Prólogo
Si alguien me preguntara cómo es mi vida, no sabría muy bien qué responder. No porque sea complicada, sino porque no tiene nada especial. Es una vida como la de cualquiera. Escuela, tareas, mensajes que llegan tarde, mensajes que no llegan.
Los días empiezan antes de que suene la alarma. Siempre me despierto unos minutos antes, como si mi cuerpo ya supiera qué sigue. Me quedo mirando el techo, contando mentalmente cosas que no importan, hasta que el sonido corta el pensamiento a la mitad.
Me levanto y voy a la cocina. No prendo la luz de inmediato; no me gusta hacerlo tan temprano. Abro el refrigerador y saco la leche. Mamá siempre decía que había que revisar la fecha, aunque casi nunca estaba vencida. Lo sigo haciendo, más por costumbre que por necesidad.
Mientras desayuno, reviso el celular. El grupo de la escuela ya está activo. Alguien mandó un audio larguísimo que nadie va a escuchar completo. Otra persona manda capturas de una conversación que claramente no debía compartir. Todo es igual que siempre.
Escribo algo corto y dejo el teléfono sobre la mesa. No me gusta distraerme en la mañana. Me pongo el uniforme frente al espejo del pasillo. El reflejo tarda apenas un segundo en acomodarse, como si la luz fuera un poco lenta. Me acomodo el cuello de la camisa.
—Así está bien —murmuro.
Antes de salir, tomo las llaves del mismo lugar de siempre. La puerta se cierra con un clic seco. Me quedo un segundo de más sosteniendo la perilla, sin pensar en nada en particular.
El camino a la escuela es corto. Paso por las mismas casas, los mismos perros, la misma tienda de la esquina. El señor que fuma afuera hoy no está, o tal vez nunca estuvo. No estoy segura. Hay cosas que uno da por hechas.
En la escuela todo pasa rápido. Las voces se mezclan, los pasillos están llenos, alguien empuja sin pedir perdón. Me encuentro con mis amigas y hablamos de lo de siempre.
—¿Viste a Mariana? —dice Sofía—. Llegó llorando.
—Siempre llora por algo —respondo.
No lo digo con maldad. Es solo una observación.
—Dicen que fue por Diego.
—Dicen muchas cosas.
Sofía se ríe y cambia de tema. Nadie quiere quedarse demasiado tiempo en una conversación incómoda.
En clase anoto lo justo. El profesor explica algo que ya explicó antes. Pienso en que hoy tengo que llegar temprano a casa. Hay días que se sienten más largos si no llego a tiempo. No sabría explicar por qué.
En el recreo, alguien menciona una junta de padres. No me acuerdo bien de qué están hablando, solo recuerdo que alguien me mira.
—¿Tus papás sí van a ir? —pregunta una chica de otro salón.
—No creo —respondo—. Nunca les gustaron esas cosas.
Asiente como si eso fuera suficiente. Para la mayoría de la gente, lo es.
Cuando regreso a casa, dejo la mochila donde siempre. Me cambio de ropa y voy a la cocina. Preparo algo rápido. Me doy cuenta de que hice más de lo necesario, pero no me molesta. Siempre es mejor que sobre.
Abro una ventana porque el aire se siente pesado. No huele mal, solo… cerrado. Como cuando una habitación pasa mucho tiempo sin usarse.
Mientras como, reviso mensajes. Mariana manda uno diciendo que todo fue un malentendido. Nadie le cree del todo, pero fingen que sí. Es más fácil así.
Después hago la tarea en mi cuarto. Escucho ruidos de la casa acomodándose. Las tuberías, el refrigerador, cosas normales. Me concentro. Termino.
Paso por el pasillo rumbo al baño y evito hacer ruido. No porque esté prohibido, sino porque no me gusta llamar la atención sin motivo. Algunas puertas están cerradas. Siempre lo están. No es algo nuevo.
—Luego —digo en voz baja, sin saber muy bien a qué me refiero.
Antes de dormir, dejo todo más o menos en orden. No perfecto. Perfecto cansa. Apago las luces que no hacen falta y me meto a la cama. El colchón se hunde igual que siempre.
Miro el techo y pienso en el día siguiente. En la escuela. En lo que tengo que entregar. En nada importante.
Si estás buscando algo raro en todo esto, no sabría qué decirte. Desde adentro, las cosas no se sienten extrañas. Solo se sienten continuas. Como si nada se hubiera detenido realmente.
Mi vida es normal.
Y cuando algo es normal el tiempo suficiente, deja de parecer digno de preguntas.
Hasta que el timbre sonó. Era Sofía.