Chapter 1
"Si algo está destinado a encontrarte, lo hará, no importa si tratas de escapar. Quizás sea algo bueno o quizás algo malo; no importa por qué lado lo mires, eres tú quien decidirá qué es. Después de todo, depende de ti, querido".
Esas eran las palabras que su abuela le repetía a Matheo cada mañana antes de fallecer. Él no lograba entender por qué se las decía, ni la necesidad de reiterarlas cada vez que iba a verla en aquella silla mecedora que tanto le gustaba.
Mas estar con ella era uno de sus momentos favoritos. No necesitaban palabras; solo la compañía del otro era más que suficiente para sentir una paz inmensa. Pasaban horas admirando el jardín vestido de distintas flores, solo para ver cómo absorbían la luz del amanecer.
No lo entendió hasta que vio ese "algo" un lunes por la mañana.
Solo con haberle dado un vistazo, supo que sería un dolor de cabeza. Era tan opuesto a él, incluso en su forma de moverse y actuar; tan basto y desidioso que logró hacerle perder la virtud que lo hacía sentir orgulloso: la paciencia.
Todo empezó antes de que la campana diera el inicio de las clases. El tutor apareció solo, con un traje elegante de color negro, parándose en medio del pizarrón para decir lo que ya todos anticipaban.
Un nuevo estudiante.
Los murmullos no tardaron en aparecer, llenando el salón de voces curiosas y ocasionando que el profesor interviniera, alzando la voz para cortar el bullicio antes de que creciera. Después de unos minutos de charla sobre el compañerismo y la amistad, dejó pasar al tan esperado alumno transferido.
Al verlo, Matheo soltó un suspiro resignado.
—Parece que no te cae bien el nuevo estudiante, Theo —habló su compañero de mesa con una sonrisa divertida.
—Ni lo menciones. ¿Por qué vino alguien como él a este salón?
—Tranquilízate, no es como si fuera a estar en tu círculo social, ni siquiera estarán cerca.
—Tienes razón, hablar de algo tan irrelevante contigo es una pérdida de tiempo.
—Oye... —protestó con la voz baja al darse cuenta del doble sentido.
Matheo lo ignoró, desviando su atención al libro que tenía enfrente. Empezó a leerlo para hacer algo productivo con su tiempo y se colocó los auriculares, eliminando cualquier distracción.
Una mano en su hombro lo sacó de su concentración. Alzó la mirada; el profesor lo estaba observando.
—Matheo, como decía —se aclaró la garganta—, como delegado del salón tendrás que encargarte de él. Lo dejo en tus manos.
—Comprendo, profesor —sostuvo la mirada unos segundos antes de volver a concentrarse en el libro.
—Ve a sentarte al fondo —señaló el docente un asiento vacío al lado de la ventana, dirigiéndose al nuevo estudiante—. No causes problemas, este lugar no es tu anterior colegio. Recuérdalo.
—Lo sé, no tienes que repetirlo constantemente —bostezó el chico mientras caminaba hacia su asiento—. Es aburrido.
—¿Qué estás diciendo? ¿Acaso quieres que te expulsen del colegio? —inquirió molesto.
—No puedo evitar ser sincero, profesor... después de todo es malo mentir —volteó a verlo con una sonrisa burlona.
—Tú...
Le apuntó con el dedo lleno de furia, queriendo arremeter contra su irrefutable respuesta; sin embargo, fue tanto su enojo que las demás palabras se atascaron en su garganta. El color de su piel cambió a rojo en un instante, ocasionando que saliera del salón vociferando unas cuantas maldiciones.
—El nuevo es una joyita, creo que este año será interesante —habló Tom, volteando a ver sin nada de disimulo.
—Interesante será ver tus notas finales. Creo recordar que tu padre te dijo que si no estabas entre los primeros puestos te mandaría al internado de Boston, ¿me equivoco?
—Theo... eres malo...
—No creo que recordarte tus objetivos sea malo; al contrario, deberías agradecerme, portador del infortunio.
—Oye, no es mi culpa que seas el delegado del salón. Es natural que tú, al serlo, seas quien lo guíe y le dé instrucciones.
—Hablar de temas insignificantes reduce nuestro coeficiente intelectual, aunque claro, a ti no debe afectarte tanto, ¿no?
—Bastardo... no sé por qué sigo contigo.
—Simplemente por necesidad. De caso contrario ya estarías en Boston.
—No necesitabas repetirlo...
Matheo no pudo responder más debido al timbre que dio inicio a la jornada estudiantil, trayendo consigo al profesor del curso.
En la hora de receso, mientras el delegado conversaba con su compañero de mesa, la sombra del nuevo estudiante apareció reflejándose en su espalda y en el pupitre.
—Eres tú el delegado, ¿no?
Los dos pararon de conversar; sin embargo, Matheo no volteó a verlo.
—Su nombre es Matheo, el mío Tomás, pero puedes llamarme Tom —se apresuró a decir estirando la mano con una sonrisa amable.
—Oh, mucho gusto —correspondió el apretón de manos, devolviéndole la sonrisa, confundido al ver que le contestaba el estudiante con quien hablaba el delegado.
—Es de mala educación interrumpir en conversaciones ajenas —habló Matheo con tono serio, sin dar tregua a replicaciones— y, sobre todo, ¿quién te crees que eres para hablarme en ese tono e informalidad?
Se dio la vuelta, encarándolo.
—Como pronunciaste, soy el delegado del salón, tengo mayor jerarquía. No te atrevas a faltarme el respeto nuevamente, nuevo.
—Matheo... a Matheo no le gusta que le falten el respeto, para él es un sacrilegio —se excusó Tom con una sonrisa apenada.
—No hables como si me hubiese ido, Tom —mencionó ordenando sus cosas.
—Lo siento, lo siento. Es mi culpa.
—Siempre es tu culpa. Recuérdame por qué tengo que compartir pupitre contigo.
—Porqué eres mi amigo
—Déjame replantearme el concepto cuando vuelva.
—Qué cruel...
Matheo lo ignoró para dirigir su vista al nuevo estudiante que los miraba perplejo.
—Te mostraré las instalaciones solo por quince minutos. —Se paró, haciendo que el otro retrocediera unos pasos—. Te enseñaré lo básico, lo demás tendrás que averiguarlo con las amistades que formes.
Caminó hacia la puerta del salón sin mirarlo, desapareciendo de su vista.
—Tienes que seguirlo, detesta perder el tiempo —sonrió Tom divertido, señalando la puerta.
—Gracias, Tom. —Le sonrió agradecido y salió corriendo detrás de Matheo, quien empezaba a tocarle los nervios.
—Suerte, Arturo. Solo espero que no hagas enfadar a nuestro pequeño demonio —habló para sí mismo mientras dejaba caer su cabeza en el pupitre—. Ahh... qué ganas de verlo...
En el sendero que lleva a la entrada del majestuoso jardín del lado oeste, Matheo caminaba tranquilo, observando la belleza de la naturaleza. El camino, hecho de piedras y cemento, delimitaba por ambos lados con árboles Sakura que fueron importados desde Japón, creando una atmósfera etérea. La concurrencia de este pensil era casi nula, puesto que solo seis salones podían ingresar a este paraíso.
—¡Espera!...
Un grito cansado rompió el silencio, ocasionando que las aves revolotearan asustadas en el cielo.
—Matheo... en serio... detente... —habló jadeando mientras trataba de alcanzarlo.
—Te ha tomado ocho minutos alcanzarme. —Lo volteó a ver con una ceja alzada al notar el aspecto deprimente con el que venía—. ¿Sufres disnea?
—Es tu culpa... —se sostuvo de sus rodillas respirando fuerte—. Tuve... tuve que buscarte...
—Si no fueras lento, no habrías sufrido —le lanzó una mirada burlona.
—Si no fueras narcisista, no habríamos tenido este problema desde el inicio —le devolvió una mirada molesta.
—Tú me faltaste el respeto primero, nuevo —soltó con aspereza—, así que no vengas a importunarme. Ya has hecho bastante por hoy.
—¿Importunarte? Solo te hablé como compañeros —refutó exasperado—; además tengo un nombre, no soy "el nuevo", mi nombre...
—Tenemos cinco minutos para acabar con este recorrido. —Miró su reloj, ignorando sus palabras—. Tendré que enseñarte dónde queda el gimnasio, la cancha deportiva y las clases de música.
—¡A la mierda la música! —gritó enfurecido al sentir su paciencia ya agotada, agitando el brazo con fuerza.
—Qué palabra más vulgar en un adolescente. —Lo miró con desdén—. Aunque a ti te queda perfecta.
—¿¡Qué has dicho, imbécil!?
Tiró la poca paciencia que tenía al carajo. Había tratado de soportar al narcisista que tenía enfrente, pero ya no más. No lo pensó dos veces; no deseaba hacerlo, no con él.
Decidido, se lanzó contra Matheo, agarrándolo del cuello con sus dos manos, ejerciendo presión para tratar de amedrentarlo. Sin embargo, no esperaba que respondiera con una técnica. Matheo dio un paso corto hacia atrás con el pie derecho, se inclinó levemente para tomar fuerza y, con un giro de cadera, extendió su pierna derecha como una barrera frente a los tobillos de su atacante. Utilizó su brazo izquierdo como palanca para tirarlo hacia él. Su cuerpo hizo el resto: perdió el equilibrio, dio una vuelta y terminó impactando contra el pavimento, soltando un quejido ahogado.
—No vuelvas a tocarme con tus sucias manos, prosaico —habló entre dientes antes de soltar la mano izquierda del nuevo con fuerza desmedida—. Levántate, tenemos poco tiempo para que termine el recorrido.
Alzó la mirada, deteniéndose en un punto entre los árboles, como si hubiese detectado algo anormal.
—Es mejor que salgas y borres ese video.
Tom apareció de entre las sombras, caminando despreocupado unos pasos y fingiendo no sentir la mirada de Matheo que lo taladraba en la nuca. Lo que llamaba su atención era Arturo, tirado en el suelo, buscando recuperarse. Una sonrisa ladina apareció en su rostro antes de desviar la mirada.
—Sabía que sería buena idea seguirlos —canturreó divertido hasta llegar al lado de Matheo—. De saber que me hubiese perdido esta pelea por mi cobardía, me aterra... Brrr...
—Estoy hablando en serio, Tom —volteó a verlo con una sonrisa tétrica—, no querrás que tu padre se entere de que...
—Lo borraré después de verlo —interrumpió restándole importancia para luego volver a poner su mirada en Arturo, quien ya se estaba levantando—. Eres el primero en agarrar a Matheo de la camisa; nadie en esta escuela se atrevería a hacer algo así. Tienes agallas.
—Guíalo el resto del camino, tengo otras cosas que hacer —mencionó mirando su reloj.
Tom dio un paso hacia atrás con los ojos bien abiertos.
—¿Por qué yo? —Se señaló a sí mismo como si hubiese escuchado mal y tratara de corroborarlo.
—Porque te llevas bien con él; después de todo, parecen compartir la misma neurona —soltó una sonrisa burlona, mirándolo por encima del hombro.
—Eso fue muy grosero... espera, Theo... ¡no he terminado de hablar! —gritó viéndolo alejarse.
Suspiró divertido, negando con la cabeza. Matheo era todo un caso que él no podía descifrar todavía, y eso le fastidiaba.
Se dio media vuelta, observando a un Arturo perplejo; suponía que él no entendía cómo se podía llevar tan bien con alguien tan egocéntrico. La respuesta era más simple de lo que esperaba. Caminó hasta estar a unos centímetros de distancia, inclinando ligeramente su cabeza con una sonrisa astuta.
Arturo retrocedió unos pasos al tenerlo tan cerca, como un instinto de supervivencia.
—Tranquilo, no soy tan problemático como Theo —sonrió sin llegar hasta sus ojos—. Tienes suerte de que a Matheo no le intereses; de caso contrario, todos en esta escuela evitarían hablar contigo. —Cambió de tema con una voz tajante—. No importa de qué familia seas o qué riquezas tengas, tu padre no podrá salvarte si llegas a ser el enemigo de Theo.
—¿Qué estás tratando de decir?
—Una recomendación: No te involucres con el Consejo Estudiantil, Arturo Smith.
—¿Cómo sabes mi...?
—¿Apellido? Lo dijiste en el salón cuando te presentaste. —Se golpeó la mano con su puño como si recién se acordara—. Oh... cierto... te presentaste como Arturo Cisneros. Lo siento, tengo mala memoria.
—¿Me estás tomando el pelo? ¿Quién carajos...?
—Soy bueno informándome. Espera. Theo no sabe tu nombre. No prestó atención a tu presentación. Es molesto, ¿verdad? —preguntó Tom, como si eso fuese lo más importante de la conversación.
—Claro que lo es; más que molesto, estoy furioso. —Apretó el puño con fuerza—. Cuando lo vea, le partiré esa cara de niño engreído. Por su culpa tuve que correr por todo el colegio buscando su paradero. Si no fuera por esa chica yo...
—¿Qué chica? ¿Llevaba el uniforme especial? —cuestionó Tom, con un presentimiento desagradable.
—Sí, creo que me dijo su nombre... —miró al cielo pensativo—. Lucia Montemi... Montma...
—Lucia Montmorency —soltó las palabras con asco.
—Sí, ella misma —asintió varias veces—. Me dijo que te dijera que estás un paso retrasado.
—Maldita enana, cuando la vea, juro... —Apretó los puños con una furia tal que Arturo se cuestionó si era la misma persona de antes.
—¿Tan mal te cae? Se veía amigable.
—Amigable, el diablo. ¡Qué patrañas! —Suspiró agotado—. Camina, Arturo. Te enseñaré el colegio y, sobre todo, el lugar al que tienes prohibido entrar. Te lo aseguro, es el infierno mismo.
—¿El infierno mismo? No creo que esté aquí. ¿Tan malo es?
—Créeme, es la peor aberración que hay —volteó a verlo con una sonrisa afilada—. ¿Tienes curiosidad?
—Por cómo lo planteas, suena interesante...
—¿Verdad? Entonces déjame mostrarte lo aberrante que es nuestra escuela, Arturo.