Capítulo 1
Eran las siete de la mañana y Natali seguía con el móvil en la mano, la habitación a oscuras porque las cortinas llevaban días cerradas. La única luz era la de la pantalla rozándole la cara, reflejándose en sus ojos hinchados de no dormir. Llevaba el pelo sucio, recogido en un moño deshecho del que se escapaban mechones grasientos, y el olor de su cuerpo ya formaba parte del ambiente, un tufo denso que ella ya ni notaba.
Llevaba tres semanas sin ducharse. No le veía el sentido. ¿Para qué? Si nadie la iba a ver, si nadie entraba allí, si ella no salía. Las únicas excepciones eran cuando su madre la obligaba a bajar porque venían visitas, o cuando el olor se volvía insoportable y su hermano aporreaba la puerta gritando: "Natali, hueles a mierda, dúchate de una puta vez". Entonces sí, se levantaba de mala gana, se metía bajo el agua, se arreglaba e incluso se maquillaba. Pero hoy no había visitas, nadie había llamado a la puerta, y podía seguir en su mundo.
En la pantalla, un vídeo tras otro. Mujeres altas, fuertes, de brazos musculosos y miradas intensas. Natali las observaba con una fijación que iba más allá del deseo; era una necesidad, un anhelo tan profundo que le dolía físicamente, como un vacío en el pecho que nada lograba llenar. Quería que una de esas mujeres la abrazara, que la apretara contra su cuerpo, que le dijera que todo iba a salir bien. Quería que la cuidaran, que la protegieran, que la sujetaran si hacía falta. Una mujer mayor, mucho mayor que ella, que le doblara la edad, alta, muy alta, que la mirara desde arriba con esa mezcla de posesión y ternura que imaginaba en las series. Que tuviera celos, que preguntara con quién hablaba, que se enfadara si alguien la miraba. Una mujer que la quisiera tanto que doliera.
Pero no conocía a nadie así. ¿Cómo iba a conocerla? No salía de su habitación. Solo bajaba a la cocina cuando el hambre le ganaba a la pereza, que era casi siempre porque su cuerpo pedía comida aunque su mente estuviera en otra parte. Abría la nevera, agarraba lo primero que encontraba —yogures, sobras, pan— y volvía a subir sin mirar a nadie, sin hablar con nadie. Si se cruzaba con su padre o su madre, bajaba la cabeza y aceleraba el paso. Si se topaba con alguno de sus hermanos, ignoraba los comentarios.
—Otra vez con el móvil pegado a la cara, pareces un muerto viviente —le soltó su hermano mayor el día anterior al verla pasar—. ¿Cuándo fue la última vez que viste la luz del sol?
Natali no respondió. Siguió caminando con el plato en la mano, subió las escaleras y cerró la puerta con llave. Su hermano se quedó abajo, moviendo la cabeza, pero no dijo nada más. Ya estaban acostumbrados.
Ahora, con los primeros rayos de sol colándose por las rendijas de la cortina, Natali sintió que los párpados le pesaban. Eran las siete y llevaba toda la noche viendo vídeos, leyendo foros, buscando alguna señal, algún lugar, alguna forma de encontrar a esa mujer que imaginaba. Pero no había nada. Solo la pantalla, la soledad y el zumbido del ventilador del ordenador mezclado con su propia respiración.
Dejó el móvil a un lado, se giró en la cama y cerró los ojos. El colchón olía a ella, las sábanas también, pero no le importaba. Allí estaba a salvo. Allí nadie podía hacerle daño. Allí podía imaginar que una mujer alta, fuerte, de brazos musculosos, entraba por la puerta y se sentaba a su lado, que le acariciaba el pelo aunque estuviera sucio, que le susurraba: "Ya estoy aquí, no te preocupes más". Y con esa imagen en la cabeza, Natali se quedó dormida.
En algún momento de la mañana, su madre subió. Se oyeron pasos en el pasillo, luego tres golpes secos en la puerta.
—Natali.
Silencio.
—Natali, abre.
Natali se removió en la cama, hundió la cara en la almohada, intentando volver al sueño. Pero los golpes continuaron.
—Natali, sé que estás despierta. Son las doce. Baja a comer.
—No tengo hambre —mintió, con la voz ronca de haber dormido apenas cinco horas.
—Baja igual. Tu padre quiere verte.
Eso la hizo abrir los ojos. ¿Su padre? ¿Para qué? Hacía semanas que apenas cruzaban palabra. Desde que dejaron los golpes, las cosas eran más tranquilas, pero también más distantes. Como si nadie supiera muy bien cómo acercarse a ella.
—¿Para qué? —preguntó sin moverse.
—No lo sé. Baja y punto.
Los pasos se alejaron. Natali se quedó mirando el techo, la puerta, la rendija de luz. Podía quedarse ahí, hacerse la sorda, esperar a que su madre subiera otra vez o se olvidara. Pero si su padre quería verla y no bajaba, luego podía haber consecuencias. Ya no había golpes, pero sí miradas largas, silencios incómodos, días enteros sin que le dirigieran la palabra.
Suspiró y se incorporó con esfuerzo. El cuerpo le pesaba, la cabeza le latía. Miró el móvil: batería al veinte por ciento. Luego su reflejo en la pantalla apagada: ojeras marcadas, piel grisácea, el moño deshecho. Olía mal, lo sabía. Pero no tenía fuerzas para ducharse. Se puso una sudadera limpia —al menos olía mejor que la que llevaba— y bajó las escaleras arrastrando los pies.
La casa era grande, de esas de dos plantas con escaleras de mármol y cuadros en las paredes. Su familia tenía dinero, siempre lo había sabido. Su padre trabajaba en finanzas, su madre no trabajaba pero se ocupaba de todo lo de la casa. Podían permitirse lo que quisieran: viajes, coches, ropa. Pero a ella nada de eso le importaba. El dinero no llenaba el vacío. El dinero no había evitado que la golpearan. El dinero no la protegía de nada.
En el comedor, su madre estaba sentada a la mesa, con un café delante. Su padre, de pie junto a la ventana, las manos en los bolsillos. Sus hermanos no estaban; seguramente cada uno en lo suyo. La mesa estaba puesta para ella: un plato con comida, cubiertos, un vaso de agua.
—Siéntate —dijo su padre sin mirarla.
Natali obedeció. Se sentó, tomó el tenedor y empezó a comer sin ganas, solo para no tener que hablar. Notaba las miradas de ambos, incómodas, como si no supieran por dónde empezar.
—Llevas semanas encerrada —dijo su padre al fin—. No sales, no hablas, no haces nada. ¿Qué te pasa?
—Nada.
—No te creo.
Natali se encogió de hombros y siguió comiendo. No iba a contarles lo que sentía, lo que pensaba, lo que deseaba. Nunca lo había hecho, no iba a empezar ahora.
—Podrías salir —intervino su madre—. Ir a la piscina, quedar con amigas. Tienes de todo aquí, podrías aprovechar.
¿Amigas? ¿Qué amigas? Las que se reían de ella en el instituto, las que la excluían, las que la señalaban por el pasillo. Prefería estar sola.
—Vale —respondió sin levantar la vista.
Su padre y su madre se miraron. Hubo un silencio largo, pesado, de esos que se clavan en el pecho.
—Bueno —dijo su padre por fin—. Si necesitas algo, ya sabes dónde estamos.
Natali asintió, pero no dijo nada. Terminó de comer, dejó el plato en la mesa y se levantó.
—Gracias —murmuró, por inercia, por esa educación automática que mostraba con todo el mundo aunque por dentro estuviera vacía.
Y volvió a subir las escaleras, a su habitación, a su olor, a su móvil, a sus vídeos de mujeres altas y fuertes que nunca la mirarían. Cerró la puerta con llave, se tumbó en la cama y abrió la aplicación de mensajes. No tenía notificaciones. Nadie le escribía nunca.
Pero hoy, por primera vez en mucho tiempo, algo era distinto. En la lista de contactos, junto al nombre de su madre, había un punto azul. Conectada.
Natali se quedó mirando la pantalla. Su madre estaba conectada. Su madre, que nunca le mandaba mensajes, que apenas le hablaba, estaba ahí, al otro lado. Y no sabía por qué, pero ese pequeño punto azul le pareció, de repente, lo único real de toda la mañana.
Natali observó ese punto azul junto al nombre de su madre más tiempo del que hubiera querido admitir. Sabía que era una tontería. Su madre estaba abajo, en la cocina o en el salón viendo la tele. ¿Qué más daba que estuviera conectada en WhatsApp? Pero ahí estaba, ese pequeño detalle rompiendo la monotonía de una pantalla donde nunca pasaba nada.
Dejó el teléfono boca abajo sobre la cama, como si así pudiera dejar de pensar en ello. Se giró hacia la pared y cerró los ojos. El sueño no llegaba. La cabeza le daba vueltas con imágenes sueltas: su madre de pie junto a la ventana, sirviéndole el café, llamando a la puerta. Y luego, sin querer, la imagen cambiaba. Ya no era su madre, sino otra mujer, más alta, más fuerte, con esa mirada posesiva que tanto imaginaba. Pero el rostro se le desdibujaba y, a veces, sin poder evitarlo, volvía a tener los rasgos de su madre.
Natali apretó los ojos con fuerza. No. Eso no. Eso estaba mal. Ella quería a una mujer mayor, sí, pero no a su madre. Su madre era la que no la había protegido, la que había mirado para otro lado, la que a veces también le había pegado. No podía sentir nada por ella. No debía.
Pero el punto azul seguía ahí, en su cabeza.
Pasaron las horas. Las dos, las tres, las cuatro de la tarde. Natali se quedó dormida al fin, un sueño pesado y sin sueños del que despertó sobresaltada cuando el móvil vibró sobre el colchón. Eran las siete de la tarde. La habitación estaba a oscuras. Y en la pantalla, una notificación.
Mamá: ¿Has comido algo?
Natali parpadeó y se incorporó. ¿Su madre? ¿Escribiéndole? Releyó el mensaje varias veces, como si pudiera cambiar, como si fuera un error. Llevaban meses, quizá años, sin mensajearse. Para qué, si vivían en la misma casa. Pero ahí estaba.
Natali: Sí, he comido abajo.
Tres segundos después, otro mensaje.
Mamá: No te he vuelto a ver. ¿Estás bien?
Natali se mordió el labio. ¿Estaba bien? No. No lo estaba. Pero no iba a decírselo.
Natali: Sí, bien. Cansada.
Mamá: Deberías salir un rato al jardín. Hace buena tarde.
Natali: Vale.
Mamá: ¿Quieres que suba algo? ¿Un té? ¿Algo de la nevera?
Eso la descolocó. Su madre ofreciéndose a subirle cosas. Su madre preocupándose. No sabía cómo tomárselo. Una parte de ella quería decir que no, que la dejara en paz, que ya era mayor para apañárselas sola. Otra parte, más pequeña y más honda, quería decir que sí, que subiera, que se sentara con ella, que le preguntara de verdad qué le pasaba.
Natali: No hace falta. Gracias.
Dejó el móvil. Miró el techo. El vacío en el pecho le dolía más que nunca. Se llevó las manos al estómago y apretó, como si pudiera aplastarlo. Diecisiete años y no tenía nada. Nadie la quería de verdad. Nadie la miraba como ella quería que la miraran. Nadie la abrazaba fuerte. Nadie la sujetaba y le decía que era suya.
Empezó a llorar en silencio. Las lágrimas le resbalaban por las sienes y se perdían en el pelo sucio. Lloró un rato, hasta que le dolió la garganta de tragarse los sollozos. Luego se secó la cara con la manga, tomó el móvil y volvió a mirar la conversación. Su madre no había respondido.
Pero el punto azul seguía ahí. Conectada.
Natali pasó la pantalla y volvió a los vídeos. Necesitaba distraerse, necesitaba imaginar que esa mujer existía en algún sitio. Vio uno tras otro, el algoritmo alimentando su obsesión: mujeres altas, fuertes, de brazos musculosos, mujeres que levantaban pesas, que daban órdenes, que miraban a cámara como si miraran a alguien a los ojos. En uno de los comentarios, alguien había escrito: "Ojalá encontrar a una mujer así que me adopte". Y Natali sintió que alguien entendía lo que ella sentía. No quería una novia, no exactamente. Quería que la cuidaran, que la protegieran, que la quisieran como una madre debería querer. Pero su madre no lo hacía. Su madre nunca lo había hecho.
Otro vídeo, otro comentario. "Necesito una mujer mayor que me ponga en mi sitio". Y Natali pensó que eso también lo quería. Alguien que le dijera lo que tenía que hacer, que la sujetara cuando se descontrolara, que la castigara si hacía algo mal. Alguien que estuviera ahí. Siempre. Alguien que no se cansara de ella.
Cuando se dio cuenta, eran las once de la noche. Llevaba cuatro horas viendo vídeos, leyendo comentarios, imaginando. El móvil vibró de nuevo.
Mamá: ¿Sigues despierta?
Natali se quedó helada. Miró la hora. Las once y diez. ¿Su madre escribiéndole a esas horas?
Natali: Sí.
Mamá: Baja un momento. Quiero hablar contigo.
El estómago le dio un vuelco. ¿Hablar de qué? ¿Qué quería? Mil posibilidades cruzaron su mente: que se había enterado de algo, que iba a regañarla por encerrarse, que su padre quería decirle algo. Pero también, en un rincón oscuro de su cabeza, otra posibilidad. Una que no se atrevía a nombrar.
Natali: ¿Ahora?
Mamá: Sí. Baja.
Natali dudó. Miró su reflejo en la pantalla del móvil. El pelo grasiento, la cara hinchada de llorar, la sudadera arrugada. Olía mal. Lo sabía. Pero si se negaba, su madre subiría, y eso sería peor.
Se levantó y abrió la puerta. El pasillo estaba a oscuras, solo la luz tenue de alguna lámpara abajo. Bajó las escaleras despacio, con los pies descalzos sobre el mármol frío. En el salón, su madre estaba sentada en el sofá, con una taza de té entre las manos. La tele apagada. La casa en silencio.
—Siéntate —dijo su madre sin mirarla.
Natali obedeció. Se sentó en el otro extremo del sofá, lo más lejos posible. No quería que su madre notara su olor, su suciedad. Pero su madre la miró, y en sus ojos no vio asco ni rechazo. Vio algo que no supo descifrar.
—Llevas así mucho tiempo —dijo su madre—. Encerrada. Sin hablar con nadie. Tu padre y yo estamos preocupados.
—No pasa nada —respondió Natali automáticamente.
—Sí pasa. Te conozco.
Eso la hizo levantar la vista. ¿Conocerla? Su madre no la conocía. Su madre nunca había querido conocerla.
—No me conoces —dijo, y su voz sonó más cortante de lo que pretendía.
Su madre la miró fijamente. Unos segundos largos, incómodos. Luego dejó la taza en la mesita y se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas.
—Quizá no. Quizá no te he conocido. Pero quiero intentarlo.
Natali no supo qué decir. Se quedó mirando a su madre, sus manos, su postura. Llevaba el pelo suelto, algo raro en ella. Y estaba en pijama, una camiseta holgada y pantalones cortos. Natali se fijó en sus brazos, en sus piernas. Su madre era más alta que ella, sí, pero no era fuerte, no era como las mujeres de los vídeos. Aunque había algo, una presencia, una forma de mirar que...
Apartó la vista. No. No podía pensar eso.
—No hace falta —murmuró—. Estoy bien.
—No lo estás. Y no quiero que sigas así.
Natali apretó los dientes. Quería levantarse, irse, encerrarse otra vez. Pero algo la mantenía ahí. Quizá el cansancio. Quizá la soledad. Quizá ese punto azul en la pantalla.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó al fin.
Su madre tardó en responder. Miró hacia la ventana, hacia la oscuridad del jardín. Luego volvió a mirarla.
—Quiero ayudarte.
—No puedes.
—¿Por qué no?
Porque no sabes, pensó Natali. Porque nunca has sabido. Porque cuando te necesitaba no estabas. Pero no lo dijo. Se encogió de hombros.
—Déjalo. Da igual.
Se levantó, dispuesta a irse. Pero su madre alargó el brazo y le tocó la mano. Solo un instante, un roce. Natali se quedó quieta, mirando ese punto de contacto. La mano de su madre era cálida, más grande que la suya.
—No da igual —dijo su madre en voz baja—. Tú no me das igual.
Natali sintió un nudo en la garganta. Retiró la mano y dio un paso atrás.
—Me voy a dormir.
Y sin esperar respuesta, subió las escaleras corriendo, entró en su habitación y cerró con llave. Se quedó apoyada contra la puerta, respirando agitada. El corazón le latía con fuerza. Miró su mano, donde su madre la había tocado. Aún sentía el calor.
El móvil vibró sobre la cama. Lo tomó.
Mamá: Buenas noches, Natali. Mañana hablamos.
Natali leyó el mensaje una y otra vez. Luego dejó el móvil, se tumbó en la cama y se quedó mirando el techo hasta que, por fin, el sueño la venció.