The Beast Among Us

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Sinopsis

Tras un fatídico acontecimiento, la vida de Hunter Talbot cambia por completo. Intentando renunciar a todos los males de su vida, él junto a su madre intentarán buscar empezar de nuevo en un pueblo remoto, entre los montes Apuseni de Rumania. Sin embargo, "Fiara Rea" tiene otros planes para él.

Genero:
Thriller/Horror
Autor/a:
wrlwlfgxbs
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

C.1: Tierra de Nadie

“Para cazar a un depredador, no puedes seguir comportándote como una presa. Debes volverte un igual… en todo sentido”.

— 12 de mayo, 2002 —

Un diluvio azotó las calles de Brașov, Rumanía; como si la ira del cielo se propagara por todos sus habitantes.

Sus casas de piedra, normalmente cúbicas y sin relieves, crujían y temblaban con cada rayo fulminante que impactaba en el cielo. Los techos teñidos de un rojo barroso no eran la excepción.

Pues el agua cruzaba las vertientes e impactaba contra el suelo como la corriente de un río sin frenos.

En una casa en particular, como si la lluvia fuera otro testigo del futuro, esta se sacudía y crujía con cada rayo que impactaba en el suelo. La casa no era ostentosa ni demasiado sofisticada.

Pero se sentía un aire acogedor… por lo menos. El espacio estaba dividido por una cerca de madera, lo suficientemente astillada y agujereada como para saber que no se le había hecho mantenimiento en mucho tiempo.

La casa era de un tono cremoso, de dos pisos, con dos ventanas a los laterales de la puerta principal. Como si el hogar necesitara escanear a los posibles visitantes antes de darles paso a la morada. El techo, en forma de “cono invertido”, permitía que la lluvia cayera como una cortinilla de agua, como una especie de cascada.

Dentro de la vivienda, todo parecía común: un comedor, una sala, un sótano. Unas escaleras que conducían a las habitaciones de los residentes de aquel hogar.

—Ugh… carajo. ¡Otra vez no! —exclamaba alguien desde la oscuridad de la sala, teniendo solo un viejo televisor de antena frente a él, mismo que iluminaba su rostro con cada acción.

Al tocar un botón, algo atacó a su personaje, provocando que una pantalla de “Game Over” indicara el final de su travesía.

—¡UGH!—

Era un niño de no más de 12 o 13 años, de baja estatura. Su piel era pálida como la nieve, mucho más blanca de lo que probablemente fuera sano, incluso dejándose ver sus venas sin ningún tipo de esfuerzo.

Su atuendo era perfecto para la ocasión: un pijama negro con pequeños logotipos de murciélago amarillo, una camiseta negra suelta, posiblemente dos tallas por encima de su talla original.

Su expresión era de cansancio, pero no de haber pasado dos horas pegado a una pantalla intentando pasar un nivel. No. Su cansancio era crónico, como si la fatiga en sus ojos hubiera estado ahí desde el momento de su nacimiento.

Como si la melancolía irradiara en esos ojos.

El chico intentó levantarse, pues su estómago rugía. Sin embargo, al dar el primer paso, su mundo casi se vino abajo.

—U-umm… la pastilla…

Como si su cuerpo le hubiera dado una orden, caminó a través de la sala de estar hasta llegar a la cocina.

No había nada fuera de lo normal: una estufa corriente, un refrigerador que hacía más ruido que un bebé llorando por la leche de su madre.

Las luces estaban apagadas por la ausencia de alguien. Después de todo, la tormenta ya de por sí volvía todo más oscuro.

El chico suspiró. Caminó hacia la puerta del refrigerador, rígido y pesado, casi arrastrando sus talones, hasta finalmente abrirla.

—Aquí estás… —cabeceó un poco, mientras la luz interna del refrigerador iluminaba el café de su pelo, el cual caía en su frente como una cortinilla ondulante y desordenada.

Tomó un frasco verde: “Iron Complex”. Una por la mañana y una por la noche. Sin embargo, había olvidado tomársela en la mañana. Un poco estúpido, sabiendo que tenía insuficiencia de hierro crónica.

—Glup… asco —tragó su píldora sin agua, como le había enseñado su padre hace un par de años atrás.

Finalmente volvió a poner el frasco en su sitio y cerró la puerta del refrigerador.

Sus ojos miraron hacia arriba por reflejo, divisando una foto familiar pegada en la puerta superior del refrigerador.

“6 años de Hunter”.

En la foto se podía apreciar a él mismo usando un atuendo de murciélago. Batman, obviamente uno de sus superhéroes favoritos desde que tenía memoria. El traje era una talla más grande, descuido de su padre.

Se podía divisar un gran pastel con el emblema del hombre murciélago, así como a un hombre alto y fuerte levantándolo sin esfuerzo. El hombre tenía un gigantesco parecido a él.

Era su padre, Lawrence.

—H… hmm…

Al otro lado de la foto se podía apreciar a su madre, Janet. Ella le había heredado sus ojos cansados y sus pecas que se extendían hasta sus hombros.

Como estrellas en una noche de invierno.

Su mirada melancólica también se hacía notar. Pero por alguna razón, en esa foto se veía más feliz que nunca.

Sin embargo, el rabillo del ojo lo traicionó, logrando percibir algo más que un simple recuerdo familiar.

“Afganistán 2001”.

—…

Un uniforme militar.

Una sonrisa torcida.

Una mirada de incertidumbre.

El punto y aparte en la vida de los Talbot.

¡ZAZ!

Un relámpago rugió con fuerza, golpeando un árbol cercano con furia desmedida. El coloso de madera tambaleó un par de veces hasta finalmente caer sobre un cúmulo de cables de electricidad, dejando a toda la cuadra sin una pizca de energía.

—Agh… lo que faltaba.

Intentando guiarse entre la oscuridad por pura memoria, como quien ha pasado miles de veces por un lugar y podría cruzarlo con los ojos cerrados, llegó hasta la escalera que conducía al segundo piso.

No sabía si era por la oscuridad o la tormenta, pero era como si la escalera se extendiera cada vez más y más. Como si no quisiera que el pecoso avanzara hasta la siguiente planta.

¡CRASH!

Desde el segundo piso se escuchó cómo cosas caían al suelo, rompiéndose.

¿Jarrones? ¿Cristales?

Lo que fuese…

¿Un ladrón?

No.

Alguien estaba en la casa aparte de Hunter.

Su padre.

—¿Otra vez uno de sus ataques?… ya voy, pa’…

Hunter ya sabía lo que debía hacer. Después de todo, su padre había quedado con horribles secuelas de estrés postraumático tras volver de Afganistán. A veces tenía ataques psicóticos: ahorcaba a su madre, llamaba “enemigo” a su propio hijo.

Esa tierra de nadie se había llevado a su padre, y en su lugar había dejado a un desconocido en su hogar.

Sus pasos pesaban como si el mundo le cayera encima. Aún se mantenía débil por no haber ingerido su medicamento a la hora estimada, así que debía avanzar con un ritmo lento si no quería hiperventilarse y caerse.

Con el avance, los relámpagos iluminaban pequeños segundos del lugar. Las sombras se alargaban. Los cuadros familiares se deformaban.

La casa de los Talbot comenzaba a transformarse en una inquietante jaula con adornos y cuadros.

Finalmente, al llegar al segundo piso, pudo notarlo.

Los usuales floreros que su madre colocaba en los laterales del pasillo estaban estrellados contra el suelo.

La tierra desparramada por la inmensidad del pasillo, mientras las raíces luchaban por encontrar comodidad en esa tierra hueca.

—¡Papá! —exclamó Hunter, esperando respuesta de su padre.

Pero no había nada.

El pasillo parecía un túnel sin fin. Un socavón que no solo le traía desconfianza, sino terror.

Sin embargo, aún debía ver si su padre estaba bien.

El rugir del cielo lo invitaba a cruzar ese matorral de tierra que ahora estaba entre sus dedos de los pies.

Y así fue.

Avanzó unos pasos intentando ver algo entre la penumbra.

Pero no había nada.

Absolutamente nada.

Solo oscuridad.

Solo terror.

—¡Ugh!—

Hunter chocó con un mueble, haciendo que este tambaleara hasta detenerse del todo. Al parecer se había topado de frente con una gaveta abierta.

Raro.

Pues ahí guardaba su padre su arma.

—Papá… ¿estás bien?—

Hunter suspiró. El nerviosismo le estaba comenzando a pasar factura. Su respiración se cortaba y apretaba como si tuviera una aguja apuntándole al pulmón. Si seguía así, se iba a desmayar.

Finalmente notó un ruido extraño propagarse por el pasillo, proveniente de una puerta entreabierta: la habitación al final del pasillo.

La habitación de sus padres.

Hunter abrió la puerta, escuchándose un chirrido nauseabundo que se propagó por toda la habitación.

—¿Papá…?—

Nada.

—Papá, ¿estás bien?—

Nada otra vez.

Sin embargo, había algo entre la oscuridad. Algo que jadeaba con cansancio e ira.

Como si estuviera confesándole a la lluvia sus plegarias.

—El perro que se arrepiente después de matar no lo hace mejor que el que no lo hace… la culpa no me purificará.

Entre la oscuridad, el padre recitaba una oración una y otra vez. Como una estampida, como un relicario del que debía sostenerse para no desvanecer.

—¡La culpa no me purificará! ¡La culpa no me purificará! ¡La culpa!—

—¡¡Papá!! ¡¡Basta!!—

Hunter entró a la habitación, palpando lo que fuera entre esa oscuridad terrenal para encontrar a su padre.

Un relámpago azotó nuevamente el cielo, iluminando por una fracción de segundo la habitación.

Lawrence estaba sentado en una silla, con la espalda erguida y una expresión impasible.

Su boca estaba abierta de par en par.

Mientras introducía un objeto en su boca con cautela.

Hasta finalmente chocar la mirilla con su paladar.

Un silencio de propagó como el fuego con la pólvora.

Boom.

El disparo dejó sordo por unos instantes al muchacho.

Y, como si de la ley de Murphy se tratase, la electricidad regresó.

Hunter abrió los ojos de par en par.

El arma de su padre permanecía en el suelo, bañada en sangre.

Como si ese objeto metálico esperara a que el chico se atreviera a levantar la vista.

Para ver lo que había ocurrido.

Hunter no quería levantar la cabeza.

No podía.

Era como si se hubiera quedado congelado en el tiempo.

Sentía cómo algo caliente escurría por su rostro y parte de su mano. Sentía cómo la calidez bajaba por su ceja y se introducía en su ojo, tiñendo la mitad de su mundo de rojo.

Y entonces lo vio.

El cuerpo de su padre yacía inerte, aún sentado en la silla. Como si su cadáver hubiera mimetizado la postura humana.

Sus ojos sin vida apuntaban hacia enfrente, como si no hubiera deseado mirar a su hijo antes de quitarse su propia vida.

Detrás de su cabeza, en la nuca, había un agujero colosal del que caían cerebro y sangre, goteando y embarrándose en el suelo como barro en lluvia.

El culmen fue la pared detrás de él.

Blanca como la nieve.

Ahora albergaba el casquillo de la bala frenado en seco.

Mientras una explosión de sangre pintaba la pared como una obra de arte abstracta, testificando la muerte de un ser humano.

Hunter vaciló.

Parpadeó una y otra vez.

El sudor no era gélido.

Era bajo cero.

Su boca temblaba como si alguien le hubiera arrancado la lengua.

Sus oídos zumbaban.

El mundo parecía hundirse en algodón.

Intentó respirar.

El aire no entraba.

Y entonces…

La luz se volvió a ir.

Esta vez no era la electricidad.

Era su consciencia.

Hunter se había desmayado.