Prólogo
Lynette sintió la sombra de él antes de escucharlo.
Él se acercó a la barandilla, deteniéndose a solo un par de pulgadas de distancia. El aire a su alrededor se sentía denso, siempre cargado con la amenaza de una tormenta, incluso en la quietud de la noche.
—Te ves aburrida —dijo él, su voz grave era tan suave como una promesa y tan filosa como la hoja de la que ella lo había visto deshacerse en la escena del clímax.
—Es difícil fingir que no acaba de morir gente por nuestra causa.
Él sonrió, ese gesto lento y aterrador que siempre le recordaba que él no operaba bajo el mismo código moral que el resto del mundo.
—Esa es la diferencia, moy dorogaya. A mí no me cuesta fingir. Y no murió nuestra gente, sino la que intentó separarnos.
Lynette cerró los ojos y se permitió sentirlo por primera vez: no miedo ni la paranoia del principio, sino una punzada de alivio junto con una mezcla de determinación . La seguridad que emanaba de él era tóxica, pero adictiva. Él le había quitado el mundo, sí, pero también se lo había entregado de nuevo en una caja forrada de terciopelo.