OBSESIONES EQUIVOCADAS (STALKER DARK ROMANCE 🌶️🌶️🌶️🌶️)

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Sinopsis

La sangre de Jax 'Reaper' Harlan bajó tan rápido que se sintió mareado. Su miembro se engrosó, presionando contra la bragueta de sus jeans, y tuvo que cambiar el peso de su cuerpo para acomodar la repentina y urgente dureza. Leyó las palabras de nuevo. Y otra vez. Cada vez golpeaban con más fuerza, pintando imágenes en su cabeza: una chica, joven, suave, abriendo sus muslos para mostrarle dónde había escrito. Un nombre. ¿Su nombre? No, todavía no. Pero lo sería. Lo sería. —¿Jax? ¿Estás bien, hermano? —¿Qué carajos estás mirando, VP? —preguntó Mace, su voz áspera resonando en la habitación repentinamente silenciosa. Jax miró su teléfono. Luego volvió a mirar a la sala. Una sonrisa se extendió por su rostro: lenta, peligrosa, la expresión de un lobo que acaba de captar un rastro que vale la pena perseguir. —Esto... —sostuvo el teléfono en alto—. Recibí una puta llamada accidental con poesía sexual de alguna universitaria. Creo que es un número equivocado. La habitación explotó. —¡Léela! ¡Lee esa puta cosa! —Slick abandonó la mesa de billar, con el taco aún en la mano. Era un bastardo larguirucho con tatuajes de serpientes trepando por su cuello y una mirada lasciva perpetua—. ¿Es sobre tetas? Dime que es sobre tetas.

Genero:
Erotica
Autor/a:
theatricalsiren
Estado:
Completado
Capítulos:
29
Rating
5.0 26 reseñas
Clasificación por edades:
18+

CORAZONES NEGROS

🥀 ──── ⋆⋅☆⋅⋆ ──── 🥀

(𝕹𝖔𝖙𝖆 𝖉𝖊 𝖑𝖆 𝖆𝖚𝖙𝖔𝖗𝖆:

𝕬𝖓𝖙𝖊𝖘 𝖉𝖊 𝖊𝖓𝖙𝖗𝖆𝖗 𝖊𝖓 𝖊𝖘𝖙𝖆𝖘 𝖕á𝖌𝖎𝖓𝖆𝖘, 𝖕𝖗𝖊𝖕𝖆𝖗𝖆 𝖇𝖎𝖊𝖓 𝖊𝖑 𝖊𝖘𝖈𝖊𝖓𝖆𝖗𝖎𝖔.

𝕯𝖆𝖑𝖊 𝖆 𝖗𝖊𝖕𝖗𝖔𝖉𝖚𝖈𝖎𝖗 𝖆 𝕲𝖆𝖓𝖌𝖘𝖙𝖆’𝖘 𝕻𝖆𝖗𝖆𝖉𝖎𝖘𝖊 𝖉𝖊 𝕶𝖊𝖍𝖑𝖆𝖓𝖎 (𝖉𝖊 𝕾𝖚𝖎𝖈𝖎𝖉𝖊 𝕾𝖖𝖚𝖆𝖉), 𝖑𝖆 𝖛𝖊𝖗𝖘𝖎ó𝖓 𝖔𝖗𝖖𝖚𝖊𝖘𝖙𝖆𝖑 𝖘𝖎 𝖕𝖚𝖊𝖉𝖊𝖘 𝖊𝖓𝖖𝖚𝖊𝖓𝖙𝖗𝖆𝖗𝖑𝖆. 𝕯𝖊𝖏𝖆 𝖖𝖚𝖊 𝖑𝖆𝖘 𝖈𝖚𝖊𝖗𝖉𝖆𝖘 𝖘𝖚𝖇𝖆𝖓. 𝕼𝖚𝖊 𝖑𝖔𝖘 𝖙𝖆𝖒𝖇𝖔𝖗𝖊𝖘 𝖘𝖊 𝖘𝖎𝖊𝖓𝖙𝖆𝖓 𝖈𝖔𝖒𝖔 𝖚𝖓 𝖑𝖆𝖙𝖎𝖉𝖔 𝖇𝖆𝖏𝖔 𝖙𝖚𝖘 𝖈𝖔𝖘𝖙𝖎𝖑𝖑𝖆𝖘. 𝕯𝖊𝖏𝖆 𝖖𝖚𝖊 𝖘𝖊 𝖙𝖊 𝖒𝖊𝖙𝖆 𝖊𝖓 𝖑𝖆 𝖘𝖆𝖓𝖌𝖗𝖊.

𝕰𝖘𝖙𝖆 𝖍𝖎𝖘𝖙𝖔𝖗𝖎𝖆 𝖗𝖊𝖘𝖕𝖎𝖗𝖆 𝖊𝖓𝖙𝖗𝖊 𝖘𝖔𝖒𝖇𝖗𝖆𝖘 𝖞 𝖈𝖆𝖒𝖎𝖓𝖆 𝖈𝖔𝖓 𝖚𝖓 𝖈𝖔𝖗𝖆𝖟ó𝖓 𝖆𝖗𝖒𝖆𝖉𝖔. 𝕾𝖆𝖇𝖊 𝖆 𝖕𝖊𝖑𝖎𝖌𝖗𝖔, 𝖆 𝖉𝖊𝖛𝖔𝖈𝖎ó𝖓 𝖞 𝖆 𝖊𝖘𝖊 𝖙𝖎𝖕𝖔 𝖉𝖊 𝖆𝖒𝖔𝖗 𝖖𝖚𝖊 𝖙𝖊 𝖉𝖊𝖏𝖆 𝖒𝖔𝖗𝖆𝖙𝖔𝖓𝖊𝖘 𝖆𝖓𝖙𝖊𝖘 𝖉𝖊 𝖉𝖆𝖗𝖙𝖊 𝖘𝖚 𝖇𝖊𝖓𝖉𝖎𝖈𝖎ó𝖓. 𝕷𝖆 𝖒ú𝖘𝖎𝖓𝖆 𝖆𝖉𝖊𝖈𝖚𝖆𝖉𝖆 𝖓𝖔 𝖘𝖔𝖑𝖔 𝖆𝖒𝖇𝖎𝖊𝖓𝖙𝖆𝖗á 𝖊𝖑 𝖒𝖔𝖒𝖊𝖓𝖙𝖔; 𝖙𝖊 𝖆𝖌𝖆𝖗𝖗𝖆𝖗á 𝖉𝖊𝖑 𝖈𝖚𝖊𝖑𝖑𝖔 𝖞 𝖙𝖊 𝖆𝖗𝖗𝖆𝖘𝖙𝖗𝖆𝖗á 𝖍𝖆𝖈𝖎𝖆 𝖊𝖑 𝖋𝖔𝖓𝖉𝖔 𝖈𝖔𝖓 𝖘𝖚𝖆𝖛𝖎𝖉𝖆𝖉.

𝕳𝖆𝖞 𝖚𝖓𝖆 𝖑𝖎𝖘𝖙𝖆 𝖉𝖊 𝖗𝖊𝖕𝖗𝖔𝖉𝖚𝖈𝖈𝖎ó𝖓 𝖈𝖔𝖒𝖕𝖑𝖊𝖙𝖆 𝖆𝖑 𝖋𝖎𝖓𝖆𝖑 𝖉𝖊𝖑 𝖑𝖎𝖇𝖗𝖔. 𝕾𝖎 𝖊𝖗𝖊𝖘 𝖉𝖊 𝖑𝖔𝖘 𝖖𝖚𝖊 𝖕𝖗𝖊𝖋𝖎𝖊𝖗𝖊𝖓 𝖕𝖗𝖊𝖕𝖆𝖗𝖆𝖗𝖘𝖊 𝖕𝖆𝖗𝖆 𝖑𝖆 𝖈𝖆í𝖉𝖆, 𝖛𝖊 𝖆𝖑 ú𝖑𝖙𝖎𝖒𝖔 𝖈𝖆𝖕í𝖙𝖚𝖑𝖔 𝖆𝖓𝖙𝖊𝖘 𝖉𝖊 𝖊𝖒𝖕𝖊𝖟𝖆𝖗. 𝕬𝖗𝖒𝖆 𝖙𝖚 𝖑𝖎𝖘𝖙𝖆 𝖊𝖓 𝖄𝖔𝖚𝖙𝖚𝖇𝖊, 𝕾𝖕𝖔𝖙𝖎𝖋𝖞 𝖔 𝖉𝖔𝖓𝖉𝖊 𝖘𝖊𝖆 𝖖𝖚𝖊 𝖊𝖓𝖙𝖗𝖊𝖌𝖚𝖊𝖘 𝖙𝖚𝖘 𝖔í𝖉𝖔𝖘.

𝕮𝖔𝖓𝖋í𝖆 𝖊𝖓 𝖒í.

𝕰𝖘𝖙𝖊 𝖒𝖚𝖓𝖉𝖔 𝖊𝖘 𝖒á𝖘 𝖔𝖘𝖈𝖚𝖗𝖔 𝖈𝖚𝖆𝖓𝖉𝖔 𝖙𝖎𝖊𝖓𝖊 𝖇𝖆𝖓𝖉𝖆 𝖘𝖔𝖓𝖔𝖗𝖆.)



PRÓLOGO


---


*Un número equivocado.*

*Un mensaje accidental.*

*Un poema que solo debía leer una amiga.*


*Ella no sabía que estaba escribiendo su destino.*

*Él no sabía que estaba leyendo su futuro.*


*En algún punto entre*

*“por favor, borra esto”*

_y_

*“eres mi nena”*

*se encendió una cerilla.*


*El incendio tardaría meses en arder.*

*¿Pero la chispa?*


*La chispa vivía en diez palabras:*


*“Escribí tu nombre donde mi pulso late más lento”.*


---


**🖤 Que comience la obsesión. 🖤**





JAX


La sede del club apestaba a sudor, a cerveza rancia y al olor metálico de sangre vieja. Esa sangre se había filtrado tanto en la madera del suelo que nada lograría limpiarla. El edificio principal de los Iron Wolves estaba a las afueras del distrito industrial, como un tumor que hubiera crecido allí. Era una fortaleza de dos pisos hecha de bloques de cemento y acero corrugado. Hace décadas, el lugar era un taller mecánico abandonado. Las paredes estaban llenas de insignias de bandas ya borrosas y carteles viejos del Iron Wolves MC. En la pared sur había un mural de un lobo arrancándole la garganta a una serpiente. Era un mensaje bastante claro para cualquiera que entrara.


Esa noche, el salón principal vibraba con la tensión típica de cuando se planea una guerra. Los Crimson Vipers se habían pasado de listos. Hace dos noches asaltaron uno de sus camiones de transporte y dejaron a un novato desangrándose en la calle. No lo mataron; querían que entregara el mensaje. Pero los Wolves no olvidaban ese tipo de recados.


Mace "Iron" Callahan, el presidente de los Iron Wolves, estaba encorvado sobre una enorme mesa de roble. Esa mesa había visto más sangre derramada que la mayoría de las salas de urgencias. Estaba llena de marcas de cuchillos, quemaduras de cigarrillo y cercos de miles de botellas de cerveza. A sus cuarenta y tres años, Mace era un armario empotrado. Medía un metro noventa y tres y pesaba unos ciento diez kilos. Tenía una barba canosa que le llegaba al pecho y los brazos llenos de tatuajes que contaban su historia de veinticinco años en el club. Llevaba el chaleco abierto, dejando ver una camiseta de tirantes manchada de sudor y las cicatrices de viejas puñaladas. Señaló con un dedo grueso un mapa del territorio. Estaba marcando puntos de entrada, rutas de escape y zonas de combate.


—Gutter, tú y Slick irán por el norte. Ellos nos esperarán por el sur, así que entrarán sin hacer ruido. Nada de motos ni luces. Esperen mi señal —ordenó Mace. Su voz sonaba a pura lija, el tipo de tono que no admite preguntas.


Gutter era un hombre flaco de unos treinta años al que le faltaba una oreja y siempre tenía cara de asco. Asintió desde el sofá de cuero agrietado donde estaba tirado. —Calladitos como en misa, jefe.


—La misa no es silenciosa cuando tú estás cerca —masculló alguien. Las risas recorrieron la habitación.


Al otro lado del salón, cerca de la barra, se desarrollaba un caos diferente. Jax "Reaper" Harlan, el vicepresidente del club, tenía a un novato agarrado por el cuello. Lo mantenía de puntitas como si fuera un cachorro desobediente. Jax tenía treinta y seis años y era puro músculo y malas intenciones. Medía un metro ochenta y ocho, con unos hombros que tapaban la luz y unas manos que habían acabado con más vidas que muchos cirujanos. Su cuerpo era un mapa de violencia. Tenía cicatrices de cuchillo en las costillas y una marca de bala justo debajo de la clavícula. Llevaba tanta tinta encima que parecía pintado por demonios. El nombre de Reaper le venía por el tatuaje de la parca que cubría toda su espalda, con la guadaña en alto. Pero los hermanos sabían que el verdadero segador era el propio Jax. Frío. Eficiente. Implacable.


El novato se llamaba Danny. Había pasado de un club de apoyo hace tres meses y la había cagado. Así de simple. Se dejó una puerta abierta durante una entrega. Ahora faltaban dos kilos de mercancía porque un Viper entró como si fuera el dueño de la casa.


—Lo siento, VP, lo juro, yo no...


—Cierra la puta boca. —La voz de Jax era baja, casi tranquila, pero cortó el pánico del chico como un cuchillo a la mantequilla—. El problema es que no pensaste. Tú no estás aquí para pensar. Estás para seguir órdenes. Cuando te digo que cierres una puerta, la cierras como si te fuera la vida en ello, porque así es. Cuando te digo que hagas guardia, te quedas ahí hasta que no sientas las putas piernas. No te cansas. No te distraes. No tienes permiso para cometer errores.


Apretó más el cuello del chico y vio cómo su cara pasaba de roja a morada. A nadie en la sala le importó; aquello era disciplina, parte del ritmo del club. Danny pataleaba contra el suelo de cemento mientras intentaba soltarse del brazo de Jax sin éxito.


—¿Quieres llevar este parche? —siguió Jax, con la cara a centímetros de la del chico—. ¿Quieres llamarte a ti mismo un Iron Wolf? Entonces gánatelo cada puto día. Un error más y yo mismo te entregaré a los Vipers. ¿Entendido?


Danny logró asentir mientras se asfixiaba. Jax lo mantuvo así cinco segundos más para que el miedo le calara hondo y luego lo soltó. El chico cayó al suelo hecho un ovillo, jadeando y agarrándose la garganta.


—Lárgate de mi vista.


Danny salió pitando hacia los dormitorios del fondo. Algunos hermanos se rieron, pero la mayoría solo observó con ojos fríos. Así funcionaban las cosas. Así era como se sobrevivía.


Cerca de los billares, un grupo de chicas del club ocupaba el espacio. Eran las de siempre: mujeres de mirada dura, con demasiado maquillaje y poca esperanza. Llevaban shorts cortos y camisetas que enseñaban los tatuajes que se hacían para demostrar que pertenecían allí. Candy, una rubia teñida con cara de ángel y muy mala leche, preparaba las bolas con destreza. Mientras tanto, Trixie y Nova bebían cerveza y vigilaban a los hombres como depredadoras que conocían bien su lugar.


—Reaper está de malas hoy —murmuró Nova, siguiendo a Jax con la mirada mientras él iba a la barra—. Alguien va a perder los dientes antes de que esto acabe.


—Alguien ya casi los pierde —dijo Candy, señalando al novato que acababa de huir—. El niño tiene suerte de seguir entero.


Trixie era la más joven, con los ojos pintados de negro y un aro en la nariz. Miraba a Jax con una mezcla de miedo y deseo. Todas las mujeres de la sala lo miraban así. Era hermoso como lo es un arma cargada: peligroso, preciso y capaz de hacer un daño terrible. Cuando cruzaba una habitación, el ambiente cambiaba y se tensaba. Hasta los hombres le dejaban espacio.


El teléfono de Jax vibró en su bolsillo. Una vez. Dos veces. Una tercera con ese ritmo insistente de quien quiere llamar la atención.


Al principio no le hizo caso y buscó la botella de whisky. Pero el móvil seguía vibrando contra su muslo como un picor que no podía ignorar. Tenía al novato todavía agarrado por el cuello con una mano, mientras con la otra sacaba el aparato negro del bolsillo.


Estuvo a punto de descartar el mensaje de aquel número desconocido. Por poco.


Pero algo lo detuvo. Quizás fue el código de área, que era de cerca de la zona universitaria. Quizás fue la vista previa en la pantalla, que mostraba más texto de lo habitual en un número equivocado. Quizás fue el destino, o la suerte, o que el universo tiene un humor muy retorcido.


Deslizó el dedo por la pantalla.


El mensaje se abrió.


**Número desconocido:** *Oye Mia... ¿vas a recoger tú la tarta de queso para el cumple de Lu el domingo? Además, ya entregué el borrador del libro de poesía para que lo editen. Le puse Amira porque no quiero que el Sr. Radcliffe diga que tengo una fijación con las glándulas mamarias... déjame que te enseñe un poema de muestra...*


Jax frunció el ceño. Tarta de queso. Poesía. Glándulas mamarias. ¿Pero qué cojones era esto?


Entonces llegó el poema.


**Número desconocido:** *Escribí tu nombre donde mi pulso late más lento,*


*tatuado en un lugar que solo manos inquietas conocerían.*


*Ven a leerme de cerca, no me pidas que me porte bien,*


*sé a pecado y no tengo intención de salvarme.*


**Número desconocido:** *No sabes lo que pasó cuando fui a la cafetería del campus... Craig estaba allí... uf, estaba en mi sitio como si me estuviera esperando... de verdad que parece que sabe a dónde voy... como me tire los trastos una vez más, le voy a decir que soy lesbiana y te voy a dar un beso delante de todos... estoy harta... Tengo que llevar a Needles al veterinario... luego te llamo por lo del proyecto... adiós, guapa...*


A Jax se le aflojó la mano.


El novato cayó al suelo con un golpe seco, buscando aire, pero Jax ni se enteró. No se dio cuenta de nada. Su mundo se había reducido a la pantalla brillante que tenía en la mano y a las palabras que se le habían metido bajo la piel como parásitos.


*Escribí tu nombre donde mi pulso late más lento.*


*Tatuado en un lugar que solo manos inquietas conocerían.*


Madre mía.


Sintió un subidón de sangre tan fuerte que se mareó. La polla se le puso dura contra la bragueta de los vaqueros y tuvo que moverse un poco para estar más cómodo. Leyó las palabras otra vez. Y otra. Cada vez le golpeaban más fuerte, imaginando a una chica joven y suave abriéndose de piernas para enseñarle dónde había escrito. Un nombre. ¿Su nombre? No, todavía no. Pero lo sería. Vaya si lo sería.


—¿Jax? ¿Todo bien, hermano?


La voz de Gutter venía de lejos. Jax levantó la vista y volvió a enfocar la sala. El novato ya no estaba; seguramente huyó en cuanto Jax lo soltó. Los hermanos lo miraban. Mace se había apartado del mapa con ojos llenos de curiosidad.


—¿Qué cojones miras tanto, VP? —preguntó Mace. Su voz retumbó en el silencio repentino del lugar.


Jax miró su móvil y luego a los demás. Una sonrisa peligrosa se dibujó en su cara. Era la expresión de un lobo que acaba de encontrar un rastro que vale la pena seguir.


—Esto... —dijo levantando el teléfono—. Me acaba de llegar un mensaje por error con poesía erótica de una universitaria. Creo que se ha equivocado de número.


La sala estalló.


—¡Léelo! ¡Lee esa puta mierda! —Slick dejó la mesa de billar con el taco en la mano. Era un tipo flaco con tatuajes de serpientes en el cuello y siempre con cara de salido—. ¿Habla de tetas? Dime que habla de tetas.


—Las rosas son rojas, las balas son azules, quiero cabalgar tu cara hasta que... ¿qué? —Gutter se encogió de hombros ante las miradas que recibió—. ¿Qué pasa? Tengo talento con las palabras.


—Cierra la puta boca, Gutter, deja que el vicepresidente lea la maldita cosa.


Mace se había acercado; una rara mueca asomaba por la comisura de su boca bajo la barba. —¿Cómo se llama?


Jax sacudió la cabeza, sin apartar la vista de la pantalla. —No tengo un nombre. Se lo envió a alguien llamada Mia. Habla de tarta de queso, de publicar poesía y de un profesor imbécil llamado Radcliffe. Y usa un seudónimo: Amira.


—Amira —repitió Candy desde las mesas de billar, con la voz chorreando desdén—. Suena a una de esas tonterías de tipas que se creen artistas.


—Oh, es arte —dijo Jax, y hubo algo en su tono que hizo que la sala se quedara en silencio otra vez. Leyó en voz alta, bajando la voz a ese registro grave y ronco que ponía nerviosos a los hombres y empapaba a las mujeres—: «Escribí tu nombre donde mi pulso va lento, tatuado en un lugar que solo manos inquietas conocerían».


Silencio.


Luego, el caos.


—¡No jodas, VP! ¿Ella escribió eso?


—Eso es muy cerdo.


—¿Qué más dice? ¡Lee el resto!


—«Ven a leerme de cerca, no me pidas que me porte bien» —continuó Jax, sin despegar los ojos de la pantalla—, «tengo sabor a pecado y no pienso salvarme».


Nova se abanicó con la mano, un gesto teatral que hizo que Trixie soltara una risita. Incluso Candy parecía impresionada, con las cejas alzadas hacia su melena decolorada.


—Esa chica tiene la boca sucia —observó Gutter—. Ya me cae bien.


Mace estudiaba a Jax con una expresión que indicaba que veía más que los demás. —¿Vas a contestar?


El pulgar de Jax ya se estaba moviendo.


**Jax**: *Número equivocado, dulzura. Pero ¿ese poema? Me puso duro en una habitación llena de pendejos. ¿Quién carajo es Amira?*


Le dio a enviar antes de pensarlo mejor. Todos en la sala contuvieron el aliento.


Pasó un minuto. Luego dos.


—No va a responder —predijo Slick—. Seguro que está muerta de miedo.


—Seguro que lo bloquea —añadió Candy con una sonrisa burlona—. Yo lo haría.


Entonces, el teléfono vibró.


**Número Desconocido**: *Ay, Dios, lo siento mucho. No era mi intención enviarte eso. Por favor, bórralo. Te lo ruego.*


Jax casi podía oír su pánico. Casi podía verla: sus manos suaves apretando el teléfono, las mejillas rojas, el corazón a mil por hora. La imagen lo puso aún más duro.


**Jax**: *Ni de broma.*


**Desconocido**: *¿Qué?*


**Jax**: *No va a pasar. Manda el resto, poeta. Eso estuvo excitante.*


Apareció la burbuja de escritura. Desapareció. Volvió a aparecer.


**Desconocido**: *¿Qué? No. Ni siquiera te conozco. Te voy a bloquear.*


**Jax**: *Ya me oíste, nena. Mándame el resto.*


La respuesta fue instantánea.


**Desconocido**: *Qué asco. No me digas nena.*


Jax resopló. Qué asco. Había dicho «qué asco». Como si fuera un tipo cualquiera ligando con ella en una cafetería. Como si fuera Craig, el idiota que no dejaba de aparecer en su sitio. La comparación hizo que algo oscuro se revolviera en su pecho. Él no era Craig. Él no se parecía a nada que ella hubiera conocido antes.


Tocó su foto de perfil. Era una imagen recortada: dos ojos, pestañas largas, iris marrones delineados con kohl que los hacían parecer ahumados y jodidamente sexis. Pero esos ojos... Esos ojos tenían una profundidad en la que quería ahogarse. Eran el tipo de ojos que te miran como si ya supieran tus secretos y, aun así, les gustaras.


Guardó la foto en su teléfono. Luego escribió:


**Jax**: *Eres mi nena. Solo que todavía no lo sabes.*


Apareció la burbuja de escritura. Desapareció. Entonces su foto de perfil se esfumó, reemplazada por la silueta gris predeterminada.


*Bloqueado por el usuario.*


La sala estalló en carcajadas.


—¡Oh, mierda! ¡Te ha bloqueado!


—¡Una poeta ha rechazado a Reaper!


—Rayos, VP, ¿vas a dejar que la pequeñaja se salga con la suya?


Jax levantó la vista del teléfono y las risas se les cortaron en seco. Su expresión no había cambiado —mantenía esa media sonrisa peligrosa—, pero sus ojos se habían vuelto inexpresivos y fríos. El tipo de frío que precede a la violencia.


—No es mi estilo —dijo en voz baja.


Caminó hacia la fila de cajones metálicos contra la pared del fondo. Allí guardaban una docena de teléfonos desechables para diversas operaciones. Sacó uno, rompió el plástico y empezó a configurarlo. Número nuevo. Línea nueva e ilocalizable.


Mace lo observaba con los brazos cruzados sobre su pecho macizo. —Tranquilo, vaquero. Es una chica de unos veinticinco años que te mandó un mensaje por error. ¿De verdad vas a perseguirla así? La vas a asustar.


Jax no levantó la vista del teléfono. —Es mía. Solo que aún no lo sabe.


Las palabras quedaron suspendidas en el aire, cargadas de una convicción absoluta. Esto no era lujuria. Ni siquiera era obsesión todavía, aunque lo sería. Era algo más profundo: un reconocimiento, un reclamo. Había leído sus palabras, había visto sus ojos y algo en su interior había encajado. Ahora ella le pertenecía. Ella simplemente no se había dado cuenta.


Gutter intercambió una mirada con Slick. —Mierda, el VP se ha puesto en plan depredador total.


—Siempre lo ha sido —murmuró Mace, pero había algo parecido a la preocupación en sus ojos. Había visto actuar a Jax durante quince años. Lo había visto matar sin pestañear, torturar sin inmutarse y reclamar territorios con una eficiencia despiadada. Pero nunca lo había visto mirar a una mujer así. Como si ya fuera suya, como si el universo hubiera cometido un error de entrega y él estuviera a punto de corregirlo.


Jax terminó de configurar el desechable, sacó su teléfono personal y transfirió el número. Ya lo tenía memorizado de tanto leerlo. El código de área la situaba cerca del distrito universitario. Una búsqueda rápida en los recursos del club le daría un nombre, una dirección y un horario. La encontraría. Solo era cuestión de tiempo.


—Volvamos a los negocios —anunció Mace, regresando al mapa—. Tenemos una guerra que planear. Jax, ¿estás con nosotros?


Jax se guardó ambos teléfonos en el bolsillo y volvió a la mesa. —Siempre.


Pero su mente no estaba en los Vipers. Estaba en un par de ojos delineados con kohl y en unas palabras que se le habían metido bajo la piel. En una chica que escribía sobre tatuar nombres donde los pulsos latían lentos. En la forma en que su sangre había rugido al leer sus versos.


Iba a encontrarla. Y cuando lo hiciera, la haría suya de todas las formas posibles. Ella escribiría poemas sobre él; poemas de verdad, privados, palabras que solo le pertenecerían a él. Aprendería lo que significaba ser reclamada por un hombre que no sabía cómo dejar ir.


La reunión continuó a su alrededor con charlas sobre rutas de suministro, casas francas y planes de represalia. Jax participó, dio órdenes y tomó decisiones. Pero una parte de él ya se había marchado, ya estaba de caza.


El teléfono desechable vibró en su bolsillo. Había instalado una aplicación de rastreo de números. Cualquier mensaje enviado al número original se le reenviaría ahora a él. Ella lo había bloqueado, pero eso no importaba. Él tenía sus métodos.


Siempre conseguía lo que quería.


Y lo que quería era a ella.


LINA

Lina estaba sentada en la cafetería.


No en cualquier cafetería, sino en «su» cafetería, esa escondida entre una librería de viejo y una tienda de ropa vintage, en una calle que olía a lluvia y papel antiguo. Se llamaba The Grinding Page y era exactamente el tipo de sitio que un estudiante de posgrado en Lengua y Literatura Inglesa debía frecuentar: paredes de ladrillo visto, muebles que no combinaban entre sí, un menú en pizarra que cambiaba según el humor del barista y suficiente ruido ambiental para sentirte intelectual sin llegar a distraerte.


Lina Evergreen tenía veinticuatro años y era inoportunamente guapa de una forma que nunca había sabido gestionar del todo. Con su metro cincuenta y cinco, era fácil pasar desapercibida entre la multitud, pero en cuanto alguien se fijaba en ella, le resultaba difícil apartar la mirada. Su pelo caía como sábanas de seda negra que atrapaban la luz de la tarde y se transformaban en un marrón chocolate profundo, el mismo tono de sus ojos. Eran unos ojos demasiado grandes para su cara, enmarcados por pestañas que se rizaban de forma natural y hacían que cada expresión pareciera un poco trágica o un poco seductora, según el ángulo. Su cuerpo era un estudio de contradicciones: curvas suaves que su jersey de cachemira color crema no podía ocultar, caderas que se ensanchaban bajo sus mallas negras y una cintura que pedía a gritos unas manos que se posaran allí. Tenía el físico de una pintura renacentista en un mundo que prefería los filtros de Instagram.


Hoy se había arreglado un poco. Unos aros dorados colgaban de sus orejas, captando la luz al moverse. Tenía las uñas recién hechas, de un rosa suave que combinaba con el interior de sus labios. Llevaba un pañuelo de seda lavanda pálido con pequeñas flores bordadas anudado al cuello con un lazo flojo. Parecía todo lo dulce y tierno del mundo; un pastel al que daban ganas de hincarle el diente, algo precioso que necesitaba protección.


También parecía estar total y absolutamente horrorizada.


Su teléfono estaba sobre la mesa de madera desgastada, entre su portátil y una precaria pila de libros: Ariel de Plath, Buceando en el naufragio de Rich, una antología desgastada de poesía Beat y tres libros de la biblioteca sobre teoría feminista contemporánea. La pantalla seguía encendida, mostrando todavía el hilo de mensajes que, veinte minutos antes, había hecho que se le cayera el alma a los pies.


**Desconocido**: *Eres mi nena. Solo que todavía no lo sabes.*


Lo había leído doce veces. Quizá catorce. Cada vez le sentaba de forma distinta: primero como confusión, luego como alarma y después como un extraño aleteo en el pecho que se negaba rotundamente a reconocer.


¿Qué clase de persona le habla así a una desconocida?


Su intención era escribirle a Mia. Mia era su mejor amiga desde el primer año de carrera y la única persona que sabía lo de su colección de poemas. Además, en ese momento estaba recogiendo la tarta de queso para la fiesta de cumpleaños de Lu el próximo domingo. Lina había escrito todo el mensaje: el recordatorio de la tarta, la broma sobre el seudónimo Amira (el señor Radcliffe podía irse a la mierda con su comentario sobre la «fijación con las glándulas mamarias»), el fragmento del poema que había estado puliendo específicamente para su tesis, la queja sobre Craig apareciendo por la cafetería *otra vez* como si fuera una infección por hongos persistente y el recordatorio de la cita de Needles en el veterinario...


Un dígito. Un solo número mal puesto en el contacto de Mia y, en lugar de llegar a su mejor amiga de toda la vida, todo aquello le había llegado a un extraño. A un extraño que había respondido con *eso*.


*Me puso duro en una habitación llena de pendejos.*


A Lina le ardía la cara al recordarlo. Había leído esas palabras y sentido un estallido de calor por las mejillas, el cuello y otros lugares en los que no se suele pensar en público. La crudeza casual del comentario. Su presunción. La forma en que la había llamado «poeta», como si fuera un apelativo cariñoso, como si tuviera algún derecho.


Lo había bloqueado inmediatamente después de enviarle aquel último y digno: *Qué asco. No me digas nena.*


Pero no antes de leer su último mensaje. No antes de que esas palabras se le grabaran a fuego en el cerebro.


*Eres mi pequeña. Solo que aún no lo sabes.*


Había algo en esa frase que no estaba en las otras. Los primeros mensajes habían sido vulgares, sexuales; el tipo de cosas que esperaba de los babosos anónimos de internet. Pero ese último... ese último sonaba *seguro*. Como si él supiera algo que ella no. Como si ya hubiera decidido algo sobre lo que ella no tenía voz ni voto.


Le dio un escalofrío que no supo cómo explicar.


—¿Lina? ¿Tierra llamando a Lina?


Ella parpadeó. Craig estaba de pie junto a su mesa con una taza de café y esa sonrisa en la cara. Esa que pretendía ser encantadora, pero que siempre resultaba entre prepotente y desesperada. Era guapo de una forma convencional: cabello castaño claro, ojos azules y un suéter artísticamente descuidado que probablemente costaba más que su alquiler mensual. Un candidato a la maestría en escritura creativa. Llevaba tres meses «cruzándose» con ella.


—Ah. Hola, Craig —ella forzó una sonrisa, agradecida por la distracción ante sus pensamientos catastróficos.


—Parecías estar en las nubes. —Él señaló la silla vacía frente a ella—. ¿Está ocupado?


Ella vaciló. Lo estaba. Por su bolso, su bufanda y su derecho a la soledad. Pero Craig ya estaba sacando la silla, acomodándose como si aquel fuera su lugar.


—¿Trabajando en algo bueno? —Se inclinó hacia adelante, tratando de leer la pantalla de la laptop al revés. Lina la giró instintivamente para que no viera.


—Solo... cosas de la tesis.


—Claro, claro. La obsesión con Plath. —Sonrió como si compartieran un chiste privado—. Sabes, escribí un ensayo sobre Plath el semestre pasado. Deberíamos comparar notas algún día. Tal vez cenando.


*Si me coquetea una vez más, le voy a decir que soy lesbiana y te voy a besar delante de todo el mundo.*


Pensar en Mia hizo que le doliera el pecho. Mia sabría qué hacer con el tipo raro de los mensajes. Mia la haría reír del asunto, lo convertiría en una anécdota y le recordaría que los hombres extraños eran solo parte del ruido de fondo de vivir en un cuerpo de mujer. Pero Mia no estaba allí. Mia estaba en el trabajo, y Lina estaba atrapada con Craig y su optimismo persistente.


—La verdad es que estoy hundida en trabajo —dijo ella, educada pero firme—. Quizá en otro momento.


—Seguro, lo entiendo. —Él no se movió—. Oye, ¿esa es la nueva antología? He querido comprarla. —Alargó la mano hacia uno de sus libros de la biblioteca, y Lina tuvo que contenerse para no darle un manotazo.


—Está prestada —dijo ella—. A mi nombre.


—Solo le echaré un ojo...


—Craig. —Su voz se volvió cortante—. De verdad necesito concentrarme.


Algo brilló en los ojos de él —molestia, tal vez, o el orgullo herido—, pero lo ocultó con esa sonrisa. —Tienes razón. Por supuesto. Nos vemos luego, Lina.


Se levantó y, por un momento, ella pensó que se había acabado. Entonces él se inclinó, tan cerca que ella pudo oler su colonia, y dijo en voz baja: —Sabes, estarías más guapa si sonrieras más.


A Lina se le heló la sangre. Luego sintió calor. Y luego frío otra vez.


Lo vio alejarse, esquivando mesas, para instalarse en un sitio cerca de la ventana donde —estaba segura— podía vigilarla a través del reflejo. El mismo lugar que elegía siempre. El mismo donde él estaba cuando ella le escribió ese mensaje a Mia diciéndole que él *literalmente sabía a dónde iba ella*.


Ahora ese pensamiento se sentía distinto.


*Es literal como si supiera a dónde voy.*


Se lo había escrito a Mia. Como una broma. Una exageración. ¿Pero lo era? ¿Cuántas veces había mencionado su cafetería favorita? ¿Su horario de clases? ¿Las rutas que caminaba entre el campus y su apartamento? Craig siempre estaba *allí*. Siempre aparecía. Siempre con esa sonrisa que debía ser encantadora, pero que ahora, tras lo ocurrido en la última hora, parecía algo totalmente distinto.


Lina se sacudió la idea de la cabeza. Estaba siendo paranoica. Craig era molesto, no peligroso. El de los mensajes era solo un tipo cualquiera que tuvo suerte con un número equivocado. Ya lo había bloqueado. Se acabó.


Acercó su cuaderno, lo abrió por una página limpia e intentó concentrarse en lo que había escrito en clase esa mañana.


**Aullido. Ginsberg. El nervio puro de su obra; la forma en que tomó su locura y la hizo universal, la hizo cantar. "He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura". Quizá haya una tesis ahí. La poesía feminista contemporánea como una especie de locura sagrada, un rechazo a la cordura en un mundo que exige el silencio femenino.**


Pero su pluma seguía divagando.


*Escribí tu nombre donde mi pulso late lento.*


¿De dónde había salido eso? Lo había escrito hacía semanas, en un arranque de inspiración tras leer los poemas de amor de Anne Sexton. Ni siquiera pretendía ser erótico, no realmente. Trataba sobre la pertenencia, sobre reclamar algo, sobre la forma en que el amor te marca en lugares que nadie más puede ver. Pero el hombre del teléfono lo había interpretado de otra forma. Lo leyó como una invitación.


*Me la pusiste dura.*


Esa vulgaridad debería haberla repelido. Y la repelía. Y aun así—


Lina soltó la pluma y se tapó las mejillas ardientes con las manos. ¿Qué le pasaba? Un depravado cualquiera había echado un vistazo accidental a sus escritos privados y respondió como un cavernícola, y ella estaba aquí *pensando en eso* en lugar de centrarse en su trabajo.


Miró la hora. El seminario de poesía empezaba en cuarenta minutos. Tiempo suficiente para repasar sus notas sobre Ginsberg, preparar sus ideas sobre la mezcla de la poesía Beat y la rabia feminista actual, y olvidar que nada de esto había pasado.


Recogió sus cosas con una eficiencia decidida: la laptop en su funda, los cuadernos apilados, las plumas guardadas y la bufanda bien puesta. No miró a Craig al pasar por su mesa, aunque sintió sus ojos en la espalda como un peso físico.


Afuera, el aire estaba frío y limpio, con olor a lluvia. Lina se ajustó el suéter y caminó hacia el campus, con la mente ya cambiando de tema.


Para cuando llegó al edificio de humanidades, casi había logrado olvidarlo. La vieja arquitectura de piedra, la hiedra trepando por los muros, los estudiantes apurados entre clases... este era su mundo. Seguro. Familiar. Predecible.


El seminario de poesía se impartía en una pequeña sala del tercer piso, con ventanas hacia el patio central y pupitres en círculo para facilitar el debate. La profesora Whitmore ya estaba allí cuando Lina llegó, ordenando sus notas. Era una mujer menuda de unos sesenta años, con ojos agudos y opiniones aún más afiladas; el tipo de profesora que ha visto pasar todas las modas académicas y ha sobrevivido a todas por ser genuinamente brillante.


—Señorita Evergreen. —Levantó la vista cuando Lina entró—. Leí su último trabajo. La pieza inspirada en Plath.


A Lina le dio un vuelco el corazón. —Ah. Esto... ¿gracias?


—Es bueno. Rabioso en los puntos adecuados. No deje que nadie le diga que debe suavizarlo.


Ese simple reconocimiento hizo que Lina se sintiera mejor. —No lo haré. Gracias, profesora.


Se sentó mientras entraban los demás estudiantes: la mezcla habitual de poetas entusiastas, fanáticos de la teoría y un par de personas que claramente solo estaban allí por los créditos. Cuando empezó la clase, la sala estaba llena y Lina había logrado enterrar los eventos de la mañana bajo capas de concentración académica.


—Hoy discutiremos a Ginsberg —comenzó la profesora Whitmore—, pero quiero abordarlo desde un ángulo que quizá no esperen. Hemos hablado de *Aullido* como un manifiesto de la rebelión Beat, como un grito contra el conformismo, como un texto queer adelantado a su tiempo. Hoy quiero hablar de *Aullido* como un poema de amor.


Un murmullo de interés recorrió la sala.


—Porque eso es lo que es, en el fondo. Es un poema sobre ver cómo las personas que amas son destruidas por un mundo que no tiene sitio para ellas. Es un poema sobre lo sagrado de la locura, sobre la santidad del marginado. Y quiero que piensen en eso: en la intersección entre el amor y la rabia, en lo que significa escribir desde un lugar de ternura tan profunda por lo que está roto.


La pluma de Lina se movía por el cuaderno, capturando frases, ideas y conexiones. Pero su mente se quedó atrapada en algo más.


*Amor y rabia.*


*Ternura por lo que está roto.*


Pensó en su propia poesía: la colección secreta, el seudónimo de Amira, la forma en que volcaba todos sus deseos ocultos en versos que nunca mostraba a nadie. Había rabia allí, sí. Rabia contra un mundo que quería a las mujeres suaves, calladas y sumisas. Pero también había ternura. Una ternura desesperada y dolorosa por las partes de sí misma que mantenía ocultas.


—Quiero que intenten algo esta semana —continuó la profesora Whitmore—. Escriban un poema que contenga amor y rabia a la vez. No uno después del otro, sino ambos al mismo tiempo. En el mismo verso, en la misma imagen. Es más difícil de lo que parece.


Lina ya estaba esbozando ideas en su cabeza cuando el celular vibró en su bolso.


Lo ignoró.


Vibró de nuevo.


Y otra vez.


Un ritmo familiar. El pulso insistente de alguien que quería atención *ya*.


La mano de Lina se movió antes de que pudiera evitarlo, sacando el teléfono del bolso y mirando la pantalla bajo el pupitre.


**Número Desconocido:** *Me gustó tu poema.*


**Número Desconocido:** *Ese de marcar nombres con tinta.*


**Número Desconocido:** *Pienso en él cuando me la jalo por las noches.*


Lina se puso pálida.


**Número Desconocido:** *Me bloqueaste, poetisa. Eso no fue amable.*


**Número Desconocido:** *Pero lo entiendo. Aún no me conoces.*


**Número Desconocido:** *Lo harás.*


El pulgar de Lina se movió por instinto, frenética, bloqueando el número otra vez. El corazón le martilleaba contra las costillas tan fuerte que estaba segura de que alguien lo oiría.


—¿Señorita Evergreen? ¿Se siente bien? Se ha quedado pálida.


La voz de la profesora Whitmore rompió el pánico. Lina levantó la vista y se encontró con toda la clase mirándola.


—Yo... sí. Bien. Solo... malas noticias. Un asunto familiar. Lo siento.


Metió el teléfono a la fuerza en el bolso, agarró su pluma e intentó parecer normal. Intentó parecer alguien cuyas palabras privadas no acababan de ser usadas como arma por un extraño. Alguien cuyo mundo seguro y ordenado no acababa de resquebrajarse por donde algo oscuro intentaba colarse.


La clase siguió a su alrededor. Las voces subían y bajaban. Se debatían ideas. Lina se quedó allí, paralizada, con el cuaderno en blanco y su mente repitiendo esas palabras una y otra vez.


*Lo harás.*


Tras la ventana, el cielo se había vuelto gris. Iba a llover.