Tercer Armagedón: Renacimiento

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Sinopsis

Sumérgete en un mundo que avanza, silencioso, hacia su propia ruina. Jiyumi no teme al fin del mundo… teme mirarse al espejo. Desde pequeña ha sufrido en silencio por sus ojos, aquellos que parecen cargar un peso que nadie más comprende. Tras un trágico accidente que le arrebata todo lo que amaba, su vida queda suspendida entre la culpa, el vacío y un deseo persistente: encontrar un propósito antes de reunirse con su familia al otro lado de la muerte. Pero el destino, caprichoso e implacable, le concede algo que nunca pidió. Poderes que no entiende. Una responsabilidad que no desea. Y la certeza de que su existencia está ligada a un colapso mucho mayor de lo que imaginaba. Cuando conoce a Kenji, un joven envuelto en misterios y cicatrices invisibles, ambos se ven arrastrados hacia una verdad que trasciende su dolor individual. Mientras el mundo se aproxima a un inminente Armagedón, Jiyumi deberá decidir si su poder será el puente hacia la destrucción… o la chispa de un renacimiento. En Tercer Armagedón: Renacimiento, la lucha por la humanidad comienza en el corazón de una chica que solo quería dejar de sufrir. [Imágenes ilustrativas generadas con IA]

Genero:
Scifi/Romance
Autor/a:
Shinok1su
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1 - Familia

Las llamas crepitaban como si respiraran.

Se extinguían con el soplo del viento nocturno... y, al instante siguiente, otras nuevas nacían entre los escombros, tercas, brillantes, indiferentes al dolor que iluminaban. El aire olía a hierro y ceniza. La sangre de Jiyumi se extendía en un cauce oscuro bajo su cuerpo. Cada latido parecía más lejano que el anterior, como si su corazón hubiese decidido abandonar la tarea antes que su mente. Intentó moverse, pero su propio peso la traicionó. El calor del fuego la envolvía; no como un abrazo, sino como un juicio silencioso.

Entonces lo vio. A lo lejos, bajo una lluvia que no lograba apagar el incendio, una figura permanecía inmóvil. Sostenía un paraguas con una mano. En la otra, un reloj de bolsillo colgaba abierto, su cadena oscilando apenas con el viento.

No corría.

No gritaba.

No llamaba a nadie.

Solo observaba.

La calma de aquella silueta era más perturbadora que el fuego. No había prisa en sus gestos. No había horror en su postura. Como si aquel escenario no fuera una tragedia... sino una cita previamente agendada.

Jiyumi intentó enfocar la vista, pero el mundo comenzaba a desdibujarse en manchas rojizas y reflejos anaranjados. ¿Era esa persona la causa de todo? ¿Un testigo? ¿Un verdugo? No lo sabía. Y, en el fondo, la respuesta ya no importaba.

El reloj brilló bajo un relámpago distante, el tiempo seguía... Aunque ella no.

Sintió el frío de la lluvia mezclándose con el calor del incendio. Una contradicción absurda. Como su propia existencia... Cerró los ojos.

Los ojos son un reflejo del alma; los de Jiyumi, en cambio, eran un recordatorio.





El día anterior...

La habitación estaba en penumbra, no era una oscuridad absoluta, sino una sombra espesa, inmóvil, como si el aire mismo hubiese decidido no moverse para no perturbarla. Las cortinas permanecían cerradas. El mundo exterior seguía existiendo, pero allí dentro parecía un rumor distante, ajeno.

Jiyumi Jewell yacía sobre su cama, de lado hacia la pared, con los brazos juntos y la mirada fija en nada.

Había abandonado los estudios hacía apenas unos días.

Su cabello corto, oscuro contrastaba con la palidez que el encierro comenzaba a marcar en su piel. Su complexión delgada apenas hundía el colchón. Medía alrededor de un metro sesenta; una presencia discreta... si no fuera por sus ojos. Esos ojos. Cian profundo fundiéndose con morado, como si dos cielos incompatibles hubieran decidido habitar la misma mirada. No eran un simple rasgo inusual; eran una anomalía. Una interrupción en la normalidad del mundo.

Y ella los odiaba, no por su color, sino por lo que habían provocado. Desde que tenía memoria, esas pupilas habían sido el punto de partida de sus desgracias. No era solo la mirada en sí, sino el marco almendrado que la contenía. Sus rasgos asiáticos, una herencia que en otro lugar habría sido motivo de orgullo, allí se habían convertido en una diana. Susurros, risas que estiraban cruelmente las comisuras de los ojos, apodos que la reducían a un estereotipo, fotografías a escondidas, mensajes anónimos. Miradas que no eran curiosidad, sino juicio. El bullying no había sido un episodio; había sido un clima constante.

Y salvo una persona... solo una... nadie la había aceptado tal como era.

Zarah.

Ese nombre flotó en su mente con la fragilidad de algo que podría romperse si lo pensaba demasiado. Cerró los ojos, intentó que la oscuridad de la habitación se filtrara bajo sus párpados y la cubriera por completo. Tal vez, si no veía, tampoco existiría. Tal vez, si no pensaba, tampoco dolería.

Al otro lado de la puerta, el silencio no era vacío, era preocupación contenida. Su padre. Su madre. Su hermana menor.

Sus pasos dudaban antes de acercarse, como si temieran invadir un territorio sagrado. Un leve toque y la perilla giró con cuidado.

- ¿Cómo sigues, querida? - Preguntó su madre, con esa suavidad que solo nace cuando uno ya conoce la respuesta.

Jiyumi tardó en contestar.

- Bien... un poco...

La frase cayó entre ambas como algo frágil y transparente. Nadie la creyó. Ni siquiera ella. Su madre traía un plato con algo de comida. Desde el día anterior, Jiyumi apenas había probado bocado, el hambre existía, pero estaba enterrada bajo algo más pesado. Se sentó al borde de la cama con el plato entre las manos. Miró la comida, dudó, el simple acto de llevar algo a la boca parecía una decisión trascendental. Su madre la observó unos segundos... y luego se sentó a su lado.

- Come solo lo que puedas - Dijo suavemente, apartando un mechón de cabello del rostro de Jiyumi - No hay prisa... Y no estás sola en esto.

Después la rodeó con los brazos.

Ese gesto fue suficiente, las lágrimas comenzaron a deslizarse por las mejillas de Jiyumi. No hubo sollozos, no hubo sonido, solo agua tibia recorriendo un rostro que intentaba mantenerse firme.

Cuando les había dicho que quería dejar los estudios, no era la primera vez que hablaba de ello. Las malas notas habían sido una consecuencia, no la causa y aun así, sus padres no la habían castigado. No la habían señalado... La escucharon, la entendieron y accedieron.

Esa comprensión era un alivio... y, al mismo tiempo, un peso insoportable, si ella seguía viva... no era por esperanza.

Era porque no quería que la culpa recayera sobre ellos.

Su familia era el único ancla que la mantenía en este mundo.

- Ya va a pasar mi niña... ya pasara - Susurró Hannah, su madre, aunque ambas sabían que esa frase no era una promesa, sino un deseo.

Algunas palabras más. Un par de anécdotas torpes. Un recuerdo gracioso de cuando era pequeña. Pequeñas risas comenzaron a asomar, tímidas, casi sorprendidas de existir en esa habitación.

Jiyumi estaba agradecida... Profundamente agradecida y ese agradecimiento era, también, doloroso. Su madre notó que su respiración se había estabilizado un poco y que sus hombros ya no estaban tan tensos

- Ah, por cierto... - Añadió con tono más ligero - Tu padre quiere organizar algo para mañana. Un viaje familiar. Podemos ir a un parque, a la playa, al cine... o a algún lugar turístico. Lo que tú quieras. ¿Te gustaría?

Hubo un silencio... Jiyumi pensó en negarse.

Pensó en decir que no quería salir. Que prefería quedarse allí, donde nadie la miraba... Donde sus ojos no eran un espectáculo. Pero también pensó en su hermana pequeña, Claire, esperando al otro lado de la puerta. En su padre Akito, fingiendo normalidad. En su madre esforzándose por sonar optimista. El esfuerzo de su familia.

"Si, claro."

La respuesta salió antes de que pudiera analizarla demasiado, no podía ser desagradecida con ellos.

Al otro lado de la puerta, los murmullos contenidos se transformaron en alivio. Su hermana soltó una pequeña exclamación de alegría. Su padre carraspeó, intentando disimular la emoción.

Jiyumi volvió a cerrar los ojos.... Por un instante, permitió que una mínima chispa de expectativa se encendiera en su interior.





Al día siguiente...

La casa despertó antes que el sol, no por obligación. Sino por una especie de entusiasmo silencioso que nadie quería nombrar demasiado, como si hacerlo pudiera romperlo. En la cocina, el sonido de los utensilios reemplazó al habitual silencio de los últimos días. El padre de Jiyumi intentaba voltear unos hotcakes con una concentración exagerada; la madre preparaba café mientras fingía no vigilar cada movimiento de su hija; la hermana menor iba y venía con demasiada energía para esa hora.

Jiyumi, aún con el cabello ligeramente despeinado, observaba la escena. Aquella normalidad... era frágil y por eso mismo, preciosa.

- Papá, ese está crudo - Dijo la hermana menor señalando un hotcake que parecía más pálido que los demás.

- Eso es estilo gourmet - Respondió él con solemnidad fingida - Alta cocina experimental.

- Alta cocina quemada - Corrigió la madre sin mirarlo siquiera.

Jiyumi dejó escapar una risa corta. No sonora, pero real, su padre la miró de reojo.

- Ah, ¿Te ríes? Dime hija, ¿Esto está crudo o es arte moderno?

Ella inclinó la cabeza, analizando el desastre culinario.

- Creo... que es una amenaza biológica.

La hermana menor soltó una carcajada tan fuerte que casi tira el vaso de jugo.

El padre llevó una mano al pecho en dramatismo.

- Traición en mi propia casa...

La madre negó con la cabeza, pero sonreía. Sirvieron finalmente el desayuno. Se sentaron sin orden perfecto, sin ceremonia. El padre con una mancha de harina en la mejilla. La hermana menor con la boca embarrada de mermelada. La madre acomodando platos incluso cuando ya no era necesario.

- Cuando vayamos a la playa... ¿Podemos hacer una foto así? Saltando todos al mismo tiempo - Dijo la hermana menor de pronto.

- Eso requiere coordinación - Comentó el padre - Y tú siempre saltas antes.

- ¿Que? No es cierto

- La última vez parecías despegar hacia otro país - Añadió la madre.

Jiyumi escuchaba y los miraba.

- Si quieren - Dijo ella con voz más suave y un tono mas bajo - ... podemos hacer una cada año, una foto... Aunque no sea en la playa, donde sea.

Hubo un pequeño silencio. No incómodo, emocionado.

- Hecho - Respondió su padre con firmeza - Tradición familiar.

- Y cuando compremos otra casa - Añadió la madre con delicadeza - Celebraremos con otra foto y cuando tu hermana entre a la secundaria y cuando...

- Y cuando tengamos un perrito - Interrumpió la pequeña.

- ¿Un perro? - Repitió el padre.

- Sí... Uno grande, esos esponjosos y Jiyu será la encargada, así el perro la saca a pasear a ella al parque.

La mesa volvió a llenarse de risas entre todos, Jiyumi sintió algo apretarle el pecho. No era tristeza. Era miedo de perder aquello. En medio del desayuno, Jiyumi sacó el teléfono.

Una foto fue tomada.

Sin aviso y sin preparación, el clic capturó un instante imperfecto: el padre con el tenedor en el aire, la madre a medio sorbo de café, la pequeña con una media sonrisa y riendo sin control. Jiyumi tenia los ojos aún húmedos de algo que no era llanto.

Nada profesional, nada perfecto... Pero auténtico. Terminaron de comer, recogieron entre todos, empacaron algunas cosas: toallas, botellas de agua, una manta, protector solar.

- ¿Llevas tu cargador? - Preguntó Hannah a Jiyumi.

- Sí.

- ¿Y tú? - Pregunto ahora a Akito.

- Claro que sí.

- ¿Seguro? - Susurró Jiyumi.

- Obvio que si - Dijo el padre revisando la mochila - ... Bueno en realidad no

Salieron de casa y el aire de la mañana era fresco, aunque el cielo no estaba despejado. Mientras subían al auto, la hermana menor tomó la mano de Jiyumi por un instante. Entrelazaron miradas y sonrió, Jiyumi le devolvió la sonrisa.

El motor encendió, el camino comenzó a deslizarse bajo las ruedas y dentro del auto, el ambiente era ligero. En los asientos delanteros, los padres conversaban en voz baja, creyendo que las chicas no escuchaban.

- La noté un poco mejor - Murmuró Hannah.

- Yo también - Respondió él con una sutil pero notable felicidad.

- Tengo miedo de presionarla demasiado.

- No lo estamos haciendo. Solo estamos aquí, eso es suficiente.

Hubo un breve silencio.

- Cuando encuentre algo que la apasione... todo cambiará - Añadió él.

La madre asintió, mirando por la ventana.

- Aunque siempre siento la culpa... Ya sabes - Finalizo Akito.

En el asiento trasero, Claire se inclinó hacia Jiyumi.

- Jiyumi...

- ¿Hm?

- Cuando sea famosa...

Jiyumi parpadeó.

- ¿Famosa?

- Sí. Por algo, no sé qué... Pero lo seré, entonces diré con orgullo: “Jiyumi Jewell, fue mi razón para seguir hasta aqui”.

- Una sutil risa salió de Jiyumi - Seria interesante si pasara.

- Sí pasará y haré que todos amen tus ojos, se darán cuenta que eres la mas hermosa del planeta y si alguien se llegar a burlar... yo lo morderé.

Jiyumi soltó una risa más clara esta vez.

- Eso sería un crimen.

- Entonces lo haré discretamente.

- Gracias... Claire.

Se quedaron en silencio un momento, mirando el paisaje pasar.

- Enserio que no entiendo, como esa gente hablan asi tus ojitos si son hermosos - Añadió la pequeña de pronto - Parecen galaxias.

Esa frase... se quedó suspendida en el aire, Jiyumi respondió con una pequeña y moderada sonrisa.

Jiyumi giró ligeramente el rostro hacia la ventana para que su hermana no notara cómo sus pupilas temblaban.

- Gracias.

El auto avanzaba por la carretera, el padre encendió la radio. Sonaba una canción alegre de años anteriores que ambos padres comenzaron a cantar con una afinación cuestionable.

- ¡Mamá canta peor que tú! - Gritó la hermana menor.

- Eso es mentira - Respondió la madre indignada.

- Es cierto, ¿Verdad Jiyumi?.

Ella miró hacia adelante, viendo el reflejo del retrovisor.

- Creo que... Papá canta peor.

Las protestas fingidas del padre llenaron el vehículo, transformándose rápidamente en carcajadas contagiosas. El sonido rebotaba contra las ventanas, creando una burbuja de complicidad que, por un momento, logró filtrar la pesadez de los pensamientos de Jiyumi. Su madre, incapaz de mantener la seriedad, comenzó a reír con un brillo en los ojos que iluminó el habitáculo, contagiando a todos en un círculo de alegría que se sentía como un abrazo compartido.

Aprovechando el buen humor, su padre sentenció entre risas que el castigo por tal osadía sería una parada obligatoria por helados al volver, una promesa que arrancó vítores de su hermana menor. Entre bromas sobre sabores y la elección del postre, empezaron a improvisar planes para el resto de la tarde: una película al anochecer, mantas en el sofá y el silencio cómodo de estar juntos.

- Y mañana podemos pasar por ese restaurante que te gusta - Dijo el padre mirando a Jiyumi por el espejo - El de las luces azules.

- ¿En serio?

- Claro, fin de semana extendido.

- Yo quiero el postre gigante - Intervino la hermana.

- Compartido - Aclaró la madre.

- Negociable - Respondió el padre.

El coche siguió su curso, el cielo parecía demasiado claro y el aire demasiado tranquilo.

Tic...

Tac...

Tic...

Tac...

Un sonido sutil, como si algo, en algún lugar, marcara el paso invisible de los segundos. Pero dentro del vehículo, nadie lo escuchó.

- Los quiero - Dijo de pronto Jiyumi, sin razón aparente.

- Y nosotros a ti - Respondió la madre después de un silencio de felicidad intercambiando miradas con el padre.

Jiyumi se sonrojo apenas un segundo.

- ¡Pero yo te quiero mas! - Respondió rápidamente Claire.

El automóvil avanzó unos metros más y aquel reloj siguió sonando.

Tic.

Toc.

A lo lejos, al borde de la carretera, entre la claridad casi excesiva de la mañana... había una figura. Un hombre vestido de luto, con traje negro impecable, sombrilla oscura abierta pese a que el cielo estaba despejado.

“...”

No se movía, no saludaba, no parecía esperar transporte alguno. Simplemente estaba allí. El auto avanzaba. Jiyumi, por alguna razón que no supo explicar, giró ligeramente el rostro hacia la ventanilla.

Y lo vio, solo un segundo.

Una silueta vertical, estática, demasiado definida para ser una ilusión del paisaje. El vidrio reflejaba el interior del vehículo, mezclando el rostro de Jiyumi con aquella figura distante. Sus ojos parpadearon. La persona sostenía algo en la mano libre, un reloj antiguo, uno de bolsillo. La cadena colgaba con elegancia, casi ceremonial. El sonido dentro del auto, las risas, la radio, la conversación trivial, comenzó a diluirse en la percepción de Jiyumi, como si el mundo hubiese bajado el volumen.

Tic...

Tac...

Tic...

Tac...

El hombre abrió ligeramente el reloj, lo observó, no había prisa en su gesto. Solo precisión y entonces...

Lo cerró.

Click.

El sonido del reloj se detuvo y en el mismo instante... A varios metros adelante, en el carril contrario, el conductor de un camión se había desmayado, probablemente un paro cardiaco.

El volante giró bruscamente cuando su cuerpo perdió fuerza. El camión comenzó a desviarse.

Dentro del automóvil familiar:

- Amor.... - Murmuró Hannah.

El padre vio el enorme vehículo invadir su carril. Sus ojos se abrieron y por instinto, pisó el freno con todas sus fuerzas. El pedal descendió hasta el fondo.

Sin embargo, las ruedas no se detuvieron. No hubo resistencia No hubo respuesta.

- ¡¿Qué—?!

- Akito... - Murmuro Hannah asustada.

Volvió a presionarlo... Nada...

- ¡JIYUMI, CLAIRE! - Exclamo la madre con un potente grito.

El tiempo se fracturó en fragmentos microscópicos. La madre giró el rostro hacia el frente, comprendiendo antes de que las palabras pudieran formarse. Jiyumi vio el camión aproximarse... Demasiado grande... Demasiado cerca. Su hermana se movió rápidamente hacia ella buscando abrazarla mientras veía lentamente la llegada del camión.

El impacto llegó junto a un estruendo que desgarró el aire.

Metal contra metal. Vidrio estallando en una lluvia de fragmentos brillantes. El automóvil fue embestido lateralmente, el sonido fue brutal, seco e irreversible. El cuerpo del coche se deformó como si fuera papel. Una rueda se levantó. Luego otra. El mundo comenzó a volcarse.

Un silencio extraño, distorsionado, como si el mundo hubiese quedado sumergido bajo el agua. El interior giró en un torbellino de gritos, cristales y objetos sueltos. El cielo y el asfalto intercambiaron posiciones una y otra vez. El cinturón de seguridad se tensó violentamente contra el pecho de Jiyumi, un segundo impacto, luego otro. El vehículo terminó boca abajo.

El combustible comenzó a derramarse desde el tanque roto y una chispa... pequeña pero suficiente. El fuego nació tímido bajo el chasis... y luego se expandió con voracidad. Las llamas envolvieron el metal retorcido. El humo ascendió en espirales densas. Dentro del auto, todo era confusión y sangre.

El cielo oscuro desde el principio, nubes densas se agruparon como si hubieran estado esperando una señal. El viento cambió y la primera gota cayó. Luego otra y otra más. La lluvia comenzó a descender sobre la carretera, sobre el metal en llamas, sobre los restos de una mañana que prometía ser feliz.

A la distancia, la silueta permanecía inmóvil, presenciando, sin intervenir, sin emoción visible. La lluvia golpeaba su sombrilla negra con suavidad metódica. Observó el incendio. Observó el humo. Observó el final. Observó...

A Jiyumi.

Luego giró sobre sus talones y caminó en dirección opuesta, su figura se desdibujó entre la cortina de lluvia... y desaparecer por completo.

Como si nunca hubiese estado allí, solo el fuego crepitaba y el cielo lloraba. Mientras que el fuego y la lluvia seguían sonando.