1 - Sely
La destrucción ha sido total.
El mundo que conocía ha
desaparecido cuando Los Cuatro
lo han abandonado para venir aquí.
Diario de Elea.
El borde curvo de las tejas se me clava en la espalda cuando me recuesto para poder observar mejor el cielo oscuro y repleto de estrellas que me cubre. No, que nos cubre. No estoy sola. Él esta a mi lado. Su presencia, constante y abrumadora, es difícil de ignorar. Sobre todo en las escasas ocasiones en las que deja atrás las dudas y me regala un instante de algo a lo que aún no se ponerle nombre.
Como ahora.
Intuyo el movimiento antes de sentir como su mano se acerca a la mía y entrelaza nuestros meñiques. Es un gesto nimio, pero tremendamente intimo que me hace girar la cabeza y buscar su expresión. Buscar esos ojos grises, tan claros que, a veces, parecen desprovistos de color. Esos ojos moteados de negro que me miran desde un rostro aún demasiado joven. Un rostro que no quiero dejar de ver nunca.
Vuelvo en mi tan abruptamente que pierdo el equilibrio y por poco no caigo al suelo que me espera a unos metros. Gracias a Los Astros he visto venir con tiempo el desvanecimiento y he podido colocar mi cuerpo lo más estable posible sobre una gruesa rama de la higuera en la que estoy subida. Esta rara enfermedad que sufro desde que tengo uso de razón cada vez va a peor. El más mínimo rasguño la desata y las alucinaciones son cada vez mas vívidas, más reales.
Esos ojos.
Cada vez me cuesta más quitármelos de la cabeza incluso estando consciente. Y no puedo permitirme el lujo de estar fantaseando con algo que solo existe en mi cabeza. Mucho menos cuando estoy encaramada a las ramas de las monstruosas higueras que plagan la aldea. Estos arboles son inmensos y para llevar a cabo la labor que me trae a ellas debo tener la mente clara. Centrarme en lo que tengo delante, en lo que puedo tocar y controlar.
Rasco el dedo corazón de mi mano izquierda con el pulgar, una idiota manía que me acompaña desde siempre, y continuo con lo que he venido a hacer.
Recoger higos es una de las cosas que menos me gustan del mundo.
Odio como la sabia que emana de ellos al cortarlos me pringa tanto las manos que varios pelos del mechón blanco que me tapa el ojo quedan pegados entre mis dedos cuando intento apartarlo. Es realmente asqueroso. Si estos árboles no dieran un fruto tan delicioso no me acercaría a ellos más que para solicitar su sombra.
Resoplando y maldiciendo a Eysa por su tramposa creación me dirijo al riachuelo que cruza entre mis dos higueras favoritas para limpiar mis manos y poder devolver los mechones rebeldes de mi melena a su lugar. Aunque, teniendo en cuenta que he pasado la ultima hora escalando higueras, bastante han aguantado las trenzas que Sylesta, una belleza atlética de cabellos dorados y ojos aceitunados, se ha empeñado en hacerme esta mañana.
La adoro, pero el arte de esculpir el cabello no es el suyo.
El problema es que Tabya, la dueña de la única tienda de peinados de la aldea, se está haciendo mayor y, puesto que Sylesta ha sido la única en ofrecerse, la ha cogido a ella como aprendiz y yo soy incapaz de decirle que le iría mucho mejor en la tienda de tejidos. De manera que solo me queda aceptar que, muy posiblemente, en unos años la mayoría de los habitantes de Lupon seamos calvos.
Mientras divago sobre los estragos que Sylesta con seguridad hará en las melenas de mis vecinos me arrodillo junto al riachuelo de aguas claras y, dejando a un lado mi cesta de mimbre repleta de higos de diversas tonalidades de verde y morado, sumerjo las manos en el agua corriente asegurándome de eliminar los pocos restos de sangre que han quedado en el pequeño arañazo que casi provoca que me parta la crisma. Cuando estoy convencida de que ya no queda nada que delate mi despiste continuo restregando mis dedos entre sí para deshacerme de los restos de salvia que han quedado pegados en ellos. El hecho de que algo que me resulta tan repugnante sea un producto tan aclamado por las gentes de la aldea no deja de fascinarme. Es cierto que el fluido blanquecino tiene algunas propiedades dignas de admiración, pero en mi humilde opinión, hay formas menos pegajosas de acabar con las también asquerosas verrugas o paliar los dolores del sangrado de las mujeres.
Supongo que al final todo es cuestión de propaganda. Si la mujer del alguacil grita a los cuatro vientos que a su hija se le ha caído la horrenda verruga que le salió en la muñeca gracias a las propiedades de la salvia de higuera que la curandera, Rita, le aplicó sobre ella, instantáneamente toda la aldea necesita esa salvia. Y si, ya de paso, Petra, la panadera, que además es sobrina de Rita, promulga que no hay mejor remedio para un sangrado doloroso que una infusión de dicha salvia, hay negocio asegurado.Por mi parte, prefiero los calambres que el sangrado me provoca que beber cualquier brebaje que lleve esa cosa.
Aun así, tengo que agradecer los chismorreos ya que, gracias a ellos, Rita ofrece una buena suma por un vial de salvia y, como las higueras son descomunales, poca gente se atreve a subir a ellas para recoger el valioso fluido. He aquí mi mayor fuente de ingresos. Algo nada desdeñable si tenemos en cuenta que aquí casi todo funciona a base de trueques y la única forma de ganar alguna moneda es escalando higueras o vendiendo mercancías a los barcos mercado que aparecen en la costa una vez al mes. Barcos en los que además de vender, podemos adquirir productos que de ninguna otra forma estarían a nuestro alcance.
Una vez que mis manos están libres de ese asqueroso líquido blanco las ahueco, las lleno y me las llevo a la cara para intentar aplacar el calor que muy pronto dejará paso a la estación de las lluvias. No tengo una estación favorita. Todas las épocas del año tienen cosas maravillosas, pero echaré de menos poder sumergirme en las aguas de la aldea sin congelarme. Hablaré con Sylesta y Renco. Tenemos que organizar la última fiesta del verano y si alguien sabe de organizar fiestas ese es mi hermano.
Renco es el mayor de los dos. Un hombretón del tamaño de una joven encina e igual de inmaduro cuyo mayor entretenimiento es ver cómo se derriten las jovencitas cuando las mira con sus ojazos verdes mientras pasa los dedos por su espeso pelo castaño regalándoles una sonrisa ladeada de dientes perfectos y labios carnosos.
―Lagar… ―La voz de Renco se interrumpe por el grito ahogado que se escapa de mis labios al caer hacia delante.
El muy capullo me ha dado un susto de muerte y he acabado con los brazos sumergidos hasta los codos y las manos sobre el fondo pedregoso del riachuelo. Gracias a Los Astros en esta zona el cauce es poco profundo o habría tenido que volver a la aldea chorreando.
―¿De qué vas, Renco? ―rujo cuando consigo recomponerme del susto.
―¡Joder, hermana! ―exclama el imbécil entre risas― Últimamente estas muy asustadiza. Cualquiera diría que La Lagartija de Lupon se está volviendo una cobarde.
La idea de ahogarlo con mis propias manos en las claras aguas a las que casi caigo por su culpa se asienta en mi mente.
Papá no me lo perdonaría.
Mamá me entendería.
Yo no podría vivir sin él.
Es un imbécil, pero es mi hermano el imbécil.
Me levanto, me seco las manos en el pantalón de piel marrón y con cara de pocos amigos estampo la cesta en el pecho de Renco y este la sostiene sin perder la sonrisa.
―Haz algo útil, capullo.
―¿Ha pasado algo? ―inquiere observándome con interés―. De normal ya eres un pelín borde, pero hoy estas más irascible que de costumbre.
―¿Borde? ¿Yo? Creo que me confundes con Sylesta.
―Todo se pega, hermana ―argumenta, escrutando cada parte de mi cuerpo buscando algo. Hasta que lo encuentra―. ¿Qué es esto, Sely? ―Renco deja de andar y agarra mi mano dejado expuesto el pequeño corte―. Es reciente. ¿Estas bien? ¿Has vuelto a tener alucinaciones?
―Estoy bien, Renco ―respondo más bruscamente de lo que pretendía―. Un poquito harta de tanta sobreprotección inútil. Eso sí.
―No es inútil. Y no puedo evitarlo. Eres mi hermana, te quiero y me preocupa que te dejes los sesos contra el suelo si tienes uno de tus inoportunos desmayos.
Comienzo a caminar de vuelta a la aldea a paso ligero mientras recoloco las mangas de la holgada camisa azul y me aseguro de atar bien los cordones del pecho. Pronto, Renco está a mi lado siguiendo mi ritmo sin parar de sonreír. Está feliz, pero no de todo. y me duele en el alma que sea culpa de mi dichosa condición que no pueda disfrutar del todo de lo que seguro ha sido una buena mañana de caza. Así que decido que lo mejor es contarlo lo que ha pasado para que vea que no tiene de que preocuparse y pueda, por fin, empezar a regodearse de lo bueno que es en todo.
―¿Estas segura de que no eran azules?
―¿Cómo?
―Los ojos del chico que dices haber visto ―explica, sonriendo de medio lado―. Se de un capitán de ojos azules que esta como loco por que subas a su barco.
Le clavo el codo en el costado y el ríe sonoramente. Lo que significa que ha dado por valido lo que le he contado, no lo considera de importancia y que podemos seguir con nuestra fantástica, monótona y aburrida vida. Le pregunto por su día y él, orgulloso como siempre, me pone al día de los acontecimientos. La partida, como imaginaba, ha ido bien. Ha conseguido intercambiar los cuatro patos que ha cazado cerca del lago por carne de cerdo. La carne de ese animal, que solo he visto muerto y colgando de gigantescos ganchos en los barcos mercado, es absolutamente deliciosa y, aderezada como Los Astros mandan, es el plato estrella de cualquier celebración. Se me hace la boca agua al imaginar el festín que nos espera esta noche en casa. Guiso de cerdo e higos. Un orgasmo cósmico para un paladar acostumbrado a comer ave y verduras día sí, día también.
En esta isla perdida de la mano de Los Astros no hay ni conejos. Y si sabemos de su existencia es, una vez más, gracias a los barcos mercado que nos acercan a las costumbres de otras aldeas tan aisladas como la nuestra. Solo los capitanes de estos barcos tienen permiso para surcar las aguas que bañan nuestras islas. Y ya no hablemos de meter un pie en el mar. Las pocas personas que se han atrevido a hacerlo jamás han salido de él.