La noche en que el bosque habló
El sol todavía tenía fuerza cuando salimos en bicicleta.
El cielo estaba azul, casi ofensivamente perfecto para una ciudad que, según todos los rumores, escondía cosas que nadie quería mirar demasiado de cerca.
Yo iba detrás de mi mejor amigo, pedaleando sin prisas, con la mochila rebotando en mi espalda y una sensación rara en el pecho que no sabía si era emoción… o inquietud.
—¡Apúrate, abuelo! —gritó él sin voltear—. ¡Así nunca nos haremos famosos!
—Dice el que siempre termina tirado en el suelo pidiendo agua —respondí riendo.
Llevábamos más cosas de las que necesitábamos: linternas, comida enlatada, botellas de agua, y hasta una pequeña tienda de campaña que yo no sabía por qué habíamos aceptado cargar.
Parecíamos dos exploradores amateurs en busca de su gran aventura.
O dos tontos buscando problemas.
Mi amigo frenó en seco al llegar al borde de la ciudad. El asfalto dio paso a un camino de tierra, y los edificios altos se quedaron atrás como gigantes silenciosos.
Frente a nosotros se extendía un valle verde.
Colinas suaves, árboles viejos moviéndose con el viento y, a lo lejos, el bosque: oscuro, denso, casi infinito.
Y más allá… las ruinas de un pueblo abandonado.
—Míralo —dijo mi amigo, bajando la voz—. Parece hermoso… y aun así da miedo.
Yo asentí sin hablar.
Algo dentro de mí se tensó.
Desde que mi tío desapareció, sentía cosas raras cerca del bosque. Como si me reconociera… o yo lo reconociera a él.
Pedaleamos cuesta abajo hacia el valle.
El viento golpeaba mi rostro, y por un momento todo se sintió ligero, casi normal. Como si aún pudiera creer que mi vida era simple.
Pero esa ilusión nunca dura demasiado.
Lo que quedó del pasado
No siempre fui así.
A los diez años lo perdí todo.
No recuerdo la noche completa; solo fragmentos sueltos que aún me despiertan con el corazón acelerado:
Luces blancas que cegaban. Sirenas. Gritos. Algo enorme moviéndose entre sombras. Y mi tío arrastrándome lejos, con sangre en la ropa y lágrimas en los ojos.
Antes de caer, me sostuvo del hombro con una fuerza desesperada.
—Quiero que tengas una vida normal… —dijo con la respiración rota—. Aunque nosotros no pudimos… aunque este mundo nos haya roto…
Luego su voz se apagó.
No murió esa noche. Pero algo en él sí.
Desde entonces se volvió callado, distante, obsesionado con el bosque. Siempre repetía la misma frase:
“El bosque recuerda lo que la ciudad quiere olvidar.”
Cuando cumplí 16, desperté un día y él ya no estaba.
Sobre la mesa dejó una nota:
“No me busques. Si preguntas demasiado, te encontrarán primero.”
Desde ese momento, su ausencia pesó más que su presencia.
Y algo en mi interior empezó a latir distinto.
El pueblo abandonado
Llegamos al borde del pueblo al caer la tarde.
Las casas estaban en ruinas: ventanas rotas, techos caídos, grafitis extraños en las paredes.
Mi amigo sacó el celular y empezó a grabar.
—Aquí estamos, exploradores nocturnos —dijo con exageración—. Si desaparecemos, ya saben quién tuvo la culpa.
Yo rodé los ojos… pero mi mano temblaba ligeramente.
En una pared vimos un grafiti nuevo:
NO RESPIRES SI ESCUCHAS TU NOMBRE.
Mi pecho se apretó.
Sentí calor bajo la manga de mi sudadera, justo en el antebrazo.
No dije nada.
Mi amigo se rió nervioso.
—Puras leyendas urbanas…
Y entonces el aire cambió.
No fue frío ni caliente.
Fue vacío.
El viento se detuvo de golpe.
Los sonidos de los pájaros desaparecieron.
Las sombras de los edificios parecieron estirarse más de lo normal.
Mi amigo dio un paso atrás.
—¿Sientes eso…?
Antes de que pudiera responder, una figura apareció al final de la calle.
No era una persona.
No era una sombra proyectada.
Era oscuridad de pie.
Como un cuerpo hecho de noche espesa.
Mi brazo ardió con más fuerza.
Y entonces la voz llegó.
No por mis oídos.
Dentro de mi cabeza.
Suave… pero dolorosa.
—…vida normal…
Mi respiración se quedó atrapada.
Esa voz… no era la criatura.
Era algo antiguo.
Algo familiar.
—…no sufras como nosotros…
Mi corazón empezó a latir descontrolado.
La sombra avanzó.
Mi propia sombra comenzó a despegarse del suelo, como si alguien la estuviera arrancando lentamente.
Mi amigo retrocedió aterrado.
—¡Corre! —gritó.
Pero mis piernas no respondían.
Sentí que el suelo pesaba el doble… o que yo me volvía más ligero, como si empezara a dejar este mundo.
La criatura levantó lo que imitaba ser un brazo.
Y en su pecho vi marcas: símbolos retorcidos, como escrituras sagradas deformadas, palpitando bajo su “piel” oscura.
Entonces el callejón estalló en luz.
La Orden del Velo
Un haz blanco puro atravesó la oscuridad como una cuchilla.
La criatura gritó.
Un sonido que no pertenecía a nada vivo.
La luz la quemó y su cuerpo comenzó a deshacerse en una sustancia negra que se evaporaba al tocar el suelo.
Apareció una figura con abrigo largo y máscara blanca sin expresión.
En su pecho llevaba el símbolo de La Orden del Velo.
Caminó con calma hacia mí mientras yo caía de rodillas, temblando.
Puso dos dedos sobre mi muñeca.
No para tomar el pulso.
Para sentir algo más profundo.
—Respira —ordenó con voz firme—. Lento.
Me ayudó a ponerme de pie y miró mi antebrazo.
—Estás marcado —murmuró.
Mi mente se llenó de imágenes rotas: luces, sangre, mi tío cargándome, y aquella voz nuevamente…
—…perdóname…
No sabía de quién provenía.
Pero sentí que alguien en mi pasado había luchado para que yo viviera.
El hombre me entregó una tarjeta negra.
Solo tenía una frase grabada en plateado:
“Cuando el Velo cae, alguien debe sostenerlo.”
A lo lejos se escucharon sirenas.
—Mañana alguien te buscará —dijo—. No intentes huir. Y no vuelvas al bosque.
Antes de irse, añadió en voz baja:
—No sabemos exactamente qué llevas dentro… pero no es común.
Y desapareció entre la niebla.
El final de la noche
Mi amigo estaba pálido, sentado en el suelo, sin poder hablar.
Yo miré mi brazo.
Bajo la manga, el ardor seguía latiendo como un segundo corazón.
La ciudad volvió a sonar: coches, viento, lluvia ligera cayendo sobre el asfalto roto del pueblo.
Como si nada hubiera pasado.
Pero todo había cambiado.
Cerré los ojos y, por un instante, volví a escuchar aquella voz lejana:
“Quiero que tengas una vida normal… aunque nosotros no pudimos…”
Cuando los abrí, supe una verdad que me heló más que cualquier monstruo:
Mi pasado no estaba muerto.
Estaba despertando.
Y yo acababa de cruzar el umbral.