Capitulo 1
En las montañas eternas de hielo que se alzaban más allá de Arendelle, habitaba una criatura ancestral conocida solo como el Gigante de Hielo. Su figura era imponente, casi divina: un ser colosal de más de tres metros de altura, forjado enteramente en cristales de hielo azul profundo y turquesa translúcido. Grietas luminosas recorrían su torso y brazos como venas de aurora boreal, brillando con una luz fría y palpitante. Su melena blanca como la nieve recién caída caía en mechones salvajes y largos hasta sus hombros anchos, enmarcando un rostro bestial de facciones afiladas, orejas puntiagudas y una barba helada que se fundía con el hielo de su pecho. Sus ojos, dos brasas de un azul eléctrico intenso, parecían capaces de congelar el alma de quien los mirara. Espigas de hielo afiladas brotaban de sus hombros, espalda y brazos como una armadura viviente, y a su alrededor siempre caían icicles danzantes que se clavaban en la nieve con un tintineo musical. Era belleza y peligro en una sola forma.
Aquel ser había fijado su mirada ancestral en la reina Iduna, la hermosa esposa del rey Agnarr y futura madre de las princesas de Arendelle. Noche tras noche observaba desde las cumbres cómo ella caminaba por los balcones del castillo, su cabello dorado brillando bajo la luna. El deseo lo consumía. Usando su magia milenaria, esperó el momento perfecto.
Una tarde de invierno, mientras el rey Agnarr partía en un largo viaje diplomático al sur del reino, el gigante descendió de las montañas. Con un remolino de nieve y luz azul, transformó su enorme cuerpo cristalino en la figura exacta del rey: la misma altura, el mismo cabello castaño, la misma sonrisa cálida y la voz profunda y tranquilizadora. Nadie en el castillo notó la diferencia.
Esa misma noche, entró en los aposentos reales como si nunca se hubiera ido. Iduna, feliz y aliviada de tener a su esposo de vuelta tan pronto, lo recibió con los brazos abiertos. Bajo la luz plateada de la luna que entraba por las ventanas, el gigante —aún disfrazado— se acercó a ella. Sus manos, ahora humanas pero aún cargadas de un frío sobrenatural, acariciaron lentamente el cuerpo de la reina. Recorrió sus hombros, su cintura, sus caderas, dejando un rastro de besos helados que la hicieron temblar de placer. Cada toque era frío y ardiente al mismo tiempo; sus labios dejaron marcas gélidas en su cuello, en sus pechos, en su vientre. Iduna suspiraba, creyendo que era la pasión renovada de su esposo después de tantos días separados. Él la tomó con una intensidad casi animal, apasionada y profunda, haciéndola suya por completo en aquella cama de sábanas de seda. Cuando llegó al clímax, se derramó dentro de ella con un gruñido bajo que ella confundió con gemido de amor, llenándola con su esencia mágica y antigua.
Al amanecer, antes de que los primeros rayos tocaran las torres, el gigante deshizo la transformación en secreto y regresó a las montañas, dejando solo un leve olor a nieve fresca en el aire.
Esa misma mañana, el verdadero rey Agnarr regresó al castillo. Esa noche, agotado pero feliz de estar en casa, volvió a yacer con su esposa, amándola con la ternura y el fuego que siempre los unía. Ninguno de los dos sospechó jamás lo ocurrido.
Nueve meses después, Iduna dio a luz a dos hermosas niñas gemelas: la mayor, de cabello casi blanco y ojos azul hielo, fue llamada Elsa; la menor, de cabello rojizo y ojos verdes, Anna. El reino celebró con fiestas y fuegos artificiales. Nadie, ni siquiera los reyes, supo nunca la verdad: Elsa era hija de la sangre del Gigante de Hielo, mientras que Anna era hija del rey humano.
Los años transcurrieron tranquilos en Arendelle. El secreto permaneció enterrado bajo capas de nieve y silencio. Incluso cuando Elsa, siendo apenas una niña, despertó sus poderes y llenó el salón del trono de cristales de hielo y remolinos de nieve con solo un gesto de miedo, sus padres pensaron que había despertado un don mágico inesperado, un regalo de los espíritus del norte o un accidente del destino. Sonrieron, la abrazaron y buscaron la manera de controlarlo, sin imaginar jamás que lo que corría por las venas de su hija mayor no era solo magia humana… sino la sangre ancestral y helada de un gigante que una noche, disfrazado de amor, la había concebido.
Fin.