A un suspiro de la Luna.

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Sinopsis

Hace 24 años, una guerra quebró la tregua entre las cuatro manadas del territorio londinense, en las afueras de la civilización. En la actualidad, serán sus hijos quienes paguen las consecuencias. Valiente, testaruda y con una mala suerte persistente, Isabella es una joven trabajadora de la manada Oeste cuyo único objetivo es claro como el agua: proteger, cuidar y criar a su hermana pequeña, Emma. Cuando cierto licántropo entra en su radio, todo empieza a ir de mal en peor. Nunca fue buena tomando decisiones, pero ha llegado el momento de que eso cambie. Impulsivo, protector e intenso, Lucio es un estudiante de Arquitectura que pasa más tiempo del debido en su taller de motocicletas. Bajo la mirada autoritaria de su alfa, mejor amigo y hermano, Connor, comienza a investigar a la manada Oeste y los sucesos pasados que se sienten tan frescos como si hubieran ocurrido ayer. Todo se complica cuando se cruza con cierta licántropa de sentidos atrofiados: su mundo se pone de cabeza y Lucio saborea cada instante en que los demás creen que él es el villano de la historia… hasta que deja de tener gracia y pasa a ser incriminado como tal. Si algo tienen en común Lucio e Isabella, es saber que el pasado siempre vuelve para cobrar su deuda.

Estado:
En proceso
Capítulos:
15
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

El olor del hierro.


ISABELLA.

Isabella haría cualquier cosa por su hermana menor, recibir golpes, castigos, regaños, moriría por ella sin siquiera pestañear.

Había conseguido ese trabajo precisamente por esa razón, el dinero escaseaba y se negaba a que la pequeña sufriera la mínima necesidad, de modo que, entrevistarse y quedar en ese trabajo confirmaba su amor y devoción. En situaciones normales, jamás habría aceptado un trabajo como ese, ni por todo el dinero del mundo. Lo que la llevaba a considerar los límites – Si es que los había – de aquella frase, ya que ahora, con una mano enguantada dentro de la boca de un cuerpo que ya comenzaba a ponerse azul, mientras buscaba la supuesta causa de su muerte – Un anillo de bodas – quería echar a correr.

Había visto demasiadas películas sobre esos lugares y pensaba que quizás de ahí venía el miedo a una noche completamente oscura, con la niebla amenazándola y la lluvia comenzando a golpear las ventanas.

Miro el reloj por novena vez, si conseguía terminar la tarea asignada sería el fin de su turno como ayudante en la morgue del Kennedy Memorial, hasta la siguiente noche. Lo cual para ser honestos, le alegraba bastante. ¿Qué tan difícil podía ser encontrar un estúpido anillo de bodas? y aun peor, se preguntaba ¿Quién era tan idiota como para pedir la mano de alguien colocando el anillo en su comida?

Sea cual fuese la razón, el hombre estaba muerto, no había solución ni alternativa, y quejarse solo la retrasaría aún más de su objetivo principal. Mientras su mano se movía superficialmente dentro de la boca y posteriormente la garganta de aquel pobre hombre, murmuraba frases sobre que no era su trabajo, que no era para lo que la habían contratado, que no debería estar haciendo eso, y más.

Sin embargo, ahí estaba, en una sala fría con luces demasiado blancas para la comodidad de sus ojos. Era una ayudante, o al menos para eso le habían contratado, recibir el cuerpo, chequear la identidad, etiquetar y guardar, a la espera que la gente que sí sabía cómo examinar un cuerpo tomará el caso entre manos.

Finalmente lo encontró, o eso creía, el metal estaba envuelto en un líquido espeso y translúcido, con un olor repugnante. Había tintes amarillentos y rosados que se entremezclaban con la masa viscosa. Lo dejó en la bandeja de plata con urgencia, mientras su estómago se revolvía. No fue capaz de aguantar mucho más, miro la pared por un segundo antes de sostenerse en ella, para descargar su cena en una papelera cercana, el sudor frío comenzó a pegarse en el borde de su cofia médica, lo que provocó que se sintiera más incómoda si eso era posible.

El trabajo estaba terminado, al menos para ella. Ahora otro pobre diablo – con un estómago más fuerte que el suyo – tomaría cartas en el asunto.

Se tomó un momento antes de limpiarse la boca con el antebrazo y caminar nuevamente hacia la mesa metálica. Nunca creyó que podría hacerle feliz el cubrir un muerto con una sábana mortuoria, pero ahí estaba y era lo mejor que había hecho esa noche, además de estos dumplings caseros que ahora estaban en la papelera. Joder que lastima.

Juraba haber visto una sombra por el rabillo del ojo mientras colaba sus brazos por el impermeable, ignorarla seria lo más fácil, lo mas coherente, sin embargo, Isabella poco sabía de aquel término. Por alguna razón, siempre terminaba metida en líos que siempre, siempre, le traían consecuencias, no recordaba una sola vez donde su instinto le gritase que ignorara – lo que sea que fuera el estímulo extraño – y ella le hiciera caso. No podía recordarlo porque el recuerdo no existía. Sin embargo, la cantidad de películas de terror sobre hospitales que había visto – y debería dejar de ver si iba a seguir trabajando allí – le habían enseñado que en estas situaciones es mejor dejar de jugar a ser Sherlock Holmes y salir de ese lugar.

Por supuesto que ella no era la protagonista de una película de terror, o eso se repetía a si misma. Mientras se colocaba las botas de lluvia, se permitió pensar qué tipo de protagonista sería si fuera el caso. La valiente o la tonta que muere en el primer tramo de la película, antes de sacudir la cabeza y colocarse su bolso cruzado decidió no ser la segunda e ignorar la sombra. Que pensándolo mejor podría haber sido uno de sus compañeros de turno sacando algo al estacionamiento o el simplemente el movimiento de un árbol.

Sea cual fuese la situación, Isabella tenía la costumbre de imaginar lo peor. Igual debía considerar pasarse del suspenso y el terror a las novelas románticas que solía mirar su madre cuando era pequeña, porque lo de trabajar en una morgue a media noche le tenía los pelos de punta constantemente.


La luz de la farola creaba extrañas sombras en el estacionamiento detrás del hospital. No era extraño, llevaba semanas funcionando mal, como si de algún tipo de cortocircuito se tratase.

Comenzó a recriminarse el haber dejado su bicicleta ahí, realmente nunca le había importado dónde demonios dejaba su bicicleta, pero en ese momento, quería palmear su sien con tanta fuerza que dejará marca o abofetear a la Isabella de antes de entrar al turno. Porque precisamente de ese lugar provenía un olor persistente en el aire Cobre, lo único que pudo identificar fue cobre. Carajo.

Sabía que ignorar nunca le funcionaba, ¿Por qué demonios creyó que esa noche iba a ser diferente? No quería acercarse, sabía muy bien de donde provenía el olor a cobre y no era precisamente de las rosas. Caminar entre la lluvia y la niebla, que para su suerte le impedían ver correctamente, era una idea que quería descartar con toda la furia que no sentía en ese momento. ¿Era esa una decisión que podría tomar la protagonista tonta? No. No era momento de pensar en ello, sino de encontrar una solución.

Confiar en su padre quedaba descartado, no iba a llamarle, y aunque así fuera, estaba segura de que la obligaría a arreglárselas sola. Pensar en el le provocaba escalofríos. No le veía desde hace más de dos semanas, lo que le producía un alivio inmediato al saber que no podía dañarla ni a ella ni a Emma, aunque siempre el bienestar de la segunda era su prioridad, había sido así desde su nacimiento. Ambas vivían aisladas de aquel hombre en el segundo piso de la antigua mansión que había pasado de generación en generación de los Alonso, la cual, por el paso del tiempo y la malversación de bienes de su padre, no estaba en las mejores condiciones.

El hombre era un ser, violento, compulsivo y adicto al juego. La sombra del hombre gentil que ella había conocido antes del nacimiento de su hermana pequeña.

Un sonido le alertó precisamente de donde estaba su maldita bicicleta. Bien, sin bicicleta será. Pensó por un momento antes de querer estampar su cabeza contra el poste más cercano. El nuevo inhalador de Emma estaba en su bicicleta, en una caja que seguramente estaba empapada, pero no podía marcharse sin eso, el anterior tenía su fecha de vencimiento demasiado próxima como para arriesgarse a dejarlo, si pensaba volver a recogerlo en la mañana podría ser que la bicicleta no estuviese más.

Joder. Joder. Joder.

No podía darse el lujo de comprar otro, eran demasiado caros y no podía arriesgarse, Emma no tenía un ataque desde los 4 años, ahora con sus 7 recién cumplidos no esperaba que tuviera un ataque, pero vivía con el constante miedo a no tener el inhalador y que el destino – Que ya les había jugado terribles pasadas a ambas – hiciera de las suyas nuevamente, era todo lo que tenía, y ella era todo lo que tenía Emma.

Por Emma todo. Se repetía a la vez que avanzaba como si aquella frase fuese un mantra. Podía ser un perro. Deseaba que fuera un perro, que estuviera siendo paranoica, quizá su mente jugándose una mala pasada para reírse un poco de ella.

No lo era, no era un maldito perro. Entrecerró sus ojos para enfocar un poco mejor a la figura en cuclillas en la esquina del estacionamiento, al menos a 3 casillas de donde estaba su bicicleta. Había otra figura en la acera, completamente inmóvil sobre esta, mientras las manos del primero parecían moverse entre los bolsillos de su abrigo.

No quería sonar victimista pero, ¿Por qué demonios a ella le pasaba de todo? ¿No podía tomar un poco de esa maldita suerte y pasársela a alguien que fuera una pésima persona? No. Por supuesto que no. Tenía que ser ella. Siempre ella. La opción que menos le gustaba fue la que se obligó a elegir. Comenzó a repetir lo sencillo que sería, porque no era capaz de creérselo. Caminar hacia la bicicleta, ignorar la escena, y seguir con su vida como si fuera lo más normal del mundo.

Salvo que no lo era, porque en el instante en que sus manos tocaron aquel maldito vehículo una botas resonaron detrás suya. Estaba acabada.

Estas se detuvieron no muy lejos pero tampoco muy cerca. Si le iba a robar que lo hiciera pronto, rápido, indoloro a poder ser. Tampoco es que pudiera darle mucho dinero, quizá en su cartera llevaba 2 o 3 dólares con los que solía comprarse el almuerzo en el mercado o la cena antes de entrar a su segundo trabajo. ¿Se sentía insatisfecho y su destino era el mismo de aquel hombre? ¿Si le pedía que se llevara lo que quisiese pero que no la dañara, le haría caso? ¿Escucharía si le dijera que tenía una hermanita que no podía dejar sola? Quizás el hombre se había resistido, pero ella no pensaba en hacerlo. Juntó valor para girarse. El extraño se encontraba al menos a un metro, o metro y medio, siendo realistas nunca fue buena con los números o las medidas. Su voz se entrecortó al decir:

– No llevo nada.

Las manos se pusieron rígidas alrededor de la correa que cruzaba su pecho. ¿Se daría cuenta que estaba fingiendo ser valiente? Hazlo rápido, Hazlo rápido, pídeme mis cosas joder. Ya no quería estar en ese lugar, cuanto más rápido ocurrieran las cosas mejor sería para ella, aun si tenía que dormir en el hospital y enviarle un mensaje a James de que cuidara a Emma o simplemente pedir que la recoja. ¿Cómo demonios no se le había ocurrido eso antes de meterse en esta situación? Definitivamente era la tonta de la película que moría en el primer tramo. Maldita sea.

La figura enfrente suyo ladeo la cabeza. ¿Qué le pasaba? ¿Estaba evaluando si merecía la pena robarle? Quizá se había percatado de su aspecto. No era un aspecto pobre pero tampoco de dinero. Era sencillo, clase media, y a juzgar por el aspecto de aquel hombre, él tampoco era de gran dinero. Entonces, ¿Cuál era la razón para que el extraño le mirase de esa manera tan peculiar? Cómo si estuviera analizando si valía o no la pena el gasto de energía.

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