Capítulo 1: Los que volvimos
El mundo se reduce a un ciclo de cuatro tiempos: brazada, empuje, recobro y una bocanada de aire viciado por el cloro que apenas llega a llenar los pulmones antes de volver a sumergirse. Bajo el agua, el silencio es absoluto, roto solo por el latido rítmico de un corazón que funciona con la exactitud de un cronómetro de alta gama. El viraje es impecable, una vuelta compacta que busca el impulso exacto contra la pared de azulejos, pero al emerger para el último largo, el tablero digital lo confirma con una frialdad quirúrgica: 53.42 segundos. Es la misma marca, el mismo muro invisible que lo dejó con un bronce agridulce en las preolimpiadas y que, por más que fuerce sus músculos hasta el desgarro, se niega a ceder. La disciplina suiza que rige su vida, el despertar antes del alba, el apartamento en un orden estricto, la bata blanca planchada esperando en el vestuario, parece detenerse justo ahí, en ese residuo de segundo que separa la excelencia de la gloria, recordándole que hay cosas que ni siquiera la voluntad más férrea puede controlar.
Un mensaje de texto llega justo cuando está por entrar al departamento médico del complejo. Aún puede oler el perfume acre y amargo, una mezcla de limpieza obsesiva y esfuerzo humano oxidado, que parece emanar de sus poros a pesar de haberse bañado luego del entrenamiento.
LEO [07:50 AM]:Esta noche…2030… cena en casa… no faltar.
El mensaje de Leo, su hermano, le llega como un balde de agua fría. La última vez que vio a sus padres más de una hora reloj, fue en la graduación de la secundaria, fueron hasta el internado para sacarse una foto y luego recorrieron la ruta de regreso a casa comentando sobre cirugías difíciles de un cerebro humano. Y luego una cena donde planificaban la vida de Oliver como si él no existiera.
Y acá está, poniéndose la bata médica sobre el ambo azul para quedarse sentado toda la mañana hasta que algo interesante sucediera.
—Repuse vendajes que se usaron el fin de semana en el clásico de rugby y también agregué algunas soluciones fisiológicas al carro de emergencia que se usaron en tenis. —comenta la enfermera, Nala, que tiene la misma edad que él pero parece estar más habituada a todo el sistema.
—¿Por qué usaron el carro de emergencias? —pregunta mirando sobre el teléfono.
—Porque el cardiólogo dijo que era más práctico llevar todo ahí y pues… lo llevaron.—
—Nala, haceme acuerdo de que hable con el cardiólogo…—
—Anotado, jefecito. —contesta ella con el mismo desinterés con lo que hace todo, algo que le crispa de manera inhumana a Oliver. —Ah… me olvidaba… hablando del superclásico.— ella levanta la vista de su tableta y le apunta con el lápiz. —El entrenador de los venados quiere que atiendas a su ‘niño de oro’.
—¿Qué? — él deja la mochila sobre el escritorio.
—Si… lo va a traer dentro de una o dos horas, no recuerdo bien… me mostró una foto de su rodilla. —dice Nala y suelta una risa de satisfacción. —El caballerito tiene la rodilla como globo en carnaval, y no me sorprende porque es un bruto para jugar.—
Oliver asiente pero al mismo tiempo no puede entender como la enfermera tiene tanta confianza al hablar. No puede negar que le cae bien, pero a veces le da la impresión de que a ella le da cierta felicidad que los deportistas de Valente se hagan daño.
—¿El niño de oro? No sé quién és… —admite él. —Pero en cuanto llegue avísame, así vengo, ¿Querés algo del buffet?
—Ya vas a conocer a todos estos estirados, no te preocupes… y no, ya desayuné… te mando mensaje cuando llegue.
Oliver da la vuelta para ir al buffet, que queda no muy lejos de la sala médica. Con el paso apresurado pero con la elegancia que solo los médicos apurados pueden manejar, él es residente pero se le da bastante bien imitar a su padre.
Va pensando en las calorías de lo que sea que vaya a comprar. También, va a haciendo memoria de las técnicas para encontrar donde se está equivocando, el sonido de su corazón debajo del agua aparece en sus oídos en el momento exacto que respira para poder entenderse. Compra su permitido de hoy, un chocolate y un agua saborizada de pera, es lunes y se pasó el fin de semana ideando un plan de dieta estricta por lo que ni siquiera se dio el tiempo de darse su gusto. Tendría tiempo más tarde para quemar esa azúcar.
Come solo y parado frente al ventanal del lugar, que muestra todas las canchas desde lo alto. Suelta un suspiro luego del primer mordisco en esa tableta de cacao amargo al 70, y piensa en ‘niños de oro’ y en cómo no les afecta para nada ser brutales con sus cuerpos.
Su padre le había advertido que la natación no sería su vida para siempre, qué tendría que poner en prioridad la medicina y luego su pasión. En cierta manera sabía que tenía razón, pero también fue tan exigente con tantas cosas que ser un ‘niño de oro’ nunca fue una opción, solo una pasión vaga que alimentó solo.
Nala [08:25 AM]: El globo de carnaval YA LLEGÓ. Consultorio 4. Trae paciencia, Dr. Perfección. Viene de mal humor.
Oliver entra al consultorio 4, después de unos cinco minutos que hizo estirar en su camino, todavía limpiándose un rastro imperceptible de chocolate amargo de la comisura de los labios. El olor a cloro que emanaba de su propia piel se mezcló de golpe con un aroma que su memoria sensorial desbloquea sin permiso: hierba pisoteada, sudor caliente y un perfume cítrico, ahora más denso, más maduro.
Se detiene en seco. El “niño de oro” no es, del todo, un desconocido.
Sobre la camilla, con la pierna derecha extendida y el rostro contraído en una mueca de arrogancia y dolor, está él. Los años le han dado hombros más anchos y una mandíbula más afilada, pero los ojos siguen siendo los mismos que Oliver había jurado olvidar hace años. El silencio que se instala en el consultorio es más pesado del que encuentra bajo el agua; este está cargado de reproches congelados en el tiempo.
—Está a tensión —dice Oliver. Su voz suena extrañamente más clínica que de costumbre. —Nala, prepará un kit de punción. Vamos a vaciar ese globo antes de que la cápsula articular ceda.
La enfermera sale en paso apresurado. Mientras que el paciente suelta una risa seca, carente de gracia, mientras intenta incorporarse sobre los codos.
—Mirá vos lo que trajo la corriente… —él soltó una risa corta, casi un resoplido, mientras sus ojos escaneaban a Oliver de arriba abajo. —¿En serio sos vos? Me habían dicho que el médico era un estirado, pero no pensé que ibas a ser vos. Te queda bien la bata, Oliver; combina con lo pálido y lo frío.
Oliver no responde. Se calza los guantes de látex con un chasquido seco que resuena como un disparo. Acercándose a la camilla y, sin pedir permiso, rodea con sus dedos fríos la rodilla inflamada. La piel del otro quema. Al presionar la rótula, el “choque rotuliano” fue inmediato: la rótula baila sobre un lago de líquido sinovial y sangre, el resultado de una brutalidad que Oliver siempre supo que debía despreciar.
—Va a doler —sentencia Oliver, fijando sus ojos en los de él por primera vez. Una chispa de odio puro, mezclada con algo que no se debe nombrar fluye entre ambos. —Pero menos de lo que te va a doler quedarte fuera de la temporada si no te callás y me dejás trabajar.
Nala deja la bandeja con la jeringa de gran calibre y el antiséptico sobre la mesa auxiliar, observando el duelo de miradas con una ceja levantada y carraspeando para liberar algo de tensión. Oliver toma la aguja. Sus manos, entrenadas para la precisión suiza y la brazada perfecta, no tiemblan, aunque por dentro comenzaba a sentir que la vibración de la tierra, casi imperceptible, lo estaba inundando por dentro.
Oliver retira la aguja y presiona la gasa con una firmeza que pretendía ser profesional, pero que se sentía como un castigo. Se quita los guantes con un chasquido seco, el sonido final de su paciencia agotándose.
—Nala, tomále los datos al señor... —dijo Oliver, enfatizando la última palabra con una distancia glacial, mientras se dirige a la bacha para lavarse las manos. —Asegúrate de anotar cualquier alergia o cirugía previa. Si recordás cómo hacer un vendaje compresivo en espiga, hacelo vos. Que no sea muy ajustado, solo lo suficiente para que no se vuelva a llenar de líquido.
Nala arquea una ceja, sorprendida por la huida repentina de su “jefecito”.
—¿Te vas? Falta la orden de la ecografía y...
—Tengo una jugadora de hockey lesionada. —miente Oliver sin mirarla, secándose las manos con movimientos mecánicos.
Ya está en la puerta, con la mano en el picaporte y la espalda rígida, cuando la voz del paciente, ahora más clara tras el alivio de la punción, lo detiene como un látigo.
—Qué buen servicio, doctor... —suelta, y Oliver supo, sin verlo, que estaba sonriendo con esa arrogancia que lo hace ver como el dueño del mundo. —Veo que seguís siendo un experto en dejar las cosas a medias... Mandale mis saludos al cirujano… se nota que te enseñó bien a dar la espalda.
Oliver no emite sonido alguno, pero sus nudillos se vuelven blancos sobre el metal de la puerta. Sale del consultorio sin mirar atrás, dejando a la persona que más odia en el mundo en la penumbra de la sala y a su propio corazón latiendo a una marca que ningún tablero digital podría registrar.