Capítulo 1
Salgo a las cuatro de la tarde del consultorio de psicología. Me mezclo con la multitud, un transeúnte más devorado por la urbe. Aun así, sé que no soy como ellos; soy un individuo distinto dentro de la especie humana. ¿Existe diferencia entre persona, individuo y ser humano? Sí, la hay. La persona es la máscara; el individuo es la unidad; el ser humano es solo la biología. Yo pretendo ser un hombre mejor. Es la promesa que mantengo, aunque sea un náufrago emocional al que le cuesta reconocer sus propios sentimientos. Los demás sí pueden… Exacto: ellos, los que caminan a mi alrededor como si el mundo les perteneciera. Cada cabeza es un planeta con un núcleo girando sobre sus propios problemas, ramificándose en reflexiones profundas sobre el ser mientras ignoran el abismo que tienen al lado.
—¡Disculpe, tengo prisa! —escupe un imbécil que tropieza conmigo.
Sostengo la mirada en el canalla mientras se aleja. Respiro hondo, como me enseñó el psicólogo. Uno… dos… tres… Deseo quemarlo, ver sus entrañas arder hasta que solo queden cenizas. ¿Acaso no todos tenemos prisa por algo? Pero claro, cada quien en su maldito mundo, ciego a las necesidades ajenas.
—¿Está usted bien? —pregunta una anciana.
—Sí, lo estoy —respondo sin mirarla, acelerando el paso.
No agradezco el gesto. Me sangra la mano. Al cerrar el puño destinado a desencajar la mandíbula del tipo apurado, me he clavado las uñas en la palma. Es mi inconsciente cuando toma el mando… No soy yo. Ese lado primitivo y agresivo no puede ser Locke; debo amar al prójimo. ¿No es eso lo que predican los curas en sus iglesias? Llego a la estación de tren y me hundo en la fila de la taquilla. Necesito regresar a casa y tomar mis pastillas. Necesito los químicos. ¿Es normal depender de frascos cuando aceptamos que somos insuficientes para superar nuestros propios conflictos? Tomar antidepresivos se ha vuelto el nuevo estándar; todos consumimos una parte del regalo divino de la ciencia… o de los vicios. El ser humano parece disfrutar su propia autodestrucción, convirtiendo la mutilación del espíritu en placer. Quizá sea porque nacimos del sufrimiento de nuestras madres. Por eso no me resulta extraño pasar los días bajo una sombra de tristeza. Un trago, un porro, una pastilla… a veces parecen mejores que un consuelo real. Mi psicólogo dice que las drogas matan, que el alcohol agrava mi conducta. Aun así, el colectivo es adicto a algo desde que respira. Peor es ser adicto al ser humano.
—¡Locke! —saluda mi compañero de trabajo desde la entrada de la estación.
—¡Santiago! —respondo con mi mejor sonrisa de escaparate.
Me abraza. Sabe que odio los abrazos. Muerdo mi lengua para no insultarlo, luchando por ocultar la animadversión que me corroe. Debo mejorar por ella; lo prometí.
—¿Cómo sigues con las sesiones? —pregunta. Me mira con una lástima que me da náuseas.
¿Y si le rompo la mandíbula aquí mismo? Sería tan sencillo...
—Mejor —contesto seco.
—¿Te escribió Rosantina?
—¿Debería hacerlo? —Alzo una ceja.
No te importa, estúpido.
—Pronto lo hará, ya sabes cómo son las mujeres. —Santiago encoge los hombros—. Mi mujer me echó otra vez del apartamento…
Empieza su circunloquio habitual. Lo ignoro. Tras diez minutos llega al mismo punto de siempre: las mujeres son orgullosas y tarde o temprano buscan a su macho. Me sorprende que no esté divorciado. Huelo el hedor de su aliento; sus dientes cariados convierten su boca en una gasolinera. Bastaría un fósforo para verlo en el suelo, gritando y retorciéndose. Fuego… Me encantaría quemar gente. Tenemos la costumbre de atormentar a los demás con nuestra miseria para sentirnos escuchados, aunque el otro no comparta el sufrimiento. Santiago menciona a Rosantina. Nos separamos por mis «condiciones», pero aún hablamos. Escucho su hermosa voz hasta el amanecer y eso me recuerda que sigo siendo Locke. Ella es el núcleo de mi planeta. Santiago, en cambio, es un insensible que finge comprenderme.
—Locke, hombre… —Chasquea los dedos frente a mi cara.
No soporto la hipocresía.
—¡LOCKE, DETENTE! —grita de pronto, asfixiado.
Mis manos están cerradas sobre su cuello. Debo mejorar, debo ser mejor por ella… pero me duele su ausencia. Ella fue egoísta al irse cuando más la necesitaba. Una jauría de animales racionales, alarmada por proteger a su especie, se abalanza sobre mi espalda para detenerme. El rostro de Santiago adquiere una tonalidad violácea. Sus ojos miran al cielo rogando misericordia. La boca se abre como la de un pez fuera del agua: glup, glup, glup… Se acabó el agua, amiguito. Me divierto y suelto una carcajada satisfecha que me brota del pecho; es la euforia que surge al herir a otro animal. Lo suelto. Las marcas de mis dedos en su cuello parecen quemaduras de plancha.
Un agente de policía se acerca. Santiago, con una lealtad que no entiendo, explica la situación y mi condición mental. Me conocen; frecuento esta estación a diario.
—Disculpa, Santiago —digo, ayudándolo a levantarse.
Me invade una alegría genuina por el gesto; somos amigos, ¿no? Solemos perdonar a quienes nos hacen llorar. Rosantina me perdonó millones de veces. He aprendido que nuestros seres queridos no saben amar sin antes odiar. Recuerdo la delicadeza de su cuerpo, esas curvas de embudo y sus ojos claros... Me hace vibrar. Anhelo devorar la ambrosía de su sexo para alimentar mi pecado perverso.
El ambiente está tenso. El policía no me quita el ojo de encima mientras pido mi boleto. Ignoro las miradas de asco de las empleadas. Mi fisonomía no es agraciada, pero Rosantina decía que me parecía a los actores de cine independiente. Ellas carecen de cultura. Rosantina, en cambio, es inteligente, hermosa, superior. Soy un hombre amigable; lo de Santiago fue solo un «acto indebido» por falta de químicos. Debo llevar las pastillas siempre conmigo.
Caminamos en silencio hacia el andén. Santiago no abre la boca y nos sentamos en el banco de madera agrietada. Contemplo el aspecto gótico de la estación. Gárgolas de piedra vigilan el arco de entrada bajo una niebla que empieza a devorar el bosque al otro lado de la vía. Los arces agitan sus ramas en una serenata de hojas secas. El lugar exhala un aire mágico y perturbador. Días atrás, la niebla se fundía con el vapor de los trenes hasta alcanzar el gran reloj central. El tiempo es relativo; nuestra impaciencia, una desgracia objetiva.
—Santiago, disculpa, de nuevo.
—No te preocupes —responde.
Huelo el miedo que emana de sus poros.
—No debo herir a mis seres queridos —repito, citando el mantra de mi terapia.
El teléfono vibra. Lo saco: pantalla verdosa, luz mortecina. Leo el nombre: Rose. ¿Quién es Rose? En mis contactos no existe ninguna “R” más allá de Rosantina. Intento colgar, pero se resiste. Presiono el botón rojo con furia, pero la llamada persiste.
—¿Es Rosantina? —pregunta Santiago.
—No.
Pasan los minutos. El teléfono sigue sonando, un pitido rítmico que me taladra el cráneo.
—Es aterrador —susurra Santiago—. Ninguna llamada dura tanto para poder atenderse.
—Un error de telecomunicaciones, seguro.
La curiosidad me vence. Presiono el botón verde y el altavoz se activa solo.
—Buenas noches.
—Locke… —la voz de la desconocida me despierta una inquietud eléctrica. Un escalofrío me recorre la columna.
—Elimine mi contacto o voy a denunciar.
¿Por qué temo a su voz?
—¿No me recuerdas, Locke? —pregunta con una ternura que suena a amenaza. El sudor frío recorre mi sien.
—Soy casado, disculpe.
Intento colgar, pero no puedo.
—Locke, querido… —susurra Rose—. Te extraño tanto.
Lanzo un grito y arrojo el teléfono a las vías. Un segundo después, nuestro tren entra en la estación y lo aplasta. El aparato queda reducido a chatarra. Tal vez así no vuelva a oírla. No me importa quién sea Rose. El tren llega con un silbido metálico y desgarrador. Un hombre de uniforme oscuro sopla un silbato que suena a lamento.
—Locke, tengo un mal presentimiento —dice Santiago, pálido—. No volveré al pueblo hoy. Pediré perdón a mi mujer y me quedaré en el apartamento.
—Regresa, Santiago. Mañana hay que trabajar. No digas nada de esto.
—Llama cuando llegues a casa, por favor.
—No estoy en problemas, hombre. Ve por esa sopa que revive el alma.
—Está bien. Buenas noches, Locke.
Empieza el tedioso proceso de desembarque. Camino unos pasos para despejarme. A la mierda esa tal Rose.
—Locke, te espero cuando seas un mejor hombre.
Es la voz de Rosantina. Me giro, pero no hay nadie. Miro el reloj del andén. Debe estar roto: los números están invertidos y las agujas giran en sentidos opuestos, como si el tiempo estuviera vomitando.
—¡Eh, señor! —llamo a un pasajero elegante—. ¿Puede decirme si el reloj funciona?
—Son las ocho y treinta. Está perfecto —responde, mirando su reloj de muñeca.
Observo su reloj y compruebo sus palabras. Vuelvo a mirar el reloj del andén, la aguja marca las seis, luego las siete, luego las ocho en un parpadeo. ¿Soy el único que ve este defecto en la realidad? Compro un café y espero el aviso de abordaje. Catorce minutos después, subo al tren. Busco el número del compartimiento que voy a compartir y me siento junto a la ventana, contemplando la monotonía de la noche. Entonces la veo. Una mujer con vestido blanco camina por el andén vacío. Lleva una maleta negra y sus tacones cuelgan de sus dedos. El cabello le cae por la espalda. Un sombrero de alas anchas cubre su rostro. Parpadeo. Sigue ahí. No es una ilusión. Pasa frente al revisor y él ni siquiera se inmuta, como si ella fuera aire. Me levanto de un salto, pero desaparece de mi vista.
—¿Señor, está bien? —pregunta un joven pasajero que apenas toma asiento frente a mí. Viene con su pareja.
—Creí ver un fantasma —respondo.
—Tiene una carta en la pierna —señala la novia del muchacho.
El sobre desprende un perfume floral que me revuelve el estómago.
—Una mujer de blanco la dejó —explica el joven.
Abro la carta con manos temblorosas y leo:
Nos vemos en el último vagón. Atentamente: Rose.
Un volcán estalla en mi pecho. Salgo disparado por el pasillo, empujando cuerpos e ignorando las quejas. Uno… dos… tres… cuatro vagones. Llego al último vagón. Está vacío. Reviso bajo los asientos, tras las cortinas y de pronto:
—¡Señor, no nos delate! —grita un vagabundo escondido entre bultos.
Cierro la puerta. El tren se pone en marcha con un tirón violento.
—Locke… —dice la voz de Rose.
Busco su presencia como un animal enjaulado.
—Locke, te extraño.
La voz muta. Ahora es Rosantina. El eco golpea las paredes metálicas del vagón.
—¡BASTA! —grito.
El aire se vuelve espeso, imposible de tragar. Una bruma negra invade mi visión, apagando las luces. Antes de perder el sentido, veo unos pies frente a mí. Se acercan con una calma aterradora. Debe ser Rose. No puedo resistir más.