Prólogo
... Lo miré solo para asegurarme de que aún estaba entre sus brazos.
Una vez que estuve segura, solté un suspiro de alivio y apoyé mi rostro contra su pecho una vez más. No tenía ni idea de dónde estábamos; solo sabía que permanecíamos ahí, abrazados, en medio de la nada. A nuestro alrededor no había más que vacío y una oscuridad absoluta, pero, por alguna razón, no sentía miedo. Sabía que estaba con él y eso me hacía sentir invencible.
Deseaba tanto decirle... Quería tanto que me escuchara, pero cada vez que intentaba hablar, mi voz era demasiado débil. Simplemente se disolvía en el aire, negándose a romper el silencio. Por un momento, cerré los ojos y me aferré a él con más fuerza, esperando que me entendiera sin necesidad de palabras. Me sentía tan segura y en paz entre sus brazos —tan protegida y amada— que me habría quedado así por una eternidad... una eternidad en la oscuridad.
Cuando abrí los ojos, me estremecí. La oscuridad se había ido... y él también. Estaba sola bajo los rayos abrasadores del sol y mi voz había regresado. Pero, ¿qué queda por decir ahora? ¿Qué puedes decir cuando ya es demasiado tarde?...