En la sombra y la luz

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Sinopsis

No recuerdo mi pasado. Pero mi cuerpo sí. Recuerdo el miedo. El silencio. La sensación de que alguien todavía me observa. Y a él. Kaleb no debería importarme. Pero hay algo en su mirada que mi memoria olvidó... y mi alma no. Algunas historias no empiezan con amor. Empiezan con una grieta

Genero:
Mystery/Romance
Autor/a:
Maria
Estado:
Completado
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capitulo 1- El ruido y el silencio

Eran las cuatro de la madrugada cuando me desperté con el golpeteo de la lluvia en la ventana.

No fue un sobresalto.

Fue esa certeza incómoda de que algo estaba mal… incluso sin saber qué.

El vidrio vibraba con el viento y, por un instante, imaginé que el agua iba a entrar y llevarse todo. La habitación. La cama. A mí.

Me incorporé despacio, descalza, sintiendo el frío del suelo trepar por los huesos. Cerré la ventana, corrí la cortina y comprobé el seguro dos veces.

Siempre dos veces.

Por si acaso.

Porque hay cosas que no avisan.

Solo se sienten antes.

Y esta no era la primera vez.

Volví a la cama, pero el sueño ya no estaba.

Solo la lluvia.

Y mi respiración demasiado consciente.

Cada crujido de la madera sonaba como un aviso en un idioma que no recordaba haber aprendido.

Cerré los ojos.

Nada.

Un vacío espeso, pegado al pecho.

Como si mi cuerpo supiera algo que mi mente se negaba a nombrar.

Como si hubiera olvidado algo importante… y mi cuerpo se negara a dejarme en paz por eso.

Cuando desperté otra vez, la luz era blanca. Invasiva.

11:03.

Sentía las extremidades pesadas, como si la noche hubiera dejado algo dentro de mí.

—Levántate —susurré.

—No quiero.

—Levántate igual.

Obedecí.

Me vestí con lo primero que encontré. Ropa neutra. Segura. Cosas que no exigieran demasiado.

Bajé las escaleras despacio.

Mamá estaba en la cocina con su taza de café, como siempre.

—Buenos días, cariño.

—Buen día.

Una respuesta automática. Hueca.

Me observó un segundo más de lo necesario. No dijo nada.

A veces el silencio pesa más que cualquier pregunta.

—Voy a salir un rato.

Asintió, pero en sus ojos había algo.

Algo parecido al miedo.

Salí antes de tener que mirarlo demasiado tiempo.

El aire olía a tierra mojada. El mundo parecía más limpio después de la lluvia, pero en mí todo seguía igual.

Caminé sin rumbo hasta el parque.

El asfalto brillaba. Las hojas todavía goteaban. La ciudad seguía respirando sin pedirme permiso.

Me senté en un banco bajo un árbol enorme y cerré los ojos.

El sol en la piel.

El viento en el cabello.

El murmullo lejano de la vida.

Por un instante… nada dolía.

Y eso fue lo que me asustó.

Porque la calma se sentía prestada.

Como si alguien fuera a venir a reclamarla.

Las lágrimas llegaron solas. Silenciosas. Precisas.

Como si ya conocieran el camino.

—¿Estás bien?

Abrí los ojos.

Un chico estaba frente a mí.

Cabello oscuro. Mirada profunda.

No curiosa. No incómoda.

Directa.

Como si no fuera la primera vez que me veía así.

Como si supiera exactamente cuánto iba a tardar en romperme.

—Sí… estoy bien —mentí.

Se sentó a mi lado, dejando espacio entre los dos.

No invadía.

No incomodaba.

Era una presencia tranquila.

Y eso no tenía sentido.

Había algo en él que no encajaba.

No era tristeza.

Era esa clase de calma que tienen las cosas que ya sobrevivieron a lo peor.

—No tienes que fingir —dijo en voz baja—. Puedes llorar si quieres.

Algo se movió dentro de mí.

Algo que no debería estar despierto.

—Es que… todo es demasiado.

Asintió.

—Lo sé. A veces siento lo mismo. Como si el mundo pesara más de lo que debería.

Lo miré.

—¿Tú también?

—Sí. Pero aprendí que no tengo que cargarlo solo.

El silencio que siguió fue distinto.

No vacío. No incómodo.

Cálido.

Y eso me dio miedo.

Porque no sentí que estuviera conociendo a un extraño.

Sentí algo peor.

Sentí que lo estaba recordando.

—¿Cómo te llamas?

—Kaleb. ¿Y tú?

—Aria.

Repitió mi nombre en voz baja, como si lo reconociera.

—Aria…

Algo pequeño se encendió en mi pecho.

Una chispa mínima. Persistente.

Fuera de lugar.

Como si alguna parte de mí hubiera bajado la guardia antes de pedir permiso.

Alguien lo llamó a lo lejos.

Se levantó.

—Nos vemos, Aria.

Sonrió apenas.

No como una despedida.

Más como algo que ya había pasado antes.

Lo observé alejarse con una sensación extraña en el pecho.

No era felicidad.

Era otra cosa.

Más antigua.

Más honda.

Como si algo dentro de mí se hubiera movido de lugar.

Como si una puerta que no recordaba haber cerrado… acabara de abrirse.

Y no supe por qué, pero una idea absurda me atravesó:

Con él, el ruido se callaba.

Cuando volví a casa, mamá mencionó el cumpleaños de Lucas.

Sentí el nudo al instante.

Las reuniones familiares eran pruebas disfrazadas de cariño.

Preguntas suaves. Miradas largas. Sonrisas que duraban demasiado.

Subí a mi habitación y abrí el clóset.

Caos.

Perchas torcidas. Ropa arrugada. Colores mezclados.

Como si mi cabeza se hubiera materializado en tela.

Elegí un vestido gris. Simple. Seguro.

Frente al espejo, me observé.

Ojeras marcadas. Piel pálida. Ojos que no terminaban de pertenecerme.

Por un segundo tuve la sensación absurda de que, si me quedaba quieta demasiado tiempo… algo iba a mirarme desde adentro.

Y no estaba segura de que fuera yo.

Me maquillé en silencio.

Y sin querer, pensé en él.

En cómo dijo mi nombre.

En cómo no apartó la mirada cuando lloraba.

Un calor leve me recorrió el pecho.

Sacudí la cabeza.

Seguro ya se olvidó de ti.

El viaje en auto fue silencioso.

Podía escuchar nuestras respiraciones mezclándose en el aire.

—Hoy saliste —dijo mamá finalmente.

—Sí.

—¿Fuiste sola?

—Sí.

Una pausa.

—El psicólogo dice que es importante que socialices más.

No respondí.

—No sos un problema —añadió más suave—. Sos mi hija. Y tengo miedo.

Eso me rompió algo adentro.

Miré mis manos.

—Hoy conocí a alguien —dije, intentando sonar casual.

Su expresión cambió apenas. Curiosidad. Alivio.

—¿Te hizo bien?

Pensé en el banco. En la lluvia. En su voz baja.

—Sí.

Y por primera vez en mucho tiempo… no estaba mintiendo del todo.

La casa de Lucas estaba llena de ruido.

Risas altas. Música. Voces superpuestas.

Sonreí. Saludé. Fingí normalidad.

Pero el aire empezó a volverse pesado.

Como si alguien apretara mi pecho desde adentro.

Salí al patio trasero y me dejé caer en la hamaca.

Cerré los ojos.

Oscuridad suave.

Silencio.

—No sabía que te escondías en las fiestas.

Abrí los ojos.

Kaleb estaba ahí.

Apoyado contra la baranda, como si siempre hubiera estado en ese lugar.

Como si el día hubiera decidido repetirse.

O corregirse.

—No me escondo… solo me siento mejor acá.

Se sentó a mi lado.

El aire volvió a moverse.

—Yo también me escondo a veces —murmuró—. Pero me gusta que alguien me encuentre.

Algo en esa frase se clavó más hondo de lo que debería.

—¿Siempre te sientes así? —preguntó.

—¿Así cómo?

—Como si el mundo te aplastara un poco… y nadie lo notara.

Tragué saliva.

—Sí.

La palabra salió más frágil de lo que esperaba.

Nos quedamos en silencio.

Pero no era vacío.

Era un silencio que se sostenía solo.

Extendió la mano.

La miré un segundo antes de tomarla.

Sus dedos estaban tibios. Firmes.

El contacto era mínimo.

Pero suficiente.

Porque en ese instante lo entendí sin saber cómo explicarlo:

No estaba más tranquila.

Estaba más expuesta.

Y aun así… no quería soltarlo.

—No pasa nada si te sientes así —susurró—. No siempre tienes que cargarlo sola.

Caminamos después sin hablar demasiado.

La noche estaba en calma.

Demasiado en calma.

Y sin darme cuenta, empecé a acompasar mis pasos con los suyos.

Como si ya supiera cómo hacerlo.

Cuando llegamos frente a mi casa, se detuvo.

El mundo pareció encogerse un poco.

Apartó un mechón de mi cabello detrás de la oreja.

Un gesto mínimo.

Pero me atravesó como electricidad.

—Buenas noches, Aria.

—Buenas noches, Kaleb.

Lo vi alejarse desde la ventana.

Y por primera vez en mucho tiempo…

los monstruos en mi cabeza no desaparecieron.

Solo se quedaron en silencio.

Como si también estuvieran esperando algo.

Como si también lo conocieran.