PRÓLOGO
El sonido del metal sobre el cristal
El frío de la pista de hielo de la Universidad de Lockwood no era nada comparado con el vacío que sentía en el pecho cada vez que lo veía jugar.
Dicen que el hockey es un deporte de caballeros que se permiten ser bestias por sesenta minutos. Pero para Asher Thorne, el cronómetro nunca se detenía. Él no jugaba; él cazaba. Desde mi lugar en las gradas vacías, a oscuras, lo observaba deslizarse. Era una sombra coreografiada, un depredador de un metro noventa que cortaba el hielo con una precisión quirúrgica. El sonido de sus cuchillas era lo único que rompía el silencio sepulcral de la madrugada:shhh, shhh, clack.
Él no sabía que yo estaba allí. O eso creía yo.
Asher era el capitán del equipo, el “Rey de Lockwood”, el chico que las marcas de ropa deportiva se disputaban y al que los profesores aprobaban por puro miedo. Pero yo había visto lo que había detrás de esa fachada de atleta estrella. Había visto la sangre en sus nudillos que no pertenecía a ninguna pelea en la pista. Había visto los coches negros esperándolo en la salida trasera del campus.
Dejé de respirar cuando Asher se detuvo en seco en el centro del círculo de saque. Su espalda, ancha y tensa bajo la sudadera negra, subía y bajaba con una violencia controlada. El sudor evaporándose de su cuerpo creaba una neblina fantasmal a su alrededor bajo la única luz de emergencia del estadio.
—Es de mala educación espiar, ratoncita —su voz, grave y cargada de una aspereza que me erizó la piel, rebotó en las paredes de cemento.
Mi corazón golpeó mis costillas como un pájaro enjaulado. Me puse de pie, intentando que mis piernas no temblaran. Se suponía que yo era la chica invisible, la estudiante becada que solo quería graduarse y huir de los fantasmas de su propia familia. No debía estar aquí. No debía mirar al monstruo a los ojos.
Asher se giró lentamente. Sus ojos, de un azul tan pálido que parecían fragmentos de glaciar, se clavaron en los míos. No había calidez en ellos. Solo una curiosidad peligrosa.
—Solo buscaba silencio para estudiar —mentí, y mi voz sonó pequeña, insignificante.
Él soltó una carcajada seca, carente de humor, y comenzó a patinar hacia la valla donde yo me encontraba. Con cada metro que ganaba, el aire parecía escaparse del recinto. Cuando llegó frente a mí, golpeó el protector de acrílico con su palo de hockey. El estruendo me hizo saltar.
—Mientes —sentenció, apoyándose en la barandilla, invadiendo mi espacio personal incluso con el muro de cristal de por medio—. Estás aquí porque te atrae el desastre. Porque viste lo que pasó en el callejón la otra noche y, en lugar de correr a la policía, volviste por más.
Se inclinó hacia delante, y pude olerlo: menta fría, cuero y ese aroma metálico que solo tiene el peligro.
—Vete de aquí, Maya Volkov. Vuelve a tus libros y a tu vida segura. Porque si das un paso más hacia mi mundo, no habrá salida. Y te aseguro que no soy el héroe de la historia que te estás contando en la cabeza.
En ese momento, lo odié. Odié su arrogancia, su control y la forma en que me hacía sentir tan vulnerable y tan viva al mismo tiempo. Pero lo que Asher no sabía es que yo ya venía de las cenizas. Mi vida nunca había sido segura.
—No me das miedo, Thorne —susurré, aunque era la mentira más grande de mi vida.
Él sonrió, una mueca depredadora que prometía incendiar todo mi mundo.
—Deberías. Porque el hielo no es lo único que se rompe bajo presión.