Capítulo 1: La huida de la Ciudadela
El valle de Vysaria se encontraba en una oscuridad profunda, la noche era tan densa que incluso la luna parecía esconderse del miedo. El silencio era absoluto, interrumpido por el galope de un caballo y su jinete, era Valoric, un caballero templario, un hombre quebrado entre la lealtad y la verdad, quien se encontraba huyendo de la ciudadela que ardía en llamas a sus espaldas.
Montado en un caballo robado, Valoric avanzaba con dificultad, su brazo izquierdo fracturado lo obligaba a sostener las riendas con el brazo derecho que ya se encontraba fatigado. La sangre seca le cubría gran parte del rostro, y cada paso del caballo era una punzada en su muslo herido. La incertidumbre y el miedo lo acompañaban en ese momento, consciente que su propia vida cambiaría después de esta misma noche.
Llevaba una pequeña daga en su pierna, su única arma para defenderse si fuera necesario, su armamento completo, dejado en la ciudad, completamente fuera de su alcance. El dolor en el brazo y el cansancio empezaron a tomar el control, pero Valoric sabía que no podía detenerse, tenía que seguir adelante y buscar refugio para poder sanar sus heridas de combate.
Valoric sabía que, si dejaba que los caballeros templarios lo atraparan, sería ejecutado por alta traición, no tenía intención que eso ocurriera. Mientras el caballo avanzaba, Valoric trataba de buscar un lugar donde sanar y descansar un poco.
Había recorrido un aproximado de cinco kilómetros desde que había salido de la ciudadela. El paisaje desolado parecía burlarse de su debilidad. Lo único que había encontrado en el camino, fue un conejo que no pudo cazar debido a su pésima condición y la falta de armamento. También encontró a una persona en estado febril y vomitando sangre, la cual ignoró por completo. Sabía que esa persona no tenía esperanza de sobrevivir, si se detenía, tampoco se salvaría de los caballeros templarios.
Después de un tiempo de cabalgar, Valoric se desvió del camino para evitar que lo siguieran. Se bajó del caballo, retorciéndose del dolor debido a sus heridas. Cada movimiento lo hacía crujir de adentro hacia fuera. Buscó la forma de limpiarse las heridas que se encontraban en el brazo, cabeza y muslo antes de darse cuenta de que alguien más se encontraba cerca. Escuchó los pasos y sacó lentamente la daga para poder atacar de ser necesario.
De repente, una flecha atravesó el ojo izquierdo del caballo, a penas a unos centímetros de distancia de Valoric. El caballo emitió un gran relincho y comenzó a correr, golpeando a Valoric y dejándolo caer. En ese mismo instante, un joven campesino salió con una ballesta en la mano la cual lanzó al no impactar a Valoric. Luego, desenvainó su espada con ambas manos, relevando su falta de habilidad en el manejo de armas. Valoric comprendió que no se enfrentaba a un caballero entrenado, sino alguien que venía por la recompensa que había sobre su cabeza.
Valoric, con gran dificultad, se puso de rodillas y recogió su daga que había soltado cuando el caballo lo golpeó, antes de que el joven campesino lanzara su ataque, Valoric atacó directamente en el pecho del joven con la daga.
“Solo quería poder llevar comida a mi madre”, exclamó el joven antes de caer muerto en el suelo.
Valoric miró al joven con un nudo en el pecho, sin saber que había matado por justicia o por desesperación. Valoric cayó inconsciente junto al joven, agotado y herido por la pérdida de sangre en el transcurso de la noche.
Valoric despertó bajo el abrumador calor, notó el dolor en su muslo y la cabeza. Al abrir sus ojos, logró ver el cadáver del joven campesino a su lado y el caballo muerto a unos cuantos metros de distancia. El hedor del cuerpo, mezclado con el sol, le revolvió el estómago. El dolor y el cansancio lo invadieron, recordando la pelea que tuvo en la ciudadela y la muerte del joven.
Intentó levantarse, pero el dolor en su muslo lo detuvo. Se quedó recostado junto al campesino, reflexionando sobre lo que había sucedido. “¿Cómo llegué a este punto?” pensó. Podía recordar el rostro del joven al caer, y una punzada de culpa lo atravesó aún más profundo que cualquier herida. Mientras estaba ahí, se fijó en entre las cosas del campesino y encontró unas cuantas monedas de oro. Lo suficiente para pagar una habitación y una comida lo más largo que le permitiera su pierna ensangrentada.
Valoric se incorporó con dificultad y se puso de pie, sintiendo el dolor en su brazo fracturado. Recogió las pocas cosas que tenía y se dirigió hacia el camino, buscando un lugar en el cual pudiese descansar. No podía evitar sentir cierta culpa por la muerte del joven, pero también sabía que había actuado en defensa propia.
Continuando su camino, Valoric se dirigió hacia el oeste, hacia las montañas, donde esperaba encontrar algún lugar seguro donde curarse y recuperarse. Con cada paso, el dolor en su muslo y su brazo se hacía más intenso, pero seguía adelante, determinado a encontrar refugio. Las imágenes de la ciudadela en llamas, de sus hermanos templarios gritando “traidor”, lo perseguían como sombras alargadas entre los árboles.
Después de horas de caminar, Valoric llegó a una pequeña aldea situada en las laderas de las montañas. La aldea parecía abandonada. Las casas, viejas y carcomidas por la humedad, tenían las ventanas rotas y puertas desencajadas. Pero en el centro, una pequeña posada aún mostraba señales de vida. Un hilo de humo salía de la chimenea, y un farol colgaba encendido como una señal de esperanza. Valoric decidió entrar y pedir ayuda.
La posada era una construcción antigua y desgastada, pero tenía un fuego encendido en la chimenea y una mujer mayor que parecía ser la dueña se encontraba allí, preparando una comida. Valoric se acercó a ella y le explicó su situación, mostrándole las heridas en su brazo y muslo. La mujer lo miró con compasión y lo llevó a una habitación en el segundo piso.
La mujer, llamada Mabel, se ofreció a curar las heridas de Valoric y le proporcionó una comida caliente. Mientras comía, Valoric le contó a Mabel sobre su pasado como templario y cómo había llegado a ese punto. Mabel escuchó en silencio, asintiendo con la cabeza, antes de hablar.
“Mi esposo también fue templario”, dijo Mabel. “Se fue a la guerra y nunca regresó. Desde entonces, he visto muchos hombres como tú llegar a mi posada, heridos y en busca de refugio. No juzgo, Valoric. Todos tenemos nuestros propios problemas con los cuales lidiar.”
Mabel continuó hablando, contándole a Valoric sobre la aldea y cómo había sido abandonada debido a una enfermedad que había afectado a la gente. Sin embargo, ella había decidido quedarse y cuidar de la posada, esperando que algún día la aldea volviera a ser habitada.
Valoric quedó impresionado por la historia de Mabel y comenzó a sentir un cierto sentido de conexión con ella. Durante las siguientes semanas, se quedó en la posada, recuperándose de sus heridas bajo la atención de Mabel. Juntos comenzaron a hablar más sobre sus vidas y sus experiencias, y Valoric comenzó a sentirse cada vez más en paz en ese lugar. Fue la primera vez en años que durmió sin la empuñadura de una espada bajo la almohada.
Sin embargo, la paz no duró mucho. Un día, mientras Valoric estaba fuera recogiendo madera para el fuego, vio una columna de humo en el horizonte. Mabel lo vio preocupado y se acercó a él.
“¿Qué sucede, Valoric?” preguntó Mabel.
“Creo que están llegando los templarios”, respondió Valoric. “Tengo que irme, pero estoy agradecido por todo lo que has hecho por mí, Mabel.”
Mabel lo abrazó y le dijo que siempre estaría allí para ayudarlo. Valoric se despidió y comenzó a caminar hacia el este, lejos de la aldea y de Mabel. Sabía que no podía quedarse allí, no después de haber visto el humo que indicaba la llegada de los templarios.
Mientras caminaba, Valoric se preguntaba qué haría cuando llegara el momento de enfrentarse a los templarios. Tenía su daga, pero sabía que no sería suficiente para enfrentarse a los caballeros armados y entrenados. Necesitaba encontrar un lugar seguro donde esconderse y planificar su siguiente movimiento.
Después de horas de caminar, Valoric llegó a un pequeño bosque cerca de un río. Decidió entrar al bosque y buscar un lugar seguro donde esconderse. Después de caminar durante un rato, encontró un claro rodeado de árboles y arbustos espesos. Parecía un lugar perfecto para esconderse y descansar.
Valoric se sentó en el suelo, apoyándose en un árbol, y comenzó a pensar en su situación. Sabía que tenía que encontrar una manera de evitar a los templarios, pero no estaba seguro de cómo hacerlo. Estaba cansado, hambriento y herido, y no tenía ninguna idea clara de qué hacer a continuación.
Mientras estaba allí sentado, escuchó un ruido en el bosque. Al principio pensó que podría ser uno de los animales del bosque, pero luego escuchó un sonido humano. Se quedó quieto, escuchando con atención, y pronto identificó un grupo de personas que avanzaban hacia el claro.
Valoric se escondió tras un arbusto, preparándose para enfrentarse a quienquiera que fuera. Pero, al cabo de un momento, vio a una mujer joven que avanzaba hacia él. Llevaba una capucha sobre su cabeza y una espada colgada a su lado.
“¿Quién eres?” preguntó Valoric, asomándose tras el arbusto.
La mujer se detuvo y miró en torno suyo, luego se acercó a Valoric. Parecía estar buscando algo o alguien.
“Me llamo Elara”, dijo la mujer. “Estoy buscando un hombre llamado Valoric. ¿Has visto a alguien como él por aquí?”
Valoric se quedó sorprendido. ¿Cómo había conocido esta mujer su nombre? ¿Y por qué estaba buscándolo?
“Yo soy Valoric”, admitió Valoric. “¿Y tú quién eres? ¿Por qué me buscas?”
Elara se quitó la capucha y mostró su rostro. Era hermosa, con ojos oscuros y cabello castaño.
“Yo también soy una templaria”, dijo Elara. “Pero no como las demás. Estoy buscando la verdad y la justicia. Me dijeron que Valoric podría ayudarme en mi búsqueda, así que vine a buscarlo.”
Valoric se quedó desconcertado. ¿Una templaria buscando la verdad y la justicia? Parecía una contradicción en términos.
“¿Por qué debería ayudarte a ti?” preguntó Valoric.
“Porque, en realidad, no soy una templaria”, admitió Elara. “Me dijeron que era una templaria para protegerme, pero en realidad, estoy buscando la verdad y la justicia. Me dijeron que Valoric podría ayudarme en mi búsqueda, y creo que tú eres el único que puede hacerlo.”
Valoric se quedó pensativo. ¿Podría confiar en esta mujer? ¿Podría ayudarla a encontrar la verdad y la justicia? Decidió tomar una decisión y hablar con ella.
“Voy a ayudarte”, dijo Valoric. “Pero tienes que prometerme que nos escondemos de los templarios y nos cuidamos mutuamente. Estoy cansado de luchar y quiero encontrar la paz.”
Valoric y Elara avanzaban por el bosque, buscando un lugar seguro donde esconderse de los templarios. De repente, Elara detuvo a Valoric con un dedo sobre los labios, indicándole que algo se acercaba. Valoric siguió la dirección de su mirada y vio a un templario avanzando hacia ellos.
El templario, un hombre con una barba arrogante y una armadura reluciente, se detuvo frente a ellos y habló con una voz cargada de autoridad.
“¿Quiénes sois vosotros, dos herejes, que os atrevéis a cruzar mi camino?” preguntó el templario. “Soy el Gran Maestre de la Orden, y soy enviado por la religión misma para castigar a los que se atreven a desafiar nuestra autoridad.”
Valoric se acercó al templario, pero no para luchar. En cambio, habló con calma y convicción.
“Yo soy Valoric, y esta es Elara”, dijo Valoric. “Nosotros no somos herejes, sino buscaremos de la verdad y la justicia. Y tú, Gran Maestre, eres un líder corrupto y ciego que utiliza la religión como instrumento de opresión.”
El templario se enfureció y avanzó hacia Valoric, pero este último no se movió. En cambio, Elara se llevó la mano a su mochila y sacó un libro antiguo y encuadernado en cuero.
“¿Quién te autoriza a juzgar a otros, Gran Maestre?” preguntó Elara, citando una frase famosa del cristianismo. “¿No has olvidado que la religión nos enseña la importancia de la misericordia y la compasión?”
El templario se detuvo, sorprendido por la cita. Pero antes de que pudiera responder, Valorick se adelantó y se esquivó hacia un lado, evitando el golpe de la espada del templario. Elara, por su parte, cargó su arco, pero vaciló antes de disparar, temerosa de herir a Valorick. Mientras tanto, el templario y Valorick se enfrentaron en una lucha brutal, su deseo de sobrevivir y su habilidad para esquivar los golpes lo ayudaron a mantenerse a salvo.
Elara, viendo que Valorick necesitaba ayuda, buscó un hechizo que su bisabuela le había enseñado. Citó la fórmula en latín y lanzó el hechizo hacia el templario. Este último se quedó inmóvil, incapaz de moverse ni respirar, mientras Valorick aprovechaba para robarle toda su armadura, espadas y demás pertenencias.
Una vez que terminaron, Valorick y Elara se alejaron del lugar, dejando atrás al templario inconsciente. Habían conseguido evitar el enfrentamiento y habían logrado obtener armas y armadura valiosas para su causa.
Mientras avanzaban por el bosque, Valorick y Elara se miraron el uno al otro, conscientes de que su búsqueda de la verdad y la justicia había comenzado de verdad.