El Heredero: El Chico Milagro - una fantasía urbana para jovenes adultos.

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Sinopsis

Oliver es un chico de dieciséis años que ha pasado la mitad de su vida postrado a una silla de ruedas.👨🏽🦽 Un parasito demoniaco se alojó en su cerebro, causándole una enfermedad que debilitó sus músculos. En el colegio, sufre constantes ataques de bullyng debido a ese parasito que no tiene cura y que asusta a las demás personas. 😰 Una noche, una banda de demonios ataca la casa de Oliver. Para defender a su madre, Oliver el chico despierta un poder que no sabía que tenía y se convierte en la persona más poderosa del mundo, llegando a ser El Chico Milagro. Ahora, él no solo puede caminar, sino que tiene habilidades que lo convierten en un peligro para los demonios que atestan la ciudad. Con sus nuevos poderes, Oliver se une al grupo de periodismo del colegio para investigar un misterio que intriga a todo el país: jóvenes están usando una aplicación mágica que los hace desaparecer. 😱😱😱 ¿Qué está pasando? ¿De dónde salió esa aplicación mágica? ¿Quién está detrás de las desapariciones? ¿A dónde van los jóvenes? A Oliver le espera una aventura llena de misterios y romance adolescente. Y por supuesto... mucha acción. Si eres de los que le gustan los temas paranormales.👻👻👻 Si te gusta vivir los dramas del romance adolescente. 👩🏻❤️👨🏼 Si te dejas atrapar por un intrigante misterio, este libro es para ti. ¿Qué encontrarás en esta historia? 👺 👻 🧙♀️ Seres paranormales: demonios, brujas, espectros. 👺 👻 🧙♀️ ❤️❤️❤️ Romance adolescente. ❤️❤️❤️ 👊🏽🥋 Acción y artes marciales. 👊🏽🥋 ✨✨Magia. ✨✨ 💔💔💔 Amores no correspondidos. 💔💔💔 😨 Un misterio intrigante que involucra jóvenes desaparecidos. 😨 📱Una aplicación mágica que puede cumplir tus deseos. 📱 Inspiraciones para esta historia: Sabrina. Stranger Things. Cobra Kai. Jujutsu Kaisen. Chainsaw man. Buffy La Cazavampiros.

Genero:
Young Adult
Autor/a:
Luchin
Estado:
Extracto
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Prologo

Llegó a un punto en el que él podía verlo y escucharlo todo. Conocía el pasado, el presente y las posibilidades de lo que estaba por pasar. Confesó que recordaba nuestras vidas mejor que nosotros mismos. Incluso la de sus enemigos. Nos dijo que él era quien tenía que contar esta historia, porque era su deber y porque nadie podía contarla como él.


Prólogo

Dos de ellos iban a morir, pero ninguno lo sospechaba. No todavía. No hasta más tarde.

Los tres niños al-sinn alcanzaron la cima de una rocosa colina, desde donde la Tierra del Eterno Día se extendía hasta el horizonte y se divisaba un enorme punto rojo en el cielo.

Era una hermosa vista, sin duda. Nada parecido a lo que se podría encontrar aquí en la Tierra. Llegar hasta ese punto, requirió mucho esfuerzo y una caminata que se sintió eterna. Eso, sin mencionar que los tres lo hicieron sin permiso de sus padres.

Pero el espectáculo de la naturaleza valía la pena. Era una lástima que, para dos de esos tres niños, ese sería el último paisaje que verían en sus cortas vidas. Solo que ninguno de ellos, lo sabía todavía. Ni siquiera lo sospechaban.

—El sol no quema —dijo Zyfar, el más alto de los tres niños, mientras alzaba su brazo hacia el cielo.

—Por supuesto que no quema —replicó Daelis, la única niña del trío, haciendo techo con su mano sobre sus ojos—. Todavía estamos lejos de las Tierras del Eterno Día. Solo acércate más y verás cómo te achicharras.

—No gracias. —Zyfar tragó fuerte—. Así estoy bien.

Del lado oriente del paisaje se veía un extenso y seco desierto que llegaba hasta donde el cielo se encontraba con la tierra. Mientras, que, al otro lado, el oeste, se veía la Arboleda: una línea dorada de inmensos árboles de luz dorada que recorrían el horizonte de punta a punta. Y más allá, la perpetua oscuridad de las Tierras de la Noche Eterna.

—¿Y bien? —preguntó Borya, el más pequeño de los tres—. ¿Ahora qué?

Daelis señaló hacia un punto detrás de unas salientes rocosas.

—Si mal no recuerdo… la cueva debe estar por allá, hacia el sureste.

—¿Qué estamos esperando entonces? —Zyfar bajó corriendo la colina, conforme levantaba una nube de polvo y pequeñas rocas caían rodando a su paso apresurado.

—¡Hey, espéranos! —exclamó Borya, tratando de llevarle el paso.

Aunque todavía estaban lejos de las Tierras del Eterno Día, el terreno ya comenzaba a volverse árido, rocoso, gris, sin atisbo de vida vegetal. Un paisaje que contrastaba con las del Crepúsculo Perpetuo, de donde venían los tres niños. Una zona del planeta que no era lo bastante caliente, ni lo bastante fría. Una zona perfecta para la proliferación de vida.

Zyfar tenía las piernas más largas, así que fácilmente dejó a los otros dos detrás. Borya, en cambio, tenía que esforzarse, era el más pequeño, lo cual, significaba piernas más cortas.

Daelis miró atrás y se dio cuenta que Borya estaba quedándose rezagado. Así que desaceleró y se detuvo, para esperarlo.

—¿Me estabas esperando? —preguntó Borya, arqueando una ceja mientras alcanzaba a su amiga

—Sí, bueno, sería un problema si volvemos a la aldea sin ti. —Daelis le pegó un suave puño en el hombro—. Después quién se aguanta la reprimenda que me darían por perderte.

—Si tú lo dices…

—¡Vamos! —Daelis agarró la mano de Borya, lo jaló y lo obligó a correr junto a ella, sin soltarlo.

Borya sintió un agradable calor en su estómago al sentir el contacto con la piel de su mejor amiga. Apretó el agarre, para sentirla más de cerca mientras corría. Ella hizo lo mismo.

Días atrás, Borya comenzó a notar que Daelis era bonita. De hecho, muchos en la aldea decían que era la niña más bonita y que el que se casara con ella sería muy afortunado. Tenía una hermosa cabellera ocre que le llegaba hasta donde terminaba la espalda, que combinaba con su piel oliva. Una cara ondulada con gordos cachetes y unos ojos grandes y tiernos.

Sus cuernos aun eran pequeños, pero no importaba, porque de seguro crecerían con el paso de las estaciones.

Borya, por otra parte, era bastante… común. Un rostro común, una estatura común, piel gris común, cabello marrón común. No era guapo, pero tampoco feo.Y ciertamente, él sería uno de los afortunados si Daelis se fijara en él.

No era como Zyfar, cuya piel rosada y cabello plateado, sí que eran exóticos. Y vaya que los al-sinn amaban lo exótico.

Después de mucho correr, los tres niños se sentaron a descansar sobre una roca, desde donde se veía el paisaje rojizo del horizonte.

—¿Falta mucho? —preguntó Zyfar.

—Creo que no —respondió Daelis, mirando hacia un lado y luego al otro.

—Espero que no nos hayas hecho perder —protestó Zyfar—. Tú dijiste que recordabas del camino.

Su amiga no respondió.

Daelis buscaba algo con la mirada, como si tratara encontrar algo familiar entre el confuso paisaje rocoso. Un indicio, una pista sobre cómo continuar. Después de todo, en medio de ese árido campo, todo se veía igual. Para cualquiera sería difícil ubicarse.

Borya miró hacia la estrella roja en el cielo. Se preguntó cómo se sentiría vivir bajo la luz del sol. Sentir los calurosos rayos sobre tu piel, sin convertirte en cenizas.

—¿Ustedes de verdad creen que los humanos vengan del sol? —preguntó, con los ojos puestos sobre el punto rojo en el firmamento, hipnotizándolo.

—No, no vienen del sol —respondió Daelis, con convicción en su voz—. Pero sí vienen de un planeta donde a veces es de día y a veces es de noche.

—¿Qué? —Borya arqueó las cejas—. ¿Cómo es eso?

—Durante unas horas es de día —explicó Daelis, sin dejar de registrar los alrededores con la mirada—. Y durante otras horas es de noche. Al parecer, los humanos tienen actividad durante las horas del día y duermen durante la noche.

Borya y Zyfar se miraron las caras, no muy convencidos.

—Eso suena muy loco —bufó Borya—. Suena a como que te lo estás inventando.

—No, no me lo estoy inventando, es cierto —respondió Daelis—. Me lo dijo una anciana. Varios al-sinn han viajado al mundo humano y han documentado todo.

—Los al-sinn no sobrevivirían en ese mundo —debatió Borya—. Se quemarían apenas salga el sol.

—Obviamente los al-sinn que van a la tierra, solo salen en las horas de oscuridad.

—¿Y las demás horas con luz de sol?

Daelis se encogió de hombros.

—Pues están bajo tierra, o escondidos dentro de edificios, obviamente.

Borya ni siquiera podía imaginar lo que significaba vivir en un mundo en el que el sol saliera por horas y luego cayera la oscuridad. En el que a veces fuera de día y a veces de noche. El mundo donde él vivía tenía mucho más sentido. Una parte del planeta estaba en una noche perpetua y la otra mitad, en el eterno día. Y en el medio, la zona perfecta para vivir. Que era donde habitaban los al-sinn.

—¿Y cómo se supone que a veces es de día y a veces de noche? —cuestionó Zyfar, cruzándose de brazos.

—El planeta gira sobre sí mismo —respondió la niña, dando grandes pasos, como calculando una distancia.

—¿Qué? —Borya sacudió la cabeza—. ¿Un planeta que gira? ¡Eso es imposible! ¿Cómo es que los humanos no salen volando?

Daelis se encogió de hombros, conforme llegaba a un punto, al lado de una enorme roca negra.

—Eso no lo sé.

—Porque te lo estás inventando todo.

—Nada de eso. No me invento nada. —La niña miró un lado, luego al otro—. Creo que ya recuerdo el camino. ¡Vengan!

Borya y Zyfar la siguieron hasta una zona de altas paredes de roca, con decenas de grietas que se extendían verticalmente, como oscuros resquicios que te llevaban a la nada.

Daelis llegó hasta una cueva. En donde los pasos de los tres niños hacían eco. Y entonces, lo vieron. El cadáver estaba reposando contra la seca pared de roca del interior. Era prácticamente huesos. Ya nada de carne. Pero todavía llevaba puesta la armadura plateada.

—¡Aquí está! —celebró la niña, pegando pequeños saltos—. ¡Se los dije! ¡Se los dije!

—¡Wow! ¡Decías la verdad, Daelis! —Zyfar se acercó al cadáver, se agachó ante él y lo detalló, con la boca abierta—. Los huesos de un humano de verdad… pero… Se ven como los huesos de nosotros.

—Solo que no tienen cuernos. —Asintió Daelis, conforme se acercaba.

Como un acto reflejo, Borya se tocó sus pequeños cuernos, que salían de su frente.

—¡Es cierto! —Zyfar se tocó los suyos, que eran los más largos de los tres—. Qué raro… no tener cuernos. No puedo pensar en mi sin tenerlos…

—Yo tampoco —concordó Daelis, con los ojos clavados en el esqueleto humano.

—Pero si tú ni cuernos tienes —resopló Borya.

—¿Qué? —Daelis volteó a mirarlo, alzando una ceja y torciendo la boca—. Para tu información, estoy todavía creciendo, así que pronto tendré cuernos más grandes.

—Lo que tú digas.

Daelis se cruzó de brazos y puso los ojos en blanco.

—Yo me preocuparía si fuera tú. Tienes doce estaciones y todavía tienes los cuernos pequeños. No como Zyfar, míralo. —Lo señaló—. Tiene la misma edad que tú y ya tiene cuernos de verdad.

—Yo por lo menos tengo —replicó Borya—. No como tú.

—¡Bueno ya! —exclamó Zyfar—. Ninguno de los dos tiene cuernos como los míos, así que mejor dejen de pelear y contemplemos el cadáver del humano.

Y así lo hicieron los tres.

A Borya le pareció curioso que tanta gente les temieran a esos seres. Eran casi iguales a ellos. Los mismos brazos, las mismas piernas. Casi la misma estatura.

—¿Creen que este sea el Heredero? —preguntó Zyfar.

Daelis soltó un bufido.

—Por supuesto que no. El Heredero es el más poderoso de los humanos. No caería tan fácil. Este era un soldado cualquiera.

—¿Saben? —Zyfar se puso de pie—. Yo me convertiré en un poderoso guerrero de la Estrella de la Guerra. Iré a la Tierra y mataré al Heredero.

Daelis puso los ojos en blanco.

—Estás delirando. Asumiendo que pudieras matarlo, que no creo. No serviría de nada. Cuando matas a un Heredero, nace otro. Es un mal interminable.

Borya tragó fuerte. En su aldea sí que se hablaba del temido Heredero. Un guerrero humano sin igual. Capaz de matar cientos de al-sinn, él solo, sin ayuda. Era un ejército de un solo hombre. Y lo más aterrador de todo, es que era capaz de absorber las almas de los al-sinn.

Borya sintió un helado escalofrío que bajó por su espalda y sacudió su cabeza, tratando de espantar los pensamientos.

—Y entonces —dijo Zyfar, bajando la cabeza—. ¿Cómo se le pone fin al Heredero? ¿Cómo le ponemos fin a nuestra matanza?

—No se puede —respondió Daelis—. Esa es nuestra maldición. Nuestro castigo. Siempre seremos perseguidos. Por toda la eternidad.

Los tres niños se quedaron contemplando el cadáver. En silencio. Como sopesando lo que significa ser siempre un pueblo perseguido. Lo que significaba siempre tener miedo. Lo que significaba estar constantemente en alerta. Nunca vivir en paz.

¿Por qué? ¿Por qué las cosas tenían que ser así? ¿Qué habían hecho los al-sinn para merecer tal persecución?

—¿Saben cómo nos llaman? —preguntó Daelis, mirando fijamente al cadáver.

—¿Cómo? —Borya la miró fijamente.

Ella tragó fuerte y lo miró de vuelta.

—Demonios.

¿Demonios? Eso sonaba bastante feo. Borya no se percibía como un demonio. Para él, los humanos eran los verdaderos demonios. Monstruos crueles, sedientos de sangre.

Zyfar se acercó al esqueleto y lo pateó tan fuerte que hizo que el cráneo saliera volando.

—¡Los odio! —escupió a los huesos—. ¡Odio a todos los humanos!

Borya permaneció en silencio y por un segundo, se imaginó que ese cadáver se reanimaba. Se ponía de pie y atacaba de vuelta. Movido por el deseo de venganza, por la maldad humana. Por querer ver muertos a todos los al-sinn.

Sacudió su cabeza, espantando pensamientos una vez más.

Zyfar dio media vuelta para ver a los ojos a Borya y a Daelis, con una amplia sonrisa llena de emoción.

—Oigan, amigos. ¿Qué tal si nos convertimos en los guardianes de nuestra aldea?

—¿Qué? —Daelis hizo una mueca—. ¿Cómo tres niños al-sinn podrían ser guardianes de nada?

—Obviamente no ahora —explicó Zyfar, hablando rápido, tropezando las palabras—. Pero entrenaremos, nos volveremos fuerte y lucharemos. Daelis con su magia tejedora, yo con mi fuerza y Borya… bueno, Borya será Borya.

—Pero Daelis no puede tejer —refutó Borya.

—¡Sí, puedo! —protestó la niña—. He estado practicando mucho.

—A ver, de muéstralo. —Borya se cruzó de brazos.

Daelis dio un paso atrás y vaciló. Se mordió un labio y evitó los inquisidores ojos de su amigo. ¿De verdad podía tejer? ¿O solo estaba fanfarreando?

—¿Y bien? —insistió Borya.

La niña, vacilante, alzó su mano y pinchó el aire con la punta de su dedo índice y su pulgar y acto seguido, jaló fuerte. Un hilo de luz verde se materializó entre las yemas de sus dedos. Sin soltar el brillante hilo de energía, formó un patrón en el aire, como creando nudos.

Torció el hilo, una y otra vez, hasta que una runa, un símbolo, quedó plasmado en el aire, como si esa delgada cuerda fuera tinta de luz, con la que se escribe en el vacío.

De pronto, a su alrededor flotaron decenas de gotas de agua, las cuales se agruparon sobre la palma de la mano de Daelis, como si en ese punto hubiera un centro de gravedad que las atrajera. La pequeña masa de agua se hizo más grande, tan grande como la propia mano de la niña. Y entonces, lentamente, adoptó la forma de una flor, que se solidificó hasta convertirse en hielo.

—¡Wow! —Zyfar se acercó emocionado a ver la flor de hielo—. ¡Increíble! ¡Sí puedes tejer!

Daelis volteó a mirar a Borya con una mirada arrogante que parecía decir «¿ves? ¡Te lo dije!».

Borya carraspeó.

—Bueno… parece que sí puedes tejer. Ahora solo falta descubrir cómo usar flores de hielo en la batalla contra los humanos.

—¡Oh, vamos! —Sonrió Zyfar—. Esto es solo el principio. Ya verás que Daelis aprenderá patrones más poderosos que nos servirán en la lucha.

—Si tú lo dices…

—¿Qué les parece si hacemos una promesa aquí? —propuso Zyfar—. Los tres vamos a entrenar y nos vamos a volver muy, muy fuertes. Tan fuertes, que traeremos la paz a nuestro pueblo.

—Mmm… eso suena imposible —respondió Daelis, con voz triste—. No sé si podamos vencer al Heredero.

—¡Pero por lo menos podemos intentarlo! —refutó Zyfar—. ¿Qué dicen? ¿Están conmigo?

Zyfar extendió su puño, esperando que los otros dos lo hicieran.

Daelis vaciló por unos segundos, pero al ver la actitud optimista de su amigo, no pudo evitar sentirse contagiada. Así que ella extendió su puño y lo chocó con el de Zyfar.

—Faltas tú, Borya —la niña volteó a mirarlo.

Borya no estaba muy seguro. A él le aterraba pelear. Le daba miedo la sangre y se consideraba a sí mismo, un cobarde. Prefería esconderse mientras los verdaderos guerreros peleaban por él. Ser un guerrero en la sociedad al-sinn significaba una maldición. Una condena a morir en el campo de batalla y nunca renacer. Puede que los guerreros sean considerados mártires, héroes que se sacrifican por los demás. Pero también, era el peor destino para su gente.

Sin embargo, al ver los ojos apremiantes de Zyfar y Daelis, Borya se sintió obligado.

—Está bien —dijo, no muy convencido, conforme su puño chocaba con los de Daelis y Zyfar.

—¡Esperen! —exclamó Daelis rompiendo el agarre de los meñiques—. Esto tiene que hacerse bien.

—¿A qué te refieres? —preguntó Borya con un leve atisbo de frustración en su voz—. Solo hagamos la promesa y ya.

Daelis rasgó unos trozos de tela de la larga manga de su camisa. Acto seguido, alzó su mano y con la punta de su dedo índice y pulgar, jaló el aire, revelando unos hilos de luz verde, con los que formó un patrón flotante sobre su cabeza.

Los trozos de tela se vieron envueltos en un opaco resplandor verde y en un par de segundos, se transformaron en delgadas y cortas raíces.

Daelis tomó las raíces, las rompió con sus dedos, las desdobló, las enrolló y les dio forma de pulseras. Tres. Una para cada uno de ellos.

—Estas serán nuestras pulseras de la promesa —dijo Daelis, colocándole una de las pulseras a Borya—. Será como la leyenda de aquellos guerreros que hicieron una promesa bajo el árbol de Aedra.

La tradición de usar estas pulseras como símbolo de promesa provenía de una antigua historia de los al-sinn. Se contaba que, en los tiempos de la Calamidad, cuando los mundos estaban en guerra y el caos reinaba, tres líderes de diferentes sangres —uno Koinar, uno Foteinar y uno Thalasar— se reunieron bajo el árbol Aedra.

Desesperados por salvar a su gente, los tres líderes juraron unir sus fuerzas para detener la destrucción, a pesar de las rivalidades que dividían sus tribus. Para sellar su pacto, cada uno cortó una raíz del Aedra, la trenzaron en pulseras y las usaron como prueba de su juramento.

El Aedra, según la leyenda, «escuchó» su promesa y otorgó su bendición a las pulseras, diciendo que mientras las raíces permanecieran intactas, el vínculo entre ellos no podría romperse. Sin embargo, también advertía: «Si alguno rompe su promesa, la raíz lo hará primero». Desde entonces, estas pulseras representaban la lealtad, el sacrificio y la gravedad de los pactos que no deben quebrantarse.

Y así, los tres niños sellaron su promesa con las pulseras. Más llena de la ingenuidad que de lo que era verdaderamente posible. Pero eran muy jóvenes. No sabía que lo que estaban prometiendo.

De igual manera, dos de ellos nunca cumplirían nada, porque más tarde, ese día, morirán.

Minutos después, salieron de la cueva, de vuelta a la aldea.

—¡Eso estuvo genial! —exclamó Zyfar conforme salían al exterior, sin dejar de mirar su pulsera hecha de raíces—. Es una suerte que Daelis acompañó a los jefes de la aldea a recuperar los cuerpos de nuestros hermanos al-sinn, después de la última batalla con los humanos.

Borya sintió que se helaba su sangre. Ese ataque de los humanos ocurrió casi treinta días atrás. ¿Y qué tal si los humanos seguían cerca? ¿Qué tal si el Heredero estaba con ellos?

Sin duda, Sería el fin de todos en la aldea.

Bueno, no sería el fin de todos, solo quedaría vivo uno. Y dos de esos tres niños, iban a morir.

Cuando los tres llegaron a la cima de una colina, vieron una enorme columna de polvo que se alzaba a lo lejos.

Borya enfocó la mirada al horizonte y casi se queda sin aire, al ver que se trataba de caballos, que alzaban polvo a su cabalgar. Muchos de ellos. Y no eran salvajes. Cada uno tenía sobre su lomo un jinete con armadura.

La cabeza le dio vueltas.

Él sabía muy bien qué significa eso.

—¡Humanos! —chilló Dalia, con los ojos bien abiertos, llenos de miedo.

Y eso no era lo peor. Uno de los humanos, cargaba un estandarte, una bandera con un símbolo del que él había escuchado antes: Dos haches «HH», pegadas una a la otra.

Ese símbolo era… el del Heredero.

—¡Rápido! —Zyfar corrió rumbo a la aldea—. Tal vez podamos llegar antes que ellos y avisarle a la aldea.

Daelis asintió y los tres niños se echaron a correr.

Corrieron bastante rápido. Quizás por la adrenalina, por el miedo, por lo que significaba no llegar a tiempo.

Decenas morirían. Eso era seguro.

Borya, por más que lo intentó no logró mantener el ritmo. Rápidamente, Zyfar y Daelis lo dejaron atrás.

—¡Chicos! —jadeó, tratando de no desacelerar, tratando de mantener una velocidad constante—. ¡Chicos! ¡No me dejen atrás!

Pero sus piernas eran demasiado cortas. Y eventualmente… se quedó atrás.

Esta vez, no hubo Dalia que lo esperara.

Para cuando él llegó a la aldea. Ya era demasiado tarde. Una columna de humo se alzaba hacia el cielo. Cada casa, sin excepción, estaba ardiendo. Y todas estaban hechas de madera y paja, así que ardían con facilidad y rapidez.

Los gritos de dolor y súplica llenaban el aire, así como el denso humo negro.

Un olor penetrante de carne quemándose golpeó su nariz y lo hizo sentirse mareado. Borya corrió entre las llamas en búsqueda de su madre. Y casi cae al tropezarse con algo que él pensó era una roca. Solo que no lo era. Era la cabeza decapitada de uno de los aldeanos. Reconoció el rostro arrugado del dolor.

Era Molake. El que animaba las fiestas de aldea con sus canciones y su dulce voz.

A Borya se le revolvió el estómago, pero se obligó a no vomitar. Sacudió su cabeza y volvió a correr, tratando de encontrar el camino a casa en medio del caos. De las llamas y el denso humo.

Y entonces, unos brazos lo agarraron con fuerza desde atrás. Lo primero que pensó el niño es que se trataba de algún humano, que buscaba raptarlo. Así que Borya forcejeó, pataleó y mordió.

Solo que no era ningún humano. Era su padre.

—¡Bory! —gritó el hombre—. ¡Soy yo!

Borya dejó de forcejear y abrazó fuertemente a su padre.

—Bory… necesito que seas valiente… —dijo, poniendo sus manos sobre los hombros del niño

—¿Papá?

—¡Necesito que te alejes y te escondas! —le gritó su padre—. No salgas hasta que sea seguro. Yo iré a buscar a tu madre.

—Pero… ¿Y mamá?

—¡Hazme caso, Bory! ¡Ya!

El niño asintió, vacilante.

Y se entregó a la huida. Hacia el bosque. Ni siquiera le dio tiempo de pensar en Daelis, ni en Zyfar. Solo cuando estuvo escondido entre unos matorrales, se acordó de ellos.

¿Estarían bien?

Era difícil saberlo con certeza.

Borya abrió los ojos de par en par cuando un soldado humano cortó la cabeza de uno de los aldeanos. Alguien que él conocía bastante bien: la madre de Daelis.

Su corazón se encogió al ver tal macabra escena.¿Y la niña? ¿Su mejor amiga? No había rastro de ella.

Soldados humanos continuaron la masacre. Espadas iban y venían. Cabezas rodaban y sangre se derramaba.

Borya ya había perdido la cuenta de cuántos habían sido decapitados. ¡Zas! Otro tajo y otra cabeza que rodaba, dejando un rastro de sangre. Ríos desbordados de aguas carmesí cercenaban la que alguna vez fue una tranquila aldea. Carmesí como el eterno ocaso del sol en el horizonte.

¡Zas, zas, zas! Cabezas caían sin parar.

Y entonces, lo vio. Aquel al que llamaban El Heredero. Lo reconoció porque su armadura era más brillante y más detallada que la de los demás humanos. Tenía ornamentos dorados y un símbolo de dos haches continuas en su pecho.

El Heredero blandió su espada y más aldeanos cayeron ante la filosa hoja. A algunos Borya los conoció desde que era pequeño. Lo cuidaron, lo protegieron, le dieron de comer cuando estaba hambriento. Le dijeron palabras de ánimo en los días más difíciles.Ya no los volvería a ver. Ya no los volvería a escuchar.

Llegaron más soldados humanos, aliados del Heredero. ¿De dónde salían tantos?

Sus caballos tronaron contra el suelo. Los jinetes aportaron sus filosas hojas, sus puntiagudas lanzas y sus flechas. Sus antorchas fueron lanzadas sobre más casas de madera, barro y paja. El olor a sangre se mezclaba con el olor a madera quemada.

No solo les bastaba con masacrar, también tenían que reducirlo todo a cenizas y humo. Borya vio como El Heredero absorbía las ánimas de los al-sinn caídos que flotaban en el aire. Ese era un destino peor que la muerte. Cuando su gente moría, cuando sus corazones dejaban de latir, sus ánimas reencarnaban en otro cuerpo.

En cierta forma, ellos nunca fallecían. No del todo. No realmente.

Sin embargo, cuando el Heredero absorbía las ánimas y las encarcelaba en su cuerpo, ya no había esperanza para la reencarnación.

Un grupo de aldeanos no se iba a quedar de brazos cruzados, mientras los humanos reducían a cenizas su aldea, su hogar. Cuatro siluetas se alzaban sobre el techo de una de las casas, recortadas contra las llamas. Cargaban con arcos y flechas.

Cargaron, apuntaron hacia la nuca de aquel humano que llamaban Heredero, quien se encontraba de espaldas al cuarteto de arqueros. El corazón de Borya dio un salto de emoción, al pensar que por fin acabarían con él. Cuatro flechas ensartadas en su nuca. Ningún humano podría sobrevivir a eso. ¿No?

Pero es que el Heredero no era un humano común y corriente. Y cuando las flechas salieron disparadas, seguidas de un silbido del aire siendo cortado, el Heredero dio media vuelta, todo en menos de un segundo. Extendió su mano abierta y de su palma salió disparado un aro de luz gaseosa y dorada que se extendió en frente de él y que tocó las cuatro flechas, las cuales quedaron suspendidas en el aire, como si hubiera una fuerza invisible que las mantuviera detenidas, flotando sobre el suelo. Estáticas. Como si el tiempo se hubiera detenido.

Los cuatro proyectiles quedaron engullidos en un leve resplandor dorado. Acto seguido, el Heredero hizo un ademan con la mano, como un gesto de indiferencia. Y las cuatro flechas giraron, apuntando a sus respectivos arqueros, como respondiendo a sus órdenes silenciosas.

Luego, salieron despedidas a toda velocidad y cada una de ellas, encontró el cuello de quienes las habían disparado.

La sangre brotó y las cuatro figuras cayeron del techo, perdiéndose entre el mar de llamas.

Cuatro almas flotaron el aire, cuatro bolas de gas blanquecino que salieron disparadas al interior del pecho del Heredero.

Otro aldeano salió de entre la capa de humo, blandiendo un hacha contra la espalda del Heredero. El metal se partió en docenas de pedazos, como si el cuerpo del Heredero fuera de algo más potente que el acero. ¿Cómo era eso posible? Se supone que los humanos estaban hechos de carne y hueso.

El aldeano se quedó viendo atónito al palo de madera que ya no tenía la metálica cuchilla del hacha.

El Heredero dio media vuelta, miró el aldeano a los ojos, agarró su cuello con una sola mano y con indiferente facilidad… ¡crack! Un movimiento de muñeca y el aldeano cayó inerte, con la cabeza doblada antinaturalmente.

Más aldeanos brotaron del denso humo. Eran muchos. ¿Una docena de ellos más o menos? Todos armados con cuchillos, hachas, guadañas, martillos y cualquier otra arma que un campesino poseyera.

Tenían rodeado al Heredero, en un aro que se cerraba a su alrededor. Borya quiso creer que el Heredero ya no tendría escapatoria. Que ese sí sería su final. Que no había forma de que sobreviviera al ataque de tantos.

Pero… después de lo que había visto, el pequeño niño se lamentó de que quizás llegaría la inminente muerte de cada uno de esos aldeanos.

Y antes de que alguno de ellos tuviera alguna oportunidad, antes de que alguna de esas armas pudiera tan siquiera rozar la piel del Heredero, aquel humano se vio envuelto en un brillo dorado. Su cabello se erizó y sus mechones danzaron y brillaron como si fueran fuego.

Sus ojos emitieron un resplandor de la misma aura que lo rodeaba. Agarró su espada con ambas manos, adoptó una postura de combate y… ¡Fush! Un parpadeo, un destello y apareció detrás de uno de los aldeanos.

Un movimiento y la hoja cortó la cabeza al aldeano. ¡Fush! Otro destello y el Heredero apareció al otro lado del campo de batalla. Detrás de otro aldeano. Otro desafortunado y otra cabeza que rodó por el suelo.

¡Fush! Otro destello y en otro parpadeo, otro cuerpo cayó, sin cabeza. ¡Fush, fush, fush! Cabezas cayeron sin parar y las gotas de sangre salpicaban el pecho y el rostro del vergudo. El Heredero no era un humano, era un dios. Era una centella que se movía de un lado a otro en un abrir y cerrar de ojos.

Todas las almas se refugiaron en el pecho del Heredero.

El pequeño Borya se mordió el labio hasta que sintió el sabor metálico de la sangre. No podía gritar, no podía llorar.Cualquier sonido podría alertar a los agudos sentidos del Heredero. Y entonces, ya no habría esperanza.

¡Zas, zas, zas! El mundo se movía a otra velocidad. Lento, lento, lento… Las cabezas volaron, las gotas de sangre salpicaron el suelo y las casas ardieron.

¿Y dónde estaba su padre ahora? Ni idea. ¿Dónde estaba su madre? Ni idea. ¿Dónde estaba Daelis? Ni idea. ¿Dónde estaba Zyfar? Ni idea.

¿Y por qué aquellos humanos los odiaban tanto? Ni idea.

Y la pregunta que más le dolía hacerse: ¿dónde estaban las Diez Estrellas? ¿Dónde estaba Dannalthazar, la Estrella de la Guerra? ¿Dónde estaba la Estrella del Amanecer? ¿Dónde estaban Baal y Mefisto? ¿Dónde estaban los diez monarcas que prometieron protegerlos?

Entre el fuego y el denso humo, Borya los vio. A Daelis y a Zyfar. Ambos agarrados de la mano, corriendo tan rápido como podían. Con el miedo plasmado en sus miradas, buscando cómo escapar entre la confusión, las llamas y el humo negro.

Borya amagó para levantarse y llamarlos, para que se escondieran también. Sin embargo…

¡Zas! No importaba que tan rápido se movieran sus dos amigos, El Heredero era el ser más veloz que jamás se hubiera conocido.

¡Daelis! ¡Zyfar! Borya gritó por dentro. ¡Nooooooo!

Vio sus cabezas volar, con los ojos bien abiertos, como si en su último segundo de vida se hubieran dado cuenta que iban a morir. El niño emitió un grito ahogado y se estremeció. Las ánimas de sus dos amigos flotaron en el aire antes de ser absorbidas dentro del pecho del Heredero.

Él quiso llorar, pero se contuvo con todas sus fuerzas. Se tapó la boca y apretó sus manos. Asegurándose que no se le escapara ningún grito, ningún llanto. No podía dejarse encontrar. Así que sus lágrimas brotaron en un silencioso sollozo.

¡Zas, zas, zas! El pequeño Borya se tapó los oídos. Ya no quería seguir escuchando el sonido de la espada al cortar las cabezas, ni los gritos desesperados de los aldeanos que lo vieron crecer.

Sabía que lo iban a encontrar tarde o temprano y él terminaría sin cabeza como los demás. Así que aprovechó el caos de la masacre y emprendió la huida. Corrió hasta donde sus piernas le permitieron.

Se detuvo a tomar aire, y cuando dio un paso hacia adelante, tropezó con una piedra. Resbaló por una pendiente rocosa y aterrizó en un suelo frío y húmedo.

Era una cueva subterránea. El perfecto escondite.

¿Cuánto tiempo estuvo escondido en aquella cueva? Era difícil saberlo. Él solo tenía claro que los humanos se habían ido. Y que solo quedó el absoluto silencio y un constante olor a carne quemada.

Borya salió de su escondite. Casi que arrastrando los pies. Regresó a su aldea, ya destruida, y caminó entre los escombros chamuscados. Entre los cadáveres.

No lloró. No gritó. Solo observó todo con una tranquilidad antinatural. Como si estuviera disociado de la realidad.

Hasta que se detuvo al frente de dos cuerpos que conocía bastante bien.

Uno al lado del otro.

Su madre y su padre. Ambos con los cuellos incompletos. Sin cabeza.

Y allí, fue cuando Borya parpadeó y pareció entender lo que estaba viendo. Lo que había pasado. Un peso insoportable oprimió su pecho y cayó de rodillas.

Se llevó las manos al cabello y se jaló tan fuerte que casi se arranca largos mechones.

Y gritó, gritó muy fuerte. Y lloró, aún más fuerte.

Sin dejar de derramar lágrimas, se puso de pie y buscó las cabezas, para colocarlas encima de sus cuellos, donde se supone que deberían estar. Por supuesto que no podían unirlas otra vez al torso. Pero así enterraría sus cuerpos. Con sus propias manos, cavó y cavó, hasta que los hoyos en el suelo estuvieran lo suficientemente anchos y profundos. Arrastró los cuerpos dentro y luego los sepultó.

Se arrodilló ante las tumbas improvisadas y recitó la oración tradicional para los muertos que son absorbidos por el Heredero:

Ta Den Astellaz chon ēl Sabidiria, lho era ta naos éfirin —recitó en su lengua madre—. Tah zyrion aryn ton’ivra. Kaïz al’aedra, shira alon anyaz, kyrora va’zetha ton aras. Tha lho alyna tharei che ton naor in’tahrē (Oh, Diez Estrellas y Sabiduría eterna, reciban el espíritu de nuestro hermano, que su viaje sea ligero, su memoria eterna, y que la llama de su alma brille con ustedes, ahora y por siempre).

Cuando los cuerpos de sus padres por fin estuvieron sepultados, Borya prosiguió a buscar cada cabeza, de cada aldeano decapitado. Con mucho esfuerzo, juntó las partes de sus cuerpos y sepultó a cada uno. Oración incluida.

Incluso a sus dos amigos: Daelis y Zyfar.

Era su responsabilidad como el único sobreviviente de la aldea.

Fue en ese momento, cuando los cuerpos de sus seres queridos estuvieron bajo tierra, que Borya miró la pulsera de raíces enrollada en su muñeca. Todavía podía cumplir su promesa. Sus dos mejores amigos ya no estaban. Pero él podía seguir luchando.

Las Diez Estrellas le habían fallado. ¿Protectores de los al-sinn? ¡Sí, claro! Más bien eran unos farsantes. Unos embaucadores. Si los diez monarcas les habían fallado a todos, entonces Borya se convertiría en el undécimo de ellos. Sería un guardián de verdad.

Así que se juró así mismo que él traería la paz a su gente. Que cumpliría la promesa que Daelis, Zyfar y él hicieron en aquella cueva. Lo haría por la memoria de sus amigos. Por la memoria de todos los caídos. Y encontraría la manera de ponerle fin al Heredero.