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Elarion - Vera y el lago entre los mundos

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Sinopsis

Una chica común, o eso cree ella. Cuatro alfas dispuestos a reclamarla. Un destino que podría destruirlos a todos. Vera nunca imaginó que su cuerpo ocultara un poder capaz de unir linajes legendarios… ni que despertaría el deseo posesivo de un tigre blanco dominante, un lobo salvaje de fuego indomable, un príncipe tritón capaz de invadir su mente con placer y un guerrero celestial de alas doradas que arde por protegerla. Cada vínculo la hace más fuerte. Cada caricia la acerca al peligro. Porque el último alfa… un dragón… aún no ha despertado. Entre batallas, celos, piel contra piel y un poder que crece sin control, Vera deberá aceptar algo inevitable: No puede elegir solo a uno. Y ellos no piensan compartirla… sin luchar primero. ESCENAS +18

Genero:
Erotica,Fantasy
Autor/a:
Lorena
Estado:
Completa
Capítulos:
70
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

El agua que no era agua

Vera dejó caer las llaves sobre la encimera con un suspiro largo, de esos que parecían salir desde lo más profundo del pecho, cargados de todo el cansancio acumulado del día.

Había sido uno de esos días que se estiraban como chicle: un tráfico interminable que la había hecho llegar tarde, clientes insoportables que no parecían tener límite en sus exigencias, y un jefe que pedía imposibles con una sonrisa de superioridad que le hacía hervir la sangre. Todo junto, todo acumulado sobre sus hombros hasta convertirlos en piedra.

-Vamos, lo que viene siendo un día de mierda -murmuró para sí misma, dejando que su voz se perdiera entre el eco de la cocina.

Se apoyó un momento contra la pared, cerrando los ojos, tratando de recuperar la calma mientras sentía cómo cada músculo pedía un descanso.

-Necesito un baño... urgente -susurró, con voz cansada pero decidida.

Encendió la luz cálida del baño, esa que siempre le daba sensación de refugio y seguridad. Apenas abrió el grifo de la bañera, el pequeño espacio comenzó a llenarse de vapor, envolviéndola como un abrazo tibio. El sonido del agua cayendo era hipnótico, casi musical, y le recordó que todavía existían pequeñas cosas que podían reconfortarla, incluso en los días más difíciles.

Dejó la ropa en el suelo sin demasiado cuidado, prenda tras prenda, sintiendo cómo la tensión abandonaba lentamente su cuerpo. Encendió algunas velas que había comprado la semana anterior, dejando que la luz titilante añadiera un toque de magia a la habitación. Hoy más que nunca merecía mimarse.

Cuando el agua estuvo lista, se metió despacio, dejando que el calor la envolviera por completo. Cerró los ojos y respiró hondo, sintiendo cómo los músculos se relajaban y el corazón comenzaba a calmarse.

El agua estaba perfecta. Caliente... relajante... pesada. Tan pesada que casi parecía arrastrarla hacia abajo. Vera frunció ligeramente el ceño.

-Qué raro... -susurró, apoyando las manos en el borde de la bañera.

Pero la sensación de peso no disminuía. El agua comenzó a vibrar suavemente alrededor de su piel, como si tuviera vida propia. Un cosquilleo recorrió sus brazos, subió por la espalda y terminó en un escalofrío que le recorrió la nuca.

-¿Hola? -rió nerviosa, tratando de quitarle dramatismo a la situación-. Vale... estoy demasiado cansada.

Y entonces, el fondo desapareció.

Literalmente.

La bañera dejó de existir bajo su cuerpo y Vera cayó hacia abajo, envuelta en agua, luz y un extraño zumbido que le atravesó los oídos como una frecuencia imposible de describir. Intentó gritar, pero solo salieron burbujas que escaparon de su boca. La presión cambió, el calor se volvió frío, y la luz giró a su alrededor.

Y de pronto... silencio.

Emergió de golpe, jadeando, con el corazón desbocado y los pulmones a punto de estallar. No estaba en su baño. No había azulejos ni velas, ni el eco del grifo. Estaba en un lago.

Un lago enorme, rodeado de árboles gigantes cuyos troncos parecían columnas de un templo natural. Las copas se perdían en lo alto, filtrando una luz dorada imposible, como si el amanecer y el atardecer coexistieran al mismo tiempo. El aire olía a tierra húmeda, hojas, madera y algo dulce que no supo identificar. Por el cielo volaban aves que jamás había visto y pequeños insectos luminosos danzaban sobre la superficie del agua, emitiendo destellos de colores que parecía magia pura.

-¿Qué... demonios...? -murmuró, con la voz temblorosa y apenas audible.

Entonces recordó algo crucial.

Estaba desnuda.

-Genial. Perfecto. Maravilloso. No sé dónde estoy, pero voy sin ropa. Fantástico, Vera -dijo, llevándose una mano al rostro mientras intentaba procesar la situación.

Y fue entonces cuando lo oyó.

Un crujido entre los árboles.

No estaba sola.

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