Capítulo 1
Soy Adrián Vane. Tengo once años y acabo de ver cómo asesinan a mi padre. Aquí, entre la sangre y el silencio, comienza mi historia.
Era de noche y, como casi siempre a mi edad, los terrores nocturnos me habían arrancado del sueño. Bajé medio dormido a la cocina a beber agua; cogí un vaso, lo dejé sobre la mesa y abrí el frigorífico para llenar el cristal con agua fresca.
Justo cuando me disponía a beber, un ruido fuerte se oyó en el despacho de mi padre.Eran las dos de la madrugada. A esas horas, muchas noches, él se quedaba trabajando para adelantar los casos que defendía; mi padre era uno de los mejores abogados de Escocia, un hombre que dedicaba su vida entera a su trabajo.
Dejé el vaso en la mesa; tenía miedo pero, aun así, fui a ver qué era ese ruido.Al llegar al despacho, el silencio de la casa me resultó asfixiante. No pude resistir la tentación de mirar por el hueco de la puerta entreabierta, esperando ver a mi padre trabajando tras su escritorio. Pero lo que vi fracturó mi realidad para siempre.No podía ser cierto.
Mi padre estaba allí, tumbado en el suelo como un muñeco roto. Una mancha de sangre espesa y oscura brotaba de su cuello, alimentando la alfombra con una lentitud voraz. Mientras mi mirada quedaba anclada en su cuerpo, una sombra cruzó la antesala, justo donde él guardaba la caja fuerte, y emergió con un fajo de documentos bajo el brazo. Iba vestido de un negro absoluto; una máscara sin expresión ocultaba su rostro.
Sentí una rabia volcánica quemándome el pecho, pero el miedo fue más fuerte; un miedo paralizante que me cosió los pies al suelo. Entonces, el asesino se acercó de nuevo a mi padre. Con una calma que me heló el alma, sacó el cuchillo y volvió a cortarle el cuello para asegurarse de que estaba muerto. Lo hizo allí mismo, a unos metros de mí, delante de un niño de tan solo once años.
En ese instante, el mundo se quedó sin sonido. Sentí un calor repentino bajando por mis piernas; el suelo se mojó bajo mis pies por el pánico absoluto que me desbordaba. No era un héroe, no era un cazador... solo era un niño viendo cómo le arrebataban su mundo mientras el olor a hierro y orina marcaba el inicio de mi nueva vida.Antes de saltar por el balcón, la sombra se detuvo.
Giró la cabeza un segundo, solo para asegurarse de que el cadáver seguía siendo un cadáver, y desapareció en la oscuridad de la noche escocesa.Me quedé helado, con el miedo anclado en los pulmones, mirando a través del hueco de la puerta. Mi padre tenía la cabeza girada hacia mí, con los ojos muy abiertos.
Me miraba directamente. O eso quería creer yo mientras veía cómo la sangre se expandía bajo su nuca.No sabía qué hacer; me quedé congelado, viendo a mi padre allí tirado, mirándome con unos ojos que ya no me veían. Al mismo tiempo, un terror gélido me recorrió la espalda al pensar que él podía aparecer de nuevo por cualquier rincón y matarme a mí también. De repente, mi cuerpo reaccionó. El instinto pudo más que el miedo y logré moverme; corrí desesperado hacia la habitación de mi madre, buscando su protección, necesitando gritarle lo que acababa de ocurrir.
Ella estaba allí, durmiendo tranquila, ajena al mundo que acababa de desmoronarse un piso más abajo. La toqué varias veces, desesperado por arrancarla de su sueño.—Mamá... mamá, despierta —supliqué con la voz rota.
Ella se giró lentamente hacia donde yo estaba. Se quitó el antifaz que llevaba para dormir y encendió la luz de la mesilla. En cuanto la claridad inundó el cuarto y me miró, vio el miedo puro anclado en mi mirada.—¿Qué te ha pasado? ¿Qué tienes? —preguntó ella, asustada por mi expresión.—Es papá —logré decir.—¿Papá?
Ella giró la cabeza hacia el lado de la cama donde debería estar él y vio que el sitio estaba vacío. La sábana estaba lisa, sin el calor de su cuerpo. El vacío la golpeó de inmediato.—¿Dónde está papá? —me preguntó con urgencia.—Papá está... —Las palabras se me quedaban atrapadas; no podía decirle lo que había visto por el hueco de la puerta.
En ese instante, ella me desplazó hacia un lado con mucho cuidado y me ordenó que me quedara en la habitación y que no me moviera para nada. Su voz era un susurro roto que me heló la sangre.—Quédate aquí —me dijo antes de cerrarme la puerta.No podía quedarme más tiempo en la habitación, abrí la puerta con cuidado, mis piernas no dieron para más. Me quedé sentado en las escaleras, mirando hacia el despacho con la vista perdida. La puerta estaba abierta de par en par.
Desde mi posición, pude ver cómo ella estaba de rodillas en el suelo y tomaba a mi padre entre sus brazos, acunando su cuerpo inerte y acercando su cara a la suya mientras el llanto la desgarraba.—¡No! ¡No! ¡No me dejes sola! —gritaba ella entre sollozos desesperados—. Te amo... te amo... ¿Por qué? ¿Por qué?
Entonces, levantó la cabeza. Me miró con una expresión que nunca se me olvidará: en ese preciso momento, supe que mi madre ya no sería la misma persona.
Aquella mañana era muy distinta a las demás. Era el entierro de mi padre. Habían llegado familiares y amigos para despedirlo; compañeros del juzgado, ilustres jueces y abogados, todos con rostros serios y sombríos. Le daban la mano a mi madre para darle el pésame, y luego a mí.
Allí estaba yo, en fila con ella y mis tíos, saludando a gente que no había visto en mi vida, mientras mi padre descansaba en el ataúd. Dejé a mi madre allí y fui caminando por el pasillo. Los bancos de madera estaban llenos de personas a ambos lados, pero yo solo tenía ojos para él.
Me acercé al ataúd, que solo tenía la parte superior abierta. Era de madera oscura y mi padre estaba perfecto; no parecía que estuviera muerto.Llevaba puesto uno de sus mejores trajes de Armani. Lo había dejado todo escrito, incluso eso. Mi padre era una persona que planeaba cada detalle de la vida; le gustaba tenerlo todo controlado, hasta su propio funeral. Así era él.
Ahí fue cuando empecé a notar cómo se me humedecían los ojos. Sabía que ya no lo volvería a ver. ¿Cómo podía estar ahí dentro? ¿Cómo podía ser tan cruel su partida, asesinado, cuando siempre había sido una persona buena y justa?
No tenía ningún pañuelo para limpiarme las lágrimas, así que hice lo primero que se me ocurrió: cogí el pañuelo que él llevaba en el bolsillo de su chaqueta. Lo retiré con cuidado y me lo llevé a la cara.
Llevaba su perfume. Ya no pude aguantar más; acabé derrotado, caí de rodillas al suelo y rompí a llorar mientras tocaba la madera del ataúd. Sentí un nudo en la garganta que apenas me dejaba respirar.Mi madre, que me vio desde la distancia, recorrió el pasillo hasta llegar a mí. Me rodeó con sus brazos y nos fundimos en un abrazo donde los dos compartíamos el dolor de haber perdido a la persona que más amábamos.Entonces, llegaron dos hombres vestidos de negro.
Miraron a mi madre con solemnidad.—Señora Vane, lo sentimos, pero ya es la hora —dijo uno de ellos con voz apagada.Taparon el ataúd y se llevaron a mi padre. Mi madre avisó a Margaret, nuestra ama de llaves, y le dio una instrucción clara:—Margaret, quédate con él en casa. No está preparado para aguantar más dolor.Todos se fueron al cementerio y yo me quedé solo. Necesitaba huir.
Cogí la bicicleta y me fui al lago donde solía ir con él a pescar. Me quedé en la orilla, en el sitio exacto donde siempre nos sentábamos a hablar, y miré la roca donde él solía contarme sus historias de niño. Me acerqué para sentarme en su mismo lugar y fue entonces cuando vi algo extraño: una bolsa blanca, pequeña, medio enterrada al lado de la piedra.Me llamó la atención. La saqué de la tierra y, al abrirla, encontré una caja alargada que tenía escrito mi nombre: PARA ADRIÁN.
Dentro había una nota con su letra, la caligrafía que conocía tan bien:Adrián, si estás leyendo esto es porque ya no estoy contigo. Quiero que sepas que eres mi vida; desde el día que me enteré de que tu madre estaba embarazada, ya te quise. Te he querido cada día de mi vida y siempre estaré contigo, protegiéndote desde el otro lado. Te amo.
Terminé de desenrollar el papel y, en una esquina, vi una pequeña anotación final:«Busca Dragonhall y entra en la universidad a estudiar».
Me quedé mirando cómo el sol se escondía y se reflejaba en el agua del lago, mientras sostenía la nota de mi padre entre mis manos. No podía dejar de preguntarme qué sería Dragonhall y por qué él quería, por encima de todo, que yo estudiara allí.