dentro.
Comar intentó una nueva broma, pero yo lo interrumpí antes de que dijera algo fuera de lugar.
-Aley siempre ha tenido algo. Como un radar para lo que no se ve -dije.
Aley me miró de reojo. No dijo nada, pero su silencio sonó a agradecimiento.
Fue entonces cuando la vi. Lyra.
Caminaba por el costado del patio, con su maleta cruzada en la espalda y una botella de agua en la mano. Tenía el cabello pelirrojo, desordenado, cortado justo por debajo de los hombros, como si se lo hubiera dejado así sin preocuparse mucho. Siempre iba vestida de negro, incluso cuando entrenaba, como si llevar otro color no le pareciera necesario.
Había algo en ella que me detenía cada vez que la veía. No hablábamos mucho. Apenas unas veces. Compartimos agua una vez en un entrenamiento, y hablamos durante un trabajo grupal en teoría del color. Pero en esas pocas conversaciones, se sentía... conexión. No sé cómo explicarlo. Tal vez era su forma de escuchar sin apurar, o cómo parecía entender lo que yo no decía.
También entrenaba voleibol. Y no solo jugaba: entrenaba como quien necesita ganar. Como si al golpear el balón estuviera alejando algo invisible. Siempre me llamó la atención esa intensidad, esa fuerza silenciosa. Era parecida a la que a veces siento en mí, cuando todo me pesa y solo quiero jugar.
Mientras pasaba, nuestras miradas se cruzaron. Ella me miró por un segundo y esbozó una sonrisa leve, discreta. Yo respondí como pude, tratando de que no se me notara el corazón en la garganta.
-Ajá... ya vi esa mirada -dijo Comar, clavándome con una ceja levantada.
-No empieces -repliqué, volviendo la vista al frente.
-¿Lyra otra vez? -añadió Aley desde lo alto de la banca.
-¿Quién es Lyra? -preguntó Andy, aún acomodando sus papeles.
-Una diosa oscura del voleibol -respondió Comar en tono épico-. Y la pesadilla tímida de nuestro querido Sombo.
-¿Han hablado? -preguntó Aley, sincero.
-Un poco -admití-. Tiene algo... no sé. No es fácil de describir. Me gusta, pero se me hace difícil acercarme más. Me intimida un poco.
Comar me dio un codazo.
-Tienes que invitarla un día. Que venga a entrenar o a dar una vuelta. Hablas más con fantasmas que con ella.
-O a una salida grupal, así no se nota tanto -añadió Andy.
-Hablando de eso -interrumpió Aley, cambiando de tema-. ¿Podemos salir una noche de estas? Lo digo en serio. Necesito despejarme. Salir, caminar, lo que sea. Pero fuera de aquí.
Nos miramos entre todos.
-Hecho -dije-. Una noche cualquiera. Sin universidad, sin deberes, sin sueños raros.
-Y con comida -añadió Comar, como si fuera condición obligatoria.
-Y nada de lunas podridas -cerró Andy.
Aley asintió, bajando los pies al suelo.
-Solo estar, sin pensar tanto. Eso suena bien.
Nos quedamos ahí un rato más, sin hablar. Viendo a la gente pasar, dejando que la ciudad hiciera su ruido sin pedirnos nada. Por un momento, todo parecía estar bien. Pero yo ya sentía, aunque no sabía por qué, que eso no iba a durar mucho.
Después de un rato hablando, riendo y dejando que el tiempo pasara sin prisa, el grupo se empezó a dispersar.
-Tengo que repasar unos textos antes de la clase de mañana -dijo Andy, acomodando su chaqueta como si fuera un escudo.
-Yo tengo terapia grupal... o algo así -comentó Comar, encogiéndose de hombros.
-¿Como paciente o como psicólogo en práctica? -preguntó Aley.
-A veces no sé -respondió, riendo.
Aley y yo caminamos juntos un par de cuadras fuera del campus. Nuestros apartamentos no quedaban tan lejos, pero en direcciones distintas.
-¿Y si sueñas feo otra vez, qué vas a hacer? -le pregunté.
-Lo mismo de siempre. Anotar. Mirar al techo. Esperar a que pase.
-Ya sabes que puedes escribirme.
-Lo sé. Gracias, bro.
Nos dimos un golpe de puños suave y cada uno siguió su camino.
Cuando llegué al edificio, miré hacia arriba como siempre. Vivo en el décimo piso. No hay ascensor, así que cada regreso a casa es un recordatorio físico de mis decisiones. A veces pienso que ese esfuerzo diario es lo único que mantiene mis piernas en forma para el voleibol.
Subí los escalones con algo de flojera, cargando el cansancio del día como si pesara más con cada piso. Estaba agotado, pero no físicamente... más bien como si hubiera absorbido demasiada energía ajena, demasiadas voces, gestos, presencias.
Cuando abrí la puerta del apartamento, Manchas ya estaba sentada en la ventana, observando la ciudad como si la estuviera juzgando. Siempre lo hace. Tiene ese instinto felino de saber cuándo estoy cerca. A veces pienso que escucha mis pasos desde la calle.
Dejé la mochila en el sofá, me quité los tenis, y me tiré sobre la cama sin siquiera encender la luz. Desde aquí arriba, el ruido de la ciudad suena lejano, como si viviera en un mundo flotante aparte del resto. Hay una paz extraña en esa altura.
Manchas se acercó sin decir nada -nunca lo hace- y se instaló a los pies de la cama. Cerré los ojos por un momento, disfrutando ese silencio que solo se consigue a diez pisos del suelo.
Después, como siempre, agarré el celular. Ninguna notificación interesante. Instagram. Un par de historias. Algún meme repetido. Y entonces, entre las sugerencias, reapareció el tema.
Otra pagina. Esta vez más llamativa, más elaborada:
“¿La era de los mutantes? Casos extraños siguen apareciendo en distintas regiones del país.”
Por puro aburrimiento, le di play al video que aparecía.
El video era de muy baja calidad pero se alcanzaba a ver figuras deformes, grabadas en plena noche: seres altos, encorvados, con movimientos torpes pero violentos. Algunos tenían brazos anormalmente largos, otros ojos sin pupilas, o bocas dislocadas. Se veían grandes. Enormes. Hasta de dos metros, decía el texto en pantalla.
El narrador, con voz calmada, explicaba:
“Los reportes aún no son oficiales, pero múltiples testigos coinciden en haber visto individuos con fuerza inhumana y apariencia deformada. Algunos atacan. Otros parecen perdidos. En todos los casos, hay una constante: una herida. Una marca violácea en el cuerpo, que aparece antes del cambio.”
Mostraban fotos: brazos con círculos oscuros, piel morada, como si algo hubiera infectado desde dentro.
“Las autoridades no han hecho declaraciones, pero el ejército ha sido visto en zonas acordonadas, actuando sin cámaras ni prensa.”
Pausé el video.
No creía en esas cosas. De verdad que no. Siempre hay un ángulo, una edición, un exagerado detrás de cada historia viral. Pero esa imagen, esa herida circular con el centro púrpura... se me quedó en la cabeza. No sabía por qué.
Suspiré, cerré la app y dejé el celular en la mesa. Me recosté otra vez. Desde el décimo piso, todo parece más callado. Como si el mundo fuera una maqueta iluminada por faroles.
Manchas se subió a mi pecho y me miró. No maulló. Solo me observó con esos ojos azulados que a veces me incomodan. Cerré los míos, cansado.
Nada se movía. Nada sonaba.
Solo quedaba esa imagen absurda en mi cabeza: un brazo con una herida morada .Una tontería, probablemente. Pero por alguna razón, esa noche me costó más de lo normal quedarme dormido.

″Salimos al patio y nos encontramos nuevamente con Comar y Andy en una banca de concreto, bajo la sombra de un árbol enorme. Era nuestro punto de encuentro desde el primer semestre.″
Arte: @dimart_04