𝕮atarsis

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Sinopsis

Dahlia, una mujer que trabaja en un burdel en la oscura ciudad de Noctyrrha. Cansada de sobrevivir entre mentiras y silencios, comienza a preguntarse si existe algo más para ella. Buscar su libertad no será fácil, y el precio podría ser más alto de lo que imagina. " 𝑆𝑒𝑟 𝑙𝑎 𝑓𝑎𝑣𝑜𝑟𝑖𝑡𝑎 𝑛𝑜 𝑒𝑟𝑎 𝑢𝑛 𝑝𝑟𝑖𝑣𝑖𝑙𝑒𝑔𝑖𝑜. 𝐸𝑟𝑎 𝑢𝑛𝑎 𝑐𝑜𝑛𝑑𝑒𝑛𝑎. " #⃝𒁍 Todos los derechos reservados. #⃝𒁍 Prohibida su copia o distribución.

Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capitulo 1.

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Nunca supe cómo llegué aquí.

Ni siquiera sé quién soy realmente.

Vivo como si estuviera suspendida en un sueño espeso, uno del que no se despierta, o tal vez en una pesadilla que aprendí a llamar rutina. Siempre estuve dentro de estas paredes. No recuerdo un afuera. Solo esta jaula dorada, cubierta de brillo y lujo, diseñada para parecer un premio.

Era hermosa.

Nunca fue suficiente.

Las cosas relucían, exigían admiración, pero no llenaban. No de la forma que yo necesitaba. No de la forma que ellos creían correcta. Aquí nada basta. Nada sacia.

Noctyrrha es una cárcel que se disfraza de ciudad. Las mismas caras que envejecen sin irse, las mismas doctrinas repetidas hasta volverse mandato, las mismas reglas escritas en piedra y miedo. No duerme. Reza incluso cuando nadie escucha. La religión es su muralla más alta; en un lugar lleno de pecadores, la luz no existe para salvar, sino para ocultar la hipocresía.

Yo tampoco era una excepción.

Nunca lo fui.

Debería sentir culpa. Asco. Horror por todo lo que he visto y hecho. Pero no siento nada de eso. No crecí con esa enseñanza. Padres y sacerdotes siempre hablan de dos caminos: el bien o el mal. Como si fueran opuestos. Como si importara elegir. Para mí siempre fueron lo mismo.

Ser bueno no te lleva a ningún sitio.

Solo te hace llegar más tarde.

Aprendí que los actos “correctos” garantizan un camino lento, agotador, lleno de piedras que otros nunca pisan. Yo lo aprendí así. De la peor manera.

Nací de una mujer que me vendió al mejor postor. Desde ese día, este lugar se cerró sobre mí como una boca. Morrivienne fue mi hogar desde que tengo uso de razón. Éramos muchas con la misma historia, cortada con distintas tijeras. Lo único que cambiaba era el precio. Y la necesidad.

No éramos amigas.

Mucho menos una familia.

Cada una cuidaba su espalda. Cada una jugaba sus cartas con precisión. Aquí, sobrevivir nunca fue un acto colectivo. Aun así, nos conocíamos demasiado bien. Sabíamos quién mentía, quién caía, quién estaba a punto de romperse.

Todas buscábamos lo mismo: aprobación y alimento.

Éramos las mujeres más distinguidas de toda la ciudad. Todos querían algo de nosotras: atención, ternura, un juego, un cuerpo. Nadie podía tocarnos sin pagar. Nadie podía acercarse sin ser visto. Todo pasaba por un solo lugar. Por una sola mirada.

Vassago no necesitaba estar presente. Bastaba con saber que sabía.

Decían que tenía un don. Que reconocía el valor antes de que otros lo vieran. Que sabía dónde encontrar los diamantes… y también sus perlas.

Cada una ocupaba un rango. Bajo, medio, alto. Subir requería algo especial, o al menos la astucia suficiente para fingirlo. Las listas cambiaban según los deseos, las modas, las urgencias. Lo que el pueblo llamaba aberración, aquí era moneda.

Aquí, la miseria tenía jerarquía.

Y el horror, utilidad.

¿Y yo? ¿Qué era lo que tanto necesitaba?

Creí tenerlo todo. Todo lo que pedía. Todo lo que me daban.

Ahora sé que eso nunca fue verdad.

Ser la favorita no era un privilegio.

Era una condena.

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El susurrador.

Padre, ¿por qué siento que me has abandonado?

No era la primera vez que estaba arrodillada aquí, con el dolor en mis rodillas, pidiendo respuestas a alguien quien no tenía un cuerpo y tampoco sabía si me escuchaba, muchas veces pensé que rezaba mal, que tal vez mis rodillas y mi cuerpo no estaba lo suficientemente inclinado o simplemente era una pecadora que ya no merecía su perdón.

A pesar de aquello, este lugar me hacía sentir segura. Es un lugar enorme lleno de adornos y ofrendas, todos esperaban una respuesta al igual que yo, me hacía sentir ilusa al pensar que me contestaría a mi antes que a los demás y me ayudaría. Pero no he hecho algo para merecerlo tampoco.

Padre, ¿amas a todos tus hijos por igual?

Cómo podía preguntarle aquello, ni siquiera tengo conocimiento de cómo un padre puede querer y cuidar a sus hijos, sentir que te cuidan hasta de un pequeño rasguño y desde antes de la herida. Tampoco creo que mereciera una persona así.

Si estás ahí, aparece.. Me estoy rindiendo.

-Hija, me alegra tener tu presencia nuevamente aquí. -

La voz del sacerdote me sacó de mis pensamientos, era un tono dulce. Mi mirada rápidamente se dirigió hacia arriba, analizando aquél robusto cuerpo y ese molestoso detalle de la saliva acumulándose en las orillas de sus labios al hablar. No era un hombre de mi agrado, ni lo más mínimo.

Volví mi mirada a mis rodillas sobre aquella madera y después de un suspiro me levanté para quedar frente a frente con él, su mirada recorrió mi cuerpo en unos breves de segundo, fue una mirada repulsiva y aun así, me dedicó una sonrisa, mostrando aquellas encías infectadas y sus dientes podridos.

Incliné mi cabeza levemente como saludo, y con su mano, me indicó que lo siguiera. No tengo más camino que avanzar junto a él entre figuras de oro, concreto y pinturas melancólicas, me cortaba un poco el aire esta situación.

-Me comentaron que últimamente estás dudando de tu fe… Recuerda que el castigo divino es mucho más trágico que una vida sin Dios. -

Mi mirada rápidamente subió a los ojos de ese viejo hombre, ¿Cómo es que sabía aquello?, hice un pequeño sonido con mi garganta para tratar de volver a la normalidad mientras que le dedicaba una sonrisa sin muchas ganas.

-No sé quién ha estado esparciendo aquellos tipos de rumores y menos... con tan honorable hombre. - Su mirada hacía mí cambió rotundamente y sabía lo que significaba. Pero ojalá no fuera así.

Continuamos el recorrido, con el único sonido de sus zapatos y los míos chocando contra el suelo, mis manos se entrelazaron en mi espalda mientras que con mis dedos rasguñaba mi piel, mi estadía en este lugar no estaba siendo próspera como esperaba, deseaba estar sola.

Aquel hombre abrió la puerta de su oficina y me dio la indicación para que entrase primero. Tragué en seco y apreté mis propias manos antes de caminar dentro y sin voltearme hasta escuchar el sonido de la puerta cerrarse.

-Tu fe debe permanecer... - Mis ojos se mantenían directamente en mi reflejo en la ventana frente a mi, viendo también el cuerpo de aquel hombre acercándose a mí. Mi cuerpo estaba tenso, sentía mi corazón golpeando mi pecho mientras deseaba que aquello terminara rápido. Cuando su mano tocó mi brazo, y sus dedos ásperos paseaban sobre mi piel, sentí náuseas. Mi respiración comenzó a cortarse, como si de un momento a otro, el oxígeno se comenzará a acabar y comenzará a ahogarme en mi propio mar de lamentos. -En mi, mi niña. -

Cuando finalmente sabía que sus labios iban a tocarme y su respiración parecía chocar en mi con un sonido nasal repulsivo, solo pensar que esa asquerosa saliva iba a estar en mi me generaba horror. Mi cuerpo comenzó a sudar y mi estómago apretarse, sólo vaciando mi mente para que todo aquello terminara, repitiendo una y otra vez mis rezos.

Recuerda que el castigo divino es mucho más trágico que una vida sin Dios, Recuerda que el castigo divino es mucho más trágico que una vida sin Dios..

El sonido metálico llenó la habitación y toda acción fue detenida en seco, sus manos se apartaron de mí tan rápido que sus anillos hicieron pequeñas heridas superficiales en mi piel y su olor pareció cambiar, aquél olor a miedo se impregnó en estas cuatro viejas paredes.

-Hamish, me parece que tu fe te nublo el juicio. -

La voz de Faustus siempre me había desagradado, ese tono altanero que te hace sentir que siempre serás la basura de la suela de sus zapatos pero en esta ocasión había sido una respuesta a mis plegarías o simplemente la consecuencia de mis pecados.

Cuando me giré vi su figura uniéndose al sacerdote únicamente por un arma, el ambiente era tenso y me hacía sentir que no podía dar un respiro.

Su mirada se dirigió a mí y simplemente caminé para quedar detrás de él mientras sentía como podía analizar la situación y a mi, con esa sonrisa arrogante dibujada en su rostro que me hacía estremecerse y sabía lo que podría venir de aquello. No le gustaba mancharse las manos, decía que la sangre de los pobladores era demasiado asquerosa y tenía un olor desagradable, en cambio, le gustaba jugar. Aquellos juegos donde siempre él era el ganador y obtenía su premio.

Con un movimiento despreocupado luego de varios minutos en silencio, guardó el arma dentro de su chaleco mientras se mofaba de la situación, el sacerdote parecía no comprender que pasaba y comenzó a reírse de manera tonta junto a él.

Faustus volteó su cuerpo hacia mi y con una mano en mi espalda comenzamos a caminar hacía la gran puerta de madera.

-T..Todo estará bien ¿No? -

La voz del sacerdote desprende nerviosismo y sus arrugadas manos juegan con el rosario que cuelga de su cuello, con aquella sonrisa ennegrecida y su sudor cubriendo su rostro, solo ganó una risa de parte de Faustus.

Mi mirada subió hasta él cuando ya su gran cuerpo me cubría la vista de dentro de la habitación, abracé sutilmente el brazo de Faustus mientras poco a poco esa puerta iba cerrándose.

-Vassago estará encantado de recibir su mensaje. -

Odiaría estar en su posición en este momento.

Faustus agarró mi brazo mientras me clavaba su vista con desaprobación y tiró de mí por los pasillos de la iglesia, provocando que me tropezara con mis propios zapatos y mi brazo doliera por su agarre pero estaba agradecida.

-¿Qué sucederá con el sacerdote? ¿Y la iglesia? - Tenía curiosidad, no me preocupaba que pasará con el viejo hombre pero si con el único lugar donde podía huir una hora todos los días.

-No es el único hombre que puede rezar y pedirle a una figura de porcelana que le cure sus pecados. - Faustus odiaba la religión y la iglesia, siempre que veía una pequeña oportunidad para dejar saber su desagrado lo hacía y a veces de las peores formas, cuando me vigila jamás entra, simplemente permanece de pie horas mirándome desde fuera y aun así parecía escuchar todo lo que pedía en mis rezos, era alimento para su desprecio y burlas.

-Amén. - Dijo finalmente cuando estuvimos frente a una figura que intimidaba por mucho que fuera careciente de vida, mientras que su risa llenó de oscuridad el lugar.

Cuando mi cuerpo por fin estuvo fuera de ese lugar, comencé a respirar y mis rodillas tocaron el suelo cuando su mano me soltó, mi estómago comenzó a contraerse mientras que inconscientemente, mi postura se dobló y terminé de expulsar todo por mi garganta.

Ardía. Pero fue aliviador.

Me incorpore luego de unos segundos y levanté mi mirada a la silueta oscura de Faustus, de su boca salía humo del porro que sostenía entre su pulgar y su índice, mirándome con desdén.

-Que asco, Dahlia. - Se burló y poco a poco me levanté resignada, esquivando con mi ropa la suciedad que permanecía en el suelo, limpiando mi boca con una de mis mangas, aspirando al mismo tiempo el humo que llegaba de mi costado. -Deberás darte una ducha, a Vassago no le gusta… La porquería. -

Es imposible establecer una conversación con él, con sus amenazas que las enmascaraba con burlas y ese aire de superioridad hacia que toda su presencia fuese desagradable.

-Le gusto a mi señor, es lo que importa.. - Mi postura estaba rígida a su lado pero su risa arrogante me hacía sentir insegura de mi propia respuesta, lo miré mientras mis ojos se entrecierran mirando cada acción que hacía con su rostro.

-No lo suficiente. - Aquello resonó en mi cabeza mientras palidecía, ¿por qué me decía aquello? ¿sabía algo que yo no?, si Vassago no mantenía ni un gusto sobre mí, si no era de su agrado, ¿Qué será de mi?

Él es todo para mi.

Lo miraba en silencio mientras todo el sonido a mi alrededor se volvía cada vez más lejano, como si todo fuera con más lentitud; aquella sonrisa en su rostro, su boca desprendiendo humo como si fuese una bestia horrible, las miradas curiosas de las pueblerinas hacía el hombre a mi lado que no demostraban más que deseo. Parecía una tortura.

Mi cuerpo comenzó a sentirse pesado, una sensación que subió de mis pies hasta mi cabeza y como si mucha neblina tapase mi vista poco a poco y luego, sentirme liviana, como si fuese una simple pluma cayendo, sentía como si terminara de caer sobre una blanca superficie y el silencio abrazándome, dándome una conformidad luego de todo.

Será mi culpa si ya no me elige.

“ Dahlia… Dahlia. “

Que melodiosa voz.


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