1. INESPERADO ENCUENTRO.
SASUKE...
Odio la víspera de año nuevo. Dos horas en el tráfico para no lograr hacer ni siquiera los diez kilómetros a casa desde La Guardia. Eran pasadas las diez de la noche. ¿Por qué toda esta gente no estaba ya en una fiesta? Toda la tensión que las dos semanas en Hawái habían aliviado, estaba de nuevo apretando más y más fuerte dentro de mí mientras el auto avanzaba centímetro a centímetro hacia la parte alta de la ciudad. Intenté no pensar en todo el trabajo al que tenía que volver: las cadenas sin fin de problemas de otras personas que encajaban con los míos. “Ella fue infiel.” “Él fue infiel.” “Quiero la custodia completa de los niños.” “Ella no puede quedarse con la casa.” “Lo único que quiere es mi dinero.” “No me ha dado una mamada en tres años.”
Escucha, cretino, eres un cincuentón, calvo, pomposo y con forma de huevo. Ella tiene veintitrés, está buena, y tiene unas tetas tan jóvenes que casi le llegan a la barbilla. ¿Quieres arreglar este matrimonio? Ve a casa con diez mil, billete sobre billete, y dile que se arrodille. Tendrás tu mamada. Ella tendrá su dinero para gastar. No pretendas que alguna vez fue más de lo que realmente fue. ¿No te funciona? A diferencia de tu futura ex esposa, yo tomaré un cheque. Hazlo a nombre de Sasuke Uchiha, Abogado.
Me froté la nuca, sintiéndome ligeramente claustrofóbico en la parte trasera del Uber, y miré por la ventana. Una anciana con andador nos adelantó.
—Voy a salir —gruñí al conductor.
—Pero ¿Y el equipaje?
Ya estaba en la parte posterior del auto.
—Abre el maletero. De todas maneras no nos estamos moviendo.
El tráfico estaba completamente detenido, y solo faltaban dos cuadras para llegar a mi edificio. Dándole una propina de cien dólares al conductor, agarré mi maleta y tomé una profunda bocanada de Manhattan.
Amaba esta ciudad tanto como la odiaba.
El 575 de Park Avenue era un edificio restaurado de antes de la guerra en la esquina sur este de la calle 63. Era una dirección que le daba a la gente nociones preconcebidas respecto a ti. Alguien con mi apellido había ocupado el edificio desde antes de que se convirtiera en un espacio sobre valuado.
Razón por la cual mi oficina pudo permanecer en la planta baja cuando los otros inquilinos comerciales fueron desalojados hace algunos años. También vivía en el piso superior.
—Bienvenido de nuevo, Sr. Uchiha. —El portero uniformado me saludó mientras abría la puerta del lobby.
—Gracias Sarutobi. ¿Me perdí algo mientras no estuve?
—Nah. Lo mismo de siempre. Sin embargo, me asomé a su oficina el otro día. Luce bien.
—¿Han usado la entrada de servicio por la sesenta y seis como se suponía que hicieran?
Sarutobi asintió.
—Seguro que sí. Apenas los escuchamos los últimos días.
Dejé caer mi equipaje dentro de mi apartamento, luego bajé de nuevo por el elevador a revisarlo todo. Por las últimas dos semanas, mientras estaba retozando en Honolulu, mi espaciosa oficina había estado recibiendo una reforma total. Grietas en el techo elevado serían cubiertas y pintadas, y nuevos suelos reemplazarían al viejo parqué.
Todavía había plástico grueso sobre todos los pasillos internos cuando entré. El poco mobiliario que no había almacenado en un depósito también estaba cubierto con mantas. Mierda. No lo han terminado todavía. El contratista me había asegurado que solo quedarían trabajos de acabado para cuando regresara. Estuve en lo correcto al ser escéptico.
Encendí las luces, me sentí feliz al encontrar el recibidor completamente terminado. Finalmente, una víspera de navidad sin ninguna horrible sorpresa, para variar.
Di un pequeño vistazo alrededor, complacido con lo que encontré, y estaba a punto de irme cuando noté una luz por debajo de la puerta de un pequeño cuarto de archivo al final del pasillo.
Sin pensar sobre ello, me dirigí allí para apagarla.
Ahora, soy una persona de 1,90 metros, 92 kilos, y tal vez era solo mi marco de pensamiento, el no esperar ver a nadie, pero cuando abrí la puerta del cuarto de archivo y la encontré, me asusté como la mierda.
Ella gritó.
Di un paso atrás por la puerta.
Se levantó, se subió en la silla y comenzó a gritarme, agitando su teléfono en el aire.
—¡Llamaré a la policía! —Sus dedos sonaban mientras marcaba el nueve, luego el uno y retenía el último uno—. ¡Sal ahora y no llamaré!
Podría lanzarme hacia ella y el teléfono estaría fuera de sus manos antes de que se diera cuenta de que no había marcado el último dígito. Pero lucía aterrorizada, así que retrocedí otro paso y levanté las manos en señal de rendición.
—No voy a lastimarte. —Usé mi mejor voz de calma—. No necesitas llamar a la policía. Esta es mi oficina.
—¿Te parezco estúpida? Acabas de irrumpir en mi oficina.
—¿Tu oficina? Creo que diste un giro equivocado en la esquina de Loca y Cucú.
Se tambaleó encima de la silla, sosteniendo abiertos ambos brazos para recuperar el equilibrio, y luego, su falda cayó a sus pies.
—¡Sal! —Se agachó y tomó su falda, subiéndola hasta su cintura mientras me daba la espalda.
—¿Toma medicamento, señora?
—¿Medicamento? ¿Señora? ¿Estás bromeando?
—¿Sabes qué? —Señalé al teléfono que todavía sostenía—. ¿Por qué no presionas el último uno y dejas que la policía se pase por aquí? Ellos pueden llevarte de vuelta a cuál sea el manicomio del que escapaste.
Sus ojos se ampliaron.
Para ser una loca, ahora que realmente estaba mirándola, era malditamente linda. Fiero cabello rosa se apilaba sobre ella combinando con su explosiva personalidad. A razón de la mirada en sus furiosos ojos verdes, me alegré de aguantarme de decírselo.
Presionó el uno y procedió a reportar el crimen de irrumpir en la oficina.
—Me gustaría reportar un robo.
—¿Robo? —Arqueé una ceja y miré alrededor. Una solitaria silla plegable y una mesa de metal eran los únicos muebles en todo el espacio—. ¿Qué es exactamente lo que estoy robando? ¿Tu personalidad ganadora?
Modificó su queja con la policía.
—Allanamiento de morada. Me gustaría reportar un allanamiento de morada en el 575 de Park Avenue. —Hizo una pausa y escuchó—. No, no creo que esté armado. Bueno, es grande. Realmente grande. Al menos un metro ochenta. Tal vez más.
Hice una mueca.
—Y fuerte. No olvides decirles que también soy fuerte. ¿Quieres que haga flexiones para ti? Y tal vez deberías decirles que tengo los ojos azabaches. No sea que la policía me confunda con todos los demás ladrones realmente grandes que están aquí, en mi oficina.
Después de colgar, continuó subida en la silla, mirándome.
—¿También hay un ratón? —pregunté.
—¿Un ratón?
—Considerando cómo saltaste a esa silla... —Me reí.
—¿Lo encuentras divertido?
—Ciertamente. Y no tengo idea de por qué. Debería haberme molestado como la mierda llegar a mi casa después de dos semanas de vacaciones y encontrar un intruso en mi oficina.
—¿Intruso? No soy un intruso. Esta es mi oficina. Me mudé hace una semana.
Se tambaleó de nuevo mientras estaba sobre la silla.
—¿Por qué no te bajas? Te vas a caer de esa cosa y te lastimarás.
—¿Cómo sé que no vas a hacerme daño cuando me baje?
Sacudí mi cabeza aguantando la risa.
—Cariño, mira mi tamaño. Mira tu tamaño. Permanecer en esa silla no hará una mierda por mantenerte a salvo. Si quisiera hacerte daño, ya estarías inconsciente y fría en el suelo.
—Tomo clases de Krav Maga dos veces a la semana.
—¿Dos veces a la semana? ¿En serio? Gracias por advertirme.
—No tienes que ridiculizarme. Tal vez pueda hacerte daño. Para ser un intruso, realmente eres como rudo, ¿sabes?
—Bájate.
Después de mirarnos por un minuto completo, se bajó de la silla.
—¿Ves? Estás tan a salvo en el suelo como lo estabas allí arriba.
—¿Qué quieres?
—No llamaste a la policía, ¿verdad? Casi me engañas por un segundo.
—No. Pero puedo hacerlo.
—Ahora, ¿por qué no vas y lo haces? ¿Para que puedan arrestarte por allanamiento?
Señaló a su maltrecho escritorio. Por primera vez noté papeles por todo el lugar.
—Te lo dije. Esta es mi oficina. Estoy trabajando hasta tarde porque el equipo de construcción hizo tanto ruido el día de hoy que no pude terminar con lo que tenía. ¿Por qué alguien allanaría para trabajar a las diez y media de la noche en la víspera de año nuevo?
¿Equipo de construcción? ¿Mi equipo de construcción? Aquí pasa algo.
—¿Estuviste hoy con el equipo de construcción?
—Sí.
Me rasqué la barbilla, medio creyéndolo.
—¿Cuál es el nombre del capataz?
—Roberts.
Mierda. Estaba diciendo la verdad. Bueno, al menos algo de eso tenía que ser verdad.
—¿Dijiste que te mudaste hace una semana?
—Correcto.
—¿Y exactamente, a quién le rentaste el espacio?
—Christopher Evans.
Mis dos cejas se levantaron esta vez.
—¿Christopher Evans? ¿Por casualidad dejó el escudo?
—¿Cómo podría saberlo?
Esto no sonaba bien.
—¿Y le pagaste a este Christopher Evans?
—Por supuesto. Así es como se renta una oficina. Dos meses de depósito, primer y último mes de renta.
Cerré los ojos y sacudí la cabeza.
—Mierda.
—¿Qué?
—Te estafaron. ¿Cuánto te costó todo esto? ¿Dos meses de depósito, primer y último mes de renta? ¿Cuatro meses en total?
—Diez mil dólares.
—Por favor dime que no le pagaste en efectivo.
Algo finalmente hizo clic, y el color se drenó de su bonito rostro.
—Dijo que su banco estaba cerrado por la noche y que no podía darme las llaves hasta que cobrara mi cheque. Si le daba efectivo, me podría mudar de inmediato.
—¿Le pagaste a Christopher Evans cuarenta mil dólares en efectivo?
—¡No!
—Gracias a Dios.
—Le pagué diez mil en efectivo.
—Pensé que le habías pagado cuatro meses.
—Lo hice. Dos mil quinientos dólares al mes.
Eso lo hizo. De todas las mierdas locas que había escuchado hasta ahora, pensar que podía encontrar un espacio en Park Avenue por dos mil quinientos dólares por mes fue la guinda del pastel. Solté una enorme carcajada.
—¿Qué es tan divertido?
—No eres de Nueva York, ¿verdad?
—No. Me acabo de mudar de Dallas. ¿Qué tiene eso que ver?
Dí un paso más cerca.
—Odio darte las malas noticias, Dallas, pero fuiste estafada. Esta es mi oficina. He estado aquí por tres años. Mi padre estuvo treinta años antes de eso. Estuve de vacaciones las últimas dos semanas y dejé la oficina en remodelación mientras tanto. Alguien ya mencionado te engañó para que le dieras efectivo por alquilarte una oficina sobre la que no tenía ningún derecho. El portero se llama Sarutobi. Pasa por la entrada principal del edificio y él verificará todo lo que acabo de decirte.
—No puede ser.
—¿Qué haces que necesitas una oficina?
—Soy psicóloga.
Extendí mi mano.
—Soy abogado. Déjame ver tu contrato.
Su rostro cayó.
—No me lo ha entregado todavía. Dijo que el arrendador estaba de vacaciones en Brasil y que podía mudarme, que volvería el primero para cobrarme la renta y me entregaría el contrato para firmar.
—Has sido estafada.
—¡Pero le pagué diez mil dólares!
—Lo cual es otra cosa que debió alertarte. No puedes rentar ni un armario en Park Avenue por dos mil quinientos dólares al mes. ¿No encontraste extraño conseguir un lugar así por casi nada?
—Pensé que era un gran trato.
Sacudí mi cabeza.
—Obtuviste un gran trato. Un trato sin sentido.
Se cubrió la boca.
—Creo que voy a vomitar.