Capítulo 1
La jefa es mandona, pero muy guapa y sabe cocinar, aunque todo lo que tiene que ver con cosas al carbón le sale mejor a Ricardo, a quien le encantan las camisas de cuadros y decir que nos va a llevar a acampar a un bosque de verdad, y luego la realidad es que no; ese es mi papá, el mismo que rentó una casa en un cerro en quién sabe dónde.
Justo por eso estábamos de camino hacia allá, y yo me encontraba aburridísima. Mi teléfono se murió casi al principio del viaje por no dejarlo cargando en la noche, así que iba viendo la abundante naturaleza:
—Wow, nopales… wow, arbolitos y arbustos secos y espinosos... wow, tierra… wow, mira, ¡es basura! Qué maravilla, un río que está a punto de desaparecer.
Mientras tanto, mis hermanas menores no hacían más que chillar, gritar, reírse y desesperarme, así que pellizqué a una y me regañaron. La jefa pasó gran parte del camino charlando con papá. Llegamos y una señora vieja, pero de esas que lo tienen escrito en cada poro de su piel caída y lo emanan con su olor que tratan de perfumar, nos recibió tan rápido como se fue.
¿El lugar era pretencioso u horrible? No sé qué palabra lo define mejor: pisos de mármol falso, paredes de ladrillo, muchos arcos y columnas, y un olor a la casa de mi abuela de cincuenta y tres años, pero había una piscina; al acercarnos y quitar la lona que la cubría, vimos que estaba vacía y sucia. Mi papá nos vio las caras a todas y trató de animarnos diciendo que, una vez que el lugar se llenara de olor a carne asada y pusiéramos música, este sitio sería increíble.
La casa tenía dos habitaciones, con una cama en la principal y dos camas para tres personas. Obviamente, me hice con una cama para mí sola y pensé que así sería hasta que, en la noche, Rebeca, temerosa, suplicó por dormir conmigo y, sin pasar cinco minutos, vino también la otra. Y bueno, no soy un monstruo.
En la madrugada oscura, no había luna en el cielo; todo más allá de las luces de la casa era completamente negro. Algo caminaba a cuatro patas, observaba con sus ocho ojos abismales y babeaba en abundancia por todas sus bocas; pero solo la que se encontraba debajo de sus ojos tenía dos especies de colmillos gigantes, como de tarántula. Y aquello no estaba solo.
Unos ruidos provenientes de la cocina me despertaron. Fui a ver qué pasaba, y cuando encendí las luces, empecé a gritar. Lo que mis ojos vieron fue a unos humanos con bocas y dientes chuecos por todo el cuerpo, con la piel pegada a los huesos que andaban como bestias. Estaban llenos de sangre por haber devorado a mi papá y tenían acorralada a mi madre, que me vio a los ojos antes de que esas cosas saltaran sobre ella.
Corrí al cuarto por mis hermanas; ellas gritaban. Abrí la puerta y me topé con una de esas abominaciones. Tomé un jarrón con flores muertas que se hallaba al lado de la entrada y se lo aventé lo más fuerte que pude. No le di, pues esa cosa saltó sobre Daniela. Ella gritó de dolor; solo era una niña. En ese momento quería quedarme ahí para ayudarla, pero Rebeca me tomó de la mano y me exigió que escapáramos. Lo hizo llorando y gritando; tuve que aceptar esa decisión.
Íbamos agarradas; a Rebeca le costaba seguirme el paso e intentó ayudar a papá y mamá antes de abandonar la vivienda, pero la jalé. Por suerte, esas criaturas parecían bastante entretenidas. No sabía a dónde ir, solo huimos lejos de la propiedad pese a la oscuridad. Volteé y a lo lejos solo se distinguían las luces de la casa. Estábamos descalzas y dolía pisar las piedras; caímos, nos soltamos por momentos, pero conseguimos seguir avanzando. Luego de un rato, divisamos otra construcción con las luces encendidas y, sin tener más opción, nos adentramos con cuidado.
La puerta estaba abierta; dimos unos pasos y ahí vi, junto a una chimenea, a la anciana que nos entregó las llaves haciendo a los monstruos. Nos descubrió y, sin decir nada, se lanzó contra nosotras furiosa. Me peleé con ella: nos arañamos, nos jalamos el pelo, le metí unos espinillazos; mi hermana también la golpeó y la mordió. Al final, entre lágrimas, pude empujarla y hacer que se golpeara la cabeza con la parte baja de una escultura demoníaca de metal mientras le gritaba repetidamente que se alejara de mí. En aquel instante, a la distancia, se escucharon los sonidos aberrantes de aquellos seres que parecían venir hacia acá; si eso pasaba, sabía que todo terminaría, pero no sabía cómo escapar. Sentía que iba a explotar por el terror.
Entonces Rebeca me preguntó qué debíamos hacer y solo se me ocurrió que nos escondiéramos. Bajamos por unas escaleras a un sótano donde había niños; estaban encerrados, desnudos, y todos eran bastante gordos. Querían que los salváramos; sin embargo, mi hermana me mostró que detrás de una puerta se hallaba un bosque, verde y fresco. Pensé en ayudarlos, pero no pude; no sabía cómo abrir las jaulas, no había llaves, y ellos solo rogaban que no los dejáramos, que no querían morir.
Salí de aquella pesadilla junto a mi hermana, cerramos la puerta y corrimos lejos, entre los árboles y con aquel sol sobre nosotras.