Capítulo 1

Londres, finales de verano.
Louis miraba por la ventana, cómo caía la lluvia y cómo las nubes se agolpaban en el cielo, colmándolo de tonos grises. No le gustaba ver llover, le arruinaba uno de sus únicos placeres de la vida, que consistía en salir a caminar al atardecer.
Le gustaba pasear por esas calles empedradas que conocía tan bien, bajo las farolas que iluminaban tenuemente sus pasos. Siempre llevaba su termo con café caliente, sin azúcar, sin dulzor, así como él. En su bolsillo derecho, su cajetilla de cigarrillos y en el izquierdo, su encendedor que era una reliquia y que cuidaba como un tesoro.
Le gustaba ver cómo el humo se elevaba hacia el cielo, cómo se perdía en medio del viento y cómo se desvanecía en sus pensamientos. Pero cuando llovía, no existía nada de eso.
Se perdían sus pasos en el piso de su pequeño departamento, en la oscuridad de su habitación, en su corazón marchito. No le gustaba estar encerrado y que eso lo obligara a sentir su aroma, antes tan diferente y ahora vuelto un amargor de los más indiferentes.
No le gustaba, lo odiaba, porque lo obligaba a recordar quien era antes, y a quien se volvió su pasado, aquel que fue su amor y que ahora se había vuelto una imagen en su cabeza, nada más.
Su aroma, antes tan revelador de su interior, que contaba su historia de alfa firme y cálido, a musgo de roble y cardamomo, había cambiado a uno seco y frío, de hojas de pino con pimienta negra. ¿Quedaría algo de dulzura en alguna parte de su cuerpo o de su alma? No lo sabía, ya no importaba.
Mientras seguía mirando la lluvia caer, sentado en su mecedora antigua que ya crujía, bebía su café y fumaba, mientras en la mesa de la cocina tenía su cuaderno y su lápiz, que lo miraban, como esperando el momento de inspiración para un nuevo libro. Inspiración que estaba costando que apareciera, porque la lluvia había puesto a Louis nostálgico y melancólico en partes iguales.
Escribía.
Escribía desde que tenía 19 años y estudiaba biología marina, carrera que abandonó dos meses después, cuando terminó de entender que lo suyo eran las letras; escribía de días y noches, de alegrías y de pesadumbres, de amores y rechazos, de otoños y primaveras; escribía cuentos para adolescentes. Para esos que muchas veces son incomprendidos, quienes no son fáciles de leer; escribía para almas confundidas, para corazones rotos, para pieles heridas.
Y esas mismas letras que habían calado hondo en muchas vidas, lo habían hecho en su propia alma. En esa que parecía marchita, que había dejado de darle calor, que tenía agujeros de dolor y tristeza.
Mientras el humo de su cigarrillo se amalgamaba con el aire de su habitación, recordó su pasado, uno que se le presentó hermoso y diáfano, y que de un momento a otro cambió a oscuridad.
Tenía veinticinco años cuando en una tarde en que caminaba por la ciudad, cruzó su mirada con el chico más precioso y cautivador que vio jamás. Su figura espigada, sus mejillas sonrojadas por el calor y su aroma delicioso a flor de algodón con notas de té blanco, se incrustaron con fuerza en cada espacio de su vida, en cada célula de su cuerpo y en cada neurona de su mente. En sus recuerdos, en vidas pasadas y en vidas futuras.
Fue inevitable que su propio aroma apareciera cremoso y cálido, envolviendo como una red, la atención de ese omega maravilloso, quien lo miró y le sonrió, derritiendo todos sus temores e iluminando sus rincones más oscuros, llenando de melodías sus silencios opacos y vacíos.
Sin perder tiempo, Louis se había acercado y de inmediato le entregó su tarjeta, y le dijo de ir por un café, ojalá pronto. Y Harry, que era el nombre de esa aparición perfecta, lo había sorprendido contestándole que ese momento era el preciso para compartir, más que un café, tal vez una cerveza fría.
Caminaron en medio de una conversación trivial, sobre el calor y la gente que abarrotaba las calles. Habían elegido un bar al azar, daba lo mismo su nombre y su ubicación. Sentados frente a frente, tuvieron su primera conversación, que después de unos momentos ya era de absoluta confianza.
Harry tenía veinticinco también, y también se dedicaba a escribir, pero lo suyo eran las canciones. Letras y letras contando historias para que alguien más las transformara en melodías y en pequeñas historias de amor y desamor, de amistad y de dolor.
Ninguno podía creer lo fácil que parecía todo, la ternura que trasmitían los dos, el calor que emanaba de sus cuerpos, lo suave de sus aromas fusionados, la tranquilidad que sentían sus pechos. La necesidad de abrazarse, de mirarse por horas, de entregarse y saltar al vacío.
Con los días se fueron compenetrando cada vez más, sin dejar de hablar, de contarse lo que más podían de sus vidas, como si tuvieran poco tiempo.
Harry le contó que hace un par de meses se había enamorado de un alfa que lo había engañado con otro omega. Y que a pesar del dolor que sintió, no estaba seguro de haberlo dejado de amar. Y eso para Louis fue un golpe en sus entrañas. Hizo todo lo posible y lo imposible por enamorar a Harry cada día. Le daba detalles, lo escuchaba, le sonreía con todo su amor, porque Louis se había enamorado irremediablemente y de manera profunda de ese omega que a veces parecía tan lejano de su mano.
Y llegó el día en que Harry le dijo que sí, que podían intentarlo, y que para Louis significó una sorpresa monumental, la más hermosa y por la que rezaba cada día, pidiéndole al cielo una sola oportunidad para amar a Harry con cada poro de su piel.
Fueron seis meses maravillosos, donde su relación se convirtió en la envidia de quien los viera, en la inspiración para las letras de los dos, su época más prolífera y abundante, la que los llevó a un nuevo nivel en sus trabajos.
Harry se sentía enamorado, Louis era el alfa perfecto, lo llenaba de amor cada día, le demostraba una ternura que no pensó podía tener alguien de su casta. Era increíblemente dulce, sus besos los más sublimes, su manera de amarlo en la cama la más apasionada. Quería quedarse para siempre entre sus brazos, no necesitaba nada más en la vida, nada más que Louis, nada más que su amor, nada más que su presencia.
O eso pensaba.
Un día cualquiera, cuando se acercaban a los siete meses de noviazgo, apareció Greg, el ex alfa de Harry, pidiendo perdón al mismo tiempo que Louis estaba en la cima de su carrera, ya que uno de sus libros para adolescentes se transformó en super ventas y empezaría a viajar por diferentes ciudades del mundo.
Harry decidió, en un momento de presión y de angustia por perder a Louis por un tiempo indefinido, algo que cambiaría todo. Porque no fue capaz de pensar en acompañarlo, nunca fue una opción seguirlo por el mundo, nunca fue una opción seguir juntos.
Decidió darle una nueva oportunidad a Greg.
Decidió que su relación preciosa y maravillosa al lado de Louis no merecía un para siempre.
Decidió volver a sentir un amor pálido, un amor mediocre, un amor vacío.
Pero en ese momento, solo pensó que era lo mejor para todos.
Y para Louis fue como morir. Cuando escuchó esas palabras entrando por oídos, no lo podía creer. ¿En qué se había equivocado? ¿Acaso no había amado lo suficiente? ¿Acaso su amor no valía la pena? ¿Acaso no podía pensar en ser feliz, en tener una verdadera oportunidad de ser feliz?
Porque Harry se había transformado en su felicidad, en su única verdad, en sus ganas de levantarse, en su necesidad de mostrarse tierno, frágil y vulnerable, real y verdadero. Solo con Harry se había sentido con esa libertad, solo con ese omega que pensó suyo se atrevió a mostrarse... ¿Y para qué?
Para nada, para terminar tirado en su cama vacía, para derramar su amor en forma de lágrimas, para sentir el frío más cruel en su piel y el dolor enterrándose en su cuerpo sin piedad.
No había quién le diera consuelo, se sentía como si le hubieran quitado la mitad de su todo, la mitad de su vida y el total de sus sueños.
¿Sueños? ¿Qué palabra era esa? ¿Qué significaba?
Harry lo había obligado a padecer la angustia más cruel y despiadada, una que no encuentra consuelo, que volvía los colores en grises, que lo dejaba en profunda oscuridad. Harry no tuvo compasión ni piedad, su historia estaba escrita en una falsa eternidad. Se volvió un alma errante, una triste, una que no tenía palabras que la describiera.
Y ni siquiera tuvo tiempo de sentir todo lo que le pasaba. Tuvo que secar sus lágrimas y seguir adelante, y obligarse a sonreír cada día, firmando libros, contando historias bellas, esas que tenían lindos finales, esas que en esos momentos significaban la farsa más desgraciada, la peor mentira de la historia, porque los finales felices no existían.
Y la ruptura con Harry, sepultó a ese Louis cariñoso, dulce y tierno, y lo volvió agrio, amargando sus aromas, volviéndolo frío y gélido como el más imponente glaciar. Su mirada dejó de brillar, sus manos para siempre quedaron vacías, su cuerpo se marchitó sin las caricias de quien fuera su omega.
Y en ese estado de sopor angustioso, siguió escribiendo, pero sus letras comenzaron a contar historias de duelo, de dolor, y de lejanías. Y sí, le fue bien, pero nunca volvió a tener el reconocimiento de aquella vez, que siempre tendría el sabor amargo de la separación.
Había seguido con su vida, solo, en completa soledad. Y tuvo oportunidad de cambiar eso, pero nunca las tomó, porque como fuera, Harry siempre sería sagrado para Louis, aunque lo hubiese odiado por un par de minutos, su recuerdo sería su alimento para el resto de su vida.
Su alimento y su veneno, uno que derramaba de vez en cuando, reviviendo su dolor, siempre con la misma intensidad, y la misma angustia.
Seguía escribiendo, era lo único verdadero en su vida, lo único que le quedaba y a lo que se aferraba con uñas y dientes. Cada día pasaba horas con el lápiz recorriendo las blancas hojas de su cuaderno, escribiendo, corrigiendo y agregando notas, para después, cuando ya estuviera finalizado su proceso, poder pasarlo al computador y desde ahí a la editorial que era la misma de aquellos años, y que no deseaba cambiar. La hacía bien un poco de familiaridad en su vida, esa tan sola y pobre.
Su despensa estaba llena de frascos de café instantáneo, nunca se acostumbró al de grano, tampoco a las máquinas modernas. Eran solo dos cucharadas de café y agua caliente. Nada más. Revolver un par de veces y dejarlo reposar algunos minutos antes de beberlo y embriagarse. Y su infaltable cigarrillo que le aportaba más amargor aún a su boca, pero que ni así lograba acercarse al amargor de su ser.
Había dejado de llover exactamente a las diez de la noche con cuarenta y siete minutos. Demasiado temprano para dormir, demasiado tarde para salir. Una hora muerta, que no servía para nada, menos para ayudarlo en ese momento donde el dolor había hecho la aparición una vez más.
Imposible que no fuera así. Los días de lluvia eran los que más disfrutaba con Harry, porque significaba muchas veces embriagarse de vino y sexo, o de preparar una sopa casera y acurrucarse a ver una película y terminar envueltos en el otro, después de hacer el amor con toda ternura.
Y todo eso había cambiado drásticamente cuando Harry lo dejó, por ese otro alfa, uno que jamás lo amaría como Louis.
En ese momento, en Toulouse, Francia, el reloj estaba cerca de las doce de la noche. Bajo la suave luz de una pequeña y antiquísima lámpara, estaba Harry escribiendo la letra para una canción.
Estaba inspirado, el dolor de los últimos años había reaparecido con fuerza, llevándolo a un estado febril de composición. Palabras que lo entristecían, que reflejaban su sentir de manera tan personal:
“Juro por Dios que estoy casi bien, solo pienso en ti todo el tiempo...
Casi nunca me duermo deseando que estuvieras aquí conmigo,
Y te prometo que te he dejado ir... Casi...”
Junto con los puntos suspensivos, aparecieron las tibias lágrimas, unas que no había dejado de derramar por años.
Su aroma llevaba delatándolo esos mismos años. De algo tan cálido como flor de algodón con notas de té blanco había mutado a heno seco y tabaco. Y esa palabra lo definía a la perfección. Estaba seco, completamente seco. Era un omega triste, uno que daba pena, uno que aceptaba su dolor.
¿Estaba arrepentido de haber dejado a Louis por otro alfa? No había segundo en que no lo hiciera. Ni siquiera cuando volvió con Greg, simplemente lo hizo y era obvio que nada saldría como lo pensaba. Muchas veces imaginó que intentarlo nuevamente con ese alfa era lo que necesitaba, pasando por alto todos sus sentimientos, esos que eran fuertes y profundos; esos que le dieron vida, esos que eran realidad y certezas.
La verdad es que no tenía sentido lo que había hecho. Louis lo había enamorado día tras día, le entregó lo mejor de sí, transformó sus miedos y oscuridades en amor. Lentamente había logrado entrar en su corazón, dándole calor y haciendo que pudiera mostrarse vulnerable y desnudo en su totalidad.
Y lo había echado a perder.
Lisa y llanamente lo había arruinado.
Un mes duró su reconciliación. Un mes que se sintió vacío, falso, que se obligó a intentar porque era su castigo. Un mes en que el frío se coló por sus huesos y sepultó sus esperanzas.
Recordaba cada minuto de ese día, en que sentados en un café con Louis, le había dicho que volvía con Greg. Cómo la cara de Louis se había desfigurado y sus ojos llenado de lágrimas, su voz sonó quebrada y su cuerpo se volvió pesado y denso.
Las palabras, las preguntas, los por qués. Las respuestas, los silencios.
—¿Qué hice mal?—Había preguntado Louis, sin poder creer lo que estaba pasando.
—Nada, nada, absolutamente nada...
—¿Entonces?
—Soy yo... Yo necesito volver a intentarlo...
—¿Intentar qué?
—No lo sé... Algo, siento que me lo debo, que necesito saber qué va a pasar con Greg...
—¿No me amas? ¿Todo este tiempo estuviste jugando conmigo?
—¡Jamás! Te lo juro... Solo... Solo necesito hacerlo... Y además tú te vas, no sé cuándo volveremos a vernos y no sé si puedo mantener una relación así.
—¿Nunca pensaste en acompañarme? Puedes escribir desde cualquier lugar...
Y Harry ya no supo qué decir. ¿Servía de algo dar más explicaciones?
Y finalmente Harry se había levantado, y había caminado directamente hacia el departamento de Greg, a media hora del centro de Londres, dejando a Louis muerto en vida.
Apenas llegó, Greg lo abrazó.
Y en ese momento Harry lo supo.
Nada ni nadie podría compararse con Louis.
¿Por qué no devolvió sus pasos? Porque no era justo, porque en ese momento, estúpidamente, decidió que no merecía a Louis, que debía sacrificarse por tonto, por ser un omega idiota, por no haberle dado su lugar a su alfa, a su único y verdadero alfa.
Cada una de sus acciones entorpecía todo lo demás, y lo sabía y no era capaz de detenerlo.
El primer nuevo beso con Greg fue horrible; volver a la cama con él, un suplicio. Y las cosas no fueron como lo imaginaba. Nunca fueron el paraíso que le prometió Greg, por el contrario, cada segundo juntos se volvió una pesadilla. Hasta que lo inevitable sucedió, la historia se repitió: Greg lo engañó con otro omega, una vez más, igual que la primera vez.
Y nada en la vida le dolió tanto a Harry como enterarse de la infidelidad del alfa, porque fue la coronación de su entendimiento, que dejar a Louis fue el peor error de su vida.
Greg se sintió profundamente mal al ver la reacción de Harry. Estaba convencido de que esa angustia la había provocado al engañar a Harry. No tenía cómo saber que él, Greg, no existía en el vocabulario del omega.
Porque Harry se había deshecho en llanto, en dolor, en espasmos horribles que le gritaban lo estúpido que había sido, lo infeliz que se sentía, lo decepcionado que estaba con su actuar.
Pero pese a eso, se había levantado. Había salido del departamento de Greg sin decir ni una sola palabra, y se había enclaustrado en su propio departamento por meses. Todo lo pedía por internet, no era capaz de salir allá, afuera, donde todo le recordaba a Louis, como si solo respirar no lo hiciera. Se dedicó a escribir canciones de amor y desamor, canciones que fueron éxitos debido a lo sinceras y viscerales que eran. Canciones que eran un pedacito de su historia.
Y esa noche en Toulouse, así como tantas otras de esos quince años separados, todos sus recuerdos se agolparon en su mente, hiriéndolo nuevamente.
Después de ocho meses de encierro, decidió irse de Londres. Encontró refugio en una pequeña ciudad de Grecia, donde vivió por diez años, escribiendo e intentando seguir adelante. Después de eso, se mudó a Francia, primero a Paris, luego a Toulouse donde llevaba viviendo los últimos cinco años.
Tenía en su sala de estar una pequeña biblioteca, donde estaban todas las publicaciones de Louis, había seguido su trabajo a través de sus libros y entrevistas y artículos en alguna revista. Cada noche, como un mantra sagrado, leía algún capítulo de esos libros que conocía de memoria, y donde era capaz de leer lo que pasaba en la mente de ese alfa que alguna vez fue suyo.
Sabía que el dolor había marcado cada una de esas letras, lo notaba en las metáforas, en las hipérboles, en las comparaciones... Lo notaba en las historias inconclusas, confusas, heridas. Y más le dolía, porque él era el causante de eso, solo él.
No había querido volver a Londres, no se atrevía a hacerlo, no después de lo que había sucedido. No era justo para Louis que simplemente Harry decidiera volver a aparecer como si no fuera el culpable de tanto dolor.
Pero secretamente lo había hecho. De vez en cuando tomaba su mochila y volvía a sentir ese frío tan característico de esa ciudad que era de los dos, y caminaba cerca del departamento de Louis. Alguna vez lo vio caminar, cabizbajo, apesadumbrado, opaco, siempre fumando, siempre con un termo en la mano.
Pero nunca fue lo suficientemente valiente para acercarse. Porque además de todo, era un maldito cobarde, uno que seguía sintiendo que se merecía el dolor de vivir sin Louis. Y pasaba el tiempo y los años, y seguía pensando lo mismo, seguía castigándose, seguía culpándose. Seguía martirizándose con la soledad, sin enfrentar a Louis. Porque Harry no solo era cobarde, tenía terror de que Louis lo mirara con frialdad, que sus voz sonara gélida, que ya no le entregara calor. No quería sentir un aroma diferente, uno que seguramente, así como el de él, hubiera cambiado a otro seco y amargo.
Necesitaba el aroma a musgo de roble y esas notas de cardamomo encendiendo su cuerpo y a todo su ser, lo necesitaba más que respirar, más que comer y más que dormir. Solo el olor de Louis era su verdad. Y todo lo demás también.
Jamás dejó de sentir la posesividad del alfa cuando se apoderaba de sus caderas y de su cintura, ni el sabor de su boca y de su lengua; tampoco la fuerza con que tomaba su mano, para que no tuviera dudas de que era parte de su vida, ni la manera de seducirlo y llevarlo a la cama para hacer maravillas con su cuerpo.
Y para qué hablar de tantos detalles, de las flores, los peluches, los libros, los adornos para su departamento, las fotos, los viajes, las salidas a cenar y lo que preparaba en su cocina. Las botellas de vino...
Y esa noche, era tanto su dolor, que decidió ir a Londres una vez más. No tenía nada que perder, pero quizás podría ver a Louis a lo lejos. ¿Para qué? No tenía una respuesta para eso, solo necesitaba tentar al destino una vez más.
El viernes en la tarde, a eso de las siete, tomó su mochila y caminó hacia la parada de buses que lo llevó a la estación de trenes. Nunca se quedaba más que un par de horas, pero nada lo retenía en Toulouse, podía quedarse el fin de semana.
Bajarse del tren siempre le provocaba una melancolía espantosa y una nostalgia invisible. Lo primero que hizo fue buscar un lugar donde quedarse, y lo encontró a una cuadra del metro. Dejó su mochila y salió solo con su billetera y su celular.
Tomó un taxi, que lo llevó durante cinco minutos por ese lado de la ciudad. Desde ahí caminó una cuadra, hasta ver el antiguo edificio de departamentos, y como acostumbraba, caminó rodeando la cuadra, siempre atento, siempre mirando, siempre alerta.
Entró a un café que estaba justo frente a la entrada del edificio, y pidió un té y un trozo de pastel. No tenía hambre, apenas le pasaba el aire por sus pulmones, pero necesitaba una excusa para estar sentado dentro del local. Casi media hora después, el corazón de Harry se apretó con angustia.
La figura de Louis apareció desgastada, casi agónica, marchita.
La boca de Harry se secó, y las lágrimas se agolparon en sus ojos. Ese Louis, tan distinto asuLouis, era el resultado de sus acciones. Lo sabía, lo tenía claro. Y cómo dolía.
Pagó su té, y salió. Caminó a una distancia prudente detrás de Louis, lo vio beber de su termo, lo vio fumar y encender uno tras otros sus cigarrillos, con el mismo encendedor de esos años, su reliquia más preciada.
Estuvieron caminando por cerca de una hora, hasta que Louis inició el camino de vuelta a su departamento. Cuando iba a entrar al edificio, Louis se giró y miró directamente a Harry a los ojos.
—¿Hasta cuándo me vas a seguir? ¿Hasta cuándo vas a seguir siendo un cobarde? ¿Cuánto tiempo más debe pasar?
Y Harry no lo podía creer. ¿Louis siempre lo vio? Sí. Siempre, cada vez.
Porque aunque sus aromas hubiesen cambiado, Louis siempre podía descubrir los tintes de flor de algodón y té blanco, porque los llevaba grabados a fuego en su esencia. Y de vez en cuando los había sentido, aún debajo del heno seco y el tabaco.
La primera vez que lo sintió, pensaba que estaba loco. La segunda vez, le dio una rabia inmensurable, la tercera vez y las últimas, lo llenaron de dudas. ¿Por qué Harry había vuelto a su vida? ¿Por qué no se atrevía a enfrentarlo? ¿Tenía sentido que lo hiciera?
—Lo siento, nunca quise molestarte... —Contestó Harry, completamente perplejo y asombrado. —No era la idea que te dieras cuenta.
—Quizás la primera vez no lo noté, pero las demás... Fue imposible no notarte. Lo que no entiendo es qué haces aquí.
—Yo... No lo sé, —dijo intentando sonreír. —Solo quería verte.
—Ya lo hiciste, puedes irte.
—Louis...
—¿Tienes algo más para decir?
Y Harry dudó. —Sí... Por favor, perdó...
—No te atrevas, —interrumpió, muy molesto. —No te atrevas a pedir perdón por algo que pasó hace quince años y que me duele como si hubiese pasado ayer... No es justo para mí, ¡no me lo merezco!
—Entiendo... Está bien... No quiero molestarte... Olvida que me viste, olvídalo...
Harry se dio media vuelta y se fue rápidamente, mientras no dejaba de llorar. Se detuvo en una esquina a intentar calmarse, y lo logró después de unos minutos. No podía sacar de su cabeza la mirada tan álgida que vivía en los ojos hermosos de Louis. Esa mirada antes tan llena de amor y de ternura, tan llena de vida, ahora estaba muerta. Ni siquiera pudo ver rabia o desolación, solo frío.
¿Qué haría ahora? ¿Era tiempo de dejar el pasado atrás? No quería, se negaba, no de esa manera, pero, ¿había una forma de hacerlo? Lo más probable es que tuviera que dejar de ser un triste egoísta, y soltar su historia con Louis, porque ese alfa claramente ya no era suyo. Y de alguna manera entendió que en el fondo de su corazón, quería ver a Louis sonreír. Saber con certeza, que ya lo había superado, pero no. Eso no había pasado. Quizás nunca pasaría.
Caminó, Harry, hacia la habitación que había arrendado por ese fin de semana y se derrumbó en la cama. No tenía nada más por hacer.
Y Louis, Louis se encerró en su departamento y se quedó sentado en su cama, mirando la ventana.
No estaba en sus planes volver a ver a Harry. Por más que lo hubiera sentido, no estaba en sus planes verlo, ni hablarle, ni nada. Hubiese preferido quedarse con la incertidumbre para siempre, así dolía un poquito menos, así le quedaba una leve y simple esperanza. Pero ahora no sabía qué hacer.
¿Debería dejarlo hablar? ¿Dejarlo disculparse? ¿Sentarse a tomar un café?
¿Por qué Harry había vuelto?
¿Por qué?
Quizás debería escucharlo. Pero ya había perdido la oportunidad, estaba seguro de que esa era la última vez que se veían.
Pero se equivocaba.
Al día siguiente, a la misma hora, apareció Harry. La diferencia es que esta vez no se escondió.
—¿Por qué volviste? —Preguntó Louis, con menos dureza que el día anterior.
—Sé que no me quieres escuchar, y tampoco es como si tuviera mucho para decir. Quería despedirme... Y sí, sé que no tiene sentido, pero yo... Solo quería decirte que no te imaginas cuánto me odio por haber hecho las cosas así... Y que lo único que espero en esta vida, y en cualquier otra, es que puedas perdonarme, aunque no me lo merezca.
—No trates de parecer la víctima, Harry, porque no lo eres.
—Lo sé... —dijo intentando una sonrisa, que más pareció una mueca. —Jamás lo sería, lo sé...
Louis se quedó en silencio por unos minutos, mientras libraba una terrible lucha por dentro.
Cómo le dolía ese chico frente a sus ojos. Ese que también era una sombra de lo que fue alguna vez, que se veía mayor de lo que era, cuya piel parecía ajada y había perdido su fuerza. Pero también podía ver sus preciosos ojos verdes buscando los suyos, sus labios esperando un beso, sus manos intentando encontrar a qué aferrarse.
—Sígueme.
Una pequeña esperanza apareció en el rostro de Harry, quizás podría intentar explicarse.
Caminaron en silencio hasta llegar a un café que a esa hora estaba bastante desocupado. Harry pidió un té, y Louis un expreso.
—Gracias... Sé que no debe ser fácil para ti, porque...
—No sabes nada de mí, menos de lo que es fácil o no.
Harry bajó la cabeza, esto era mucho más difícil de lo que alguna vez imaginó.
—Solo quería que supieras que lo siento. Con todo mi corazón lamento haberte lastimado, lamento haber terminado con lo nuestro, lamento haber deshecho todo lo que teníamos juntos. Jamás quise verte mal y sé que te herí de la peor manera. No te lo merecías, siempre me entregaste lo mejor de ti, siempre me pusiste por delante tuyo, siempre me amaste de verdad... Y yo simplemente te dejé, sin un motivo real, quizás fue miedo de perderte, quizás fue egoísmo de pensar que estarías esperando por mí... Quizás solo fue la mayor estupidez del mundo porque no hay respuesta a un por qué... No sé qué más decirte...
—¿No eres feliz con él?
—Nunca lo fui, ningún día de ese mes que estuve con Greg...
—¿Un mes?
—Sí... Un mes de pesadilla...
—¿Y qué pasó? ¿También te aburriste y lo dejaste? —Preguntó Louis con desdén.
—Él me engañó, igual que la primera vez... Karma le dicen...
—¿Por qué no me buscaste?
—¿Me hubieras perdonado?
—No. Pero quizás, las cosas podrían haber sido distintas...
—Lo dudo, no era justo para ti, no...
—Deja de hablar por mi... Por favor, no tienes idea de quién soy, ni en qué me he transformado. Quizás después de hablar podríamos haber intentado cerrar el capítulo de una mejor manera, no obligándome a vivir de la sombra de lo que fuimos...
Harry lo miró con pena. Pero era su propia pena la que aparecía en sus ojos. Nunca supo que Louis no lo había olvidado en todos esos años, y empezaba a entenderlo. Había obligado a esa hermosa pareja que eran, a vivir un infierno por años, sin ninguna esperanza de cambiar las cosas.
Siempre pensó que sí, había dejado una huella terrible en Louis... Pero diferente era haberlo sepultado bajo una montaña de dolor. Era el culpable de lo que veía y de todo lo malo que le había pasado a Louis.
—Perdón... Creo que lo mejor es que me vaya. Entiendo que jamás tendré tu perdón porque no me lo merezco, porque yo mismo no puedo hacerlo, porque no es justo ni fácil olvidar todo lo que te hice estos años. No puedes perdonarme porque simplemente lo que hice es horrible, y no te puedes imaginar lo arrepentido que estoy...
—¿Estuviste con alguien más en estos años?
—Nunca... Puedo jurarlo por lo más sagrado, jamás volví a estar con otro alfa. Me he dedicado a mis canciones, a contar nuestra historia de mil maneras diferentes... A intentar describir con mis letras la hermosa fantasía que vivimos...
Harry se desarmó, no pudo continuar. Comenzó a llorar despacio, pero su cuerpo se agitó en cosa de segundos.
Louis derramó algunas lágrimas, pero las secó de inmediato. No podía mostrarse débil ni frágil, no podía permitir que Harry se diera cuenta de que estaba a punto de abrazarlo para consolarlo, porque jamás había permitido que Harry llorara, a no ser que fuera de felicidad. Y verlo así, simplemente lo hería más que esos quince años de dolor.
Lentamente Harry se calmó, sin notar lo vulnerable de la situación.
—¿Te ha ido bien componiendo canciones? —Preguntó Louis, intentando cambiar el tema.
—Sí, no me quejo. A veces hay cantantes o productores que exigen ciertas cosas específicas, pero por lo general les gusta lo que escribo.
—¿Cuál es tu favorita?
—Una que estoy escribiendo... Se llama “Almost”.
—¿Casi? Es un nombre extraño, —opinó muy serio, como todo el tiempo. —¿De qué se trata?
—Habla de una relación que terminó, y él le dice que ya casi lo olvida, que no piensa en él todos los días, porque casi está bien...
—Tiene sentido, entonces, que se llame así.
—¿Y tú? He visto que te ha ido bien con tus cuentos... Tengo algunos...
Louis sonrió sin querer, pero apenas lo notó, cambió su rostro a seriedad una vez más.
—Me ha ido bien, tienes razón. Escribir es lo único que me ha mantenido cuerdo, lo único que logra mantenerme lejos del dolor por algunos momentos.
—Sé que es estúpido lo que voy a preguntar, pero ¿has sufrido mucho?
—Estoy muerto en vida. Te entregué todo de mí y lo tiraste a la basura. Me pisoteaste, me humillaste, me hiciste conocer el infierno... Yo pensé que moría de pena, Harry... te juro que lo sentí.
Los ojos del omega una vez más se llenaron de lágrimas.
—No tengo perdón, lo sé... Pero de verdad, con todo mi corazón te digo que lo siento. Nunca pensé en ti, fui egoísta, y lo sigo siendo. No dimensioné el daño que nos estaba haciendo, —dijo suspirando.
A los dos le dolía el pecho, estaban muy angustiados, reviviendo de verdad y en tiempo real todo el padecimiento de esos años. Se sentían vulnerables, solos, tristes, necesitaban de un abrazo, de un poco de calor. Se necesitaban, porque nadie más podría darles eso que les faltaba. Y a pesar de estar frente a frente, estaban a mil kilómetros de distancia.
—Creo que debo irme... —dijo Harry, levantándose y dejando un billete en la mesa. Miró por última vez a Louis y salió de la cafetería.
Cinco minutos después, Louis hacía lo mismo.
Harry caminó hasta la habitación que arrendaba por ese fin de semana, y se acostó a pensar, a llorar, a recordar y a lastimarse. Cualquiera pensaría que la conversación no estuvo tan mal, pero él, que conocía a Louis con todas sus luces y sombras, sabía que se había encontrado con una muralla. El alfa era una pared, no lo dejó entrar y no era para menos. ¿Cómo serían las cosas si la historia fuera al revés?
Harry literalmente hubiese muerto de la pena. Nunca entendió cuánto amaba a Louis hasta que lo perdió, hasta que lo dejó ir, hasta que lo sacó de su vida.
¿Qué debía hacer ahora? ¿Devolverse a Toulouse a olvidar, a intentar seguir con su vida y sus canciones? Volver a ver a Louis ya no era una opción, ¿o sí?
Estaba tan confundido. Esa pequeña conversación le dejó más dudas que certezas, y ahora no sabía qué hacer; tampoco tenía a quien recurrir. Su vida era solitaria, sin amigos, sin amantes. Se durmió luego de una hora.
Mientras tanto, Louis no se sentía mejor.
Sentado en su mecedora, fumando y tomando café, revivía cada segundo de esa reunión extraña, una que jamás imaginó tener, una que le revolucionó todo su ser.
Pudo descubrir debajo de esa mirada de dolor y de ese cuerpo convulsionado, a su Harry, a su chico hermoso, a su omega. A ese que lo revolucionaba con su aroma, que lo volvía loco con sus caricias, que simplemente con su presencia alegraba y arreglaba cualquier momento en su vida. Su alegre Harry, su tierno Harry, su amado Harry.
Y ahora, no sabía qué pensar. ¿Sirvió de algo conversar? ¿Sirvió de algo que se vieran? Quizás solo para hacerse más daño, o por el contrario, para empezar a sanar.
¿Pero, quería Louis sanar? Tal vez se había acostumbrado a vivir amargado, y salir de ese estado significaba un esfuerzo mayor. ¿Estaba dispuesto a hacerlo?
¿Podía perdonar a Harry? ¿No lo había hecho ya?
Al igual que Harry, se sentía más confundido que antes. Solo tenía la certeza de que quería volver a ver a Harry, quizás una última vez, para decirse adiós y seguir adelante.
Terminó su café y se acostó a intentar dormir. Solo pudo hacerlo cuando comenzó a recordar los momentos hermosos que vivió junto a ese precioso omega.
Se acordó, sobre todo, de cómo le cambiaba el semblante a Harry cuando se veían, cómo se iluminaban sus ojos y cómo siempre se lanzaba a sus brazos para besarlo y llenarlo de besos en sus mejillas. Luego se abrazarían y después Louis tomaría las manos del omega y las besaría, mientras sonreían.
Después caminarían por Londres, ese que no aparece en las guías turísticas pero que estaba lleno de magia. Conversarían de algo que vieron en alguna red social, o comentarían de alguna película para ver el fin de semana. Quizás irían de compras, o sencillamente se encerrarían en el departamento de Louis por horas para amarse y acurrucarse.
Y lo que los hacía siempre reír, y que tenía que ver son sus trabajos, eran las pausas que los interrumpían siempre. En medio de un beso, o incluso de algún mal entendido, alguno corría a anotar alguna idea, algún título, alguna línea para una canción o para un cuento.
Louis sonrió en su cama.
Fueron sus seis meses más productivos, donde ganó premios y reconocimiento. Y si bien, con los años llegó la tranquilidad de tener ya un nombre, ninguno de sus premios tenía la compañía de Harry y eso lo hacía perder su importancia y su brillo.
Saber que Harry no había sido feliz, y que llevaba solo casi el mismo tiempo que él, le dio pena. A pesar del dolor de no tenerlo a su lado, quería que fuera feliz siempre, no importaba con quien.
Karma había dicho Harry, y no le gustaba esa palabra. Porque Harry merecía ser el omega más feliz del mundo, porque era un chico increíble, tan dulce y tierno, con tanto para entregar.
Suspiraba Louis, pensando en sus noches juntos, en sus amaneceres... En todo lo que significaba Harry en su vida en ese tiempo. ¿O lo hacía aún? ¿Se atrevería a admitir que daría su vida por un beso más, por un abrazo y una caricia? ¿Por una noche más, por una tomada de manos y por una risa compartida?
Quince años no fueron suficientes para dejar de amar a quien era su omega, porque claro que Harry lo era, siempre lo fue. Lo sería hasta el día de su muerte.
Y verlo y escucharlo le habían devuelto un pedacito de vida, fue un golpe de aire fresco, pero necesitaba más. El gran problema, es que no tenía cómo volver a verlo, y que aunque Harry volviera, ¿qué le diría? ¿Ven y bésame? Claramente no. ¿Vuelve conmigo? Tampoco.
¿Entonces?
Quizás solo dejar que las cosas fluyeran, que el destino los pusiera en un mismo lugar y que fueran capaces de dar un paso a la vez.
Quizás solo olvidar y seguir adelante.
Harry se devolvió a Toulouse. Se dedicó a escribir sus canciones, unas que hablaban de relaciones hermosas, que eran todo lo que él no tenía. Encontró inspiración en esa conversación, en todo lo vivido en los últimas horas. Y en un acuerdo consigo mismo, decidió ir a Londres una vez al mes.
Cada 28 tomaría el tren y viajaría a ver a Louis. Le daba lo mismo si hablaban o no, solo tenía la necesidad de verlo, hasta que Louis le dijera que ya no más, que nunca más, que se había acabado.
Y Louis esperaba en secreto que Harry quisiera volver, y comenzar a conocerse de nuevo, porque ya no eran los mismos, ¿o sí? Louis podría jurar que conocía perfectamente a su omega, a pesar de los años y de las vivencias, la esencia de Harry estaba en él. Se lo decía su mirada, la manera de reaccionar de su cuerpo, la ansiedad que mostraba.
Y pasó un mes, y Louis supo que Harry había vuelto. Pero la diferencia, fue que las notas de algodón aparecieron mucho más diáfanas que la última vez. Y eso no podía ser malo, por el contrario. Podía significar que Harry estuviera sanando, al igual que él, que comenzaba a dejar atrás las hojas de pino y la pimienta, para empezar a aromatizar el ambiente con su delicioso olor a musgo de roble y notas de cardamomo, siempre tan cálidas y suaves.
Sanar. Nunca le pareció más hermosa esa palabra, nunca la sintió tan profunda ni tan luminosa.
Al tercer mes, Louis enfrentó una vez más a Harry.
—¿Vas a volver a esconderte? ¿Por qué no me hablas?
—¿Por qué no me hablas tú? —Respondió Harry, sonriendo.
—Tú vienes a mí, dudo que no te des cuenta, —contestó el alfa, casi jugando, sorprendiéndose.
—No quería molestarte, y no sabía si querías verme... ¿Tienes tiempo de un café?
—Tengo tiempo.
Caminaron en silencio al mismo café de la primera vez, y pidieron lo mismo. Un té para Harry y un expreso para Louis.
—¿Cómo has estado? —Preguntó Harry.
—Bien... Mejor. He tenido mucha inspiración este último mes... ¿y tú?
—Lo mismo... Tu aroma está más dulce, igual que el mío.
—Pensé que no lo ibas a notar... —dijo Louis. —Pero sí. Me gusta pensar que estamos sanando y que estamos más tranquilos.
Harry sonrió. —Siento lo mismo, y es lo que espero.
—¿Por qué volviste? Pensé que no iba a saber nada más de ti.
—Creo que necesito saber que estás bien... No podía dejarte tan mal y sí, sé que es egoísta, pero es mi verdad. No podía seguir viviendo cargando en mis hombros tu dolor...
—¿Y tu dolor?
—No quiero sonar como víctima, porque sabemos que no lo soy, pero mi dolor me lo merezco y no hay nada que pueda cambiar eso.
—No te lo mereces, Harry. Tomaste una decisión y sus consecuencias las has enfrentado como mejor has podido. Pero no te mereces el dolor, no más...
—Aunque me perdonaras, creo que yo jamás podría hacerlo. Lo que hice fue tan horrible, que...
—Basta, —interrumpió Louis. —Sabemos de sobra lo que pasó entre nosotros, no es necesario volver a repetirlo una vez más... Creo que ya estamos en una etapa donde no vale la pena hablar de eso, ya no tiene sentido.
—¿Has podido perdonarme?
—Lo hice, —aseguró Louis, mirando fijamente a Harry, quien tuvo que bajar la cabeza, debido a la intensidad del momento. —Y sabes que no miento.
—Lo sé, nunca dudaría de ti...
—¿Hasta cuando vas a venir?
—Hasta que me digas que no lo haga, —contestó Harry, con algo de temor.
—¿Por qué un veintiocho?
—Era nuestro aniversario.
Los ojos de Louis se iluminaron. —Lo recordaste...
—Nunca pude olvidarlo.
—Gracias por venir, necesitaba despedirme de ti, de lo nuestro, de lo que no tuvimos.
Harry se sintió morir. —Entiendo... No vendré más, de verdad nunca quise hacerte daño, y no lo haré ahora...
—Me refiero a que podemos empezar a dejar nuestro pasado doloroso, y quizás empezar una nueva etapa... Poder vernos sin sentir dolor, sin imaginar lo que hubiese pasado si las cosas hubieran sido diferentes. Juntarnos a tomar un café de vez en cuando... No sé qué te parece...
—¿De verdad? ¿Crees que podemos hacerlo?
—Creo que nos merecemos sanar de verdad. Y para eso necesitamos tiempo...
—Hagámoslo.
Los dos sonrieron.
Cuatro meses pasaron, cuatro veces que se vieron, cuatro veces que conversaron junto a la compañía de un té y de un expreso.
Cuatro veces en que se acercaron más de lo que ellos mismos esperaban.
Cuatro meses en que la paciencia hizo su trabajo.
Cuatro meses que significaron una esperanza para los dos.
Cuatro meses que les devolvieron sus esencias.
Ese cuarto mes, algo diferente pasó.
Sentados en esa cafetería, que nunca imaginaron se volvería de ellos, conversaban.
—¿Te acuerdas de que estaba escribiendo una canción que se llamaba “Almost”?
—Claro que sí, ¿la terminaste?
—Lo hice, y alguien ya la grabó... Estoy feliz, porque es una canción que me gusta mucho...
—¿De verdad? Eso es una excelente noticia... ¿Por qué te gusta tanto?
—Porque siento que representa muy bien lo que era mi vida hace unos meses atrás... Cuando tenía ese dolor en mi pecho, cuando pensaba en ti y solo sentía angustia... Cuando imaginar en estar así no era ni siquiera un atisbo de esperanza...
—¿Puedo preguntar algo?
—Lo que quieras.
—La canción decía que casi olvidabas... ¿Hablabas de mí?
—Sí, de ti... Siempre he escrito sobre ti... Siempre has sido mi inspiración, para bien o para mal.
—¿Lograste olvidarme?
Harry guardó silencio. ¿Cómo podía responder a eso? ¿Era el momento de revelar su amor? ¿Ese que nunca dejó de sentir? ¿Ese que se había vuelto, una vez más, su motivo para seguir viviendo? ¿Y si no era recíproco?
—No estoy seguro de que sea el momento de contestar a eso...
—¿Tienes miedo?
—Lo tengo.
Louis lo miró profundamente, perdido en los ojos verdes más hermosos del mundo, y supo que era tiempo de dar el primer paso.
—Yo no te he olvidado, es imposible hacerlo. Esos meses que pasamos juntos han sido el motor de mi vida, y aunque el dolor ha vivido en mi pecho por quince años, nada pudo sepultar mis sentimientos por ti.
Los ojos de Harry se inundaron en cosa de segundos, y las lágrimas caían por sus mejillas. —Ni los míos... Jamás podría olvidarte, siempre serás mi alfa...
Louis sonrió, aunque también estaba llorando. La emoción los embargaba sin dudas, pero estaban empezando a sentir un algo que parecía tan lejano, que habían olvidado, y era eso llamado felicidad.
Louis puso su mano sobre la mesa, y Harry la miró. Con un poco de temor, la tomó y la acarició. El alfa no la quitó, por el contrario, devolvió cada caricia con fervor.
—¿Lo dices en serio? ¿Estás seguro de lo que dices?
—Sí... ¿Me aceptarías una cita? ¿Salir a caminar? —Louis se sintió conmovido. Harry le había quitado las palabras de la boca. —¿Vamos ahora?
El alfa asintió.
Se pusieron de pie, y salieron al frío de la ciudad. Louis encendió un cigarrillo, y en la otra mano, llevaba la de Harry.
Nadie, jamás, mereció ese lugar en la vida de Louis. Solo su omega, solo ese chico que se había transformado en hombre, con quien caminarían entrelazando sus dedos y sintiendo el calor del cuerpo del otro a su lado.
Dos meses después, Louis decidió mudarse a Toulouse, a pesar de que llevaba muy poco tiempo con Harry, en una relación sin nombre, y que en las últimas semanas consistió en caminar de la mano por Londres, cenar en algún restaurant, comprar algún detalle, y nada más.
Ni siquiera habían vuelto a besarse, mucho menos a estar juntos compartiendo una cama. Pero no lo necesitaban.
Lo que necesitaban era reencontrarse en sus conversaciones, en esos pequeños gestos, en sus miradas y en volver a encontrar la magia que los unía.
Louis se bajó del tren a las nueve de la mañana, y estaba Harry esperándolo, con su mejor sonrisa.
—¿Cómo estuvo el viaje?
—Bien, solo quería llegar pronto, —contestó Louis, bajando sus maletas.
—Déjame ayudarte... ¿Dónde te vas a quedar?
—Esta es la dirección, no sé por donde queda.
—¿Es una broma? —Preguntó Harry, riendo. —Esto está a una calle de mi departamento.
—Qué suerte, —respondió Louis, sabiendo que le había costado mucho el encontrar algo tan cerca de su omega.
—Vamos, entonces.
La ciudad los recibió con una mañana fría pero iluminada. Caminaron por las hermosas calles de piedra, en medio del bullicio de la gente, muchos turistas y estudiantes que andaban en sus quehaceres cotidianos.
—¿Me vas a llevar a algún café? Necesitamos uno.
—¿Uno para hacerlo especial? —Preguntó Harry, con una felicidad que se desparramaba por su cuerpo.
—Sí, uno que haremos nuestro...
—Lo tengo. Entré una vez, y no pude volver... Siempre me imaginé ir contigo, tiene un algo especial...
—Voy a estar feliz de que vayamos juntos...
Se miraron con tanto amor, que los dos se sonrojaron. Louis sobre todo, había recuperado toda su ternura, su suavidad, sus palabras dulces, pero aún le costaba un poco poder demostrarlo. No quería que Harry se asustara en ese momento. No sabía que el omega ansiaba con locura volver a tener a su alfa que era una gota de miel.
Harry acompañó a Louis hasta su departamento, y lo ayudó a organizarse. Eran pocas cosas las que tenía, y el lugar era muy bonito y amplio. Venía amoblado, lo que era la mejor parte, porque Louis no quería seguir viviendo con los mismos muebles que lo vieron marchitarse por años.
—Quedó todo perfecto, —dijo Harry, contemplando todo.
—Sí, gracias por la ayuda, —contestó Louis, nervioso de verse en esa situación, con Harry tan cerca y en soledad.
—¿Pasa algo? —Preguntó Harry, acercándose hasta poner sus manos en los hombros de Louis.
—Sí, —rio. —Te tengo tan cerca que no puedo no ponerme ansioso...
—Puedo ayudarte con eso.
—¿Sí?
—Claro que sí...
Harry en un movimiento que Louis no vio venir, pasó sus brazos por el cuello del alfa, y acercó sus labios a la boca de Louis que quedó sin respiración.
Un par de segundos después, las lágrimas una vez más hacían su aparición en los ojos de los dos. Sus bocas estaban unidas en un beso.
Por fin, un beso.
Las manos de Louis acariciaban las mejillas de Harry, mientras el omega enterraba sus dedos en el pelo del alfa. Unieron sus frentes después de un par de minutos, en que no podían separarse, como si tuvieran miedo de que el otro se evaporara, o de que fuera solo una ilusión, o de que sus mentes les jugara una mala pasada.
Pero no, abrieron los ojos y sí, estaba sucediendo. Después de años de dolor, y de meses de sanar, sus labios volvían a encontrar el camino en la boca del otro, uno que sería para siempre. De eso estaban seguros.
Se sonrieron y volvieron a besarse, una y otra vez, porque les urgía recuperar el tiempo, porque tenían necesidad del otro, porque era la mejor manera de recordar cuánto se amaban, porque no había otra forma de reconectarse. Porque besarse siempre fue importante para ellos, era lo que más les gustaba hacer estando juntos, lo disfrutaban de comienzo a fin; era, simplemente, lo de ellos.
La ternura de esas caricias, lo dulce del momento lo hizo perfecto, en el tiempo correcto, en el lugar preciso.
—Perdóname...
La voz quebrada de Harry rompió la burbuja.
—Amor... No lo repitas... —Susurró Louis. —Todo eso quedó atrás, ahora te tengo entre mis brazos otra vez...
—Nunca me perdonaré, —dijo Harry, aferrado en un abrazo a su alfa. —Nunca lo olvidaré, porque será mi aliciente para transformar cada lágrima que derramaste en sonrisas...
—Lo haces solo con estar aquí, conmigo... Lo haces cuando me miras y me veo en tus ojos, cuando puedo tomar tu mano, cuando sé que sientes lo mismo que yo... Estamos empezando algo nuevo, somos distintos a esos chicos que se enamoraron por primera vez... Pero ahora nuestro amor es más fuerte, ¿verdad?
—Claro que sí... No lo dudes...
—¿Me llevas a caminar?
—Sí... Pero primero, acompáñame a mi departamento. Olvidé mis documentos.
—Vamos.
En medio de besos lograron llegar. Harry tomó su billetera, y la guardó.
—Listo.
La boca se le secó en un segundo, cuando vio a Louis quitándose la chaqueta y la polera, quedando con el torso desnudo.
—Te he extrañado demasiado, y no soporto más no poder tenerte como quiero...
La agitación del pecho de Harry le demostró a Louis, que el omega estaba tan ansioso como él.
Y Harry simplemente se dejó llevar por la sinuosidad de las manos de Louis; de su ritmo, de sus besos, de su ímpetu y de su vehemencia. Crearon amor para el resto de sus días, para sus vidas futuras también. Fueron fuego, pero sobre todo, miel. Una dulce en exceso, pero que nunca era suficiente.
Harry recibió todo lo que Louis quiso darle, y entregó todo lo que era. Parecía simple, y no lo era. Era la complejidad en su máximo esplendor, porque cada uno hizo entrega de toda su esencia, desnudaron sus almas, sus mentes, mucho más allá que sus cuerpos. Era un acto donde fusionaron lo que eran, su naturaleza interna e íntima.
Los dedos de Louis contaron la más bella historia de amor, y Harry escribió la canción más dulce que jamás se escuchó.
Besaron cada miedo del otro, cada sombra; repararon eso que estaba dañado y lo volvieron limpio, fuerte y hermoso. Crearon poesía nunca antes vista, melodías exquisitas y una danza milenaria que gritaba amor.
Una vez que el silencio había callado sus gemidos, no podían separarse. Amaban la sensación de pertenencia, de estar enredados y envueltos, piel con piel, besándose despacio, acariciándose, mirándose y mimándose.
—Creo que por lo menos hoy, no podremos salir a pasear... —dijo Louis, besando las mejillas de Harry.
—¿Por qué no?
—Porque quiero estar abrazado a ti la mayor cantidad de tiempo posible...
—Tengo todo el tiempo del mundo para ti, mi alfa...
—Aún faltan nuestras marcas, y estoy loco de ganas de saber cómo se siente, si es verdad lo que dicen...
—¿Estás seguro de querer hacerlo? ¿No tienes miedo de lo que pueda suceder?
—No tengo miedo. Algo me dice que estaremos bien.
Harry sonrió, y acarició el pecho de Louis.
—Me parece tan increíble que estemos así... Nunca imaginé que podría volver a tener tus manos sobre mi cuerpo... Y es algo que me conmueve, y me dan muchas ganas de llorar porque me cuesta mucho poner en palabras lo que estoy sintiendo...
—Sé cómo te sientes, porque sé que me siento igual... Es simple, es volver a tenernos, es como haber puesto en pausa nuestras vidas y comenzar de nuevo, no donde quedamos, si no que un paso más adelante... Y con más amor para darnos, y más pasión y más ternura...
—Jamás imaginé que pudieras ser más tierno, y me equivoqué. Amo que seas así, tan dulce siempre, que me cuides a pesar de mi edad, sentirme protegido entre tus brazos... Necesito mi libreta...
Se giró en la cama, y tomó su cuaderno y anotó tres o cuatro líneas.
—¿Inspiración? Extrañaba eso de nosotros...
—Creo que te voy a escribir una canción, una que intente reflejar lo que siento...
Louis sonrió, feliz, mientras miraba a Harry pensar y morder su lápiz.
