Capítulo 1
Había un gran silencio entre la niebla, era denso, espeso, y amortiguaba los pasos a través del empedrado de las calles. La niebla se había levantado con el frescor del atardecer, subiendo desde el mar por los acantilados hasta bañar el pequeño pueblo.
En la posada reinaba un silencio más espeso todavía que el de afuera, solo interrumpido por el gotear de una botella de licor que derramaba su ambarino líquiso sobre el suelo. El sonido de la gota era como el de un martillo rompiendo la quietud que la muerte imponía en el local.
Tres de los cuatro candiles que iluminaban la posada estaban rotos y apagados, y el fuego de la chimenea se había extinguido como si algo hubiese explotado dentro esparciendo rescoldos por las proximidades, los cuales comenzaban a levantar pequeños hilos de humo mientras entraban en contacto con la sucia madera del suelo. No había comenzado el incendio pero eso no tardaría mucho en suceder.
Había cuatro cadáveres tirados por las mesas y el suelo, la cabeza del posadero, separada de su cuerpo, reposaba al lado de un barril. Toda la escena parecía un bodegón macabro, el escenario de una obra de terror, pero allí la muerte era tan real como el silencio roto por el gotear de la botella.
Un hombre se sirvió un largo vaso de licor de uno de los barriles. Era el único ser que quedaba vivo dentro de la posada, pero como si la escena no fuese con él se sentó en un taburete en medio del caos mientras disfrutaba del trago y sonreía con aprobación al notar el amargo regusto bajar por su gaznate.
Solo un necio dudaría que ese hombre era el asesino, el causante de todas esas muertes, ni siquiera los locos estarían tranquilos en un escenario como ese, pero ese hombre tenía en si una oscuridad más intensa que el silencio de la muerte.
Estaba sentando en la barra medio oculto en la penumbra que la única luz en la sala creaba, una sombra oscura dentro de un mundo de sombras.
Sin darse cuenta había comenzado a tararear, no era ninguna canción conocida, era solo un rítmico soniquete que cambiando de octaba cada tres acordes, lo mismo sonaba alegre, que triste, que agresivo.
El crujido que hizo la puerta de la posada al abrirse no inmutó al tipo de la barra que ni siquiera se giró para comprobar quien era el recién llegado.
—!!¿Pero que coño ha pasado aquí?!!! ¿quién eres tú y porque has matado a mi gente? —pese a la sorpresa inicial el tipo no se avalanzó sobre el hombre sentado en el taburete, podía sentir que si hacía un movimiento en falso acabaría él mismo como el resto de sus amigos.
—Llegas tarde, Crasio, sino hubieses llegado tarde todo esto podría haberse evitado... —el hombre seguía allí sentado sin girarse, sin moverse apenas como no fuese para llevarse el vaso a los labios.
—¿Quien te envía?... Seguro que podemos llegar a algún acuerdo, si son los Morrigan te daré todo lo que les robamos… —el hombre titubeaba, en una vida dedicada al robo y la extorsión era difícil saber quien era el enemigo que había mandado a ese hombre para buscarle.
—¿En serio crees que otro grupo de vulgares ladronzuelos podrían pagar mi precio? ¿Crees acaso que alguien como yo puede tener un precio? Las cosas son mucho más sencillas, tienes algo que yo estoy buscando... — por primera vez el hombre de la barra se giró para mirar a la cara al tembloroso Crasio.
—¿Tú... que hace un puto Acadiano tan al norte?¿que puedo tener yo que te haya hecho venir hasta aquí y acabar con mis amigos? Ohhhh.... ya veo, es por el medallón... Lo siento pero ya no lo tengo, lo vendí hace dos lunas... —por un momento Crasio se sintió aliviado de haber vendido ese maldito colgante.
Crasio lo había robado a un pobre mago ambulante tras asaltarle hacía más de un mes. El tipo se había resistido, era un mago al fin y al cabo, pero al final y pese a que mató a más de la mitad de su banda, habían conseguido cortarle la garganta.
Era inútil para unos tipos como Crasio intentar acceder al interior del carromato del mago, lo abandonaron como de costumbre, pero las pertenencias que el errante llevaba encima se habían vendido muy bien en los bajos fondos.
Sin embargo ese medallón en concreto les había puesto a todos los pelos de punta, incluso chamuscó la mano del viejo Greg hasta volverla negra e inútil al intentar cogerlo, el viejo murio pocos días después aquejado de las fiebre y la cangrena.
Cracio sin embargo era más listo, era más inteligente, por eso era el jefe, usó la bolsa dimensional que llevaba el mago, una vez vaciada, para hacerse con el colgante sin correr ningún riesgo. Vender un objeto maldito no era fácil, pero por suerte tenía buenos contactos.
—Así que ya no lo tienes... Realmente Crasio tienes muy mala suerte, si me lo hubieses dado podría haberme planteado dejarte con vida... pero ahora... lo tienes jodido... —el hombre de la barra acabó el último sorbo de licor y se incorporó del asiento. Sus ojos verdes eran dos faros peligrosos en medio de la penumbra...
—Espera, tío, puedo decirte a quien se lo vendí, me dio un nombre falso pero puedo describirtelo, era un nuntiano, otro mago errante aunque era muy viejo... —Crasio levantaba las manos mientras el hombre de la barra se acercaba y su cara antes en sombras comenzaba a reflejar el color azabache de su piel.
—¿Sabes Crasio?, en esta vida es más difícil dar con un ladrón, una rata entre millones de ratas y ciudades de mierda como esta, que encontrar a un mago, y más importante magos que puedan interesarles ese tipo de medallón hay muy pocos... No necesito tu mierda de información, lo siento...y si la quisiera no me costaría una mierda sacartela antes de matarte —una sonrisa brillante, blanca con unos dientes perfectos y cuidados se dibujó en la cara del hombre de la barra.
Pese a toda su experiencia en peleas, incluso en muertes y asesinatos, el ladrón sentía un miedo visceral por ese maldito acadiano. Se había enfrentado a magos errantes, incluso a algún caballero, pero por algún extraño motivo ese tipo era distinto, no era una cuestión de poder, Crasio no podía saber de ante mano lo poderoso que era ese tipo, era un presentimiento, eso y su larga experiencia le hacían saber que estaba en presencia de la misma muerte.
Aunque hubiese varios cadáveres en la sala Crasio no podía ver las típicas señales de una pelea de taverna, no había sillas rotas, ni mesas tumbadas, la mayoría habían muerto en sus sitios como sino hubiesen podido dar ni un paso, sus amigos tenían las armas en la mano pero eran ellos los que estaban muertos, el único signo de lucha además de los cadáveres era la extraña explosión del fuego de la chimenea y los candiles rotos.
Los pasos del acadiano eran deliberadamente lentos, pero firmes, no se había molestado ni en tomar una postura de ataque, ni en levantar una mano como haría un mago, solo estaba avanzando lentamente.
Crasio notó el calor de su propio orin bajando por sus piernas, se había meado de miedo, él que había aterrorizado a muchos incautos en los caminos se acababa de mear de miedo.
El acadiano con su extraño abrigo largo, que le llegaba por debajo de las rodillas cogió un todavía más extraño sombrero negro de ala ancha de una mesa cercana y tras ponerselo con parsimonia se acercó a Crasio.
De cerca el rufían pudo ver que ese hombre no solo era más alto que él mismo, sino que era además corpulento, también le sorprendió ver en la cara del hombre algunos signos de la edad, arrugas, algunas canas, y marcas de expresión que solo se tienen tras una vida larga y dura.
¿Se estaba asustando de un viejo? No, ese tipo no era viejo ahora que Crasió podía verlo de cerca, solo un tipo curtido, tan curtido como podía estar el mejor salteador de caminos.
En un último acto de valentía la mano de Crasio se movió tan rápido como pudo a la daga que tenía en su cadera, un ataque certero es lo que necesitaba, un ataque con toda su fuerza, su Qi, y su mana de hielo liberado en una sola descarga, quizás así tendría una oportunidad.
La mano se movió intentando salvar el metro y medio que lo distanciaba de ese bastardo, pero algo raro pasó. Su mano surcó el aire, pero no halló el cuerpo de su enemigo, sin embargo Crasio pudo sentir el filo de su propia daga hundiéndose en su ojo izquierdo como si hubiese salido de la nada. La descarga de su mana de hielo descontrolado le congeló el cerebro.
Cuando cayó al suelo la cabeza congelada golpeo el pavimento de madera partiéndose en grandes trozos.
El hombre del abrigo largo, del sombrero extraño, de la piel negra como el azabache, de los ojos verdes que brillaban como antorchas, sonrió una vez más, no se molesto en registrar el cadáver, un don nadie como ese no podía tener nada que a él le interesase.
Fuera de la taberna la niebla y la oscuridad impregnaban todo, las calles apenas iluminadas se desdibujaban. Solo un loco o un maleante andaría por las calles en una noche así, sin embargo el hombre caminó con tranquilidad hasta un establo cercano, entró y un relincho de familiariadad salió de las fauces de un caballo con un pelaje tan negro como el de la piel de su propio dueño.
Tenía un largo camino hasta el imperio nunti, y le sacaban un par de semanas de ventaja, pero estaba claro que un carromato de mago iría mucho más lento que la velocidad a la que Arban Dowiva podría ir con su montura, su fiel y poderoso Calipso.
Los cascos del caballo resonaron sobre el adoquinado rompiendo el silencio envuelto en niebla de la pequeña ciudad. Poco después la oscuridad y el silencio volvieron a ser los dueños de las calles.
El trabajo de Arban Dowiva no era bonito, no era fácil, pero el había transformado toda su profesión en un arte, matar rápido y con el mínimo esfuerzo, cumplir su misión a toda costa, y gracias a un mucho de teatralidad conseguir la información necesaria para seguir con la caza.
Arban ya sabía que el ladronzuelo no tendría el objeto, si hubiese querido podría haber derrotado a todos en la posada sin matarles, podría haberle sacado la información a la fuerza a Crasio con un hechizo, pero esa no era la mentalidad de Arban, el mundo sería un sitio mejor sin esos tipos, y el miedo abre las bocas cerradas con mucha facilidad, no necesitaba morbosos detalles sobre a quien le había vendido el medallón.
Con saber que era un mago errante y que se dirigía al norte el Acadiano tenía suficiente.