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Antes de que me eligieran

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Sinopsis

Para muchas personas, el amor no es algo fundamental en sus vidas. Desearía ser una de ellas. Lamentablemente, nunca fue así. Tenía cero años la primera vez que no me eligieron. Mi padre. Y tenía veinticuatro la última vez. El cucaracho de mi ex. Veinticuatro años siendo abandonada. Veinticuatro años sintiendo que siempre busco que me elijan, como si el amor fuera una prueba constante que nunca logro aprobar. Y ahora, en el mes que para todos es romántico, para mí es más triste. Febrero. Aun así, me hice una promesa: encontrar al amor de mi vida. Donde estés, nos veremos pronto. Espérame.

Genero:
Young Adult
Autor/a:
S_Crown
Estado:
En proceso
Capítulos:
8
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Rutina

Estoy sentada frente a mi laptop en la empresa donde llevo trabajando casi dos años. Las luces recién se están encendiendo y, a las ocho de la mañana, estoy sola. Llegué quince minutos antes, como siempre.

Me acomodo el cabello castaño antes de que alguien llegue. Lo llevo suelto, lacio, cayendo recto sobre los hombros, no parece que pase 1 hora planchandolo. Todo en mí tiende a verse ordenado: la blusa blanca, impoluta, el maquillaje justo, la postura recta. Soy más alta que la mayoría, y aun así nunca he sabido ocupar el espacio como otras personas. No llamo la atención aunque a veces lo quiera.

Muchos admiran mi responsabilidad, o lo que ellos llaman puntualidad. Pero yo sé que no es eso, es una simple costumbre.

Siempre espero antes, como si llegar temprano pudiera evitar que me pierda de algo.

Cuando tenía doce años y estaba en el colegio, nunca fui la amiga preferida de nadie. Si alguien llegaba antes que yo, podía sentarse en mi sitio y yo estaba destinada a quedarme sola. En ese tiempo todavía no eran malos conmigo, pero tampoco tenía en quién refugiarme. Así que desde entonces decidí llegar temprano. Y hasta hoy no se me ha quitado.

Pero bueno, eso ya pasó, ¿no?

Hoy es primero de febrero y el comité de recursos humanos decoró todo con corazones, globos rojos y frases de amor. Qué horror. Y no horror de odio ni de esas personas que se dicen “antiamor”. Al contrario, yo adoro el romance.

Es horror de ese otro. El de pasar este mes sola.

Nunca celebré un catorce de febrero en mis veinticuatro años, y esta dulce fiesta siempre se encarga de recordármelo.

—Miaaaa —llega María, una de mis compañeras del trabajo, pequeña, es mucho mas bajita que yo, con el cabello rubio claro, de ese rubio natural, no del que se ve muy exagerado, yo diría que el rubio perfecto. Siempre arreglada aunque llegue tarde, como si el mundo se acomodara un poco cuando ella entra. Le da un sorbo a mi café y, como todas las mañanas, hace una mueca—. ¿Otra vez amargo? ¿Por qué no le pides a Fabi que le ponga más azúcar? A mí hoy me regaló una galleta.

Claro.

Como si no se lo hubiera pedido antes.

Tomo un sorbo de mi café de Starbucks. Amargo. Demasiado para mi gusto. Siempre sale igual, aunque repita lo mismo cada mañana.

María pide su caramel latte y en la cafetería hasta le agregan chispas extra.

Yo pido café simple y que por favor le agreguen más azúcar, y ninguna vez en estos dos años han podido cumplir la petición.

—Miri… —la abrazo—. Otra vez tarde. Te pasas.

A ella no parece importarle llegar después.

—¿Dónde pasarás San Valentín? ¿Algún plan? ¿Quieres que consiga algo, Mimi?

—No, Miri, gracias —le digo—. Estoy planeando salir con alguien… Mentira. No del todo. Sí lo estoy planeando. Con quién, todavía no lo sé.

—Con tal de que no te quedes sola en San Valentín, Mimi —dice. Me da un beso en el cachete y se va a su puesto, como si no acabara de tocar algo sensible sin darse cuenta.

El día pasa relativamente bien. Es cierre de semana. Cierre de mes. Tenemos reunión sumamente importante, y me toca exponer. Tengo una presentación y me he preparado mucho para esto. Demasiado, quizá. Como si hacerlo perfecto pudiera compensar todo lo demás.

Respiro hondo frente a mi laptop antes de levantarme. No quiero fallar. No hoy.


La sala se va llenando de a pocos. Me acomodo en la silla, abro mi presentación y repaso las primeras diapositivas como si no las hubiera visto ya veinte veces. Reconozco las caras, los gestos, el murmullo previo. Este lugar sí lo conozco.

Cuando me toca hablar, no dudo. Explico, paso diapositivas, respondo preguntas. Alguien asiente. Alguien toma nota. Nadie me interrumpe.

—Bien —dice uno de los jefes al final—. Está claro.

La reunión termina muy natural, se cierran carpetas, alguien hace un comentario al pasar, otro ya está pensando en lo siguiente. Yo vuelvo a mi puesto con esa intranquilidad que me queda siempre después de exponer, como si recién entonces pudiera respirar.

Sigo trabajando, respondo correos y hago tareas secundarias que no urgían aun. No hago nada distinto a lo habitual.

—Mia.

Levanto la mirada. Julián, mi jefe directo, está de pie cerca de los escritorios. Es alto, de espalda recta, barba oscura perfectamente cuidada. No levanta la voz ni hace gestos grandes, pero cuando entra a una habitación se nota. Tiene esa presencia que no necesita explicarse: incluso sin saber quién es, uno entiende que es él quien manda.

—Antes de que se vayan —dice—. Quería decir algo.

Algunas cabezas se giran. Siento ese segundo incómodo en el que no sabes si te están llamando o si hiciste algo mal.

—El contrato salió —continúa—. Y salió bien. Muy bien.

Hace una pausa breve, calculada.

—Gran parte de eso fue por la presentación de hoy. Por cómo se llevó la reunión. Por el trabajo previo.

Me mira.

—Buen trabajo, Mia. De verdad.

No sonríe exagerado. No aplaude. No hace show. Pero lo dice claro, y frente a todos.

Escucho un par de “bien” y “felicitaciones” alrededor. Alguien asiente. María me sonríe desde su escritorio y me hace un gesto con la mano. Yo asiento, como si esto fuera normal. Como si supiera recibirlo.

—Vamos a salir un rato a festejar todos —agrega Julián—. Algo tranquilo. Para cerrar el día.

Nadie se niega.


El bar está a dos cuadras de la oficina. Mesas largas, música baja, copas que llegan sin que nadie las pida dos veces. Brindamos. Alguien habla del contrato, alguien más del próximo proyecto.

—Esto no salía sin ti —dice Julián en algún momento, levantando el vaso—. Hay que decirlo.

Chocan copas, me miran como esperando que haga lo mismo, sonrió, levanto la mía y doy un sorbo pequeño. Nunca sé bien qué hacer con el cuerpo cuando me reconocen así. Me quedo donde estoy, por algún motivo que aun no descubro me siento tan tensa e intranquila aquí como en la reunión.

Todo salió bien, hice todo bien, o al menos eso creo. Aun así, mientras los escucho hablar, la noche avanza y la mesa se llena de risas, hay algo que no se acomoda del todo.

Es como ser vista e invisible a la vez, si hago algo bien en el trabajo, se nota, soy muy importante para la empresa, todos me felicitan, todos saben quien soy. Sin embargo nadie sabe de mi más allá de lo laboral.

El festejo termina mejor de lo que esperaba, intente disfrutarlo en lo máximo posible, me lo merecía. Nos quedamos más tiempo del previsto, hablamos de cosas que no tienen que ver con trabajo, nos reímos, me sentí más acompañada de cierta forma, compartir cosas "personales" ayuda a no sentirme un objeto. Me gusta más de lo que diría admitiría.

Sí, me gusta el reconocimiento. Me gusta saber que hice algo bien y que alguien lo diga, no me da culpa, no el día de hoy.

Cuando salimos, Julián se ofrece a llevarme. Acepto sin pensarlo demasiado, el trayecto no es muy largo, Julián es muy correcto, me habla poco pero cosas coherentes.

—Desde que entraste a la empresa has sido clave —dice en algún momento, mirando al frente—. Sabes mucho, siempre estas preparada.

Asiento, sonrío.

Obvio, pienso. Lo aprendí porque tenía que hacerlo. Porque cumplir siempre fue mi forma de quedarme, no solo en la empresa, se mucho de distintas cosas porque estudie y aprendí distintas habilidades solamente para encajar.

Pero no lo digo, me quedo con el elogio y con lo bien que se siente ser reconocida.

—En serio —continúa—. A veces me sorprende que no te conozcamos pareja.

Auch.

Lo dice en tono suave, casi como bromeando. Yo sonrío otra vez, intento que no se me note que eso dolió, él tampoco insiste. El auto sigue avanzando.

Llegamos a mi edificio, le agradezco y me desea buenas noches.

Subo sola.

Cuando abro la puerta de mi departamento, me llega el olor a nuevo. Hace poco terminé de decorarlo y recién ahora pude mudarme. Tiene cuatro cuartos, demasiados para una sola persona.

En mi mente siempre hubo un orden claro: uno para visitas, dos para mis hijos —uno para niño y otro para niña, porque siempre quise dos— y el cuarto principal para mí.

El departamento está decorado para una vida distinta a la mía, es bonito, hogareño, exactamente como lo soñé.

Cierro la puerta y el silencio me abruma. Me apoyo un segundo en ella antes de dejar las llaves sobre la mesa, camino sin prender todas las luces y me siento en el sillón, intento respirar sin embargo por algún motivo comienzan a caer las lagrimas.

No porque el día haya sido malo. Justamente todo lo contrario porque fue bueno.

Agarro el celular y abro el grupo.

Club de las mamacitas solteras.

Isabela está embarazada. Charlotte tiene un hijo, por eso el nombre del grupo.

Marco llamada.

—¿Están despiertas? —pregunto cuando contestan.

Y antes de que ellas hablen, en el momento donde me sentí segura, dejo de contenerme.

—Estoy cansada —digo—. De verdad cansada. Y me siento sola, ¿saben? Todos los días. Hoy me felicitaron otra vez en el trabajo.

—No sé cómo trabajas tanto —dice una.

—La verdad, eres un ejemplo —agrega la otra—. Yo no podría.

Sonrío, aunque no me ven.

—Entonces explíquenme algo —digo—. Si todo eso es cierto… ¿por qué sigo sola?

Hay un silencio corto. No incómodo. De esos que conocen.

—Mia —dice Isa—, no necesitas a alguien para valer todo eso.

—Sí —interviene Charlotte—. Haces mil cosas, sabes un montón. No te falta nada.

Las escucho. No me enojo. Sé que lo dicen bien. Me dan ánimo, como siempre, como ellas saben hacerlo.

Respiro.

—Puede ser —digo al final y hoy me fue bien, sé cosas, hago cosas pero también quiero cosas. —Pero no quiero seguir esperando, quiero intentar algo distinto.

—¿Distinto cómo? —preguntan.

Miro el techo. Pienso un segundo.

—Voy a buscar el amor —digo—. No a esperar a que llegue. A buscarlo. Y ustedes me van a ayudar.

Se ríen.

—¿Ayudarte cómo?

—Haciendo un plan —respondo— El plan para encontrar el amor.

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