Prologo
Las lindas y pequeñas tartas de limón, colocadas en el centro de la mesa, le daban a la tarde ese toque especial y reconfortante. Era una hora sagrada… o bueno, lo había sido, antes de que el “siempre” se terminara. Con mi madre, todos los días, a la misma hora, compartíamos una taza de té. Solo nosotras dos.
El sirviente terminó de colocar los demás postres y, con elegancia, tomó la tetera para servir el té en las tazas de porcelana blanca adornadas con flores.
—¿Sería todo, señorita Oriana? —preguntó al terminar, dejando la tetera sobre la mesa.
—Sí, por favor. Retírate; si necesito algo más te lo haré saber.
El sirviente, que no aparentaba más de veinticinco años pero que había servido a mi padre desde antes de que yo naciera, hizo una reverencia y abandonó la cúpula.
Sabía perfectamente por qué se me asignaba un sirviente de tan alto perfil: mi padre quería un informe detallado de esta reunión. Siempre he sido vigilada, pero no esperaba nada diferente… la sorpresa, si acaso existió, duró muy poco.
Decidí no pensar más en la vigilancia constante. Tomé la taza frente a mí, el té negro aún caliente y humeante. La acerqué a mis labios, aspiré su aroma fuerte y sorbí un poco. Estaba en el punto exacto que me encantaba. Por un instante, mi cuerpo se relajó… y luego volvió a tensarse al escuchar la voz de la persona frente a mí.
—Así que…
Levanté apenas la mirada. Sus ojos verdes me observaban fijamente. Se contrastaban tan bien con su piel morena y su cabello castaño que, pese a haberme dicho a mí misma que su apariencia me era indiferente, ya que esta cita era meramente política, no pude negar que no me desagradaba lo que veía.
Vi indecisión en sus ojos. Frunció el ceño e intentó decir algo, pero se arrepentía a último momento. No necesitaba leer su mente para saber que estaba incómodo, Y francamente, si permanecía en silencio, lo prefería. Su ánimo últimamente era detestable, y obligarnos a asistir a este “primer encuentro” no ayudaba.
—No sabía que los chupasangres tomaban té —comentó finalmente. Su voz tenía ese filo apenas contenido típico de los licántropos jóvenes. Era un año menor que yo, pero aunque solo tuviera diecinueve años, su cuerpo sobrepasaba la estatura de muchos adultos ya desarrollados.
—Tenemos más costumbres de las que imaginarías —respondí, llevando la taza a mis labios con calma.
Él no respondió. Volví a beber un sorbo; su amargor me liberó momentáneamente.

Lucien, el joven hombre lobo y un candidato a futuro líder de los suyos, seguía sentado sin tocar la taza frente a él. En un momento cruzó los brazos, el ceño ligeramente fruncido, como si mi existencia le incomodara tanto como la idea de estar aquí. Su cabello caía desordenado, y tenía esa mirada desafiante que solo he visto en alguien obligado a hacer algo que detesta.
—¿No deseas probar el té, joven alfa? —pregunté.
Sus ojos se clavaron en los míos en un instante. Sentí… no, no supe qué pensaba —no podía leerlo—, pero su expresión estaba cargada de rencor. Pude jurar que decidió algo en ese momento.
—Bueno, alguien en esta mesa ya hace suficiente de eso, ¿no?
Elegí ignorar la provocación. No porque me doliera; simplemente no había nada que ganar respondiéndole. A ninguno de los dos nos preguntaron si queríamos este compromiso. Solo fijaron una fecha. Dentro de un mes, bajo la luna nueva, nuestras comunidades anunciarían nuestra unión como si fuese un gran logro diplomático. Quizás lo era. Pero también era… un encierro.
—Lamento que el té no sea de tu agrado —dije con serenidad—. Me ocuparé de conseguir uno más adecuado en nuestra siguiente cita.
—No habrá segunda cita. No deseo esta unión —soltó, con tanta firmesa que le creeria incluso si fuese mentira—. Nunca aceptaré casarme con una asesina como tú.
Sin perder la compostura, sorbí mi té nuevamente. Respiré con calma, sin prestarle más atención a su rabieta. No era el único que no deseaba casarse. En mi lista de pretendientes jamás imaginé que el ganador sería un sucio perro pulgoso… pero eso no era algo que fuera a decir en voz alta.
—Entiendo la situación, joven alfa; posiblemente sea la única que realmente pueda hacerlo —respondí, intentando relajar el ambiente—. Será mejor tratar de entendernos. De ahora en adelante, al menos una hora al día compartiremos hasta la fecha de la boda, por lo…
—Esa maldita boda… —escupió, frustrado. No hacía falta leer su mente para notar lo obvio.
—Una boda que fue acordada por los máximos líderes de ambas especies… —continué— para preservar nuestros clanes en esta situación de crisis.
Con la taza entre las manos, sintiendo el calor del té disiparse lentamente, Lucien soltó una risa amarga, sin humor alguno.
—Líderes que no tienen idea de lo que hacen —espetó, apretando los puños sobre sus rodillas—. Creen que mezclar sangre y pelaje va a solucionar siglos de odio. Como si casarnos fuera un hechizo de paz.
Sus palabras flotaron en el aire cargadas de resentimiento. No solo contra mí. Contra su destino.
Yo apoyé la taza en el platillo con suavidad.
—No somos responsables de la política de nuestros padres —dije, midiendo cada palabra—. Pero sí de cómo nos comportamos mientras tanto.
Él bufó. Sus ojos verdes brillaron con un enojo recién encendido.
—¿Y tú ya aceptaste vivir así? ¿Como una moneda de cambio? ¿Como… una herramienta?
No me inmuté. Había escuchado cosas peores, lanzadas con mucha menos sutileza, y a un que quisiera refutarlo, sus palabras no carecian de verdad.
—Acepté que no tengo opción —respondí, con honestidad fría—. Y tú tampoco la tienes, joven alfa.
Lucien golpeó la mesa con la palma abierta. No fue suficiente para romper nada, pero sí para que el eco resonara por la cúpula como un latido brusco.
—No me llames así —gruñó—. No soy tu nada. Y no pienso… no pienso obedecer una orden que me obliga a unirme a una asesina.
La palabra cayó entre nosotros como un cuchillo recién afilado.
La sostuve sin pestañear.
—No he matado a nadie que no haya intentado matarme primero —repliqué con voz baja—. Y si pusieron mi nombre en tu dote, no es por simpatía. Es porque puedo defenderme.
Él apretó los dientes. Por un segundo, pensé que se levantaría y se marcharía.
Pero no lo hizo.
Inspiró profundamente, temblándole apenas el pecho, una respiración contenida. Forzada.
Luego, más calmado, aunque todavía furioso:
—No quiero esta unión. Ninguno de nosotros la quiere.
—Pero sucedera —sentencié, tan firme como podía serlo sin elevar la voz—. Y mientras ocurra, nos veremos la cara todos los días. Quizás sería prudente empezar sin insultos.
Lucien bajó la mirada a su taza, la que no había tocado en ningún momento.
Pasaron varios segundos antes de que hablara:
—No sé si puedo.
—Puedes intentarlo —dije.
Él levantó la vista. Ya no era agresivo. Solo confundido, como si buscara algo que no sabía nombrar.
—¿Por qué tú no estás gritando? —preguntó de pronto—. ¿Por qué no estás furiosa? Estás atrapada igual que yo.
Tomé aire. No quería admitirlo. Pero había verdad en sus palabras.
—por que no soy una persona de gritar -Porque si empiezo a gritar no voy a saber cuándo parar pense para mi.
Lucien abrió un poco los labios, sorprendido. No dijo nada.
Afuera, más allá de la cúpula de cristal, el sol de la tarde comenzaba a teñirse de naranja. Hermoso. Tranquilo. Indiferente a los pactos y alianzas que nos encadenaban.
Yo levanté mi taza una última vez.
—Si vamos a compartir una vida que no elegimos —dije—, prefiero que al menos podamos compartir el té sin arrancarnos la garganta.
Él me sostuvo la mirada… y aunque su enojo seguía ahí, algo en sus ojos verdes cedió apenas. Una grieta minúscula.
—Tal vez —murmuró—. Tal vez puedo intentarlo.
Pasamos el resto de la hora sin decirnos una palabra mas, el me ignoro como yo a el.
A pesar de todo, ambos comprendemos lo necesario de esta alianza, aunque el precio sea nuestra propia libertad.
Sin embargo, hubo algo que no me dejó en paz durante el resto del día.
Algo pequeño, silencioso… pero inquietante.