La Esperanza De Su Tristeza

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Sinopsis

En una ciudad costera sumida en la decadencia, un anciano vive atrapado entre la pobreza, la soledad y los recuerdos de un pasado próspero que desapareció junto con la mujer que amaba. Mientras la ciudad que alguna vez brilló se desmorona bajo la corrupción y el abandono, su propia vida parece seguir el mismo destino. Cuando el huracán Celia amenaza con destruir lo poco que queda, el hombre encuentra en medio del caos una inesperada claridad: la decisión de abandonar el peso de su existencia. Su desaparición se diluye entre las víctimas del desastre, mientras la ciudad, paradójicamente, inicia el camino hacia su renacimiento.

Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

El Despertar

La escasa claridad de aquella mañana triste y gris intentaba vencer la continua oscuridad que se había apoderado de la habitación y que alimentaba su desconsuelo. A través de la única ventana, con sus vidrios polvorientos y desprovista de las cortinas que alguna vez le habían proporcionado protección y elegancia —y que ahora yacían en el piso, deshechas y descoloridas—, la luz solo permitía vislumbrar unos muebles sucios y desgastados por el uso y el abandono, reflejo de su propia situación.

En su lecho, donde intentaba dormir tantas veces sin conseguirlo, acosado por la soledad, el recuerdo de su esposa fallecida era lo único bueno que ese nuevo día le ofrecía. Sin hijos ni nietos que pudieran brindarle compañía y alegría a su existencia, su vida se había sumergido en una rutina insípida que temía cambiar, por miedo a que lo inesperado lo condujera hacia algo peor.

Se levantó y se dispuso a continuar con su mustio transcurrir. Calzó sus viejas y raídas pantuflas y se dirigió al baño. Sentado en el bacín, mientras desocupaba su cuerpo, pensó que aún podía hacerlo a pesar de lo mal que se alimentaba. Vació sus desechos arrojando un balde de agua. Notó que el tanque donde almacenaba el agua que recogía cada dos días, cuando el acueducto la bombeaba, estaba casi vacío y abrió el grifo para que se llenara cuando ocurriera de nuevo. Llenó la taza que utilizaba en el lavamanos y se aseó antes de dirigirse a la cocina.

Allí, colocó un nuevo filtro de papel en la cafetera, una cucharada de café instantáneo encima de él y llenó el depósito de la cafetera con el agua que aún quedaba en una olla, hasta la marca de una taza. La vieja cafetera, los filtros de papel y el café instantáneo eran los únicos lujos que todavía se concedía. Mientras la cafetera gorgoteaba, recordó cómo la prosperidad de la ciudad había contribuido a la suya.

La Ciudad

La ciudad había sido considerada un buen destino turístico debido a la belleza de su playa, el estilo veraniego de su arquitectura y su casino. Evocó su avenida principal inundada por el bullicio de los turistas, con sus tiendas de ropa y accesorios, restaurantes, cafeterías, bares, oficinas comerciales y la sede del Banco Oceánico del Norte, donde trabajó como director hasta que sus dueños lo retiraron.

Su infortunio coincidió con el paulatino declive de la ciudad. La prosperidad de esta alimentó la ambición de los dirigentes corruptos que la saquearon y la convirtieron en la ruinosa y mugrosa localidad que ahora era. Su malecón y las instalaciones que antes brindaban comodidad a los turistas ahora eran el basurero, el maloliente sanitario y la vivienda de indigentes harapientos. Sus construcciones comerciales y viviendas veraniegas, que habían sido su orgullo, ahora evidenciaban decadencia y suciedad. Del casino, solo quedaban sus viejas instalaciones, con su entrada clausurada por tablones escritos con obscenidades. Por su parte, su pensión cada año alcanzaba para menos gracias a la inflación que padecía el país. Poco a poco fue reduciendo sus gastos hasta el límite de supervivencia. Todo lo que antes poseía fue desapareciendo hasta que su único patrimonio era aquella desvencijada casa y las pocas cosas que contenía.

El Huracán

Los últimos gorgoteos de la cafetera y el inequívoco aroma del café recién hecho lo alejaron de sus pensamientos y lo devolvieron a su acongojado presente. Se sirvió la taza de café y, de la alacena ya sin puertas, sacó dos tajadas de pan y el pedazo de queso que aún quedaba para desayunar. Resignado, soportó los sabores y olores rancios, ácidos y amargos de aquello que llamó desayuno. Al terminar, caminó hasta la sala, encendió la obsoleta radio que todavía funcionaba y ocupó el desvencijado sillón junto a la ventana que miraba hacia la avenida.

La música clásica que solía escuchar aliviaba momentáneamente la desesperanza que lo acompañaba. Cerró los ojos y disfrutó aquel instante de paz. Una paz que perseguía desde hacía mucho tiempo y que, esquiva, se escondía detrás de toda su pena.

La melodía fue interrumpida por el anuncio que prevenía a la ciudad del arribo del huracán Celia, que en pocas horas entraría al continente por esa región. El mensaje solicitaba asegurar las viviendas y edificios, y evacuar hacia los refugios preparados para esos casos.

Aquel mensaje no era para él. No le quedaba nada que lamentara perder. Una fina pero constante lluvia hizo su aparición para iniciar el trabajo que la naturaleza había planeado. El monótono y creciente sonido de las gotas golpeando el vidrio de la ventana acompañó su intento de encontrar algo o alguien que lo motivara a desechar la idea que poco a poco lo convencía.

Las ráfagas de viento, cada vez más intensas, continuaron el trabajo asignado. Él observó el desfile de pedazos de ramas, árboles, puertas, ventanas, vidrios, techos y de todo aquello que la pertinaz lluvia había empapado y preparado para que ese monstruoso hijo de la naturaleza los terminara de destruir, como hace un niño malcriado con los juguetes que ya no le gustan.

Un estruendo que provino de arriba y el agua que bajaba por las escaleras le indicaron que el techo de la segunda planta era una víctima más de Celia.

Aquel estruendo terminó por convencerlo. El sosiego lentamente comenzó a desalojar a su desconsuelo. Se descalzó, colocó sus pantuflas, una al lado de la otra como siempre lo hacía y con calma se dirigió hacia el patio trasero de la casa. Empapado por la lluvia y luchando contra las destructivas ráfagas de viento, abrió la oxidada reja que lo separaba de la playa. El ahogado chirrido de aquellos goznes contrastó con el silencioso pero triunfante grito de liberación que resonó en su cerebro.

Al llegar a la playa, sus pies descalzos saludaron con alegría a los húmedos granos de arena que se adhirieron a ellos. Caminó hacia el mar disfrutando cada paso. El contacto con ese frío líquido que, agitado y turbulento, lo recibió, afirmó su decisión. Se sumergió en él y, sin desespero, aguardó pacientemente su encuentro con aquella tranquilizadora paz que persiguió por tanto tiempo.

Epílogo

Varios días después, muy pocos sobrevivientes reconocieron su nombre cuando él apareció en la lista de desaparecidos por causa de Celia, el fenómeno climático que casi destruyó la ciudad pero que la condujo hacia su resurgir.