Prólogo
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Advertencias de contenido: violencia, muerte, asesinato, descripciones explícitas de violencia, sangre, gore y muertes violentas. Descripciones explícitas de gratificación sexual en situaciones cuestionables, abuso mental, abuso físico, abuso emocional y manipulación.*****
La habitación estaba tenuemente iluminada por velas repartidas por las estanterías, que parpadeaban suavemente. Las paredes estaban cubiertas de un material de terciopelo afelpado decorado con botones brillantes, lo que hacía que parecieran hechas de cojines. El suelo estaba alfombrado con una moqueta de pelo largo de un color púrpura intenso, suave bajo sus pies descalzos. Una delicada esencia de lavanda flotaba en el ambiente.
«Cariño, ¿estás lista?». Su voz era suave, con una textura sedosa, como chocolate derretido. Él estaba de pie frente a ella, con los ojos verdes brillando de lujuria. Su pecho desnudo subía y bajaba con fuerza y su respiración era agitada por el deseo. La mujer estaba frente a él, con el cuerpo pálido y tembloroso. Su cabello rubio caía sobre sus hombros, ocultando parcialmente sus pechos expuestos, con los pezones erectos por el aire fresco que los rodeaba.
Él dio un paso hacia ella, con la mirada recorriendo cada centímetro de su piel de porcelana. Le dio un beso delicado en el estómago y los músculos de su brazo se tensaron cuando ella gimió ante el contacto.
«Cariño, te pregunté si estabas lista». Su voz era profunda, casi primitiva, mientras trazaba un círculo con el dedo alrededor de su estómago y sus pechos, para luego colocar una mano suave en la nuca y obligarla a mirarlo directamente a los ojos.
Ella gimió de nuevo y susurró en voz baja: «Sí». Él soltó un pequeño gemido como respuesta y dio otro paso hacia ella, con su erección presionando contra sus bóxers. Sus labios se encontraron y él la besó con un deseo ardiente. Gruñendo de nuevo, empujó la mesa de metal a la que ella estaba atada hasta dejarla en posición horizontal, mientras le sonreía desde arriba.
«Entonces, empecemos». El miedo de ella se convirtió en terror cuando él colocó el bisturí que sostenía sobre su esternón y presionó. Sus gritos resonaron en la pequeña habitación y continuaron hasta bien entrada la noche, hasta que, con la oscuridad creciente, llegó un silencio ensordecedor.