Prólogo
El pasillo todavía estaba medio vacío cuando apuró el paso con los auriculares hundidos en los oídos y el cuello de la camisa levantado más de lo necesario, como si la tela pudiera protegerlo de algo más que el frío. Caminaba rápido, no por prisa sino por costumbre, porque detenerse implicaba pensar y pensar era un lujo que no podía permitirse. El eco de sus zapatillas marcaba un ritmo constante, casi firme, una cadencia que no delataba nada. Nadie habría dicho que ese chico avanzando con el mentón alto cargaba la noche anterior todavía adherida a la piel.
En sus oídos, la voz quebrada de The Cure repetía lo que él nunca se permitía decir en voz alta. La canción hablaba de fingir que nada duele, de reír cuando no hay nada gracioso, de ojos que arden, pero no lloran y él la escuchaba sin cambiar el gesto, como si esas palabras no estuvieran describiendo con una precisión incómoda el modo en que había aprendido a existir.
Empujó la puerta del baño y el murmullo del pasillo quedó atrás. No se apresuró hacia el espejo; primero se encerró en uno de los cubículos por un instante para regular la respiración, apoyando la frente contra la puerta hasta que el temblor en las manos disminuyó.
Cuando salió, se colocó frente al reflejo con una calma estudiada. Se acomodó el cabello con los dedos, apartándolo de los hombros con una leve mueca de disgusto. Lo detestaba largo, pero no era decisión suya. Luego desabrochó el primer botón de la camisa y abrió apenas la tela para observar el hematoma que se extendía sobre la clavícula. El centro aún morado, los bordes degradándose en un amarillo sucio. Pasó el dedo por encima y el dolor respondió con una punzada limpia que no alcanzó a torcerle el rostro. La palma de su madre había aterrizado ahí anoche con la misma precisión de siempre. El alcohol la volvía torpe, pero no menos certera.
Los ojos se le nublaron un instante. Parpadeó fuerte, una, dos veces. La canción seguía girando en los auriculares que colgaban ahora del cuello como un lastre.
«Los chicos no lloran…» se lo repitió en silencio. Como un juramento que ya había roto demasiadas veces en la cabeza.
Su móvil vibró en el bolsillo y el sonido atravesó el silencio como una confirmación. Tardó unos segundos en leer el mensaje, como si pudiera aplazar lo inevitable.
“Hoy a las once en el bar de siempre. El cliente paga bien. No me hagas quedar mal”.
El mensaje no necesitaba firma.
El estómago se le revolvió de solo imaginar en lo que vendría después. Pensó en las luces bajas que no ocultaban nada, en las manos que examinaban sin pudor, en el olor a colonia barata mezclado con sudor y dinero. Pensó también en la alternativa, en el golpe seco contra la mesa, en la cerradura girando desde afuera, en los días siguientes marcados por moretones imposibles de explicar. El asco no era lo peor. Lo peor era la certeza de que no tenía margen para elegir.
La canción seguía repitiendo que los chicos no lloran mientras él levantaba la vista hacia el espejo.
Sostuvo la mirada del muchacho que lo observaba desde el otro lado del vidrio y reconoció en esos ojos brillantes algo que no podía permitirse mostrar. Parpadeó con fuerza, tragó saliva y cerró el botón de la camisa con cuidado, ocultando la marca bajo una apariencia impecable. Enderezó la espalda, tensó la mandíbula y dejó que la expresión se endureciera hasta convertirse en esa máscara que tan bien sabía usar, la del chico que nadie se atreve a cuestionar, el que golpea antes de que lo golpeen, el que ríe primero.
Se quitó los auriculares y la canción se apagó. El mundo regresó con risas lejanas y puertas que se cerraban de golpe. Se acomodó el cabello y bajó las mangas de su suéter hasta cubrir los nudillos antes de salir.
Cuando salió al pasillo, el ruido lo envolvió de nuevo y con él regresó el papel que sabía interpretar. Vio a Noah inclinado sobre su casillero, distraído, ajeno a lo que estaba a punto de suceder, y sintió esa presión oscura en el pecho que confundía con rabia cuando en realidad era miedo, miedo a que alguien adivinara lo que ocurría al otro lado de sus puertas cerradas. Se acercó sin titubear y lo empujó contra la pared con una fuerza que hizo reír a los demás.
—Oye, Styles. ¿Otra vez con tus mensajitos de mierda?
Las burlas fluyeron con naturalidad, los insultos encontraron su blanco y durante unos segundos el ruido exterior logró silenciar el ruido interno. El hematoma dejó de latir. El mensaje dejó de arder. La noche dejó de existir.
Luego todo regresó.
Paul Hume se apartó con la misma sonrisa afilada que usaba para sobrevivir y siguió caminando como si nada pudiera tocarlo. A las once de la noche estaría bajo otras luces, ofreciendo una versión distinta de sí mismo a manos que pagaban por minutos de obediencia,
Diez años después, aquel joven seguía ensayando la misma sonrisa, solo que ahora lo hacía frente a espejos más grandes y habitaciones más silenciosas. Esta vez su cuerpo ya no le pertenecía. Se vendía por horas a manos que no recordaban nombres, a noches que se pagaban con billetes arrugados, a un ciclo que lo había devorado entero.
Sin voluntad, sin puertas, sin mañanas que valieran la pena…
Solo el mismo eco de aquella canción vieja, mientras lo que quedaba de él se deshacía en la oscuridad, noche tras noche, hasta que ni siquiera el vacío tuvo fuerza para lamentarlo.
