Capitulo 1
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Einar
El vigésimo tercer cumpleaños podía considerarse un punto de inflexión en la vida de cualquier futuro gobernante. Las lecciones básicas sobre cómo guiar un reino y conducirlo hacia su auge se daban por concluidas el día previo, y cuando Kjell —mi mentor desde los cinco años— dio por finalizada mi formación, no pude evitar que alguna lágrima abandonara mi rostro.Oficialmente, ya no era una niña.
Con el ocaso llegaron las prisas. El castillo entero se llenó de sirvientes que iban y venían sin descanso, mientras mi padre los seguía de cerca dando indicaciones sin cesar. El rey Alrik siempre había sido considerado un hombre justo y comprensivo, pero parecía que el cumpleaños de su hija había logrado alterarlo por completo; y eran los pobres súbditos quienes tenían que cargar con ello.
Por otro lado, Ysla, la reina, se movía lentamente sobre la piedra. No emitía ruido. No había dudas.La belleza y la gracia de la reina eran comentadas a lo largo y ancho del continente, por lo que muchos se preguntaban por qué su hija, Einar, no había heredado rasgo alguno de su madre.
Ysla bailaba al desplazarse. El río cambiaba su trayectoria para acompañarla al andar; los copos de nieve se posaban delicados sobre su rostro.Einar, en cambio, caminaba como si quisiera dejar huellas imborrables. Los animales se asustaban cuando aún le quedaba largo trecho por recorrer, y la nieve se arremolinaba en sus pestañas, congelándolas y acentuando sus facciones robustas con el rojo incipiente de sus mejillas y su nariz.
A pesar de ser menos delicada que un pino, todos la adoraban. Su torpeza conquistaba corazones, y la forma cálida en que trataba a los demás le permitía quedarse en ellos.
En cuanto a la ceremonia, su tarea era sencilla: debía ponerse el vestido azul que la aguardaba sobre la cama.Un azul profundo, como el fondo del océano, decorado con pequeños copos de nieve recolectados uno a uno y trabajados hasta parecer piedras brillantes.
Bajo la luz de la aurora boreal, el vestido parecía encantado. Los colores se reflejaban en los copos y ofrecían un espectáculo de luces a cualquiera que estuviera allí para presenciarlo. Era el vestido más bonito que había visto jamás y, gracias a la capa que colgaba junto a él, no sintió ningún tipo de reticencia al decidir ponérselo.
Era tradición que la princesa se arreglara sola aquel día.Aun conociendo la norma, no pudo evitar el impulso de llamar a su madre para que la ayudara con su larga cabellera blanca ya que con el paso de los años, los rizos se habían vuelto cada vez más caóticos, y le costaba encontrar una forma en la que quedaran bien domados.
Cuando llegó la hora y la aurora se alzó justo sobre la montaña, comenzó la ceremonia. Kjell subió al estrado y el cielo se abrió.
Era el momento.
Las almas viejas —aquellas que ya no caminan entre nosotros— se abrieron paso a través del velo que separa nuestros mundos y observaron. Permanecieron atentas en forma de luces y colores: los antiguos reyes y reinas de Ljosvik, testigos del rumbo que tomaría esta nueva dinastía.
El ritual prosiguió. Una serie de cánticos inundó el lugar mientras el hielo luchaba contra el agua, que estalló en un millón de partículas antes de transformarse en cristales suspendidos en el aire. El resultado fue un espectáculo digno de una princesa, de una futura reina.
Cuando las flautas enmudecieron, dio comienzo la entrega de regalos. Cada presente debía aportar algo a la princesa, como símbolo de respeto y lealtad.Un largo pasillo se extendía frente al trono de hielo en el que permanecía sentada, y el pueblo fue avanzando poco a poco, uno a uno.
Todo transcurrió con normalidad hasta que, de la nada, un individuo ligeramente encorvado, ataviado con ropajes que no parecían pertenecer a esta era, apareció frente a ella.Había llegado su turno.
—Querida Einar, princesa —dijo inclinándose—, vengo a postrarme ante vos en este gran día. Para mostraros mi buena fe, os obsequio con una canción.
—Sea así, querido desconocido —respondió Einar—. Podéis proceder.
La sala, que instantes antes rebosaba júbilo y música, quedó sumida en un silencio absoluto. Mientras tanto, Einar sintió una llamada lejana, un tirón suave pero insistente en lo más profundo, mientras aquel curioso hombre entonaba lo que parecía una fábula antigua
Cuando el Postrer Vestigio fue robado del hogar, cuatro herederos partieron sin nombre ni altar. Hijos de cetros y de urnas juraron andar, donde el mapa se rompe y no quiere hablar.
Ay, camina sin corona, camina sin rey, que el fuego no escucha promesas ni ley. Si el poder lo llama, no habrá amanecer, si vuelve al origen, el mundo ha de renacer.
La senda no pide oro ni gloria al pasar, solo sangre valiente dispuesta a llorar. Si devuelven lo roto, la tierra al respirar, cantará nuevos días junto al viento y al mar.
Ay, camina sin corona, camina sin rey, que el fuego no escucha promesas ni ley. Si el poder lo llama, no habrá amanecer, si vuelve al origen, el mundo ha de renacer.
Restos de promesas antiguas retumbaron en el aire cuando la canción terminó. La música regresó poco a poco, las voces se alzaron de nuevo y el murmullo llenó la sala.
Einar, en cambio, permaneció inmóvil. Había algo en aquellos versos que le resultaba peligrosamente familiar.
El ritual prosiguió con normalidad hasta llegar a la última fase: el rezo.
En el interior de la montaña, donde el castillo había sido esculpido, un lago se abría paso entre la piedra. Einar recorrió el sendero que solo había escuchado describir en las historias de sus padres, hasta que una cascada de agua cristalina se dejó ver. Parecían aguas termales; un aroma cálido envolvía la sala y suavizaba la crudeza del hielo.
Una vez sola, dejó caer la capa y el vestido al suelo para adentrarse en el lago. El silencio llenaba la pequeña cueva, roto únicamente por el eco de sus propios movimientos.
En el centro emergía una roca baja y elevada a la vez, y sobre ella reposaba Skeldra: la corona sagrada, forjada por el Gran Fundador Serkael tras la caída de los dragones. Magia convertida en tiara. Flores de cerezo de la isla de Omphara escarchadas junto a diminutos copos de nieve, la hacían parecer irreal. Todos los futuros reyes y reinas la habían recibido a los veintitrés años. Ahora era su turno.
A medida que avanzaba, el agua comenzó a teñirse de tonalidades cambiantes. El calor era perfecto, reconfortante, pero cuanto más se acercaba a la roca, más descendía la temperatura. Sintió cómo el vello de su piel se erizaba; un escalofrío le recorrió la columna. Un recuerdo difuso de antiguas historias chocó contra el frío que empezaba a calarle los huesos.
Decidió apresurarse. Tomar aquella maldita corona y salir de allí para dirigirse al banquete que cerraría la ceremonia.
El roce de sus dedos contra la escarcha se sintió extrañamente familiar a pesar de no poseer aquel don, ni ningún otro. Fue solo un instante: la tiara, entre sus manos se sintió cálida. Conocida.
Entonces el agua comenzó a girar. La niebla se espesó de golpe. Intentó aferrarse a la roca, pero fue demasiado tarde. El lago la absorbió.
Entre burbujas y desesperación, vio imágenes fragmentadas: cuatro figuras reunidas en susurros, una caja cerrada, una torre, flores de cerezo cayendo al vacío. De fondo, una voz lejana, cargada con miles de años, se alzó desde lo profundo.
Cuando el Postrer Vestigio sea arrancado del origen,cuatro herederos caminarán sin estandarte.El fuego no elige reyes.Si escucha el llamado del poder,el amanecer no volverá a pronunciarse.
Un corte en las palmas.Una unión.Una llama rodeándolas.
Un juramento en piedra.