Capítulo 1: El silencio de los 18
La música retumbaba en las paredes del pequeño apartamento en Busan, pero para Park Jimin, el mundo se sentía como si estuviera sumergido en agua. Era su cumpleaños número dieciocho y, técnicamente, ya era un adulto. Sin embargo, lo único que sentía era que el suelo se movía más de lo normal y que la risa de Jeon Jungkook era lo único que lo mantenía anclado a la realidad.
—Jimin-ssi, creo que ese último trago fue mala idea —dijo Jungkook, sosteniéndolo por los hombros mientras Jimin tropezaba con sus propios pies descalzos.
—¡Es mi cumpleaños, Kookie! —exclamó Jimin, con las mejillas encendidas y una sonrisa que no lograba enfocar bien—. Se supone que debo celebrar que ahora puedo... no sé, ¿votar? ¿meterme en problemas legales?
Jungkook soltó una carcajada suave, esa que arrugaba su nariz y hacía que sus ojos brillaran. Se alejaron del ruido de la sala y terminaron en el balcón, donde el aire fresco de la noche golpeó el rostro de Jimin. Se apoyaron contra la baranda, el silencio de la calle contrastando con el caos de adentro.
—¿Estás emocionado por lo de la Universidad de las Artes en Seúl? —preguntó Jungkook de repente, su tono volviéndose más serio.
Jimin suspiró, cerrando los ojos. —Más que nada en el mundo. Pero... me da miedo. No quiero irme solo.
—No estarás solo —respondió Jungkook de inmediato, acercándose un poco más. Sus dedos rozaron accidentalmente la mano de Jimin—. Sabes que siempre voy un paso detrás de ti. Si tú vas, yo voy.
Jimin lo miró, y por un segundo, la neblina del alcohol pareció disiparse. Los ojos de Jungkook tenían una intensidad que nunca había notado antes. Había algo más ahí, algo que no era solo “mejores amigos”.
—Kookie... —susurró Jimin, sintiendo que el corazón le latía con fuerza en la garganta.
Jungkook no se apartó. Al contrario, acortó la distancia. Fue un roce lento, casi una pregunta. Y cuando sus labios finalmente se encontraron, el mundo de Jimin se detuvo. Fue un beso que sabía a fresas, a promesa y a años de palabras no dichas.
Pero entonces, el equilibrio de Jimin falló.
Su pie resbaló con una lata vacía, su cuerpo se tambaleó y, antes de que Jungkook pudiera reaccionar, Jimin aterrizó pesadamente contra el suelo del balcón, golpeándose la frente contra la mesa de metal.
—¡Jimin! —el grito de Jungkook fue lo último que escuchó antes de que la oscuridad lo reclamara.
La Mañana Siguiente Cuando Jimin abrió los ojos al mediodía, el dolor de cabeza era insoportable. Miró a su alrededor y vio a Jungkook entrando al dormitorio mirándolo con una mezcla de amor y terror.
—Despertó el cumpleañero —dijo Jungkook, con un vaso de agua y una aspirina. Se veía cansado, como si no hubiera dormido nada.
—¿Qué pasó? —preguntó Jimin, tocándose la venda en su cabeza—. Recuerdo que estábamos en el balcón y luego... nada. ¿Hice algo estúpido? Dios, dime que no vomite sobre tus zapatos nuevos.
Jungkook sintió que el corazón se le caía a los pies. Sus ojos buscaron algún rastro de reconocimiento en la cara de Jimin, pero solo encontró confusión genuina. —¿No recuerdas... nada? —su voz era apenas un hilo.
—Nada, Kookie. Tengo lagunas totales. ¿Me puse a llorar o algo así? —Jimin rió débilmente, sin notar la palidez en el rostro de su mejor amigo.
(Jungkook recordandolo que realmente paso esa noche)
“El aire en el balcón era fresco, pero dentro de la habitación de Jimin, el calor era sofocante. La música de la fiesta abajo se sentía como un eco distante. Jimin se tambaleó, riendo por nada, y Jungkook lo sostuvo por la cintura para evitar que chocara contra el escritorio.
—Jimin-ssi, tienes que sentarte. Estás... muy mal —susurró Jungkook, aunque él mismo sentía el pulso acelerado.
Jimin no se sentó. En cambio, se giró en los brazos de Jungkook, rodeándole el cuello con sus manos. Sus ojos estaban nublados por el alcohol, pero cargados de una honestidad brutal que solo la embriaguez permite.
—No quiero que te vayas a Londres, Kookie —murmuró Jimin, rozando con su nariz la mejilla de Jungkook—. No quiero que me dejes aquí.
Jungkook sintió un nudo en la garganta. Ver a Jimin así, tan vulnerable y cercano, rompió sus últimas defensas. Lo que empezó como un intento de consuelo se transformó en un beso. Fue un beso torpe al principio, con sabor a fresas y licor, pero rápidamente se volvió hambriento. Jungkook lo guio hacia la cama, sus manos temblando mientras recorrían la espalda de Jimin por debajo de su camiseta.
—¿Estás seguro? —preguntó Jungkook, deteniéndose apenas un segundo, buscando en la mirada de Jimin un rastro de duda.
Jimin asintió, atrayéndolo más hacia él. Esa noche, el tiempo se detuvo. No hubo cámaras, ni planes de universidad, ni miedos. Solo el sonido de sus respiraciones entrecortadas y el roce de la piel contra la piel. Fue un encuentro desesperado, casi como si ambos supieran, inconscientemente, que la distancia los acechaba. Jungkook fue infinitamente cuidadoso, tratando a Jimin como si fuera el tesoro más preciado del mundo, mientras Jimin se aferraba a los hombros de Jungkook, dejando marcas que durarían días.
Fue perfecto. Fue la entrega total de dos almas que siempre se habían pertenecido.”
Horas más tarde, cuando la madrugada empezaba a clarear, Jimin se levantó mareado para buscar agua. El alcohol seguía haciendo estragos en su equilibrio. Al salir al balcón para tomar aire, su pie resbaló con una botella vacía.
El golpe fue seco. Su cabeza impactó contra la baranda de metal y luego contra el suelo.
Jungkook, que se estaba vistiendo en la habitación, corrió al escuchar el estruendo. Encontró a Jimin inconsciente, con un hilo de sangre corriendo por su frente. El pánico lo invadió. Lo cargó, lo llevó a la cama y limpió su herida, quedándose a su lado toda la noche, rezando para que estuviera bien.
—Jungkook?, Jungkoook!! ¿Me escuchas? —grito jimin moviendo sus manos sobre la cara de el—. ¿Estas bien?
Jungkook salió de sus pensamientos tras escuchar al menor llamarlo llevando una de sus manos para acomodarse el cabello y tragó saliva. Podía decírselo. Podía recordarle que se habían amado, que habían roto la barrera de la amistad. Pero vio la confusión genuina de Jimin y el miedo lo atenazó. Si se lo decía ahora, ¿Jimin se sentiría avergonzado? ¿Pensaría que se aprovechó de su estado?
—No —mintió Jungkook, forzando una sonrisa que le dolió en el alma—. Te caíste justo cuando íbamos a entrar. Te quedaste dormido enseguida. No pasó nada, Jimin-ssi.
Jungkook se dio la vuelta para que Jimin no viera las lágrimas en sus ojos. En ese silencio, nació el secreto que los mantendría separados por una década. Jimin nunca supo que esa noche no solo perdió el equilibrio, sino que también comenzó la vida de su hijo quien ni jungkook sabría que ese imprevisto también seria suyo.