Prólogo
Mordecai
La celda olía a desinfectante barato y a las decisiones de las que se supone que debería arrepentirme, pero no lo hacía. El comisario me miró desde el otro lado de los barrotes con una mezcla de lástima y cansancio. Ya nos conocíamos por nuestros nombres de pila.
—Otra vez aquí, Draganov —dijo, golpeando el metal con su porra—. El comisionado de la liga va a freírte esta vez. No habrá suspensiones de tres partidos, vas directo al exilio.
Me encogí de hombros, sintiendo el tirón del vendaje en mis nudillos. El tipo al que le partí la cara en el bar se lo merecía; nadie habla de mi madre de esa forma, ni siquiera si eres el hijo de un senador.
—Que me busquen un reemplazo —mascullé, recostando la cabeza contra el muro frío—. Estoy harto de correr tras un balón de cuero mientras todos esperan que sea un santo.
La puerta de la comisaría se abrió y vi aparecer a Zephan Galanis, mi compañero de equipo y el único tipo que no me miraba como si fuera basura. Pero no venía solo. Traía un fajo de documentos y una expresión que me hizo saber que mi libertad tenía un precio más alto que una fianza.
—Tengo una oferta para ti, Mordue —soltó Zephan, ignorando el saludo del comisario—. Mi padre quiere tu cabeza en una bandeja, pero yo te ofrezco una salida. Necesito un guardaespaldas para mi hermana. Alguien que sepa pelear sucio, que no llame la atención de los medios como un profesional de seguridad, y que esté dispuesto a dormir con un ojo abierto.
—No soy una niñera, Galanis —respondí con una risa amarga.
—No serás su niñera. Serás su “novio”. Un tipo problemático que intenta redimirse a su lado. Es la coartada perfecta para que estés con ella las veinticuatro horas sin que los que la amenazan sospechen.
Pensé en el campo, en los gritos de la multitud y en el vacío de mi apartamento de lujo. Luego pensé en la imagen de la “Princesa de Pittsburgh”, la chica de los periódicos que siempre parecía estar a punto de romperse.
—Acepto —dije, sin saber que acababa de firmar mi sentencia de muerte—. Pero si me pone una mano encima, no respondo.
—Créeme, Mordue —sonrió Zephan de forma críptica—, será ella quien no responda si intentas controlarla. Mi hermanita tiene mejor puntería que tú en el campo.