Tuyo es, mío no

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Sinopsis

Nació en un mundo que ya había decidido que no valía la pena. Creció con un padre que bebía más de lo que hablaba y una madre que trabajaba tanto que dejó de estar. Con el racismo respirándole en la nuca, la pobreza marcándole el paso y un sistema de salud que nunca llegó, aprendió a vivir con espinas clavadas en el pecho. No busca salvarse. No espera amor. No cree en finales bonitos. Tuyo es, mío no es la historia de un joven que aprendió a resistir en silencio, a acostumbrarse al dolor y a seguir adelante incluso cuando el mundo ya le había soltado la mano. Aquí no hay héroes. Solo alguien que sigue vivo porque rendirse nunca fue una opción.

Genero:
Literary Fiction
Autor/a:
Mayer
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Chapter 1

Mi padre, cada vez que se emborrachaba, decía que si hubiera sabido que yo iba a nacer defectuoso, habría obligado a mamá a cerrar las piernas. Lo repetía con la voz pastosa, como si fuera una verdad olvidada que merecía ser dicha una y otra vez. Incluso aseguraba que él mismo le habría dado el golpe decisivo en el vientre para evitar que yo naciera. No lo decía con rabia. Lo decía como quien comenta el clima.

Pero no lo hizo.

Nunca supe si fue cobardía, descuido o simple azar. El caso es que nací. Y desde entonces pareció vivir con la certeza de que mi existencia era un error que alguien había olvidado corregir a tiempo.

Yo era su primer varón en una casa llena de chicas. Chicas o putitas, como solía llamar a mis hermanas cuando el alcohol le soltaba la lengua y le quitaba la poca humanidad que le quedaba. A mí no me insultaba igual. Conmigo usaba el silencio, la mirada dura, la decepción constante. Como si hubiera esperado algo distinto. Algo mejor.

Crecí entendiendo que ser hombre no me salvaba de nada. Que ni siquiera eso bastaba. Mi cuerpo fallaba, mi pecho dolía, y cada respiración parecía recordarme que no había sido pensado para durar demasiado. Nadie hablaba de médicos ni de tratamientos. En esta casa, enfermarse era un lujo. Quejarse, un pecado.

Mi madre casi nunca estaba. No porque no quisiera, sino porque el trabajo la reclamaba más horas de las que un día puede dar. Volvía cansada, con los hombros vencidos y la mirada lejos, como si su vida ocurriera en otro lugar. A veces me miraba como pidiendo perdón sin decirlo. A veces no me miraba en absoluto.

Aprendí temprano a no pedir nada. A sentarme quieto. A escuchar. A acostumbrarme al dolor como quien se acostumbra al ruido de la calle. Siempre está ahí, pero llega un punto en que deja de sorprenderte.

Así empezó todo. No con una tragedia. No con un gran momento.

Solo con un hombre borracho recordándome que, para él, yo nunca debí existir.