Capítulo 1. Antes de la noche
Sarah siempre decía que la oscuridad no le daba miedo. Lo decía sonriendo, como si fuera cierto. Esa tarde también sonreía mientras miraba su móvil.
Era un match.
Y no uno cualquiera.
Era uno de esos que te hacen sonreír sola, aunque sepas que no deberías.
Sarah dejó el móvil bajo la almohada, boca abajo, como si el gesto pudiera contener la emoción.
—¡Anne! —gritó casi sin darse cuenta mientras bajaba las escaleras a toda prisa—. ¡Creo que… tengo cita!
Cuando llegó al último escalón, vio a su hermana al fondo del salón: sentada en el sillón, comiéndose una chocolatina, con la mirada hundida en la pantalla del móvil.
Sarah entró como un torbellino, casi sobresaltada, y fue entonces cuando Anne levantó la vista.
Allí estaba Sarah, apoyada en el marco de la puerta, con la respiración entrecortada y una sonrisa que le cruzaba la cara de lado a lado. Una sonrisa que rara vez perdía, algo tan característico de ella que Anne la reconocería incluso entre una multitud. Esa sonrisa automática que usaba como escudo brillaba aquella noche más de lo habitual.
Rubia, con unas mechas claras en las patillas que caían hacia delante, bajita, con esa cara dulce que parecía iluminarse incluso en las peores semanas de exámenes. Llevaba su sudadera ancha azul y los vaqueros ajustados de siempre.
—A ver, cuéntame qué te pasa ahora —respondió Anne con calma.
En ese momento parecían la una la antagonista de la otra:
Anne, sentada, con su pelo oscuro, ojos claros y una mirada tranquila, casi pasota;
y Sarah, de pie, con una mirada más oscura pero brillante y llena de emoción.
—He conocido a alguien —dijo Sarah, acercándose poco a poco mientras se sentaba junto a ella—. El otro día hice match con un chico en Tinder y hemos estado hablando toda la semana. ¡Me ha propuesto ir mañana juntos a un show de mentalismo!
—¿Un show de mentalismo? —preguntó Anne, asombrada—. ¿Qué clase de rarito propone ir a un show de mentalismo en una primera cita? ¿Qué coño es siquiera un show de mentalismo? ¿Un mago con perilla que te lee la mente?
—Y yo qué sé lo que es un show de mentalismo —respondió Sarah—. Pero me parece mucho más original que tomar un café o ir a un parque a meterse mano.
—Yo qué sé, tía… —comentó Anne—. Ese está un poco pa’ allá y no quiere hablar. Seguro que te lleva a un sitio raro y te secuestra.
—Anda ya, cállate, psicópata —respondió Sarah—. Parece un chico tímido, un poco misterioso, la verdad. Eso me gusta. Y me sigue pareciendo una idea súper original, digas lo que digas.
—Bueno, pues enséñame al menos cómo es, ¿no? —preguntó Anne—. ¿Es guapo?
—A mí me parece bastante guapo —dijo Sarah—. ¡Tiene una mirada profunda y es muy alto!
—Pero si mides uno cincuenta y cuatro, ¿qué más te da si es alto o bajo? —se burló Anne.
—Lo primero: mido uno cincuenta y cinco —respondió Sarah, casi indignada—. No me quites centímetros.
—Centímetro, querrás decir —dijo Anne, triunfal.
—Bueno, lo que sea —respondió Sarah—. Además, tú solo mides dos centímetros más que yo y solo he visto que hables con tíos que midan más de uno ochenta.
—Pues también es verdad —admitió Anne, divertida.
—Voy a por el móvil y te enseño fotos —dijo Sarah—. Que con la emoción me lo he dejado arriba.
Quedaban solo las últimas luces del día, así que Sarah encendió las luces de las escaleras antes de subirlas. Era bastante torpe y sabía que, con la emoción, acabaría subiéndolas de dos en dos; mejor no tropezar en el intento.
El piso de arriba estaba en silencio, teñido por un color anaranjado y cálido del atardecer. Cruzó el pasillo hasta llegar a su cuarto.
Se acercó a la cama para coger el móvil y la sonrisa se le borró de golpe.
La mirada se le clavó en la esquina del cuarto.
La luz del atardecer llegaba a medias, pero esa parte de la habitación seguía siendo demasiado oscura.
—Es una sombra normal —murmuró para sí.
Pero no lo era.
Y Sarah, en el fondo, lo intuía.
Era una oscuridad más espesa, como si el aire ahí dentro pesara un poco más. Una oscuridad que parecía absorber la poca luz de la habitación.
Sarah sintió un escalofrío absurdo.
Tuvo la sensación de que, si hablaba en voz baja, su voz haría eco en esa esquina. Un eco que quedaría atrapado, sin nadie que lo escuchara.
Encendió la luz.
Suspiró al ver una esquina normal y corriente, iluminada por la lámpara.
Respiró.
Una vez.
Dos veces.
Sonrió, intentando sacudirse la incomodidad.
—Qué tonta eres a veces —murmuró, cogiendo el móvil de debajo de la almohada.
Cuando volvió al salón, Anne seguía en el mismo sitio, pero esta vez la esperaba con ganas.
—A ver, enséñame ya las fotos de tu amado —dijo Anne, estirando el brazo—. Por cierto, ¿cómo dices que se llama?
—Carlos… —respondió Sarah con la boca pequeña.
—¿El de los cojones largos? —dijo Anne entre carcajadas.
Sarah puso los ojos en blanco, pero verla reír así le quitó la tensión del cuerpo.
—Prometo que, si acaba siendo mi cuñado solo se lo digo una vez… o dos —añadió Anne—. Dale, desbloquéame esto.
Sarah deslizó la primera foto. Un chico alto, delgado, con una mirada tímida pero profunda. Una leve sonrisa. Apoyado en la barandilla de un chiringuito.
—Tengo que admitir que me jode, pero el chaval es mono —dijo Anne—. Flaco, eso sí. Le soplas fuerte y se cae.
Sarah la empujó con el hombro.
Anne deslizó otra foto.
—¿Pero por qué nunca mira a cámara? ni en esta, ni en esta… Ni en la otra. ¿Qué le pasa? ¡Lo que te digo, psicópata vibes!
—Para ya, coño… Parece tímido —dijo Sarah—. Y… no sé. Eso me gusta.
Anne arqueó una ceja.
—Ojalá no sea de esos frikis que coleccionan figuritas de anime y piedras con nombre, por tu bien te lo digo.
—Eres idiota —soltó Sarah entre risas, lanzándole un empujón.
Anne se lo devolvió y acabaron peleándose por la manta del sillón.
—Tía, que hace frío —se quejó Anne.
—Pues comparte, rata —respondió Sarah, tirando más fuerte.
Al final, Anne resopló y dejó que Sarah se acurrucara encima de ella.
Estar así, pegada a su hermana, hacía que la casa pareciera más pequeña, más segura.
Como si nada malo pudiera llegar hasta allí.
El episodio de Friends empezó a sonar, uno de los típicos que ambas sabían de memoria.
Compartieron la chocolatina que quedaba y se cubrieron con la manta.
De fondo, el pasillo hacia las escaleras quedaba oscuro.
Sarah lo miró solo un segundo.
Lo justo para sentirlo.
Después volvió a mirar la tele, fingiendo que no había pasado nada.
Anne no lo notó.
O fingió no hacerlo.
Cuando sus padres llegaron de trabajar, ayudaron a preparar la cena. Bueno, Sarah ayudó; Anne solo hablaba, contando su día en la universidad con el ímpetu que siempre tenía.
Cenaron algo rápido: sándwiches y ensalada. La conversación fluyó como siempre. Comentarios tontos del padre, quejas del trabajo, risas.
Hasta que Anne no pudo aguantar más:
—Por cierto, Sarah tiene mañana una cita.
Sarah casi se atraganta. Sus padres se alegraron, la bombardearon a preguntas, y ella contestó entre risas y manotazos a Anne para que dejara de pincharla.
Cuando terminaron de recoger, Sarah subió a su cuarto. Quería dormir pronto para estudiar por la mañana… y tener la tarde libre para prepararse.
Encendió la luz. Miró el escritorio, desordenado y lleno de apuntes. Lo ordenó todo un poco, como siempre hacía cuando la voz de su madre le rondaba la cabeza.
Deshizo las sábanas y se metió en la cama. Miró por última vez la conversación con Carlos.
Ese plan raro que le había propuesto… por alguna razón, le encantaba.
Dejó el móvil cargando, apagó la luz y se acomodó bajo las sábanas.
Una vez más, todo estaba oscuro, demasiado oscuro, así que encendió su lámpara de mesita: una luna pequeña que la acompañaba desde que era niña. La luz suave recortó sombras tranquilas en la habitación. Le dio calma.
Ahora sí, lista para dormir, sintió cómo el sueño empezaba a tirarle de los párpados.
Parpadeó despacio mientras su mente se llenaba de preguntas sin respuesta:
¿Cómo sería Carlos?, ¿Qué se pondría mañana?, ¿Le daría tiempo a estudiar?¿Le iría bien en los examenes si se tomaba una tarde libre?
Y sin darse cuenta, el sueño la consumió.
Era una sensación extraña pero demasiado familiar.
Siempre empezaba igual.
Su cerebro despertaba antes que su cuerpo.
Sus ojos estaban abiertos y cerrados a la vez.
Un parpadeo interno sin movimiento exterior.
Una conciencia atrapada.
Su pulso se aceleraba como si hubiera estado corriendo.
El corazón golpeaba contra las costillas.
Sus brazos y piernas parecían pegados a la cama.
No eran simplemente pesados, parecían fijados.
Como si alguien se los hubiese atornillado al colchón.
Y sobre su pecho, el peso.
Ese peso horrible.
Pesado, denso, imposible.
Un peso que aplastaba y robaba aire.
El cosquilleo llegó después, como siempre.
Empezaba en los dedos, subía por los antebrazos, trepaba por el pecho.
Un cosquilleo que dolía: punzante, eléctrico lleno de angustia.
“Muévete. Muévete. Muévete.”
Se lo repetía una y otra vez.
Aunque fuera un dedo. Solo un dedo.
Nada.
La angustia le subió por la garganta como una oleada caliente.
Intentó gritar.
Intentó encontrar la boca, los labios, las cuerdas vocales.
“Abre. Vamos. Abre.”
No se movían.
Estaban sellados.
Intentó gritar sin abrir la boca; buscó su voz desde dentro.
La sentía ahí, vibrando, atrapada.
Pero no podía salir.
Su respiración se volvió caótica.
El pecho subía y bajaba demasiado rápido.
Trató de buscar la luz de la luna, pero sus párpados no respondían.
No podía fijar la vista.
No podía cerrar los ojos tampoco.
Prisionera en su propio cuerpo.
El cosquilleo se expandió hasta las costillas, hasta la espalda, hasta la nuca.
Cada centímetro de su cuerpo gritaba.
Pero nada.
Era una tortura saber exactamente dónde estaba cada parte de su cuerpo y no poder mover ninguna.
Y de pronto, una grieta.
Un hueco.
Una fisura mínima en la presión, como un respiro ajeno.
Sintió que podía respirar un poco.
Y un poco más.
Que podía empujar.
Tiró de esa grieta con todo lo que tenía.
Una y otra vez.
Una y otra vez.
Como si agarrara un borde invisible en la oscuridad.
Hasta que, de pronto… algo cedió.
Primero un chasquido interno, casi imperceptible.
Un hilo de voz atrapado que se tensó al límite.
Un temblor.
Un impulso.
Y entonces explotó.
El grito salió de ella como un desgarro.
No un grito normal.
No un grito de susto.
Un grito que se siente.
Un grito que nace desde el estómago, que atraviesa el pecho y araña la garganta al salir.
Un grito que duele escucharlo.
Un grito que parece no querer ser callado.
Una angustia, un sentimiento convertida en sonido.
Un sonido que no se olvida…
Por un instante, la casa pareció contener el aliento.
Solo un latido.
Apenas nada.
Anne despertó como si la hubieran golpeado en el pecho.
El sobresalto la levantó antes incluso de ser consciente.
Corrió hacia la habitación de Sarah con el corazón desbocado.
Llegó sin aliento y, al cruzar la puerta, la escena, como siempre, la paralizó unos instantes.
Sarah estaba incorporada en la cama, respirando tan deprisa que parecía que el aire no le llegaba.
Los ojos abiertos como platos, fijos, sin parpadear.
Los puños apretados hasta hacerse daño.
La mandíbula rígida, el pelo pegado a la frente por el sudor.
La cara empapada en lágrimas.
—Ya está —dijo Anne, corriendo hacia ella—. Ya está, Sarah. Era una pesadilla más… Estoy aquí. Estoy contigo.
Sarah la miró, pero era como si la mirada pasara a través de ella.
Un segundo de duda.
Como si su hermana tardara en recordar quién era.
Como si todavía tuviera un pie en el sitio del que venía.
—Soy yo —repitió Anne—. Tranquila. Todo está bien.
Pero no estaba bien.
Su mirada saltaba entre Anne y una esquina específica de la habitación.
Siempre la misma.
Como si esperara ver algo moverse allí.
Como si aún pudiera verlo.
Anne siguió la dirección de sus ojos un instante.
No vio nada.
Pero había algo en el aire.
Una especie de hueco.
Como si alguien hubiera estado allí hace un segundo y el aire no hubiera tenido tiempo de volver a su sitio.
—Sarah… mírame —pidió Anne, intentando que su voz sonara firme.
Le tomó las manos.
Estaban tan tensas que al abrir los dedos vio pequeñas marcas rojas, piel rota.
—Serás bruta… te has hecho hasta sangre —murmuró.
Sarah negó apenas, con la mirada clavada aún en la esquina.
—Yo… yo no he hecho eso —susurró—. Esta vez… esta vez se ha acercado mucho.
Anne tragó saliva.
—Tienes las marcas de tus uñas, tonta —dijo con un intento torpe de humor—. Pareces tú la hermana pequeña. Desde chica con pesadillas…Venga, vamos a respirar juntas. Como siempre.
Se sentó a su lado, bajó la cabeza de Sarah a su hombro y exageró las respiraciones para que ella copiara el ritmo.
Una respiración.
Otra.
Y otra.
Poco a poco, muy poco a poco, Sarah empezó a soltar el aire de verdad.
La respiración volvió a un ritmo más humano.
Los hombros se le aflojaron.
—¿Quieres que me quede a dormir contigo? —preguntó Anne.
Sarah asintió rápido, aún con la mirada en la esquina.
—Vale, pero no te acostumbres —bromeó Anne—. A partir de mañana, que se encargue Carlos. Yo ya estoy de jubilación.
La boca de Sarah tembló, apenas, en un amago de sonrisa.
Anne fue a cerrar la puerta.
Escuchó pasos en la escalera y vio la luz de abajo encendida.
—Todo bien —dijo antes de que sus padres pudieran hablar—. Ha sido otra pesadilla. Me quedo con ella.
Cerró la puerta sin esperar respuesta y volvió junto a su hermana.
—Pero sin abrazos, ¿eh? Que si no, no duermo una mierda —advirtió Anne.
Sarah negó con la cabeza, aferrándose a ella como un koala en cuanto se tumbó.
Anne solo resopló, aceptando su destino.
—Anda, a intentar dormir algo.
Sarah no contestó.
Seguía mirando la esquina.
El aire seguía raro.
Cargado.
Como el espacio que queda cuando alguien pasa y deja una estela que todavía no se disipa.
Solo cuando su respiración se estabilizó del todo, el cuerpo empezó a relajarse.
Anne sintió el peso caerle encima.
Sarah, rendida pero todavía alerta.
Ambas se quedaron allí.
Juntas.
En silencio.
Y poco a poco, sin querer, Sarah volvió a hundirse en el sueño.