Prólogo; Una sinfónica sangrienta
El aire en Nefar no se respiraba; se bebía. Esa mañana, la atmósfera tenía un regusto metálico, dulce y espeso, como si el destino mismo hubiera decidido sangrar sobre la ciudad. Mientras las campanas de la Catedral de Marfil repicaban anunciando el milagro, en las sombras de los callejones, la realidad era mucho más voraz.
Dentro del Gran Palacio, los muros de piedra vibraban con una energía ancestral. Elayne, la última mujer de las Cawthaun, se aferraba a las sábanas de seda con nudillos blancos. Su linaje, una estirpe que se creía destinada a extinguirse en los libros de historia, estaba dando su último y más glorioso fruto. No era solo un parto; era un acto contra el tiempo.
Afuera, la capital de Portho aguardaba con el aliento contenido. Sabían que el llanto de ese niño sería el sello de una nueva era. Un heredero de sangre Cawthaun significaba estabilidad, magia renovada y, sobre todo, el cierre definitivo de las viejas grietas dinásticas.
Pero para Vladímir, ese llanto era una sentencia de exilio anunciada.
A tres kilómetros del palacio, oculto tras el cortinaje de una taberna decadente, Vladímir Blood observaba el resplandor de las antorchas festivas. Sus ojos, dos pozos de un carmesí fatigado, no parpadeaban.
—Ochocientos años... —susurró, y su voz sonó como el roce de dos lápidas.
Vladímir no era un vampiro común; era uno de los Primeros Procreados en las tierras de Nyx. Su existencia no era un accidente de la noche, sino un diseño meticuloso de una aristocracia oscura que ya no existía. Durante ocho siglos, se había alimentado de la promesa de un trono. Sus padres, cuyos restos descansaban en criptas olvidadas bajo el polvo de Nefar, todavía le hablaban. No eran fantasmas, sino ecos genéticos, susurros que se filtraban en su mente cada vez que cerraba los ojos.
<<Tú eres el heredero legítimo. El trono siempre será de los Blood. La corona debe ser bañada en esencia roja, no en luz humana.>>
Ese peso invisible, la herencia de los Blood, era una cadena que le impedía disfrutar de su eternidad. Mientras otros de su especie se perdían en el hedonismo o el poder local, Vladímir vivía obsesionado con una silla de oro y un título que el mundo le negaba una y otra vez.
De pronto, el sonido cambió. Las campanas de la catedral cesaron por un segundo, solo para estallar en un repique frenético y jubiloso. Un grito desgarrador, pero cargado de vida, surcó el aire de Nefar. El primogénito había nacido.
En ese instante, la magia de los Cawthaun se reactivó en la tierra. Una onda de choque invisible, pura y abrasadora, recorrió las calles. Para los espíritus del bosque, fue una brisa cálida; para Vladímir, fue un latigazo de rechazo. El nacimiento de ese niño no solo ocupaba el trono, sino que activaba los antiguos sellos de protección del reino, desterrando cualquier pretensión que un “no muerto” pudiera tener sobre la corona.
El puesto que Vladímir creía suyo por derecho de antigüedad y sangre se había esfumado con el primer aliento de ese bebé.
La rabia de Vladímir no fue un estallido, sino una implosión fría. Se puso en pie, y su capa pareció absorber la poca luz que entraba por la ventana. Salió a la calle justo cuando la luna alcanzaba su punto más alto, evadiendo el sol como el antiguo vampiro que era.
La ciudad estaba de fiesta. La gente bailaba, ajena a que el depredador más antiguo de Nyx caminaba entre ellos.
Una joven doncella, vestida con los colores de la familia Cawthaun y con una corona de flores silvestres en el pelo, corría hacia la plaza principal. Tropezó con él, riendo, disculpándose con la alegría de quien cree que el mundo es hoy un lugar seguro.
—¡Lo lamento, señor! ¿Ha oído? ¡Ha nacido el príncipe! —exclamó ella, con las mejillas encendidas.
Vladímir no respondió con palabras. La miró a los ojos, y la joven sintió que el verano se convertía en invierno en un segundo.
Ninguna especie en este mundo estaba protegida de los colmillos de un vampiro, en especial en la noche más importante del último siglo. Vladímir la tomó del brazo con una fuerza que quebró la gracia del momento. No hubo elegancia, solo la cruda necesidad de silenciar la alegría ajena.
Clavó sus colmillos en el cuello de la mujer con una ferocidad que buscaba drenar no solo la vida, sino la esperanza de la noche. Mientras la sangre caliente inundaba su garganta, Vladímir escuchó de nuevo el susurro de sus padres, ahora más fuerte, más exigente.
La coronación en el palacio seguía su curso. La reina y su esposo llevaban ahora la corona más preciada de Portho, mientras alzaban al niño ante la multitud. Y en las sombras de los festejos, la sinfonía de sangre de Vladímir apenas comenzaba. Si el trono le era negado, el reino aprendería que un rey sin corona es mucho más peligroso que uno con ella.