El Duelo Donde Nadie Venció...
La nieve descendía lentamente sobre la llanura, como si el mismísimo cielo dudara en tocar la tierra.
Era un campo de muerte.
Cuerpos de hombres y elfos yacían donde habían caído, mezclados sin orden ni honor, como ocurre siempre después de las batallas reales. El barro estaba oscuro, pesado con sangre. Las lanzas rotas sobresalían del suelo como huesos de algún animal enterrado.
Entre ellos caminaba Torvax.
Cada paso era firme, pero no ligero. Ningún hombre que hubiese visto suficientes guerras podía caminar con ligereza sobre un campo así. Había aprendido, con los años, que las victorias imperiales siempre dejaban el mismo sabor: hierro amargo en la lengua y silencio en el corazón.
A su espalda, las tropas observaban.
No gritaban.
No celebraban.
Sabían lo que estaba por ocurrir.
Desde el borde del Bosque del Crepúsculo emergió entonces otra figura.
Maelthoryn caminaba hacia él.
La sangre empapaba su costado y descendía por su armadura de hojas plateadas. Sin embargo, su paso no mostraba prisa. Los elfos, pensó Torvax con un destello de amarga admiración, siempre caminaban como si el tiempo fuera algo que podían permitirse gastar.
Se encontraron en medio de la llanura.
Durante un momento ninguno habló.
El viento sopló desde el bosque y agitó la capa del general.
Torvax miró alrededor.
—Demasiados muertos —dijo finalmente.
No era una disculpa. No era un reproche.
Era simplemente verdad.
Maelthoryn siguió su mirada sobre el campo cubierto de cuerpos.
—La guerra siempre termina así —respondió el elfo con voz suave—. Solo los bardos la recuerdan de otra manera.
Torvax dejó escapar una breve risa.
—Los imperios también.
El elfo lo observó.
Había cansancio en sus ojos, pero no odio. Y eso perturbó al general más de lo que habría esperado.
—¿Crees que esto es una victoria? —preguntó Maelthoryn.
Torvax levantó una ceja.
—Creo que el Imperio seguirá avanzando.
—Eso no responde a la pregunta.
El general apoyó la base de su lanza en la nieve.
Por un momento miró hacia el bosque oscuro.
—La victoria —dijo al fin— es simplemente la historia que se cuenta después.
Maelthoryn asintió lentamente, como si hubiera esperado exactamente esa respuesta.
—Entonces el bosque contará otra.
Silencio.
La nieve continuaba cayendo.
En la mente de Torvax surgió un pensamiento inesperado:
Este enemigo habría sido un buen general del Imperio.
Tal vez en otro mundo.
Tal vez en una historia menos triste.
El general levantó la lanza.
—Terminemos esto.
Maelthoryn desenvainó su espada.
La hoja pálida reflejó el cielo nocturno, como si le hubiese robado un fragmento a la luna.
Entonces comenzaron.
Torvax atacó primero.
La lanza avanzó con la brutal precisión de décadas de guerra. Maelthoryn giró con una elegancia casi irritante, desviando el golpe con su espada.
Chispa.
Acero contra acero.
La lanza regresó, rápida como un rayo.
La espada respondió.
Golpe.
Desvío.
Corte.
El combate fue breve y feroz, como si dos filosofías del mundo hubieran decidido resolver su desacuerdo en unos pocos latidos de corazón.
Torvax comprendió rápidamente la verdad.
-Es mejor que yo.
Pero también vio la sangre que corría por la armadura del elfo.
-Y está muriendo.
Así que esperó.
Un error.
Un momento.
Al fin llegó.
La lanza penetró el pecho de Maelthoryn.
El impacto recorrió el asta hasta los brazos del general.
Durante un instante Torvax creyó que había terminado.
Pero el elfo dio un paso hacia adelante.
Más cerca de la lanza.
Los ojos del general se abrieron apenas.
La espada subió.
La hoja atravesó su hombro.
El dolor llegó como fuego.
Ambos quedaron inmóviles, unidos por sus propias armas.
La nieve se posaba sobre ellos.
Torvax respiró con dificultad.
—Maldito… bastardo.
Maelthoryn sonrió débilmente.
—Los hombres siempre dicen eso cuando descubren… que no ganaron.
Torvax escupió sangre sobre la nieve.
—También ustedes.
El elfo volvió la mirada hacia el bosque.
El viento movía las ramas oscuras.
—Si —susurró—. Pero nosotros comprendemos algo que ustedes no.
El general frunció el ceño.
—¿Qué?
Maelthoryn lo miró una última vez.
En sus ojos no había triunfo.
Solo una tristeza muy antigua.
—Cuando los imperios terminan —dijo con voz débil—, creen que el mundo también ha terminado con ellos.
Sus dedos se aflojaron lentamente sobre la espada.
—Pero la tierra… jamás comete ese error.
La fuerza los abandonó al mismo tiempo.
No hubo gesto heroico ni palabras finales que pudieran pertenecer a las canciones. Solo el peso súbito del cuerpo que ya no puede sostenerse.
Torvax y Maelthoryn cayeron juntos sobre la llanura helada, aún unidos por el hierro que cada uno había clavado en el otro, como si la misma muerte hubiera decidido no separarlos.
Durante largo rato nadie se movió.
Las huestes de ambos bandos observaban en silencio.
Porque incluso los soldados más endurecidos reconocen ciertos momentos, aunque no sepan ponerles nombre: esos instantes raros en los que la historia parece detenerse para mirar lo que los valientes han hecho.
El viento descendió entonces desde el Bosque del Crepúsculo.
Movió las ramas oscuras.
El sonido era bajo, antiguo, casi pensativo.
Y en ese instante, si alguien hubiese tenido la paciencia de escuchar con verdadera atención, habría comprendido una verdad que los imperios rara vez aceptan:
las batallas no deciden el destino del mundo.
Los reyes, los generales y las legiones creen hacerlo.
Levantan monumentos. Nombran victorias. Graban fechas en piedra.
Pero la tierra recuerda de otra manera.
Recuerda la sangre que la tocó.
Recuerda los nombres que se pronunciaron por última vez.
Recuerda las decisiones tomadas en un solo latido de corazón.
Y así, mucho después de que los estandartes se pudran y las fortalezas caigan, el eco de esos momentos permanece.
No en los monumentos.
Sino en las raíces…