Lazos de Estrellas

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Sinopsis

Asterio Stemberg nació para entender el universo, no para encajar en él. Con una mente capaz de ver patrones donde otros solo ven ruido, se convirtió en uno de los jóvenes prodigio más prometedores de su generación. Las emociones humanas, en cambio, le resultan más difíciles de descifrar que cualquier anomalía del cosmos: puede reconocerlas, anticiparlas… pero no sabe cómo vivirlas. A su alrededor se forma un equipo tan brillante como caótico: Amélie, una chica francesa que observa el cielo con la misma intensidad con la que esconde lo que siente; Lukas, un genio bromista que utiliza el humor como escudo; Celeste, competitiva hasta el extremo, incapaz de perder incluso cuando el corazón entra en juego; Amanda, una joven británica rodeada de poder e influencias que aún no comprende del todo el lugar que ocupa en el mundo; Emily y Logan, dos estadounidenses con conflictos que todavía no están listos para salir a la luz. Entre noches en vela, misiones científicas y silencios que pesan más que cualquier palabra, el grupo cree tener el control de lo que observa desde la Tierra. Hasta que el universo responde. Una anomalía aparece en los sensores. Primero es un detalle mínimo. Luego, una señal imposible de ignorar. Las estrellas dejan de ser solo puntos lejanos y se convierten en algo que parece observarlos de vuelta. Mientras fuerzas que van más allá de la ciencia empiezan a moverse

Genero:
Scifi/Romance
Autor/a:
Lazos de
Estado:
En proceso
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

El Universo no es silencioso

El universo no era silencioso.

La gente creía que lo era porque no podía escucharlo.

Asterio Stemberg había aprendido desde pequeño que el cielo nocturno no era un lienzo inmóvil, sino un sistema vivo de fuerzas que nunca se detenían. Las estrellas se alejaban unas de otras. Las galaxias se deformaban lentamente. La luz que llegaba hasta la Tierra no era el presente, sino un mensaje antiguo, un recuerdo viajando a la velocidad máxima permitida por las leyes del universo.

Para la mayoría de las personas, mirar el cielo era un acto de calma.

Para Asterio, era una conversación constante.

Estaba de pie en la plataforma exterior del observatorio, con el viento nocturno empujando suavemente su abrigo. No llevaba guantes. No porque no sintiera el frío, sino porque su mente estaba ocupada en cosas que consideraba más relevantes que la temperatura de sus manos. En su muñeca, el reloj proyectaba datos casi invisibles: presión atmosférica, niveles de radiación, estabilidad de los sensores.

Todo estaba dentro de lo esperado.

Demasiado dentro de lo esperado.

—¿Planeas convertirte en una estatua o vas a entrar? —dijo una voz detrás de él.

Asterio no se sobresaltó.

No lo hacía casi nunca.

—Entrar es una consecuencia lógica del paso del tiempo —respondió sin voltear—. Permanecer aquí también lo es. Tú decides cuánto te molesta cada opción.

Lukas se apoyó en la baranda junto a él.

—Increíble. Cada vez que hablas siento que me están dando una clase que no pedí.

—Entonces deberías dejar de escuchar —replicó Asterio.

—No puedo, eres como una serie mala: me quejo, pero sigo mirando.

Asterio dirigió la vista al cielo otra vez. No sonrió. No suspiró. Simplemente volvió a centrar su atención en los patrones que se dibujaban en su mente.

Dentro del observatorio, el resto del equipo ya estaba reunido. La cúpula estaba iluminada por el resplandor azulado de las pantallas. Cables, instrumentos y proyecciones holográficas llenaban el espacio con una sensación de orden caótico.

Amélie fue la primera en notar que Asterio había entrado.

No porque hiciera ruido.

Nunca lo hacía.

—Llegaste —dijo, levantándose apenas de su asiento.

Asterio asintió.

—Era estadísticamente probable.

Lukas levantó una ceja.

—Genio, la gente normal dice “hola”.

—Hola —dijo Asterio, sin variar el tono.

Amélie dejó escapar una pequeña risa nerviosa. No era ruidosa, no era exagerada. Era una risa breve, casi como si no quisiera ocupar espacio. Se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja, un gesto que repetía cuando no sabía muy bien qué hacer con sus manos.

—Estamos revisando los datos de la noche pasada —explicó—. Hay algunas variaciones que no entiendo del todo.

—Las vi —respondió Asterio—. Están dentro del margen de error del instrumento.

Celeste, que estaba apoyada contra una mesa con los brazos cruzados, bufó suavemente.

—Claro que tú las entiendes. Todo está “dentro del margen de algo” para ti.

—No todo —corrigió Asterio—. Solo lo que realmente lo está.

Celeste lo miró como si quisiera decir algo más, pero se contuvo. Había una tensión constante en la forma en que ella observaba a Amélie y luego a Asterio, como si estuviera midiendo una competencia que nadie más había declarado en voz alta.

En una esquina del observatorio, Amanda hablaba en voz baja por su comunicador. Su postura era perfecta, incluso en un lugar lleno de pantallas y cables. Parecía fuera de lugar… y al mismo tiempo, como si se hubiera adaptado a ese mundo con una rapidez que sorprendía a quienes la conocían solo como “la princesa”.

Emily revisaba unos datos junto a Logan. Ella mantenía una sonrisa ligera en el rostro, aunque a veces su mirada se quedaba fija en la pantalla más tiempo del necesario. Logan, por su parte, parecía distraído, como si su atención estuviera en todas partes menos donde debía.

El grupo no tenía una forma definida.

No eran amigos comunes.

No eran solo un equipo de trabajo.

Eran una colección de mentes brillantes, orgullos chocando y emociones que nadie terminaba de ordenar.

Y en el centro de todo eso, estaba Asterio.

No porque quisiera liderar.

Sino porque, sin darse cuenta, las órbitas humanas tendían a organizarse alrededor de quien ejercía más gravedad.

—¿Nunca te cansas de esto? —preguntó Lukas de pronto, mirando a Asterio—. De estar siempre… analizando.

Asterio tardó unos segundos en responder.

—No es cansancio si no lo considero una carga.

—Genial —murmuró Lukas—. Yo me canso de pensar en qué voy a comer mañana.

Asterio lo miró de reojo.

—Eso explica muchas cosas.

Amélie los observó a ambos, con una mezcla de diversión y algo más que no se atrevía a nombrar. Asterio no era cruel a propósito. No buscaba herir. Simplemente decía las cosas como las veía. Lo había notado desde hacía tiempo: él entendía las emociones humanas como quien entiende un idioma extranjero. Podía identificar los gestos, las pausas, los cambios de tono… pero no siempre parecía sentir lo que los demás sentían.

—Asterio —dijo ella, dudando un poco—. ¿Tú… alguna vez miras a las personas como miras al cielo?

Él la miró directamente.

—No.

—¿Por qué?

Asterio pensó la respuesta antes de decirla.

—Porque las estrellas no esperan nada de mí.

El silencio que siguió fue breve, pero pesado.

Lukas abrió la boca para bromear… y la cerró.

Celeste apartó la mirada.

Amanda dejó de hablar por el comunicador.

Emily levantó los ojos de la pantalla.

Nadie supo muy bien qué decir a eso.

Asterio, en cambio, volvió a su trabajo como si no hubiera ocurrido nada.

El tiempo pasó sin que se dieran cuenta. Los datos se revisaban, las discusiones surgían y se apagaban, Lukas lanzaba comentarios innecesarios, Celeste competía por demostrar que había entendido algo antes que los demás, Amanda aportaba observaciones precisas, Emily intentaba mantener el ambiente ligero, Logan fingía prestar atención.

Y entonces…

—Asterio —murmuró Amélie, frunciendo el ceño frente a la consola—. ¿Esto estaba aquí antes?

Él se acercó, observó la pantalla apenas un instante.

—No. Y tampoco debería estar ahora.

Tecleó rápido, reajustando parámetros.

—Debe ser un fallo. Recalibré el sistema el otro día. A veces los sensores—

Su reloj vibró.

Una sola vibración.

Seca. Precisa.

Asterio se quedó quieto.

Miró su muñeca.

Leyó el aviso.

Y por primera vez esa noche, no dijo nada durante varios segundos.

—…Ok —murmuró al fin—. Esto es serio.

Amélie sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué significa eso, viniendo de ti?

Asterio levantó la vista hacia la cúpula del observatorio, como si pudiera ver a través del techo, y luego volvió a la pantalla.

—Que el universo no se equivoca dos veces seguidas.

Afuera, el cielo parecía el mismo de siempre.

Tranquilo. Inmenso. Hermoso.

Pero algo había cambiado.

Y ninguno de ellos estaba listo para lo que venía después.