ENTRE DOS RESPIRACIONES

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Sinopsis

Jonás está acostumbrado a vivir entre hospitales, tratamientos y el constante sonido de su tanque de oxígeno. Sabe que su vida no es como la de los demás y que su tiempo podría acabarse antes de lo que le gustaría admitir. Daniel, en cambio, vive sin preocuparse demasiado por el mañana. Sarcástico, impulsivo y siempre metiéndose en problemas, lo último que esperaba era terminar involucrado en la vida de su vecino. Cuando ambos se encuentran en un inesperado grupo de apoyo, las discusiones no tardan en aparecer. Son completamente diferentes, y lo único que parece unirlos es lo mucho que se irritan mutuamente. Pero a veces las personas que menos esperas… terminan cambiando tu vida. Y cuando el tiempo empieza a agotarse, cada momento comienza a importar.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
Yur004
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Encuentro inesperado

(Daniel)

Era verano. El viento en la ciudad no era tan fresco y, aunque fuera de noche, el calor era insoportable. Estar metido en casa me sofocaba, así que decidí salir a tomar aire fresco.

Me senté en los escalones frente a mi casa y saqué el último cigarro que le había robado a mamá.

De repente escuché que la puerta de la casa del costado se abría. Lo primero que vi salir fue un carrito de oxígeno y, detrás de él, apareció Jonás, mi vecino.

Cada movimiento suyo era medido y cuidadoso. Tenía el cabello oscuro, ligeramente despeinado, pegado a la frente por el sudor de la noche, y unos ojos marrones profundos que parecían observarlo todo con desconfianza. Esa noche vestía una camiseta gris algo desgastada, pantalones de mezclilla y zapatillas blancas que ya habían visto mejores días. El carrito de oxígeno, con la manguera que le llegaba a la nariz, parecía su única línea de seguridad.

Intentó sentarse en la escalera de su casa, pero le costó acomodarse. Me quedé mirándolo unos segundos, con el cigarro entre los dedos, sin poder evitarlo.

—¿Qué me ves? —dijo con un tono cortante, cruzándose de brazos.

—No te estoy viendo —respondí, girando la cabeza para mirar hacia otro lado.

Frunció el ceño.

—Pues yo veo que me estás viendo.

Lo volví a mirar y, con una leve sonrisa, respondí:

—Lo único que yo veo es que tú me estás viendo. Creo que alguien necesita lentes de manera urgente.

—Ja, no seas ridículo. Tengo una visión demasiado buena, lo suficiente para notar que me estabas mirando.

—¡Ay, en serio! Claro que no te estoy viendo —repliqué, un poco exasperado, mientras sacaba el encendedor para intentar prender el cigarro.

Jonás suspiró y apoyó el brazo en la pared, claramente molesto, aunque por un instante sus ojos mostraron un pequeño destello de curiosidad.

—Si piensas fumar, hazlo en otro lado. El humo me hace daño —dijo con firmeza—. Además, no creo que tengas edad suficiente para eso.

Solté una risa sarcástica. Guardé el encendedor y me llevé las manos a la cabeza, rascándome.

—Bueno, si el humo te hace daño, no deberías estar aquí. Así podría fumar con tranquilidad… y, además, no te interesa si tengo edad o no para hacerlo.

La cara de Jonás empezó a ponerse roja de ira.

—¡Ay, Dios! Solo quería tener un momento de paz porque realmente tuve un día de mierda, y luego apareces tú a empeorarlo todo. Deberías tener un poco más de empatía a—

No lo dejé terminar. Me levanté del escalón y respondí con firmeza:

—¿Empatía? ¿Empatía con personas como tú, que creen que por tener la condición que tengan todos tenemos que estar dispuestos a…?

Jonás tampoco me dejó terminar.

—¿Sabes qué? Vete a la mierda.

Agarró su carrito de oxígeno y, dando un portazo, se metió a su casa.

Me quedé mirando la puerta cerrada unos segundos, con el cigarro aún entre los dedos.

De repente sentí un golpe seco en la nuca.

—¡Auch! —me quejé, girándome de inmediato.

Mamá estaba detrás de mí. Llevaba el cabello recogido en un moño despeinado; hacía demasiado calor, pero aun así tenía puesto su suéter de lana blanco que decía “La mejor mamá del mundo” con letras rojas. Al parecer era el que Alexia, mi hermana de cinco años, le había regalado por el Día de la Madre, y desde entonces se había convertido en su prenda favorita.

De la mano traía a la pequeña Alexia, una mini versión de ella. Con sus enormes ojos azules me lanzó una mirada fulminante.

—Daniel, ¿qué traes ahí? ¿Acaso estuviste fumando?

—¿Qué? No, ni siquiera está prendido —respondí rápidamente.

Alexia me señaló con el dedo, como si acabara de descubrir un crimen.

—Mamá, Dani sí fuma —dijo con total seguridad.

—¡Oye! —protesté, frunciendo el ceño.

Mamá se acercó y me arrancó el cigarro de la mano. Luego miró fijamente a Alexia.

—No sigas los malos ejemplos de tu hermano.

Después volvió a mirarme a mí y añadió:

—Y tú, la próxima vez que te vea fumando, juro por Dios que me voy a olvidar de que soy tu madre.

—Sí, señora —respondí de inmediato.

Alexia miró a mamá y luego volvió a mirarme.

—Dani, si sigues fumando, mamá te obligará a ir a su centro para fumadores excesivos. Y hará que la escuches por muchas horas… y eso es bastante aburrido.

Mamá miró sorprendida a Alexia y dijo:

—Escucha a tu hermana.

Solté una pequeña risa.

—Jaja, mi pequeña Alex, eso nunca pasará.

La cargué en mis hombros y corrí hacia la casa. Lo único que escuchaba eran las risas de Alexia y a mamá diciéndome que tuviera cuidado, que la podía tumbar.

(Jonás)

Ser la carga de tus padres es realmente jodido.

Un día tienes una vida normal: salidas en familia, salidas con amigos, viajes… y de la nada todo eso se transforma en visitas a hospitales, cirugías, tratamientos, inyecciones a diario y el olor constante a alcohol o al látex de los guantes quirúrgicos.

Todos los planes que tenías se derrumban por una estúpida enfermedad, una que ni siquiera sabes si realmente sanarás o morirás en el intento.

Durante todos los años que he pasado en hospitales, he visto partir a muchos de mis compañeros.

Al inicio es tristeza. Luego se convierte en miedo, porque no sabes si el próximo podrías ser tú. Después se vuelve amargura. Y al final… ya todo te da igual.

Pero a mamá no.

Podía ver cómo lloraba cada vez que los doctores le decían que tendría una nueva intervención. Papá era un poco más fuerte; tenía que serlo, era el único apoyo emocional de mamá.

Siempre le decía que todo iba a estar bien. Luego me miraba de manera tierna, pero sus ojos mostraban tristeza.

—Todo estará bien —me decía.

Siempre me pregunté por qué no tuvieron más hijos. Mi etapa de vida estaba por acabar y ellos cada vez se hacían más viejos.

Tal vez era yo la razón.

Nunca lo sabré.

—Jonás, al menos deberías intentarlo.

Solté una risa corta, más de frustración que de gracia.

—No voy a ir a ese estúpido grupo de apoyo, mamá.

Ella estaba frente a mí con los brazos cruzados, sosteniendo un folleto entre las manos. Desde donde estaba podía leer perfectamente el título:

Grupo de apoyo para jóvenes con enfermedades crónicas.

Como si necesitara que me recordaran lo obvio.

—No es estúpido —respondió con calma—. Son chicos que están pasando por lo mismo que tú.

—No están pasando por lo mismo que yo.

—Jonás…

—No necesito sentarme en una sala con un montón de desconocidos para hablar de lo triste que es mi vida.

Mi madre suspiró, cansada.

—No se trata de eso. Se trata de que puedas hablar con alguien… de que no te sientas solo.

Miré hacia el suelo mientras acomodaba el tubo de oxígeno en mi nariz.

—No estoy solo.

El silencio que siguió fue incómodo.

Los dos sabíamos que esa frase no era del todo cierta.

—Solo quiero que tengas un poco más de confianza en ti mismo —dijo ella con suavidad.

—Tengo confianza.

—Jonás…

—¡Estoy bien! —respondí más fuerte de lo que pretendía.

El zumbido constante del concentrador de oxígeno llenó el silencio que quedó después.

Sin decir nada más, agarré el pequeño carrito metálico donde estaba el tanque de oxígeno.

—¿A dónde vas? —preguntó mi madre.

—A la puerta.

—Hace calor.

—Lo sé.

Abrí la puerta antes de que pudiera seguir hablando.

El aire caliente de la noche me golpeó de inmediato.

Arrastré el carrito hasta los escalones y traté de sentarme con cuidado. Cada movimiento requería más esfuerzo del que me gustaría admitir.

Solo quería un momento de tranquilidad.

Pero entonces lo vi.

Daniel estaba sentado en los escalones de su casa, con un cigarro entre los dedos como si fuera lo más normal del mundo.

El mismo idiota de siempre.

Tenía el cabello castaño completamente desordenado, como si jamás se molestara en peinarlo, y esa expresión despreocupada que siempre me había irritado.

Cuando me di cuenta de que me estaba mirando, no pude evitar decirle algo.

Y, como siempre, terminó en una discusión estúpida.

Daniel tenía un talento especial para sacarme de quicio en menos de diez segundos.

—¿Sabes qué? Vete a la mierda —le solté al final.

Agarré el carrito de oxígeno y entré a la casa dando un portazo.

El silencio dentro de la casa fue inmediato.

Me quedé unos segundos apoyados contra la puerta, tratando de controlar mi respiración.

—Genial —murmuré entre dientes.

Había salido solo para despejarme un momento.

Y había terminado discutiendo con Daniel.

Otra vez.

Arrastré el carrito lentamente hasta mi habitación y me tiré sobre la cama.

El silencio del cuarto era pesado. Solo se escuchaba el leve zumbido del concentrador de oxígeno junto a la cama.

Las paredes tenían fotos viejas: viajes familiares, cumpleaños, momentos que parecían pertenecer a otra vida. En todas sonreía.

Ahora esas fotos parecían burlarse de mí.

Sobre el escritorio había frascos de pastillas, inhaladores y algunos papeles médicos que mamá insistía en ordenar cada semana, como si eso fuera a cambiar algo.

Tomé la manguera del oxígeno entre mis dedos y suspiré.

A veces me preguntaba cómo sería mi vida si todo esto no hubiera pasado.

Si pudiera salir con amigos sin cansarme.

Si pudiera viajar sin pensar en hospitales.

Si pudiera respirar… como cualquier otra persona.

Cerré los ojos por un momento.

Entonces recordé al idiota del vecino.

Daniel.

Bufé con molestia.

—Idiota… —murmuré.

Y aun así, por alguna razón, no podía sacarlo de mi cabeza.