Untitled chapter 1
Toc. Toc. Toc.
—Su majestad... Su majestad, tengo noticias del campo de batalla...
Al escuchar la voz de su asistente principal, el eunuco Bind, Kinte, rey de Grasen, saltó de la cama al mismo tiempo que su corazón. El pecho le latía despavoridamente, y ni siquiera el respiro profundo que tomó antes de llegar a la puerta logró calmarlo. Una vez allí, aunque pudo controlar sus músculos, no pudo evitar que sus pensamientos colisionaran: por un lado, la esperanza de una victoria decisiva sobre el reino de Rabelia; por el otro, un dolor sordo y punzante ante la posibilidad de que a su hijo, el príncipe heredero Kembe, le hubiera ocurrido algo.
Con voz temblorosa, ordenó: —Adelante, Bind...
La puerta se abrió y, de inmediato, al cruzar su mirada con la de su asistente, Kinte lo supo. Los hombros de Bind estaban caídos y sus ojos buscaron el suelo en cuanto se toparon con los del soberano. Bind hizo una profunda inclinación y balbuceó con labios trémulos: —Mi rey... Mi rey...
—No. No lo digas... —interrumpió Kinte con la voz entrecortada y los ojos vidriosos.
El rey caminó hacia la ventana mientras una lágrima rodaba por su mejilla. Posó la mirada en los frondosos árboles del jardín, buscando un consuelo que no existía.
—¿Qué órdenes da mi señor? —preguntó Bind, levantando apenas la vista.
—Busquen al príncipe Kail... asegúrense de que esté bien —ordenó Kinte, recuperando un poco la compostura—. Y... hagan lo necesario para traer a Kembe de vuelta lo antes posible.
—Sí, su majestad... —Bind dudó—. Pero hay más. Con la caída del príncipe heredero y la pérdida de la batalla, el enemigo se ha apoderado de Landen, nuestra ciudad fronteriza. En el campamento, la moral de los hombres está por los suelos.
—No te preocupes por eso ahora. Al salir, haz llamar a Sarle —interrumpió el rey de nuevo, esta vez sin parpadear.
Kinte suspiró profundamente cuando se quedó solo. La imagen de la última vez que vio a Kembe lo asaltó; deseaba con toda el alma haberlo abrazado antes de partir. Minutos después, entró Sarle, comandante de su guardia personal.
—A sus órdenes, su alteza...
El rey se apartó de la ventana y se acercó a él. —¿Ya lo sabes?
—Sí, señor. Me atrevería a decir que la noticia de la muerte del príncipe ya recorre no solo la capital, sino todas las ciudades del reino.
—Por eso te he llamado. Sarle, busca a Aniel. Transmítele mis órdenes: debe comandar al Ejército Plateado que acampa en la montaña Loma Azul. Que haga lo que sea necesario para recuperar Landen antes de que los enemigos la absorban por completo.
Sarle asintió con una reverencia. —No olvides disfrazarte —añadió Kinte—. Que nadie te siga. Que nadie te reconozca.
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Unos días después, cerca de la cuarta hora de la mañana, Sarle llegó a una pequeña aldea de agricultores. Era un lugar tan minúsculo que cualquier extraño era identificado al instante. Los nativos lo observaban con una indiscreción que lo incomodaba; Sarle entendió pronto que sus intentos por pasar desapercibido eran inútiles en aquel entorno.
Tras asegurarse de que no lo habían seguido, decidió preguntar directamente por el paradero de la princesa Aniel. Se acercó a un grupo de ancianos en un puesto de comida. —Busco a Aniel, la nieta del maestro Lars-felin. ¿Podrían decirme dónde vive?
Los presentes lo examinaron de arriba abajo. A pesar de su ropa sencilla, su porte cuidado y su presencia física revelaban que no era un hombre común. Ante el silencio de los ancianos, Sarle sacó unas monedas de oro. —Estas monedas serán para quien me indique su casa.
Nadie se movió. El silencio se volvió pesado. Desesperado, Sarle mostró la bolsa completa. —¡Toda esta bolsa de oro para quien me lleve ante Aniel!
Nuevamente, no hubo respuesta. Sarle se encogió de hombros, respiró profundo y se sentó en un taburete. No lograba comprender cómo personas tan pobres no reaccionaban ante semejante incentivo. ¿Se habría equivocado de pueblo? En ese instante, una voz femenina rompió el silencio:
—¿Quién eres tú y por qué buscas a Aniel?
Sarle levantó la vista y vio a una joven con un canasto en la cabeza. Antes de que pudiera responder, una flecha silbó cerca de su rostro. Tuvo que moverse con agilidad felina para no ser impactado.
—¿Acaso no piensas contestar? —amenazó otra mujer, que sostenía un arco con destreza.
Sarle sabía que ninguna de las dos era Aniel. A la princesa la conocía desde niña; recordaba los veranos que pasaba en el palacio antes de cumplir los diecisiete años y decidir no volver más.
—Soy amigo de Aniel. Si me llevan ante ella, ella misma podrá atestiguarlo —respondió Sarle, fijando la mirada en ambas.
—Está bien. Te llevaremos —contestó la mujer del canasto mientras mordía una manzana.
Sarle la observó con un gesto de asco mal disimulado. Como hijo del primer ministro, su educación había sido impecable. Ver a alguien hablar mientras masticaba, permitiendo que trozos de fruta se asomaran en su boca, era algo que su refinado juicio no podía tolerar.
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Caminaron bajo un sol inclemente hasta detenerse frente a un vasto maizal. La guía lanzó un aullido de lobo que resonó en el valle. —¡Aniel! ¡Te busca un enviado de tu tío! —gritó, lanzando el resto de sus manzanas hacia las plantas, donde manos invisibles las atraparon en el aire.
De entre las altas espigas surgió ella.
—Sarle... qué sorpresa verte por aquí —dijo Aniel.
Sarle se quedó mudo. Ante él no estaba la princesa enjoyada que recordaba de la capital. Tenía el rostro manchado de tierra y el cabello revuelto, pero sus ojos azul claro brillaban con una intensidad que lo descolocó. Sin embargo, el prejuicio fue más fuerte y Sarle no pudo ocultar su desdén.
—Princesa Aniel, tengo algo crucial que comunicarle —dijo él, haciendo una inclinación formal pero distante—. Permítame hablar con usted a solas.
Aniel recorrió con la mirada el rostro de Sarle: esos ojos oscuros y esos labios que tantas veces había soñado besar. Pero al notar la frialdad en su voz y cómo él escudriñaba su ropa sucia, su corazón se endureció.
—Debo seguir trabajando, Sarle —respondió ella, tensando la mandíbula—. Si puedes esperar, hablaremos después de la cena.
—¿Trabajar? —Sarle frunció el ceño—. ¿Qué necesidad tiene usted de esto? Si le falta oro, solo tiene que pedírselo a su tío.
Aniel sintió el golpe de la indiferencia. —No lo entiendes, ¿verdad? Trabajar esta tierra es honrar a mi padre. Mi padre, que prefirió ser estéril y desheredado antes que perderme a mí o a mi madre. No soy una princesa, Sarle. Soy una campesina.
Sarle la observó en silencio, cargando con el peso de una verdad que quemaba. Él poseía un conocimiento detallado y sombrío de todo lo que le había ocurrido al padre de Aniel, Analber. Recordaba las crónicas: Analber había sido el heredero legítimo de Grasen, el hijo mayor de la primera reina, quien entregó su vida en el mismo instante en que él nació.
Pero había un capítulo que Aniel ignoraba, un secreto que solo los círculos más cercanos al trono custodiaban: a su padre le habían tendido una trampa mortal. Lo habían drogado para forzar una situación infame con su madre, una sirvienta sin nombre que simplemente estuvo en el lugar y el momento equivocados. No hubo romance, ni miradas cómplices, ni promesas de amor antes de aquella noche. Aquel “gran sacrificio” del príncipe por la sirvienta no nació del enamoramiento, sino de una tragedia tejida con hilos de traición.
Ajena a la tormenta en la mente de Sarle, Aniel se dirigió a la joven que aún sostenía el canasto.
—Selmi, por favor, llévalo a casa con el maestro —dijo Aniel, con una determinación que no admitía réplicas—. Atiéndelo por mí; yo me encargaré de terminar tu jornada en el campo.
Selmi asintió, dejando de morder la manzana por un segundo. —Sígueme... —le ordenó a Sarle con brusquedad.
Sarle, aún sumido en sus pensamientos y extrañamente dócil ante la autoridad de aquellas mujeres “salvajes”, no opuso resistencia y la siguió, dejando atrás a la princesa que se arrodillaba en la tierra para hacer el trabajo de una criada.
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Al caer la noche, Aniel se preparó con un esmero que sorprendió a todos en la casa. Se bañó con esencia de flores, se vistió con las sedas que solía usar en la capital y aplicó maquillaje con manos expertas. Sus “hermanos” de crianza, los huérfanos que la acompañaban en las labores del campo, quedaron boquiabiertos; aunque siempre habían admirado su belleza natural, verla así, transformada en una visión de elegancia, los dejó sin palabras.
Sin embargo, el único que parecía inmune a aquel despliegue era Sarle. Durante la cena, él permaneció indiferente, sin dedicarle una sola mirada de admiración o un cumplido. Aniel no lograba comprenderlo: él la criticaba cuando vestía como campesina, pero cuando se esforzaba por lucir como la noble que él esperaba, su reacción era el vacío absoluto.
Buscando un momento de paz, Aniel lo guio hasta una quebrada cercana. Bajo la luna resplandeciente, el lugar era un refugio acogedor, su rincón favorito en el mundo. Pero para Sarle, aquello no era más que pasto y agua. Mientras ella contemplaba las estrellas con los ojos empañados, sintió la amarga certeza de que, en la historia de Sarle, ella nunca sería la protagonista.
Sarle, ansioso por obtener una respuesta, se interpuso entre ella y la luna. —Aniel, debes entenderlo —insistió con urgencia—. Si este ejército no te obedeciera exclusivamente a ti, tu tío ya habría nombrado a otro general. Grasen tiene hombres valientes, pero la Guardia Plateada solo sigue a la hija del príncipe Analber.
Aniel lo miró con una serenidad gélida. Sabía que tenía razón. Los cincuenta mil guerreros zetalíes eran un regalo de bodas de su abuelo a su madre; solo la seguían por su sangre. Ella era, a los ojos de su tío, una simple llave para abrir la puerta del poder.
—Sarle, lo que deseo es que la Guardia Plateada regrese a Zetalia —respondió ella—. No tienen por qué morir en una guerra que no les pertenece.
—Ellos juraron que solo volverían si tú, su princesa, regresabas con ellos —le recordó Sarle, sentándose a su lado y arrojando una piedra al agua—. Aniel, ¿no te das cuenta? Este pueblo que tanto amas será arrasado por Rabelia si no intervienes.
Aniel observó cómo las ondas en el agua distorsionaban el reflejo de la luna. —No es cierto —dijo con amargura—. Los gobernantes cambiarán, pero el pueblo seguirá aquí, llevando la misma vida dura de siempre. El peligro, Sarle, no es para la gente; es para la monarquía que teme perder su trono.
Sarle se puso en pie, tenso de indignación. —Te desconozco. Es increíble cómo se ha endurecido tu corazón. Tu primo Kembe ha muerto, miles de soldados han caído... ¿y simplemente no te importa?
—¡Sí me importa! —Aniel se levantó de un salto, enfrentándolo—. Pero se lo prometí a mi padre.
—¿Una promesa a un muerto vale más que la vida de tu familia viva? —Sarle se acercó, bajando el tono—. ¿Qué hay de Krisa y Krelia? ¿Sabes qué les harán esos bárbaros cuando conquisten el reino?
Al oír el nombre de Krisa en labios de Sarle, algo se rompió dentro de Aniel. El dolor del celo y la rabia le encendieron la sangre. ¿Qué tiene ella que no tenga yo?, se preguntó mientras contenía las lágrimas.
—Iré —sentenció Aniel, con una mirada inflexible que obligó a Sarle a retroceder—. Pero te diré algo que tú no sabes: Krisa nunca será para ti. Tu tío la venderá al mejor postor de algún reino lejano. Acuérdate de mis palabras.
Dio media vuelta y caminó hacia la casa, dejando a Sarle solo bajo la luna. Él la vio alejarse, perplejo. La conocía desde los siete años, habían entrenado juntos cada verano, pero sentía que la mujer que acababa de dejarlo en la orilla era una completa desconocida. No entendía que Aniel llevaba años ocultando que su mayor batalla no era contra Rabelia, sino contra el amor que sentía por él