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El aroma a chocolate y a especias inundaba cada centímetro de la bombonería “Alquimia de Azúcar” en la calle Leadenhall, al este del centro de Londres. Estaba ubicada en medio de un sector financiero de la ciudad y era de las calles más antiguas y hermosas. Había grandes letreros antiquísimos, señalando diversos negocios. Y ahí, en medio, estaba la bombonería, reconocida por ser una de las mejores y por ser atendida por su dueño, un curioso alfa de nombre Harry Styles.
Esa mañana, estaba probando nuevos sabores de rellenos, a pesar de ya ofrecer una gran variedad de ellos, como los frutales, de ganache, mazapán y praliné.
Y aunque pudiera parecer obvio, estaba recién comenzando a utilizar licores. Harry se había resistido mucho a usarlos, porque gran parte de su público eran los niños, a quienes adoraba y siempre intentaba consentir, y no quería dejarlos fuera de esa nueva experiencia.
Era muy temprano, aún no habría al público el lugar y sus chicas, como llamaba a sus ayudantes, aún no llegaban, por lo que estaba en su laboratorio que era su centro de operaciones del chocolate.
Probó con licores como el de menta, de amaretto y de cereza para empezar.
Hizo mezclas, pesó, calentó y endulzó algunas preparaciones, pero no estaba seguro de cómo quedarían con el chocolate y sus distintos porcentajes de cacao.
Todo lo iba anotando en un hermoso cuaderno, que estaba lleno de recetas, apuntes e ideas. Tenía en su portada, preciosas semillas de cacao sobre chocolate derretido. Era su amor por los bombones lo mejor de su vida.
Tenía treinta y seis años, y era un alfa demasiado diferente a lo que se esperaba. Era un ser tan dulce como sus preparaciones, calmado y tierno. Siempre tenía una sonrisa en su rostro, parecía que nada lo sacaba de ese sopor suave y delicado. Ni siquiera el destierro que sufrió por parte de sus padres, que esperaban grandes cosas de parte de su primogénito alfa. No es que quisieran casarlo a la fuerza, como se veía antiguamente ni fortalecer alguna relación de trabajo. Querían un hijo fuerte, decidido, que les diera muchos nietos y se comportara como debía ser alguien de su casta. Frío, un poco calculador, proveedor y un escudo para su familia.
Pero no.
Harry era un alfa particular, pero ni siquiera sus hermanos lo apoyaron. Eran de la misma opinión de sus padres, sobre todo porque eran dos alfas “muy alfas”.
Pero a Harry no le importaba. Quizás le dolió en un primer momento, pero simplemente se alejó de ellos. A los veintiuno se fue de la casa de sus padres, cuando ya había ahorrado suficiente mientras trabajaba en una cafetería, y había podido estudiar y hacer varios cursos, masterclass, talleres y programas de alto nivel.
Siempre supo que lo suyo era lo dulce, y desde muy pequeño jugaba a la cocina y ya de adolescente sabía hacer unas tortas y postres deliciosos y muy bien elaborados. Sin embargo, todo cambió cuando su único novio lo llevó por su aniversario, a elegir bombones a un local hermoso detrás del Big Ben.
Cuando pudo sentir en su paladar toda la explosión de sabores y texturas, entendió que ahí estaba su mundo.
Y nunca más salió ni quiso hacerlo. Hizo de los bombones su motor, su vida, su todo.
Ese novio que tuvo, cuya relación duró casi seis años, terminó porque el omega nunca se decidió a ser marcado ni estaba seguro de querer compartir toda su vida con un alfa como Harry. El último tiempo había estado con muchas inseguridades que Harry no pudo calmar, aunque el alfa sabía que en el fondo la respuesta era otra.
La de siempre. Podía jurar por su vida que el omega buscaba un alfa más “normal”, alguien que dejará salir su aroma con fuerza, que golpeara la mesa y todos supieran quién mandaba.
Fueron seis años demasiado tranquilos para el omega, de eso estaba seguro Harry, quien era alguien muy seguro de sí mismo, aunque pudiera pensarse lo contrario. Casi no tuvieron peleas, porque el alfa siempre encontraba la calma en medio de la tormenta y ponía paños fríos a las situaciones más complejas.
Su vida sexual era demasiado tierna quizás, pero también hay que decir que el omega nunca quiso que fuera de otra manera, siempre estuvo feliz y conforme con el sexo. Tal vez Harry solía cumplir con muchos de los caprichos de su ex, pero siempre dijo que había que elegir las batallas y él no iba a discutir por cosas que no valían la pena.
Era alguien muy sensible, pero al mismo tiempo, con mucha sabiduría a pesar de su edad. Simplemente sabía que la vida era mejor con una sonrisa, que la amabilidad regala más momentos lindos que las groserías y que ser sensible en un mundo como este, era rebelión.
Y Harry iba en contra de la corriente, desde el momento en el que nació y desde que decidió abrazar su particularidad y aceptarse como un alfa lleno de amor para dar a quien quisiera recibirlo.
Extrañaba una pareja, claro que sí, porque le encantaba tener con quien compartir sus impresiones, sus sueños, sus alegrías y sus preocupaciones. Alguien a quien llenar de dulces besos y abrazos como chocolate. Su aroma derretía hasta el más serio, el helado de chocolate y el tofee hacían su trabajo sin problemas, de manera suave y sin que los demás se dieran cuenta.
Todo era casi como un vapor de azúcar, y es lo que hacía la diferencia.
¿Has visitado alguna vez una chocolatería? Siempre llenas de bombones y chocolates calculadamente bien ordenados, con las luces y la temperatura bajas.
Pero en “Alquimia de azúcar” todo eso se sentía mucho más cálido, como acogedor, como preocupado, como especial.
Harry trabajaba en sus bombones y al mismo tiempo intentaba atender a la mayor cantidad de clientes, a quienes les dedicaba todo el tiempo del mundo. Conocía a quienes volvían, quienes eran más clásicos en sus gustos y aprendía rápidamente a leer a quienes llegaban por primera vez.
Harry era feliz, un alfa feliz.
Sus días pasaban en medio de más pruebas por lograr sabores realmente deliciosos, y ponía un pedacito de su alma en cada preparación, por eso se notaba la diferencia. A pesar de no tener un gran stock de productos, siempre estaba llena la bombonería.
Tenía cinco ayudantes.
Una en la caja, una atendiendo y tres en el laboratorio. Todas omegas que tenían algún tipo de problema en sus casas, y que necesitaban trabajar para mantenerse o irse lo antes posible.
Sus chicas eran su adoración, y las cuidaba mucho. Conocía cada historia, cada problema, cada esperanza, y las cinco suspiraban por conocer a un alfa como Harry, aunque sabían y estaban seguras de que ese alfa era único en el mundo.
¿Quién no soñaría con un alfa que fuera frágil y al mismo tiempo poderoso? Pocos podían llegar al fondo del corazón o de la mente de Harry, donde habitaba su lado más primitivo, uno que hablaba de marcar a su omega, y de hacerle un altar solo por existir; de llevarlo en brazos a recorrer el mundo y la galaxia, de someterlo entre sus manos en un sexo lujurioso e intenso.
Una de las pocas personas que lo conocía en profundidad, era una de sus tías, Elize. Ella era hermana de su madre, y desde que tuvo a Harry en brazos apenas nació, lo hizo su favorito. Siempre supo que era diferente y que necesitaría de ella más que los demás. Elize era su confidente, su mejor amiga, su mamá de corazón, su vínculo más fuerte. No había lunes en la mañana en que no se juntaran a tomar un café y comer wafles, era su ritual para reconectarse, para no perder su vínculo, para saber del otro y sentirse orgullosos. Elize era una omega que se dedicaba a su hogar, junto a su esposo, un alfa ya mayor con quien se amaban y se amarían eternamente. El tío Lucián también amaba a Harry, aunque no se veían tan seguido. Y Harry soñaba con un amor como el de sus tíos, tan bonito y sano. Tan dulce.
La otra persona que lo conocía perfectamente era su amigo del alma, Niall. Era un alfa muy original también, porque era muy relajado. No se hacía problema por nada, aunque era bastante serio en su trabajo de corredor de bolsa, donde sacaba a relucir toda la gallardía de lo que debe ser un alfa. Podía ser fuerte y dominante si era necesario, y lo tierno no encajaba con él. Sin embargo, Harry le daba ese algo de armonía y dulzor que necesitaba su vida.
Eran amigos hace diez años, casi los mismos que llevaba abierta la bombonería. Un día cualquiera, Niall entró para comprar unos chocolates para una linda omega que estaba cortejando. Apenas había puesto un pie dentro del lugar, sintió eso especial y fue más intenso cuando Harry lo atendió.
La química entre ellos se notó desde el principio. Conversaron casi media hora de diferentes temas y finalmente habían intercambiado números. Desde ahí y como algo muy natural, empezaron a juntarse para almorzar, todos los jueves.
Fue fácil. Los dos tenían algo distinto, de querer evitar los problemas, de ser contención, de ser felices con lo que tenían.
Una mañana de día sábado, apareció Niall temprano en la bombonería.
—¿Qué haces aquí a esta hora? —Preguntó Harry sorprendido.
—Necesitaba pasar antes de que llegue la gente.
—¿Pasó algo?
—No, o sea sí. Lo que pasa es que estoy de aniversario, y tú sabes que tus bombones son los favoritos de Christine... Y si no llegaba temprano acá, los clientes se iban a acabar los rellenos de praliné y no me hubiera perdonado jamás.
—Lo sé, —dijo Harry sonriendo con dulzura. —Tienes suerte, ayer hicimos una partida extra porque se los llevan muy rápido.
—¿Cómo está todo?
—Todo muy tranquilo. Ya sabes, mi vida entre bombones, siempre llena de azúcar.
—¿Alguna vez has pensado en hacer bombones sin azúcar?
—Sí, también en opciones veganas, pero para eso necesito tiempo y ya ves que es lo que menos tengo, —respondió Harry, casi flotando en una nube de dulzura.
—¿Te he dicho que me encanta cómo hablas? Pareciera que se te sale el chocolate por los poros.
—Me lo has dicho un millón de veces, y amo que lo hagas.
—Me relajas... Así es que mejor me atiendes pronto, antes de que me dé sueño.
—¿Cuántos vas a llevar?
—Una caja grande, por favor.
—Bien.
Harry tomó unas pinzas y empezó a ponerlos en una hermosa caja. Luego tomó una cinta sedosa y le hizo un nudo. Quedó muy bonita, ideal para regalar a alguien especial.
—Gracias amigo, nos vemos para almorzar...
—Qué te vaya bien en tu celebración, mándale saludos a Christine, espero verla pronto, y mis mejores deseos para que cumplan muchos años más de matrimonio. Son una pareja hermosa, los quiero mucho.
—Me vas a hacer llorar... Me voy.
Se despidieron con un fuerte abrazo.
Una vez que Niall se fue, y Harry quedó solo, volvió a su laboratorio a adelantar la producción, ya que el fin de semana siempre llegaba con muchos clientes.
Unos momentos después llegaron sus chicas, como siempre con sus mejores sonrisas. Amaban trabajar en ese lugar, sobre todo por el ambiente laboral, además el sueldo era muy bueno y Harry muy comprensivo.
Pronto estuvieron en sus puestos, y pudieron abrir las puertas al público. Como siempre, la primera media hora era la más lenta. Aprovechaban de ordenar, limpiar y organizar. Ya luego empezaba a juntarse público.
Esa tarde, después de la hora de almuerzo, la chica que trabajaba de cajera fue a hablar con Harry.
—¿Estás bien, Kathy? —Preguntó el alfa, dejando lo que estaba haciendo.
—Sí... Disculpa por molestarte, pero el próximo viernes es mi examen de grado y quería saber si puedo faltar medio día.
—¿A qué hora es?
—A las cuatro.
—Tómate el día, no hay problema, así puedes prepararte mejor y no andar corriendo. Yo te cubro.
—Gracias... Es muy importante contar con tu apoyo.
—¿Y tus padres? ¿Tampoco te apoyan ahora, al terminar tu carrera?
—No lo hacen, les da lo mismo lo que haga. Lo único que quieren en esta vida es que me case con un gran alfa y tener una docena de hijos...
—Me lo imaginaba... ¿Y qué vas a hacer después de tener tu título?
—Voy a buscar trabajo en mi área, —contestó Kathy, con un poco de pena.
—Ojalá puedas encontrar algo que supere tus expectativas y que te lleve a un nuevo nivel. Mereces que cosas lindas lleguen a tu vida, y estoy seguro de que sucederá. Siempre podrás volver acá, eso no lo dudes.
Kathy no pudo hablar, se le atoraron las palabras. Estaba muy emocionada.
Esa noche, después que las chicas ya se habían ido, y Harry estaba terminando de cerrar, apareció una clienta de la bombonería, de las más antiguas.
—¡Señora Clark! ¿Qué hace aquí a esta hora? ¿Se siente bien?
—Ay hijo, apenas llegué... Adivina quien llega mañana...
—Su hija Ethel, ¿verdad?
—Sí, y se queda solo hasta la hora de almuerzo y tendremos una mañana muy ocupada y no puede irse sin sus bombones favoritos.
—Oh, no hay problema, déjeme abrir.
—Disculpa las molestias, hijo. Has sido tan amable como siempre, —dijo la señora tomando la bolsa que Harry le ofreció, y buscando algo en su cartera. —Ay no...
—¿Qué pasó?
—Olvidé mi dinero... Salí tan apurada que se me quedó encima de la mesa.
—Pero no se preocupe, me paga cuando pueda, no hay problema.
Harry parecía acariciar las palabras con su voz.
—Gracias hijo, muchas gracias.
—¿Necesita que la lleve?
—Te lo agradecería mucho...
—Vamos entonces, para que no se le haga tarde y llegue bien y segura. Deme la dirección.
Harry abrió la puerta del auto para la señora Clarck, y la dejó sana y salva en su casa.
—Cuídese mucho y dele saludos a su hija.
—Gracias hijo, eres un sol. Maneja con cuidado.
—Lo haré.
Harry con una sonrisa, se fue a su departamento.
Era un lugar tan acogedor, que parecía sacado de un cuento. Era como si la dulzura se derritiera por las paredes. El aroma a chocolate y tofee reinaban en el lugar, hasta en el último rincón.
El alfa llegó a poner la tetera para tomar un té, mientras revisaba algunas notas que había escrito cuando estaba en su laboratorio. Después de eso, se cambió de ropa, y leyó cerca de una hora. Luego vio una película, pero se durmió antes de terminarla.
Despertó cerca de medianoche, fue a lavarse los dientes y se acostó, ahora sí, a dormir. Temprano se despertó, y se dio una rica ducha con agua caliente. Se vistió, desayunó, y a pesar de la hora, salió camino a su laboratorio, así podía probar algunas recetas antes de que llegaran sus chicas.
Estaba concentrado trabajando, cuando apareció una de las omegas.—Por Dios, Shirley... Casi me matas del susto. Te ves preocupada, ¿te puedo ayudar en algo?
—Sí... Ay Harry, lamento mucho decirte esto, pero solo podré trabajar hasta fin de mes.
—¿Puedo saber por qué?
—Me enamoré... Pero él vive en Noruega y decidí seguirlo...
—¿Estás feliz?
—Mucho...
—¿Y entonces? ¿Por qué no estás saltando de alegría?
—¿No estás enojado?
—¿Podría estarlo?
—No quería desilusionarte...
—¿Por qué pensaste eso? ¿Desde cuándo tienes miedo de decirme las cosas?
—No es eso... Es solo que sé que no debe ser fácil para ti encontrar a quien me reemplace tan fácilmente.
—Claro que no lo es, pero más importante es que estés feliz... —Dijo acercándose hasta tocar las mejillas sonrojadas de Shirley.
—Gracias Harry... ¿Puedo ayudarte en algo?
—Sí, hay que preparar por lo menos tres docenas de bombones con surtidos de fruta, y no he podido terminar los rellenos.
—Yo lo hago, no te preocupes.
Siguieron trabajando el resto del día sin problemas. Harry como siempre, dándose tiempo para trabajar en el laboratorio, y al mismo tiempo atender clientes y revisar que todo estuviera en orden y armonía.
El día lunes apareció frío, esa mañana de mayo, cuando estaba esperando a su tía en el café de siempre.
—Hola Harry, —saludó Elize cuando llegó, con el rostro apagado.
—Tía, ¿por qué te ves tan triste?
—No sabes... Pero pidamos primero.
—Bien.
Harry ordenó dos cafés cortados y dos wafles.
—Hace una semana me apareció un bulto en el abdomen. No le di importancia, pero cada vez me duele más, sobre todo cuando hago algún esfuerzo.
—¿No has ido al médico?
—Tengo miedo... Tengo un mal presentimiento...
—Pero siempre es preferible saber, para que así podamos luchar contra lo que sea, ¿no crees?
—Escucharte siempre es un bálsamo, mi querido Harry.
—¿Quieres que te acompañe? Podemos ir de inmediato y preguntar si hay sobrecupo en la clínica que está aquí a tres cuadras, ¿qué dices?
—¿De verdad crees que todo estará bien?
—Claro que sí, vamos.
Pagaron el desayuno que no tocaron, y salieron caminando lentamente, casi como si no quisieran llegar.
Una vez en el lugar, Harry le preguntó a la señorita de la recepción si existiría algún sobrecupo para medicina general.
—Sí, siempre tenemos sobrecupos. En quince minutos los llamarán. Necesito los datos de la paciente.
Elize los dio y fueron a sentarse a esperar. Casi veinte minutos después, entraban a uno de los box de atención.
—Buenos días, ¿qué los trae por acá? —Preguntó el médico a cargo, el señor Writhers, un hombre de unos setenta años.
—Buenos días... Me apareció un bulto en el abdomen y me duele.
—Veamos. Primero vamos a hacer una pequeña ficha. ¿Cuántos años tiene?
—Sesenta y dos.
—¿Tiene alguna alergia?
—Sí, a la penicilina.
—¿Alguna enfermedad de base, como hipertensión o diabetes?
—Ninguna.
—¿Hace cuánto apareció el bulto?
—Hace una semana.
—¿Ha crecido?
—Sí.
—Vamos a revisarla, venga por acá, —dijo mostrándole una camilla. —Levántese la blusa y muéstreme dónde está.
—Aquí, —contestó Elize, poniendo su mano derecha en el bulto.
El médico tocó, palpó, hundió la masa, la midió, y anotó todos los datos.
—Puede bajarse. Lo primero que va a hacer, es tomarse estos exámenes, lo más rápido posible. Según mi experiencia, usted tiene una hernia abdominal, que empeora al hacer algún esfuerzo. De todas maneras, apenas tengan los resultados de los exámenes podremos estar seguros y así sabremos qué hacer.
—Si así fuera, ¿cuál sería el tratamiento?
—Depende del tipo de hernia, pero por lo general hay dos opciones: una es poner una malla que mantenga la hernia en su lugar, y la otra es removerla quirúrgicamente.
—Entiendo, —dijo Harry. —Entonces nos vemos en unos días.
—Que les vaya bien.
Apenas salieron del box, dejaron una hora tomada con el mismo médico y también las citas para los exámenes.
—Vas a ver que todo estará bien, vamos a esperar el resultado de los exámenes y sabremos qué hacer.
—Me da miedo operarme.
—No pensemos en eso hasta que sea estrictamente necesario, ¿sí? ¿Quieres que te acompañe mañana a los exámenes?
—¿Puedes hacerlo? ¿Y tus bombones?
—Las chicas pueden cubrirme y además tus exámenes son muy temprano porque debes estar en ayunas.
—Entonces sí. ¿A qué hora nos juntamos?
—A las siete y media paso por ti, ¿está bien?
—¿Qué haría yo sin ti, Harry?
—Lo mismo que ahora, mi querida Elize. Ahora te voy a llevar a tu casa en taxi, vamos.
Harry llevó a su tía hasta su hogar y luego volvió a trabajar.
—¿Cómo ha estado todo? —Preguntó a las chicas apenas llegó.
—Todo bien, jefe, —contestaron a coro, muy sonrientes.
—Creo, —dijo Noelle, —que vamos a tener que aumentar la producción. Aún no es hora de almuerzo y ya se acabaron la mitad de los bombones.
—Sí, me he dado cuenta, pero no estoy seguro de qué hacer. Me asusta producir más, porque eso puede significar que baje la calidad de los bombones y eso no me lo perdonaría.
—¿Quizás traer más ayudantes?
—Sí, creo que es lo que voy a hacer, pero no se preocupen. Verán que todo estará bien.
Las chicas se miraron y suspiraron. Les gustaría tener esa calma y dulzura para enfrentar los problemas.
Después de esa conversación, Harry se dedicó a hacer una inspección del lugar. Llevaba un tiempo analizando el ampliarse a un segundo piso y allí tener su laboratorio, dándole más espacio a la sala de ventas y a las vitrinas.
Por mientras necesitaba publicar un aviso pidiendo ayudantes chocolateros. Redactó uno y esperó que hubiera interesados.
Luego fue solo trabajar, más que otros días, para intentar aumentar la producción.
Esa noche llegó más cansado de lo normal, por lo que se sentó en su cama y liberó su aroma a helado de chocolate y tofee y así pudo reconectar con su esencia. Se tomó un té, vio un capítulo de una serie que encontró sin querer, y a eso de las diez estaba listo para dormir.
A las seis y media se levantó. Se preparó un chocolate caliente y un sándwich. Después se bañó, se vistió y salió a buscar a Elize.
—Buenos días, hermosa, —saludó Harry.
—Buenos días, amor. Gracias por acompañarme a estas horas.
—Es un placer. Vas a ver que nos va a ir muy bien.
Llegaron cerca de las ocho y de inmediato los atendieron. Harry se quedó esperando a su tía mientras le realizaban todos los exámenes, y luego, a pesar de no ser lunes, fueron por un café y un wafle.
—No sabes a tranquilidad que me da el que estés a mi lado, —dijo Elize, con su aroma a sandía más suave que otros días.
—Y tú no te imaginas lo feliz que soy de tenerte en mi vida, ni de cuánto te amo.
—No sé cómo tus padres y hermanos no pudieron ver lo hermoso que eres...
—Está bien, sabes lo que pienso.
—Sí, pero es injusto.
—En cierta manera sí, pero les agradezco todo lo que hicieron por mí.
—¿Qué hicieron?
—Me criaron y cuidaron de mí hasta donde pudieron y cómo pudieron. Lo demás ha sido enseñanza, aprendí a aceptarme y a ser mejor persona. No puedo tener un mal pensamiento hacia ellos.
—Eres demasiado bueno, hijo. Pero creo que tienes razón. Siempre logras ver lo mejor de todas las cosas.
Harry sonrió, como siempre con esa dulzura en sus ojos.
—¿Me vas a ir a dejar, o será que alguna vez podré tomar un taxi?
—Mientras estés conmigo, siempre te voy a llevar. No me cuesta nada y me quedo más tranquilo.
—Entonces vamos, mira que te estoy retrasando demasiado.
Harry pagó y luego fue a dejar a Elize a su casa.
Una vez que llegó a la bombonería, se dedicó a elaborar el diseño que quería para ampliar el local. En su libreta hizo un bosquejo de los dos pisos.
Cuando terminó con eso, entró a su portátil a revisar si había recibido hojas de vida por la postulación al trabajo que ofrecía.
Se asombró cuando se dio cuenta de que había cerca de quince interesados.
Los revisó uno por uno y como siempre, había chicos y chicas, con y sin experiencia, pero eso no le interesaba tanto como la entrevista personal que era donde podía palpar verdaderamente el interés y la energía de los postulantes.
Era parte importante que tuvieran habilidades y pasión por lo que hacían.
Rápidamente organizó las entrevistas para ese mismo día. Era imperioso contratar a sus nuevos ayudantes antes de que se fueran sus chicas. Así podrían enseñarles con tiempo.
Apenas terminó, comenzó con la elaboración de los bombones. Decidió dejar de experimentar con los rellenos de licor hasta tener listo el segundo piso, y las cosas se estabilizaran.
El resto del día fue un caos. Entre la gran cantidad de público que recibieron, la preparación de los bombones y las entrevistas, Harry quedó destruido del cansancio, pero ni así perdía su ternura.
Llegó a su departamento, directo a la ducha. Sin comer se acostó a dormir. Al día siguiente y gracias a que había podido descansar, se levantó con mucha energía.
Apenas llegó a la bombonería, se sentó a buscar a quien pudiera hacer el trabajo de ampliación y así poder pedir presupuestos. Cuando terminó su investigación, comenzó a trabajar.
En medio de los rellenos de trufa y praliné, pensaba en los aspirantes al trabajo y no le costó decidir a quienes llamaría. Serían dos chicas omegas para el laboratorio, y una alfa para la caja. Con esa decisión tomada fue más fácil concentrarse en su actividad favorita.
No existía en el mundo, nada mejor que templar el chocolate y empezar a fabricar los bombones para luego rellenarlos, terminarlos y finalmente verlos en las vitrinas, esperando ser llevados y disfrutados en un bello momento. Le encantaba imaginar que un pedacito de su dulzura llegaba a dar calidez a quien probara sus bombones.
Una vez que llegaron sus chicas, llamó por teléfono a quienes serían sus nuevas colaboradoras para que se presentaran esa misma tarde a trabajar y también a cuatro maestros contratistas que irían a hacer los presupuestos.
Dos días después, muy temprano, estaba buscando a Elize, porque los exámenes ya estaban listos y estaban esperando al médico.
—Buenos días, veamos de inmediato los resultados, —dijo leyendo y revisando. —Definitivamente es una hernia abdominal. Va a tener que operarse y ojalá lo antes posible.
—¿Tan serio es? —Quiso saber Harry.
—Debido a la edad que tiene Elize, mientras antes mejor. Es muy fácil y probable que crezca de tamaño y las molestias aumentarán hasta volverse insoportables.
—Entiendo. ¿Conoce a alguien que pueda recomendarme? ¿Algún cirujano?
—Sí, uno de los mejores. Les anotaré los datos en esta hoja. Les recomiendo ir a verlo al hospital de la ciudad y tener paciencia. A veces cierra agenda por tener demasiados pacientes. Pero insisto, es uno de los mejores.
—Muchas gracias, iremos a verlo, —aseguró Harry.
—Que les vaya muy bien, hasta luego.
Al salir, Harry decidió ir de inmediato a ver si podrían conseguir una cita con el cirujano lo antes posible.
—Tienen mucha suerte, —dijo la recepcionista. —El doctor acaba de abrir agenda y puede verlos esta misma tarde a las cinco, ¿les acomoda esa hora?
—Es perfecta, muchas gracias,
—Voy a anotar sus datos de una vez, así no pierden tiempo en la tarde.
Elize entregó toda la información que le pidieron y luego se fueron.
—Te voy a ir a dejar, y a las cuatro y media paso por ti, ¿te parece bien?
—Sí, hijo. Gracias de nuevo por acompañarme, —dijo Elize, una vez en el auto.
—Sabes que amo hacerlo.
—Pero estás muy ocupado.
—Lo estoy, pero eso no es novedad, no te preocupes.
—¿Vas a ampliar alquimia?
—Sí, hoy tendré los presupuestos y voy a decidir con cual me quedo.
—¿Puedo ayudarte con eso? Sabes que problemas económicos es lo que menos tengo.
—Claro que no, —contestó delicadamente. —Tienes que disfrutar tu dinero, usarlo en cosas bellas, en hermosas experiencias. Sal de vacaciones, relájate, visita museos, come rico.
—Son cosas que ya hago gracias a tus consejos. Ahora déjame devolverte en algo todo lo que me das.
—Solo la mitad, ¿está bien?
—Tenemos un trato.
—Nos vemos en la tarde, preciosa.
—Nos vemos, hijo.
Harry manejó hasta la bombonería, donde había un poco de caos debido a que estaban las aprendices y nadie para guiarlas. El alfa llegó justo a tiempo para evitar una tragedia.
En cosa de minutos organizó todo y gracias a su excesiva dulzura pudieron relajarse y tomarle el ritmo al día. Lo más complicado fue en el laboratorio, donde la producción se había ralentizado. Tomó a las chicas nuevas y con mucha paciencia les fue enseñando los pasos a seguir, logrando que pronto se sintieran más en confianza. Una vez que las cosas estuvieron andando, fue a ayudar en la caja y finalmente atendiendo clientes.
No tuvo tiempo ni de almorzar con todo el ajetreo, pero estuvo puntualmente a la hora indicada en la casa de su tía. Iban en silencio, ninguno quería hablar mucho. De cierta manera estaban nerviosos por lo que pudiera decir el médico, por lo que Harry liberó un poco de su aroma, dándoles calma.
Llevaban esperando tres minutos, cuando la recepcionista les indicó que podían entrar a la consulta número dos.
Antes de entrar, Harry pudo notar un aroma particular en el aire. Quizás el cirujano era un alfa muy serio o quizás un poco mal genio. Ginebra y enebro hablaban de alguien un poco difícil de llevar.
Harry toco la puerta, y escucharon el típico, “adelante”, por lo que entraron. Sin perder el tiempo se sentaron y recién hicieron contacto con los hermosísimos ojos azules del médico.
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarla, señora Elize? —Preguntó mirando la lista de pacientes.
—Buenos días. Tuve que hacerme estos exámenes porque me apareció un bulto en el abdomen y mi médico dijo que era una hernia y que debía operarme, —contestó entregando la carpeta con los informes.
—Ya veo, —dijo muy serio mientras revisaba los exámenes. —Necesito que se ponga de pie y me muestre el bulto.
Elize hizo lo que se le pedía. Se levantó la blusa y el cirujano pudo ver claramente.
—¿Le duele? —Preguntó palpando, después de ponerse guantes.
—Diría que es más una molestia.
—Entonces no le duele. Siéntese, por favor. Bien, —dijo una vez que estaban en sus sillas. —Efectivamente es una hernia de Spiegel, muy extraña de encontrar.
—¿Tiene tratamiento? —Preguntó Harry.
—Hay que operar lo antes posible, no se puede hacer más.
—¿Y en qué consiste la operación?
—Depende. Si entro y veo que es posible eliminarla, lo haré. Se realiza con técnica de laparoscopia, por lo que apenas tendrá un par de cicatrices. En caso contrario, pondré una malla que dará contención a la hernia, porque el lugar donde parece estar ubicada es muy estrecho. Le voy a dar una orden para que se tome estos exámenes más específicos y vuelva a verme. También le estoy autorizando un sobre cupo para la próxima semana. Si todo sale de acuerdo a lo esperado, podremos autorizar la operación e ingresarla como paciente.
—Entiendo, —habló Harry, sonriendo con esa mirada que era solo dulzura, pero que no encontró eco en el cirujano.
—Nos vemos la próxima semana, —se despidió casi molesto el médico.
Así lo entendieron Harry y Elize, quienes de inmediato salieron.
—Vamos a ir por esos exámenes a la clínica central. Si esperamos en el hospital, no estarán a tiempo.
—Tienes razón, ¿podemos ir de una vez?
—Claro que sí.
Diez minutos después, llegaron y la omega pudo tomarse sus exámenes sin demora.
—No me gustó el médico, —dijo Elize, una vez que Harry ya iba manejando a dejarla. —Lo encontré seco, tosco, frío, antipático... No estoy segura de querer operarme con él.
—Quizás solo tuvo un mal día, aunque su aroma era bastante particular. Quizás es su forma de ser.
—No lo defiendas, hijo. Es un alfa grosero.
—Debo decirte, mi querida Elize, que estás equivocada. Es un omega, y uno muy especial al parecer.
—¿Omega? ¿En serio?
—Sí, y no podría juzgarlo solo por su atención, pero al mismo tiempo, quizás no era tan difícil ser un poco más amable. Esperemos a ver si cuando le traigamos los exámenes se porta de distinta manera y ahí decides.
—Creo que es lo mejor que puedo hacer.
Llegaron a la casa de la omega y desde ahí Harry se fue a la bombonería, aunque ya faltaba poco para cerrar.
Se quedó trabajando hasta casi las once de la noche, ordenando el poco desastre que habían dejado las chicas nuevas y además, adelantando lo que más podía para que el próximo día no los encontrara tan mal parados.
Llegó a su casa arrastrando los pies. Hace tiempo no se sentía tan cansado y es que se le habían juntado muchas cosas, y aún faltaban más. No había tenido tiempo de ver el tema de la ampliación, y eso lo tenía un poco nervioso. Sin embargo, cuando empezó a sentirse frustrado, se tomó dos minutos para respirar profundo y liberar su aroma. Siempre le reconfortaba, le hacía bien, lo ayudaba a volver a su centro, a recuperar su esencia.
Una vez que se sintió mejor, se sentó a tomar un té, y a comer un poco de ensalada de pollo que le había quedado en el refrigerador.
Cuando terminó, siguió hasta el baño y luego a su cama. Con mucho esfuerzo se desnudó y se metió entre las sábanas. Por ese día no quería nada más, solo dormir y descansar.
Al día siguiente, y como era su rutina, se levantó temprano y fue a trabajar. Los maestros que le harían los presupuestos llegarían a primera hora, así es que tenía que intentar estar despejado de trabajo. Aprovechó de adelantar en los rellenos de los bombones, porque el chocolate que los recibiría, estaba listo. Los dejó esperando que tomaran la temperatura adecuada para ser terminados, cuando llegó el primero de los maestros, un omega de lindos ojos.
—Buenos días, —saludó. —Por favor, muéstreme el espacio que le gustaría ampliar, —pidió con una sonrisa.
—Claro, pase. Mire, este es todo el primer piso, y me gustaría hacer un segundo piso de las mismas dimensiones.
—¿Con la misma cantidad de habitaciones?
—No. Mire, hice este diseño, porque además de hacer un segundo piso, quiero ampliar el primero.
El maestro contratista revisó el bosquejo, y luego se dedicó a tomar medidas y más medidas. Una vez que terminó y en que quedaron de acuerdo en los materiales a utilizar, se fue, prometiendo tener el presupuesto listo esa misma tarde.
Con los otros tres maestros fue la misma historia, y a las seis de la tarde tenía los cuatro presupuestos listos en su mail.
Revisó todo con calma, y no fue difícil decidirse. Tenía mucha confianza en su intuición, por lo que se decidió por aquel chico de lindos ojos, que a pesar de ser bastante joven, tenía mucha experiencia. Se llamaba Zayn, y sintió una conexión especial con él, les fue fácil hablar, explicarse, ponerse de acuerdo. No era la opción más costosa, pero tampoco la más económica.
Apenas decidió que sería el encargado de la ampliación, envió un mail de vuelta, para que pudieran comenzar cuanto antes.
Lo único que lamentaba, era tener que cerrar durante un par de semanas “Alquimia de Azúcar”, además de buscar una bodega donde guardar todo mientras se realizaban los trabajos, por lo menos del primer piso.
Pero antes de pensar en cualquier arreglo, debían pedirse los permisos correspondientes en el ayuntamiento para saber si era posible, legal y si había especificaciones al estar la bombonería en un lugar histórico.
Por suerte, Zayn trabajaba con un ingeniero estructural, quien sería el encargado de supervisar y aprobar las mejoras realizadas en el lugar.
El día lunes a primera hora, Harry estaba revisando lo de los permisos, y eran trámites largos y engorrosos. Quizás no podría empezar a construir hasta en unos tres o cuatro meses más, echando por tierra todos sus planes. Se desanimó por dos minutos, y luego pensó que quizás era por algo que pasaban las cosas, y que debía confiar en el proceso.
Se transformó en parte de su rutina ir al ayuntamiento a preguntar por el avance de su solicitud, tanto que se volvió experto en trámites. Por mientras eso avanzaba, seguía en su laboratorio preparando los más deliciosos bombones.
El día jueves de esa semana, Elize tenía su cita con el cirujano, a pesar de no querer volver a verle la cara.
Harry había ido a buscar los resultados de los exámenes el día anterior, por lo que diez minutos antes de la hora, estaban ya esperando al médico.
Una vez que pudieron pasar, Harry notó que el aroma del médico era el mismo de la primera vez, por lo que llegó a la conclusión de que ese sí era el aroma del cirujano, y no era cosa de un mal momento o de un mal día.
—Deme los resultados para revisarlos, —pidió el médico.
Elize casi se los tira por la cabeza, pero Harry la miró con cariño, y la omega bajó sus revoluciones. —Claro, tome.
—Bien. La hernia está ubicada en el sector más complejo, por lo que intentaré eliminarla mediante laparoscopia, tal como lo habíamos hablado. Va a ir a la recepción de cirugía, en el tercer piso, con estos formularios, que debe llenar cuando salga de aquí. Ahí le harán el ingreso como paciente, y le dirán qué fechas tengo disponibles, y todos esos datos que necesitan. Nos vemos en la operación.
—Gracias, —fue lo único que dijo Harry, sonriendo, y una vez más, solo encontrando de vuelta una mirada fría.
Una vez que salieron, Elize pudo descargarse.
—¿Qué se cree? ¿Qué porque es cirujano es mejor que una? ¿Por qué pareciera que estuviera haciéndome un favor? Lo siento, pero yo con él, no me opero. ¿Lo oyes? ¡No me opero!
—Tía, cálmate, puede hacerte mal. Ven sentémonos un momento. Entiendo tu enojo, y tu frustración, pero no te preocupes por eso. Vamos a buscar a otro cirujano, con el que te sientas cómoda, ¿sí? Respira profundo, ¿quieres agua?
—Quiero salir de aquí, hijo.
—Vamos a desayunar, entonces.
Mientras tomaban su café y comían su wafle, Harry buscó otros médicos cirujanos que tuvieran buenas calificaciones y excelentes opiniones para pedir citas con ellos.
Agendó citas con tres de los más recomendados, para el día siguiente, viernes.
Día en que se tuvo que levantar a las cinco de la mañana, a pesar de que la primera hora quedó agendada para las once de la mañana, iba a estar mucho tiempo fuera de la bombonería, y eso lo ponía un poco nervioso.
Llegó a trabajar a las cinco y media. Lo hizo sin parar hasta las diez y media de la mañana, cuando ya estaba todo marchando apaciblemente en el lugar.
El primer cirujano que vieron, les gustó bastante, pero se iba de vacaciones por un mes, lo que era demasiado tiempo para Elize. El segundo no le gustó porque miraba a su sobrino con ganas de comérselo.
El tercero, por suerte, era simpático, amable y muy correcto. Elize quedó encantada con él, y la operación se programó para dentro de dos semanas.
Esas dos semanas pasaron muy rápido. Elize tuvo que tomarse exámenes pre operatorios que afortunadamente salieron muy bien, y un día miércoles se internó. La operación sería el jueves a primera hora.
Harry estaba nervioso, pero confiado en que todo saldría bien. Fue a buscar a su tío temprano, y lo acompañó todo el tiempo que duró la operación. Fue un poco más de media hora, lo que le pareció demasiado rápido a Harry, pero pensó que seguramente había sido una operación fácil, y se quedó tranquilo.
Cuando pudo ver a Elize, se sintió mejor. Se veía bien, y de buen humor.
—Hola mi amor, —dijo Lucián, —¿cómo estás?
—Me siento un poco somnolienta y tengo un poco de dolor, pero bien.
—Me alegra escuchar eso, —afirmó Harry, sonriendo.
—Estás hermosa...
—Voy por un café, permiso.
Harry salió para darles espacio, y fue a la cafetería con su corazón lleno de amor. Cómo amaba esa relación de sus tíos.
Los exámenes post operatorios de Elize salieron buenos, por lo que fue dada de alta, y pudo irse a descansar a su casa, donde la cuidaría su esposo.
Un par de días después, estaba Harry atendiendo clientes en Alquimia, cuando apareció un rostro conocido que jamás esperó volver a ver.
Era el cirujano que Elize había descartado por grosero.
Harry se preocupó de atenderlo personalmente.
—Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarte?
El médico lo quedó mirando por cinco segundos completos antes de hablar.
—Eres el acompañante de la señora Elize, te recuerdo.
—Lo soy, —respondió sonriendo feliz.
—No volvieron por la operación, ¿puedo saber por qué?
—Porque mi tía no se sintió cómoda. Pensó que eras un poco frío...
—Entiendo. ¿Pero ya se operó?
—Sí, hace unos días.
—Me alegro.
—¿Buscas algún bombón en especial? —Preguntó Harry.
—Quisiera llevar un surtido o algo así, si es posible.
—Claro que sí. ¿Te gustaría que lo envuelva para regalo?
—Sí, por favor.
—Bien, dame un segundo. Aquí tienes el boucher, puedes pagar en la caja y venir a retirar tus bombones.
—Claro.
Harry no perdió movimiento del cirujano, le llamaba mucho la atención su forma de ser.
—Listo, aquí tienes. Espero que los bombones sean del agrado de quien los reciba. Los hacemos con mucho cariño.
—¿Los haces tú?
—La mayoría sí, es mi pasión.
—Ya veo, gracias, hasta luego.
El alfa se quedó con ganas de seguir conversando, pero no era lo mismo que pensaba el cirujano.
Siguió atendiendo a los demás clientes, mientras seguía pensando en el médico. Estaba seguro de que había un motivo por lo que el aroma de ese omega era tan particular. No bastaba con la ginebra y el enebro, le pareció sentir notas de agua estancada, lo que hablaba de que el omega, al parecer estaba triste.
Era todo un misterio, pero definitivamente no se volverían a ver, por lo que sinceramente le deseó que pudiera ser feliz alguna vez, y sonreír. Estaba seguro de que su sonrisa debía ser preciosa.
El domingo en la noche de esa semana, Elize comenzó con dolores insoportables en el lugar donde la habían operado. Lucián llamó a Harry desesperado, y el alfa había volado en su auto para poder llevar a su amada tía hasta la urgencia del hospital.
La ingresaron, mientras los alfas se abrazaban con el pánico pintado en sus rostros.
—Marca un poco con tu aroma, hijo. Necesitamos un poco de azúcar...
Harry intentó sonreír, y lo hizo. Solo un poco, suavemente, hasta poder darles calma.
Casi media hora se demoró en salir el médico a cargo, que salió con un rostro muy serio.
—Buenas noches, —saludó. —La señora Elize presenta mucho dolor en la zona donde recientemente le hicieron una operación por hernia abdominal. Al hacerle un estudio rápido, nos pudimos dar cuenta de dos cosas. La primera, es que no quitaron la hernia por completo, solo un pedazo. Y la segunda, es que el lugar se llenó de líquido y sangre. Lamentablemente, solo podemos darle un tratamiento paliativo, no tenemos ningún cirujano, porque el que estaba trabajando acá renunció. Les aconsejo que busquen de inmediato quien pueda operarla, nosotros le daremos calmantes hasta que puedan llevarla a otro lugar.
Harry y Lucián se miraron con horror, ¿qué podían hacer a esa hora?
Eran casi las tres de la mañana, y Harry sabía que podía ser muy mala idea y que quizás pasaría un mal rato, pero debía intentarlo. Buscó en su teléfono un número, y marcó. Cerca de seis tonos después, una voz dormida y molesta contestó.
—¿Quién?
—Harry, Harry Styles... Mil disculpas por llamar a esta hora, pero...
—¿Quién? —Interrumpió el cirujano.
—El acompañante de la señora Elize, el de la bombonería...
—Ah, ¿qué quieres?
Harry explicó la situación lo mejor posible. —... y quería saber si nos puede ayudar, estamos desesperados...
—A las seis de la mañana emitiré una solicitud para que sea trasladada a la clínica del sur, que es donde también trabajo, luego de ir al hospital a revisarla. ¿Algo más?
—Nada más, muchas gracias, yo espero...
—Hasta mañana.
Harry se quedó con la palabra en la boca, pero le daba lo mismo, lo importante era su tía.
Tal y como dijo el cirujano, a las seis de la mañana ya estaba la solicitud de traslado y se encontraba revisando a la paciente y a los exámenes que le habían tomado.
A las siete estaban todos en la clínica, y a las ocho y media salía Elize del pabellón.
—Pude remover lo que quedaba de hernia, y limpiar toda la zona, —informó el médico. —Fue difícil, deberían demandar a quien la operó antes. Fue un trabajo negligente y a la rápida. En una hora más la llevarán a su habitación. ¿Alguna duda?
—Gracias, —dijo Lucián muy emocionado de saber que su esposa estaba bien, y ofreciendo su mano al cirujano, quien solo la miró y se retiró.
—Tiene una forma de ser un poco difícil, no te preocupes. Lo importante es que Elize está bien, y que la operó uno de los mejores.
—¿Por qué no la operó él desde un principio?
—Porque a tu omega le cayó mal. Dijo que era frío, seco, grosero.
—Tiene razón.
—No sabemos nada de su historia, aunque sí es un poco mal educado. No le costaba nada darte la mano.
—Eso digo yo... Que pase luego la hora para poder ver a mi Elize...
—¿Vamos por un café?
—Vamos, hijo.
Compartieron un té caliente y un sándwich, y luego volvieron a esperar que llevaran a la omega a su habitación.
Cuando pudieron verla, tenía muy buen semblante.
—¿Cómo te sientes, tía hermosa?
—Bien, mucho mejor que después de la primera operación.
—Parece que ese medicucho de pacotilla es bastante bueno, —opinó Lucián.
—¿De quién hablas?
—Del cirujano, el doctor Tomlinson... El que no te cayó bien, —explicó Harry.
—¿Él me operó? ¿Y por qué?
—Porque en la primera operación, no sacaron por completo la hernia, y se llenó el lugar con líquido y sangre. Llamé al cirujano para saber si nos podía ayudar y él hizo todo lo posible porque te trajeran rápidamente y operarte.
—Pero me dejó con la mano estirada, —se quejó Lucián.
—Es que es un grosero... Pero le agradezco que me haya ayudado.
Cinco segundos después, entraba a la habitación el cirujano.
—Buenos días, señora Elize. La operación fue todo un éxito, y no debería tener más molestias que un poco de dolor, pero le estoy dejando una receta para analgésicos. Si presenta cualquier tipo de síntoma diferente, como enrojecimiento o fiebre, por favor llámeme.
—Quería agradecerle por su ayuda. Jamás podré...
—No es necesario agradecer, es mi trabajo. Si no tienen ninguna duda, me retiro, permiso.
—Qué ganas de tirarle un zapato por la cabeza, —dijo Elize.
—Lo sé, pero respira profundo, recuerda su amabilidad antes que sus groserías. No te hace bien estar pasando rabias, —aconsejó Harry, con toda su dulzura.
—Es muy difícil, pero te voy a hacer caso. ¿Cuándo podré irme a casa?
—Mañana en la mañana, mi vida... Pero yo me quedaré cuidándote, no te preocupes.
—Tengo que irme, pero te quedas en las mejores manos. Intentaré venir a verte en la tarde, y de todas maneras vendré por ustedes mañana.
—Anda tranquilo, hijo. Así nos dejas volver a ser novios... —pidió Elize, mirando enamorada a su alfa.
Harry dejó un par de besos en el pelo de su tía y se fue a trabajar.
Cuando llegó había mucha gente y pocos bombones.
Prácticamente corrió al laboratorio.
—Chicas, estamos en una situación crítica. Hay mucha gente que quiere comprar y las partidas de bombones se hicieron pocas.
—¿Qué podemos hacer? —Preguntó una de las chicas nuevas, angustiada.
—Plan B. Ayúdenme a llevar estos bombones a la sala de ventas.
Se acercó a un refrigerador que siempre estaba cerrado, y lo abrió. Estaba lleno de bombones listos para ser vendidos.
—¿Y esto? —Preguntó otra de las chicas, sorprendida.
—Es una reserva que manejo en casos como este. Rápido, vamos, con cuidado.
En diez minutos ya estaban las vitrinas llenas de bombones, y Harry se puso a atender público. Fue casi media hora muy intensa, que de alguna manera sacaron adelante. Luego de ese pick, las cosas se calmaron y tomaron su ritmo habitual.
Harry no pensaba usar esos bombones tan pronto. Llevaban apenas un par de días ahí, siempre los rotaba, y ahora, tendría que dedicarse con más ímpetu a trabajar sus bombones. No tenía más opción que empezar a trabajar desde más temprano y hasta más tarde de lunes a domingo. Por lo menos hasta que tuviera un stock permanente en la bombonería. Lo más probable es que tendría que buscar a dos chicas más para que lo ayudaran una vez que se ampliaran.
Esa tarde pasó a ver a Elize a la clínica, y luego al día siguiente, la llevó hasta su casa y la dejó muy bien instalada al cuidado de su amante esposo.
Desde ahí, todo fue trabajo. Dejó un par de días de atender público y se dedicó por completo a templar chocolate y preparar los bombones, mientras sus chicas se encargaban de los rellenos. En una semana lograron aumentar la producción, y además tener su stock para imprevistos. Harry estaba satisfecho, y muy feliz, además de cansado.
Se había dado el tiempo de visitar a su tía todos los días de esa semana, y de juntarse con Niall a almorzar, aunque fuera casi corriendo.
La semana que siguió, pudo ir a preguntar al ayuntamiento por sus permisos para ampliar, pero no había novedades.
Un domingo, temprano, una vez más apareció el cirujano en la bombonería.
—Buenos días, señor Tomlinson, —saludó Harry con su mejor sonrisa. —¿En qué puedo ayudarte?
—Necesito una caja de bombones surtidos.
—Perfecto. Toma tu ticket para el pago.
El cirujano hizo el pago, y volvió a retirar su pedido.
—¿Algún día podría verte sonreír? —Preguntó Harry, de manera genuina, sin segundas intenciones.
La mirada del cirujano congeló hasta el alma del alfa.
—No sé por qué tendría que sonreír. Que tengas buen día.
Cada domingo aparecía el cirujano Tomlinson a comprar la misma caja surtida de bombones y cada vez, Harry intentaba una conversación y encontraba como respuestas las álgidas miradas del médico.
Cerca de cuatro meses pasaron en esa dinámica y Harry nunca dejó de intentar alguna reacción diferente de Louis, y no lo conseguía, lo que solo le provocaba ganas de seguir intentándolo.
Sin embargo, las cosas iban a cambiar.
En Alquimia seguía la misma cantidad de trabajo, pero las chicas ya estaban afianzadas y más seguras, por lo que todo funcionaba mucho mejor, dejando a Harry más tranquilo.
Uno de esos días, Harry volvió al ayuntamiento y sorpresivamente se encontró con que tenía los permisos aprobados para la ampliación que tanto había esperado. No podía creerlo, por lo que llamó a Zayn de inmediato para que todo se pusiera en marcha. Lo primero era cerrar la bombonería y eso significaba vender hasta el último bombón, para que quedaran todas las vitrinas desocupadas. No fue difícil, y una vez que lo hicieron pudo poner en la puerta el letrero que avisaba que estarían cerrados por las próximas tres semanas.
El ingeniero, de nombre Liam, ya había hecho la evaluación del lugar y dio el visto bueno para construir el segundo piso, apenas modificando el primero, lo que les ahorraría mucho tiempo de trabajo.
En el primer piso solo había que mover una muralla hacia atrás y poner una nueva, porque Harry quería que además del baño, las chicas tuvieran un lugar donde almorzar tranquilas y pudieran dejar sus cosas a mano, sin tener que entrar al laboratorio de manera seguida, ya que eso podía provocar que los bombones se contaminaran.
Los pisos y paredes de Alquimia estaban impecables y muy bien cuidados, y a Harry le encantaba lo antiguo de la construcción. Pensaba y todos estaban de acuerdo en que le daba mucho de esa magia dulce a la bombonería.
Sí quería cambiar algunas de las vitrinas por unas más vistosas y agregar algunas luces suaves y tenues.
En el segundo piso, sería solo una gran habitación, su laboratorio. Quería poner dos refrigeradores grandes, además del que ya tenía. Los pisos debían ser fáciles de limpiar, al igual que las paredes. Los mesones de maravilloso granito listos para recibir el chocolate. Buenas luces y un termostato a buena temperatura para evitar que se derritieran los bombones o que se enfriara demasiado el chocolate durante el templado. También quería agregar un mueble hecho a medida donde disponer mejor sus utensilios de trabajo.
Harry estaba muy ilusionado con todas las mejoras que empezarían a modificar la cara de su amada Alquimia. Solo quería que el tiempo pasara volando para volver a fabricar sus bombones.
Tuvo que buscar una bodega donde llevar sus máquinas y materiales, y por suerte encontró una bastante cerca.
Serían tres semanas que estarían cerrados, que se harían eternas. Luego de esas semanas podría abrir al público de manera parcial, ya que solo tendría un pequeño espacio para fabricar los bombones mientras estaba listo el segundo piso.
Y eso lo ponía nervioso. No quería atender a sus clientes en medio de ruidos de construcción y menos aún, que sus bombones se contaminaran.
Sin embargo, confiaría una vez más en que todo saldría bien, no tenía más opción que aceptar el proceso y ser parte de él de manera armónica y con su dulzura habitual. No sacaba nada con frustrarse, sería perjudicial para él mismo y eso no tenía sentido.
Estaría encima de los contratistas, no porque desconfiara de ellos, sino porque le daba tranquilidad y, además, quería dar las explicaciones correspondientes a quienes fueran a preguntar por los bombones.
La primera semana fue la más caótica, llegaron muchos clientes que no sabían lo que estaba pasando y que lamentaron mucho el cierre de Alquimia. Entre ellos, el cirujano Tomlinson.
—¿Hasta cuándo estará cerrado? —Preguntó, al parecer, más molesto que de costumbre.
—Buenos días Louis. Estaremos cerrados aproximadamente por tres semanas y luego medio día por casi un mes.
—Eso es mucho tiempo, —dijo el médico, más para él que para Harry. —¿Hay alguna posibilidad de que puedas hacer algunos bombones de manera excepcional? Los necesito para un cumpleaños importante.
—Es bastante difícil lo que me pides, porque no tengo dónde templar el chocolate. En la cuadra que sigue, hay dos chocolaterías que tienen muy buenas opciones de bombones, podrías comprar ahí por mientras.
—Créeme que lo he intentado y el resultado no es el mejor. Tus bombones son únicos.
Harry estaba feliz. Nunca había tenido la oportunidad de hablar tanto con Louis, y quizás sí podría hacer una excepción.
—¿Para cuándo los necesitas?
—Para el miércoles.
—¿Puedo confirmarte mañana? Tengo que hacer algunas llamadas.
—Gracias.
Louis no esperó contestación y dejó a Harry feliz y preocupado al mismo tiempo.
Llamó a uno de sus conocidos, que tenía una de las chocolaterías de las que le había comentado a Louis.
—Hola Franco, ¿cómo estás?
—¡Harry! Tanto tiempo... Estoy bien, ¿y tú?
—Un poco complicado y por eso te llamo. Estoy haciendo arreglos en Alquimia y no podré abrir en varias semanas, pero tengo un cliente muy especial. ¿Podrías prestarme un mesón para hacer algunos bombones? Puede ser de noche, así no afecto tu producción.
—Sabes que eres mi competencia, ¿verdad?
—Claro que no, —afirmó Harry riendo.
—No hay problema, puedes venir desde las ocho, que es la hora en que estamos cerrando. Llega un poco antes para que conversemos, ¿te parece?
—Te lo agradezco mucho, nos vemos más tarde.
—Nos vemos.
Harry suspiró de tranquilidad. No quería defraudar a Louis, porque siempre le estaría agradecido por lo que había hecho por Elize. Nada podría igualar esa ayuda que le salvó la vida a su tía.
A eso de las siete y media, y con todos sus implementos, llegó a la chocolatería de su conocido, quien lo esperaba con una sonrisa.
—¡Qué gusto verte! ¿Quieres un café?
Se quedaron conversando por casi una hora, y luego Harry pudo comenzar a trabajar. estuvo hasta las doce de la noche, no solo templando el chocolate, sino que preparando los rellenos, que era lo que más se demoraba porque debían estar fríos antes de poder usarlos.
Al día siguiente rellenó los bombones y finalmente los terminó. Los dejó en varias bandejas para que reposaran y a la mañana siguiente llamó a Louis.
—Hola, —saludó, —¿cómo estás?
—Bien, dime.
—Estoy bien, gracias por preguntar. Te hablaba para confirmar que tengo los bombones listos.
—¿En serio?
—Claro que sí, jamás jugaría contigo.
Y eso se escuchó extraño.
Y un poco incómodo. Sobre todo porque Harry no lo dijo con segundas intenciones.
No le interesaba Louis de ninguna manera, solo le llamaba la atención, pero no lo suficiente como para coquetear.
Y Louis así lo entendió. Le parecería ridículo que entre ellos existiera algo.
—¿Cuándo puedo pasar por ellos?
—Te los puedo llevar mañana a la clínica. Mi tía tiene control contigo.
—Te lo agradecería mucho, nos vemos.
Y Louis cortó, haciendo reír a Harry, que ya estaba acostumbrado a ese tipo de despedidas.
Al día siguiente estaban en la consulta del cirujano, Elize, Lucián y Harry, esperando al médico, que llegó puntualmente a la hora.
—Por favor levántese para que pueda revisar las cicatrices.
La omega lo hizo, y dejó que Louis la revisara y tocara con sus manos enguantadas.
—¿Cómo está? —Preguntó Lucián, preocupado.
—Está bien. Le voy a dar el alta, pero no deje de cuidarse.
—Menos mal, ya estaba aburrida de venir a revisarme.
—Aquí están sus papeles.
—Gracias, permiso, —dijo Elize, saliendo rápidamente.
Una vez que Louis y Harry quedaron solos, Harry le estiró el brazo a Louis, donde había una hermosa bolsa de papel de regalo.
—Aquí están tus bombones. Espero que los disfrutes.
—No me has dicho cuánto es.
—Tómalo como un regalo.
—Por supuesto que no. Si no me dices no te los recibo.
—Por Dios, ¿no puedes aceptar un simple regalo?
El corazón de Louis latía con furia. —No es un simple regalo, tuviste que rebuscártelas para cumplir con mi pedido. Dame tus datos para transferir, también tengo efectivo.
—Aquí están mis datos, —dijo entregándole su tarjeta, con una hermosa letra en relieve, sobre un fondo con bombones.
—Si me das un par de minutos lo hago de inmediato.
—Espero.
—Listo.
—Gracias, nos vemos.
—Harry...
—Dime.
—Gracias.
Y Harry tuvo la suficiente madurez de no detenerse y menos de sonreír. Sabía que hacerlo delante de Louis, podía significar perder todo eso que había ganado con el pasar de los meses.
Se preguntaba recurrentemente el porqué de querer que Louis sonriera. Y su conclusión era siempre la misma. Necesitaba que Louis fuera feliz, que hubiera algo en su vida que le diera paz y Harry quería descubrir si existía o no. Y si no, ¿por qué no? Louis le representaba un reto que jamás imaginó hacer personal, pero que ahora era casi una obligación. Le gustaría que fueran amigos, que pudieran juntarse a tomar una taza de chocolate caliente, o ir a un museo, solo para contarse su día. Tener una relación como la que tenía con Niall.
Y lo veía tan lejano, que por algún motivo le dolía.
Pasaron las tres semanas, en las que Harry se había dedicado a descansar. Durmió hasta tarde, fue al cine, al teatro, al gimnasio, a museos, de compras. Ordenó y organizó mejor su departamento, fue a almorzar con Elize y Lucián, también con Niall varias veces. Se sentía renovado y listo para enfrentar una nueva etapa en su amada Alquimia.
Al empezar la cuarta semana, se dio cuenta de que sería casi imposible trabajar en ese lugar. No había cómo templar ni preparar los rellenos, por lo que tristemente debió posponer la re inauguración por dos semanas más.
Por fortuna, Zayn y Liam habían logrado disminuir el tiempo esperado, ya que no había pilares que poner, solo preocuparse de la ventilación, las luces y la temperatura. Por eso se necesitarían solo dos semanas más en vez de más de un mes.
Pero Harry estaba triste. Dulcemente triste.
Volvió a colocar un letrero que explicaba lo sucedido. Ese día lunes, después de inspeccionar, salió de la bombonería con su aroma convertido en caramelo quemado. No estaba acostumbrado a él, lo hacía sentir mal. Caminó por las empedradas calles tratando de darse ánimos, cuando divisó a Louis a lo lejos. Lo siguió.
Fueron varias cuadras que caminó el omega, hasta llegar a un lugar que Harry no conocía. Un hogar de ancianos, el único de la ciudad.
Y la cabeza de Harry de inmediato empezó a trabajar. ¿Estarían sus padres? ¿Quizás solo uno de ellos? ¿Ese era el motivo de la actitud tan fría de Louis?
No sabía qué hacer. Estaba seguro de que si Louis lo veía ahí, podía tomarlo mal. Por eso decidió caminar alrededor de la manzana, para pasar desapercibido. Quizás si tenía suerte podrían encontrarse por casualidad y cambiar algunas palabras.
Estuvo caminando por cerca de media hora, hasta que sin querer, chocó con Louis.
—Lo siento, —se disculpó el alfa. —Venía distraído.
—Se nota.
—Permiso.
Toda su intención de conversar con Louis se diluyó. Ese día no tenía ganas de hablar, menos de pelear. Lo mejor era irse a su departamento.
—¿Estás bien?
—No, —contestó triste. —No puedo abrir Alquimia hasta en dos semanas y eso me puso mal. Nos vemos.
—¿Pasó algo? —Insistió el omega.
—Pensé que podía trabajar en el primer piso, pero es imposible hacerlo. No tengo cómo templar chocolate ni preparar los rellenos... Estoy... Muy frustrado...
—Ya veo. Pero es algo que tiene solución, no deberías preocuparte tanto.
—Lo hago, me preocupo. Mi bombonería es todo lo que soy.
Harry se fue caminando muy rápido, hasta lograr conseguir un taxi.
En otra ocasión hubiese estado feliz de lograr tener una conversación medianamente decente con Louis, pero ese día solo quería dormir.
Se quitó la ropa y desnudo se tiró encima de la cama. Así se durmió hasta entrada la noche. Cuando despertó, se preparó algo para comer, luego, y a pesar de la hora, se duchó. Después se preparó para dormir, pero la imagen de Louis en el hogar de ancianos no se iba de su cabeza. Quizás algún día conocería la historia del omega.
Y a pesar de haber reaccionado con tanta tristeza a la cancelación de la reapertura de Alquimia, las dos semanas pasaron volando. En su última inspección, no pudo evitar las lágrimas. Era mucho mejor de lo que había imaginado. El primer piso quedó mucho más acogedor que antes. Las vitrinas y las luces le daban mucha calidez al lugar. Su laboratorio era sencillamente precioso, no veía la hora de empezar a templar el chocolate y preparar los bombones.
Llamó a sus chicas ayudantes y les pidió que fueran a trabajar al día siguiente. Habló con sus proveedores para tener sus insumos a primera hora.
Estaba feliz, tan ansioso que a las siete de la mañana ya estaba en Alquimia, ordenando y distribuyendo los materiales. A las ocho llegaron los insumos y a las ocho y media sus chicas. Después de los abrazos de bienvenida, comenzaron a trabajar sin cesar. Querían hacer una mini inauguración con algunos descuentos, y eso podía significar que hubiera mucha demanda de bombones.
Se detuvieron solo para almorzar, y luego trabajaron hasta las nueve.
El día siguiente fue igual, y ya tenían los tres refrigeradores llenos. Harry entonces las dejó trabajando, y se dedicó a poner en su lugar las vitrinas, para empezar a llenarlas de deliciosos bombones.
Al terminar el día, esperaban tener suficientes chocolates para afrontar dos días de trabajo, y así tener un espacio en medio del ajetreo.
El sábado a las diez de la mañana, Harry abrió, por fin, la bombonería. La voz se corrió rápidamente, y a las once de la mañana se había formado una pequeña fila para entrar. Se dedicó a vender y a cobrar para que sus chicas no se agobiaran, pero estuvieron a la altura de lo que se les pedía.
A las tres de la tarde tuvieron que reponer todos los bombones de las vitrinas.
Al terminar el día, estaban muy cansados, pero muy felices. Había sido un buen día, y habían logrado engranarse por completo. De todas maneras pensaba llevar una o dos ayudantes más. Definitivamente tenía que aumentar la producción, y al mismo tiempo, poder ampliar la variedad de rellenos que ofrecía. Quería retomar la idea de probar con los licores, sobre todo con uno que lo hacía pensar en Louis. ¿Cómo quedaría un bombón relleno de ginebra? Necesitaba probar esa y muchas otras alternativas.
El día lunes apareció a última hora el cirujano, y no encontró a Harry atendiendo, lo que no le gustó. Preguntó por él, y una de las chicas llamó por citófono al segundo piso. Esa fue una idea de Liam para que pudieran comunicarse sin demoras.
—Hola, —saludó Harry, una vez que bajó. —¿Pasa algo?
—Necesito los bombones de siempre.
—¿Y? ¿Por qué no los pediste?
—Porque tú sabes lo que llevo, ¿para qué pedírselo a alguien más?
—Está bien, —sonrió, Harry. —De inmediato te preparo una caja.
—Quedó muy bien la ampliación... —dijo Louis, con mucha cautela. No quería que Harry pensara que podían hablar de cualquier cosa.
Por suerte para el cirujano, Harry había aprendido a leerlo muy bien, por lo que jamás haría alarde de cualquier avance en su relación tan fría.
—Sí, justo como la imaginé. Puedes ir a pagar.
Louis lo hizo y volvió para recoger su bolsa.
—Gracias por tu compra.
—Gracias a ti...
Eso fue apenas un susurro, casi con miedo de que se escucharan esas palabras que le habían costado un mundo decir.
Louis salió de la bombonería con su corazón agitado. Hace mucho tiempo no tenía un gesto amable con alguien, pero empezaba a sentir que Harry era alguien diferente a tanta gente que conoció. Era excesivamente dulce, y eso ya no le parecía tan mal, aunque lo había odiado desde la primera vez que se vieron.
Al día siguiente, a eso de las once de la mañana, llegó al hogar de ancianos con los bombones, pero antes de entrar, se detuvo en unas bancas que había en la entrada, y sin poder evitarlo, recordó.
Recordó tantas cosas.
Sobre todo a su hermana que murió hace veinte años por una peritonitis. Tenía 17 años y su hermana 15. Desde ese momento decidió que sería médico cirujano, para poder ayudar a quien lo necesitara. Entonces su aroma, que originalmente era de flor de azahar, cambió permanentemente a ginebra y enebro, ya que desde que perdió a su hermana, prácticamente no volvió a sonreír.
Louis había tenido algunas parejas, que lo terminaban dejando al ser un omega bastante frío y que no tenía ganas ni intenciones de tener cachorros ni de bajar su carga laboral. Y Louis estaba bien con eso, no era nada comparado al dolor de no tener a su hermana, con quien eran confidentes y mejores amigos. Louis la adoraba con su vida y perderla por falta de un cirujano sería siempre su padecimiento más grande.
Todo empezó cuando Anaís sintió algunas molestias abdominales, y sus padres, que eran de pocos recursos, evitaban llevarla a alguna cita médica e intentaban calmarla a base de aguas o tecitos, lo que funcionaba siempre. Sin embargo, un día el dolor no desapareció y tuvieron que llevarla de urgencia al hospital. Tenía una apendicitis que en cosa de minutos pasó a peritonitis, causando la alarma en la familia, sobre todo en Louis.
Se llamó al cirujano de turno, pero aún no llegaba. Pronto la peritonitis causó una falla multiorgánica y un shock séptico, que terminó con la vida de su hermana, por más esfuerzos que hicieron en el hospital.
Y el mundo de Louis no solo se derrumbó, simplemente dejó de existir. Como puñales aparecieron de golpe todos los recuerdos con su amada Anaís, desde las peleas tontas hasta esos momentos en que se volvieron confidentes. Al tener edades similares, la adolescencia los encontró acompañados en esos momentos tan complejos y les hizo más llevadero pasar por esos días en que se sentían incomprendidos. Louis fue el único que supo que su hermana tenía novio, y que él se preocupaba de cuidarla y cubrirla; fue el único que supo que se había hecho un aborto y que le habían roto el corazón. También fue el único que le prestó su hombro para que llorara y calmara su angustia, y al mismo tiempo, el único que la vio renacer. Lo de ellos era una conexión diferente, mucho más profunda y hermosa.
Para Louis, su hermana era todo y más.
Fue su confidente cuando no tenía a quien más recurrir. Su hermana lo escuchó, y lo aconsejó, a pesar de ser menor, siempre lo cuidó. Fueron largas y muchas madrugadas que se quedaron despiertos conversando y arreglando el mundo, imaginando uno mejor y menos injusto, uno donde las personas pudieran ser felices.
Guardaba como un tesoro las cartas que se escribían, y que nadie conocía. En ellas estaba la historia de su hermandad, de su vínculo estrecho, y bello. Uno que se había esfumado en una fría camilla de hospital.
Había llorado, sí, lo hizo. ¿Lo recordaba? No. No recordaba cómo sus lágrimas eran más que un lamento, que su cuerpo había perdido toda su fuerza, que intentaron calmarlo y que simplemente no pudo soportar más y se había largado a caminar por algún lugar, por aquellos que eran de ellos, como el gran roble en medio de un parque, que parecía solo y mal ubicado, pero al que ellos le agradecían la sombra que les daba y cómo cobijaba a tantos pajaritos que vieron crecer. También fue a la vieja estación de trenes, donde se juntaban con los alfas que los traían enamorados, y también afuera de la escuela que odiaban porque siempre los miraron en menos por no tener dinero.
No podía respirar, tampoco lo podía recordar. Le quemaba la garganta, le dolía el pecho, todo su cuerpo padecía la angustia y la desolación de su pérdida.
Cuando había abierto los ojos, estaba en su cama. Según sus padres, lo encontraron varias horas después en el suelo de un callejón cerca de su casa. Ese callejón donde tantas veces compartieron un cigarrillo a escondidas, o una cerveza apurada.
Su hermana tenía un aroma dulce, a algodón de azúcar, y siempre encontró consuelo en ese olor tan familiar y tan delicioso que le recordaba que el mundo le había dado el regalo más grande, su hermosa Anaís.
Perderla no solo significó que su aroma mutara, también fue odiar los aromas dulces. No los soportaba, no podía con ellos, lo superaban, le hacían volver a revivir ese dolor, como si ya no fuera suficiente con esos veinte años.
Estaba decidido a seguir su vida en soledad.
Su vida se dividía entre su trabajo, que lo consumía, y también en ir a visitar a sus padres que estaban en un hogar de ancianos. Ellos lo habían decidido hace cinco años, tampoco pudieron superar la pérdida de Anaís, y lo que menos querían era volverse una carga para Louis, que en lo más profundo de su corazón, los culpaba por la muerte de su hermana.
Sabía que las cosas no eran fáciles, que no había dinero, que eran tiempos de escasez y que quizás eran ignorantes en muchos temas. Pero tal vez podría haberse hecho un esfuerzo por llevar a Anaís al médico... O se preguntaba porqué habían tenido hijos que no podían mantener.
Y sentir esas cosas le hacía mal, le hacía peor. Le hubiese gustado poder aferrarse a su familia, pero simplemente no pudo.
No pudo.
Y ya se había acabado el tiempo. Jamás pudieron ser una familia después de la tragedia.
Era para sus padres que empezó a comprar los bombones. Era su manera de intentar hacer algo más con su vida, de buscar un algo que quizás lo reconciliara con el mundo, que lo ayudara a seguir. Porque había días en que era tan difícil levantarse y mirarse al espejo, era tan doloroso verse como un fantasma que apenas lograba caminar.
Se había preocupado de estudiar con fuerza, era lo único que le quedaba. Hizo especializaciones, cursos, lo que más pudo y luego se dedicó a trabajar. La mitad del tiempo en una clínica y la otra mitad en el hospital público de la ciudad.
Intentaba ser más amable con sus pacientes, pero la amargura era más fuerte cada vez. Era consciente de que muchas veces era grosero, pero era más fuerte que él. Le pasaba mucho más con aquellas omegas de aromas dulces, como Elize.
Con ella fue más fuerte aún, sobre todo por la energía de su acompañante. Darse cuenta de que Harry era un alfa con aroma dulce le provocó un cortocircuito. Casi fue odio a primera vista. Ese alfa era todo lo que él no sería jamás. Dulce, suave, tranquilo, calmo, un exceso de ternura.
Cuando se dio cuenta, había pasado casi una hora sentado en ese lugar, por lo que se puso de pie y entró.
—Hola mamá, ¿papá?
—Hola, hijo... Anda jugando cartas con sus amigos.
—Ya veo.
—¿Cómo estás? —Preguntó Sally.
—Como siempre, ya sabes, mucho trabajo.
—Mis amigas van a estar felices ahora que me vuelves a traer bombones. Nunca probé nada parecido... Se nota que están hechos con cariño.
—Sí...
—¿Pasa algo? Te noto diferente.
—¿Cómo has podido seguir después de la muerte de Anaís?
Sally palideció, Louis nunca había querido hablar del tema.
—Ha sido un trabajo diario, el más difícil de mi vida... Pero lo que me ha ayudado mucho es tener a tu padre. Entre los dos nos consolamos, recordamos, nos apoyamos... Sin él no hubiera podido...
—¿Te duele?
—Siempre. La vida sigue, los días y los meses pasan, pero el dolor siempre está ahí... También los cuestionamientos, la culpa... La culpa es lo peor. Saber que fuimos negligentes es algo que jamás nos deja en paz. En nuestras mentes volvemos atrás en el tiempo... Haríamos las cosas tan distintas...
—¿Cuáles? —Preguntó Louis, sentándose al lado de su madre.
—No nos hubiéramos apresurado tanto al tener cachorros, pero nos hacía mucha ilusión ser padres. Queríamos tener por lo menos seis, pero después de Anaís quedé estéril... Debimos esperar hasta tener más estabilidad económica, aunque cuando naciste estábamos muy bien. Al año de tu hermana, tu papá quedó sin trabajo y le costó mucho encontrar algo. Yo no podía trabajar, porque no tenía quién los cuidara, no tan pequeños. Cuando pude enviarlos a la escuela, comencé a trabajar, pero estábamos tan endeudados que apenas nos alcanzaba para vivir... Tuvimos que sacrificar nuestro tiempo con ustedes por trabajar...
—Lo sé.
—Y ese tiempo nunca lo recuperamos. Apenas empezábamos a estabilizarnos cuando Anaís empezó con las molestias, y por intentar ahorrar un poco recurrimos a los tecitos de manzanilla y de menta... No sabes cuánto me odio por no haberla llevado de inmediato al hospital, de haberme endeudado una vez más para saber qué le pasaba a mi niña...
Sally comenzó a llorar con tanta pena, que Louis no lo podía soportar. Nunca se preocupó de saber cuánto le dolía la pérdida de Anaís a sus padres, y saberlo lo reconcilió con la vida, un poco.
—¿Qué es lo que más te duele?
—Todo... Todo me duele. Agradezco que se tenían entre ustedes, sé que se cuidaban, sé que tenían una relación única y especial. Hermosa... Eso me daba un poco de consuelo cuando debía dejarlos solos, pero hacerlos pasar por tantas carencias, por la ausencia de nosotros, por nuestra negligencia... Ver morir a mi hija me cambió de todas las maneras posibles. No hay noche que con tu papá no la busquemos entre las estrellas y le pidamos perdón...
Louis no pudo detener sus lágrimas. Hace mucho tiempo, años que no lloraba, y entender que sus padres vivían su mismo calvario lo hizo derrumbar sus murallas. Él también buscaba a Anaís en las estrellas.
Y entender que su orgullo le había costado casi la vida, le dolió también. Su orgullo lo alejó de todo y todos, y no era justo, no estaba bien. Quizás si se hubiera refugiado en sus padres, su vida no hubiera estado llena de amargura.
—¿Piensas en mí? —Se atrevió a preguntar.
—Lo mismo que en Anaís... También te busco, y no te encuentro a pesar de verte cada semana. Tu aroma nunca volvió a ser el mismo, te apagaste, nos alejaste... Nunca viniste realmente, solo era tu cáscara, no había sustancia... Hasta hoy... ¿Pasó algo?
—Nada especial... Solo... Creo que me he cansado de tanta soledad...
—No es buena compañera... Créeme. Deberías tener amigos, si es que no quieres una pareja, pero alguien a quien puedas recurrir en tus malos momentos y que puedas ser consuelo en lo difícil de alguien más.
Louis intentó una sonrisa, pero no le resultó. Era como si su rostro hubiera olvidado cómo hacerlo.
—Debo irme... Voy a volver el próximo domingo, con tres cajas de bombones para que tus amigas estén felices, ¿está bien?
—Gracias, hijo... Te amo mi niño...
Era la despedida de cada vez. Y como siempre, Sally no tuvo respuesta.
Louis caminó sin cesar, intentando calmarse, y no lo logró. Después se sentó en un parque a mirar las copas de los árboles y tampoco se tranquilizó.
Tenía tantas cosas en su cabeza que le daban vueltas sin parar, que era insoportable. Se levantó para irse a su departamento, cuando se dio cuenta de que estaba a una cuadra de la bombonería. ¿Y si probaba un bombón, alguna vez? Nunca lo hizo, nunca tuvo oportunidad, y cuando la tuvo, nunca le llamó la atención.
Dudando dirigió sus pasos hasta el local, hasta que estuvo frente a las vitrinas. Desde ahí podía ver a Harry sonriendo mientras atendía al público que siempre parecía numeroso.
Entrar ahí se sentía tan difícil siempre. Era un mundo diferente, tan luminoso y cálido, tan ajeno a él, tan opuesto, tan dulce.
Y Louis necesitaba un poco de calor, pero no sabía cómo buscarlo. Su vida era solo trabajar, sin pensar en nada más. Pero la visita y la conversación con su mamá, y tal y como lo había sentido, había derrumbado sus murallas, esas que parecían tan sólidas, fuertes y frías en cosa de segundos.
Y ahora se encontraba sin saber qué hacer, ni a donde ir, ni a quien recurrir. No se sentía capaz de cambiar, no a esa altura de su vida. Encontrar amigos le parecía lo más difícil del mundo. ¿Cómo cambias lo que has sido por los últimos veinte años?